Capítulo 30
Cuenca. Casa-taller. Septiembre.
La inauguración fue ayer por la tarde. Inmaculada Albizu colgó los doce cuadros en la sala.
Yo estuve presente, pero anónima, mezclada con el público, con un vestido azul oscuro que casi no me ponía nunca.
Bruno vino desde Madrid. Estuvimos los dos sin hablar, en lados opuestos de la sala, mirando juntos en silencio.
La gente leyó la cartela. Algunos volvieron a leerla.
Algunos se quedaron mucho rato delante de los cuadros, mirando capas que no podían ver.
Otros pasaron deprisa. Esa diferencia es la que separa al espectador del lector. Lo aprendí ayer.
Mi padre vio la sala dos días antes, cuando Inmaculada me dejó subirlo a la universidad en silla de ruedas, antes de que hubiera nadie. Mi padre miró los doce cuadros sin hablar. Cuando salimos, en el ascensor, me dijo "Lucía". Le dije "papá". Mi padre dijo "está bien".
Tomás vino a la inauguración con su mujer y sus dos niños.
Trajo flores a Inmaculada. Trajo un abrazo a mí.
Saludó a Bruno por primera vez. Bruno le dio la mano.
Tomás le dio la mano. No se dijeron casi nada.
Pero, antes de que Bruno volviera a Madrid, se cruzaron en la calle y se cruzaron unas frases.
Después de las flores. Después de la cartela. Lo vi de lejos. No quise oír.
Adrián vino. Estuvo media hora. Se acercó a mí, me besó la sien, me dijo "Lucía, qué bonito". Le dije "gracias, Adrián". Adrián miró los cuadros. Se quedó delante del segundo y del séptimo. Me dijo "el séptimo es el más hermoso". Le dije "te creo". Salió.
Adela vino. Lloró mientras leía la cartela. Adela llora poco. Ya lo he dicho. Cuando llora, es de verdad.
Carmela Ruiz no vino. Se lo dije, la invité. Me dijo "niña, ya soy mayor. Y, además, lo mío con esa sala es asunto mío. Iré sola un día de la semana, sin nadie". La esperaré.
Don Federico Olalla vino. Se quedó dos horas en la sala. Cuando salió, me dio la mano. Me dijo "niña, has hecho lo que tu madre habría hecho". Yo le dije "no sé qué habría hecho mi madre, don Federico". Don Federico sonrió. "Por eso lo digo, Lucía. Lo difícil es no saberlo y, aun así, hacerlo".
Hoy, día siguiente a la inauguración, me he despertado en mi casa-taller a las siete.
He bajado. He hecho café. He subido al cuarto de mi madre.
He cogido la fotografía sepia de Elena en el Retiro, mayo 1981.
La he bajado al salón. La he colocado en la pared, encima de la chimenea.
Detrás del lugar donde, dentro de unas semanas, voy a colgar el primer cuadro restaurado de los doce.
Solo uno. Uno solo. El primer cuadro. El cuadro de mi madre joven con vestido azul.
El cuadro debajo del cual está la mujer del retrato del otro Pedro Aizpún, y, debajo de esa, un cesto de manzanas de Marta Quintanilla, prima querida de Elena, pintora aficionada de Pamplona, muerta en 1982.
Solo uno. Los otros once están en la universidad. Cuatro de Bruno están en Madrid. Pero uno se queda conmigo.
Inmaculada me dejó quedarme con uno. Le dije a Bruno que el primero era el que yo quería conservar. Bruno me dijo "es el justo. Tu primer cuadro de la serie. Tu primer cuadro de tu madre". Lo firmamos.
Esa noche llamo a mi padre.
— Papá.
— Hija. ¿Cómo ha ido?
— Ha ido bien. Hubo gente. Hubo silencio. Hubo lectura. La cartela funciona.
— Bien.
— Papá. Una cosa.
— Dime.
— ¿La libreta cómo va?
— Por la página ochenta y dos.
— ¿Quieres que te lleve la cuarta libreta el martes?
— Tráemela.
— Bien.
— Lucía.
— Sí.
— Lo que estás haciendo está bien.
— Lo sé, papá.
Cuelgo.
Es de noche. Bajo al taller. Está casi vacío. Solo queda el caballete grande, los hisopos, los frascos de disolventes, la cabina de luz, el portátil, la libreta de oficio. He cerrado los estuches. He guardado las herramientas. He limpiado la mesa.
Saco el primer cuadro de su estuche. Lo apoyo en el caballete. Le miro. La mujer joven con vestido azul. La perla pequeña en la oreja. El moño bajo. La mirada hacia la izquierda. Mi madre, a los veintipoco años, pintada por un hombre que la quiso con una mano que pintaba bien.
Cojo el cuadro. Subo al salón. Lo cuelgo encima de la chimenea, debajo de la fotografía sepia. La fotografía y el cuadro se miran. Mi madre se mira a sí misma. Una Elena Quintanilla del setenta y nueve, en óleo, y una Elena Belmonte del ochenta y uno, en sepia. La misma mujer en dos tiempos.
Me siento en el sofá.
Cojo aire.
Mañana llamo a Bruno y le digo que la sala está abierta. Mañana llamo a la abuela Pilar y le digo lo mismo. Mañana subo a Madrid a llevar la cuarta libreta a mi padre. Mañana Adrián vendrá a tomar café conmigo y a entregar los últimos papeles de la separación legal.
Esta noche, no.
Esta noche miro la pared del salón.
Esta noche escribo, en la última hoja de la libreta de oficio, lo que llevo seis meses queriendo cerrar:
He limpiado cuarenta y seis cuadros en mi taller.
Quince están en colecciones. Treinta y uno están en museos.
Solo uno me devolvió a una mujer que había perdido a los dieciocho años.
Ahora ese cuadro está en la pared de mi salón, y mi padre nunca volverá a comer en esta casa.
Lo que yo no sabía de mi madre cabía debajo de una capa de barniz.
Lo que mi padre escondió cabe debajo de él.
La firma que apareció en el último retrato no es la suya. Eso lo descubriré otro otoño.