Capítulo 27
Mi padre entró en la residencia el viernes pasado.
Tomás le ayudó con las maletas. Yo subí el sábado a verle, ya instalado.
Me recibió en su habitación, sentado en el sillón junto a la ventana del jardín.
Llevaba una camisa de cuadros que no le conocía y, en el escritorio, una libreta nueva con un boli encima.
Lo había hecho él. Le había dado un poco de vergüenza enseñármelo.
Yo le besé la frente. Le dije "papá, qué bien".
Hoy estoy en el taller. Bruno viene por la tarde. Por la mañana sigo con el décimo cuadro. Llevo dos días con él. Mismo procedimiento. Mismo resultado. Tres capas, dos firmas, una historia.
Cuando termino el ángulo inferior izquierdo y compruebo la firma M. Q. en el décimo, ya estoy a media mañana. Las once y cuarto. Subo a la cocina. Me hago un café. Bajo. Me siento en el taburete.
Llaman a la puerta del taller. No es la campanilla. Son tres golpes en la madera.
Voy a abrir. Es Encarna, la vecina del 14. Lleva un táper en la mano.
— Lucía, te traigo un poco de albóndigas. Que sé que no comes a las horas.
— Encarna, qué maja.
— Mete el táper al frigo. Si no te lo comes, le das a Adrián cuando lo veas.
— Adrián tiene su propia cocina ahora.
— Pues a Bruno.
— ¿A Bruno?
— A ese señor que viene del Madrid. Le he visto entrar tres veces en seis meses. Está demasiado serio, ese hombre. Necesita una albóndiga.
Sonrío. Encarna no sabe nada de la historia. Pero ha leído al cliente bien.
— Encarna. Gracias.
— Lucía. — Encarna me mira. — ¿Tú estás bien?
— Estoy bien.
— Cuando quieras subir a casa, vienes.
— Te subo el lunes.
— Bueno.
Se va. Cierro la puerta. Subo el táper al frigorífico.
A las cuatro llama Bruno por el portero. Le abro. Sube. Entra. Le sirvo café. Nos sentamos.
— ¿Cómo va?
— Diez restaurados. Los dos últimos los acabo en quince días.
— ¿Cuándo me los entregas?
— A primeros de junio.
— Bien.
Bebe café. Mira los cuadros en la pared. Diez ahora, ya restaurados, colgados a una altura razonable, separados un palmo entre sí. Bruno los mira de izquierda a derecha. Despacio. Cuando los ha visto, vuelve a mí.
— Lucía.
— Sí.
— Quiero contarte algo.
— Cuenta.
— Fui ayer a Madrid a ver a tu padre.
Levanto la vista. Bruno asiente.
— Tu padre me había mandado un mensaje el miércoles. Decía "Bruno, ven el viernes a las cinco a la residencia. Te recibo media hora". Fui.
— ¿Y?
— Tu padre estaba sentado en el sillón de su habitación.
Me hizo pasar. Me dio la mano. Me dijo "Bruno, gracias por venir.
Vamos a hacer la primera visita anual. Cuéntame algo de tu vida.
No de la historia. De tu vida". Hablamos cuarenta minutos.
Le conté del trabajo, de mi casa en Madrid, de la mujer con la que llevo ocho años saliendo.
Tu padre me hizo preguntas. Buenas preguntas.
Estaba interesado de verdad. — Bruno traga.
— Cuando ya me iba, tu padre me dijo "Bruno, una cosa más.
Quiero pedirte algo". Yo le dije "dígame".
Tu padre me dijo "cuando muera Lucía, lo cual será mucho después que yo, espero, quiero que tú vayas a su entierro.
Como hermano. Como medio hermano. Como lo que ella decida que eres en ese momento.
Pero ve. Esa es la única promesa que te pido". Yo se la di.
Bruno baja la mirada al café.
— Lucía.
— Sí.
— Tu padre es un hombre.
— Lo es.
Asentimos los dos. Pausa.
— Bruno.
— Sí.
— Hay una cosa que necesito decirte antes de la entrega.
— Dime.
— En los doce cuadros hay tres capas, no dos.
La capa superior, los retratos en estilo XIX que ha pintado mi padre.
La capa intermedia, los retratos de mi madre que pintó tu padre, el otro Pedro Aizpún, en 1979 y 1980.
Y una tercera capa, más profunda, debajo de la pintura del otro Pedro.
Una capa de Marta Quintanilla, una prima de mi madre y de tu madre, una pintora aficionada de Pamplona que murió en 1982.
Esas telas pertenecían originalmente a Marta.
El otro Pedro las repintó después de la muerte de ella, posiblemente con telas que mi madre le pasó.
Yo, en restauración, no voy a retirar la pintura del otro Pedro para sacar la de Marta.
Pero la dejo documentada en el dossier de los cuadros.
Bruno me mira un rato largo. Asiente.
— Lo respeto.
— Bien.
— Gracias, Lucía.
Bruno se levanta. Se acerca al primer cuadro restaurado. Le mira la firma diminuta P. A. en el ángulo inferior derecho. Le mira el ángulo inferior izquierdo donde, ahora, asoma la M. Q. minúscula que he dejado limpia y visible.
— Lucía.
— Sí.
— Tres mujeres en cada cuadro.
— ¿Tres?
— La del retrato superior, en estilo XIX. La del retrato subyacente, mi madre joven. Y, si hubiera una pintura figurativa de Marta debajo, otra mujer. Marta o cualquiera que Marta pintara.
— Sí. — Una pausa. — Tres capas, tres firmas, varias mujeres en cada cuadro.
Bruno asiente.
— Lucía.
— Sí.
— ¿Crees que un día se podrá pensar en sacar la capa de Marta?
— Quizás dentro de cien años, Bruno. Cuando ninguno de nosotros esté para opinar. La decisión la dejaremos en el dossier de la universidad. Si ellos, dentro de un siglo, deciden que merece la pena ver la pintura de Marta, sacarán la capa del otro Pedro. Yo, no.
— Bien.
Pausa. Bruno se queda mirando los cuadros un rato más. Después dice:
— Lucía. Una cosa más.
— Dime.
— Te debo las gracias de la única manera que sé.
— Saca de la cartera un papel. — Es una transferencia.
He cobrado los cuatro cuadros que me corresponden.
He pagado los ocho que se quedan contigo.
He pagado los doce, en total, al precio de doce.
Tú dijiste que cobrara solo cuatro. Pero los doce son trabajo, los doce son seis meses de tu vida, los doce son lo que son.
Si no aceptas el dinero por los ocho, lo dono a un comedor social de Cuenca en tu nombre.
— Bruno.
— Acéptalo, Lucía. Por una vez. Acéptalo.
Tarda. Yo tardo. Acepto.
— Gracias, Bruno.
— Gracias a ti.
Bruno se pone el abrigo. Lo acompaño a la puerta. En el umbral, se vuelve.
— Lucía.
— Sí.
— Te llamaré en el verano. Cuando entregue los cuatro a la sala que voy a habilitar en mi casa de Madrid. Te invito a venir a verla.
— Iré.
— Bien.
Bruno se va. Sube por la calle Alfonso VIII hacia la plaza Mayor. Esta vez, sí, se vuelve una vez. Levanta la mano. Le devuelvo el gesto. Sigue.
Cierro la puerta. Subo a la cocina. Me hago una infusión. Me siento en la silla del limonero.
Llamo a mi padre a la residencia. Coge al cuarto tono.
— Lucía.
— Papá.
— ¿Qué tal?
— Bruno me ha contado lo de ayer.
— ¿Y?
— Bien hecho, papá. Bien hecho.
— Bueno, hija. Me lo debía a mí. No a Bruno. — Una pausa. — Por cierto. He empezado a escribir. La primera hoja la escribí ayer por la noche. Sobre la primera vez que vi a tu madre en el setenta y siete.
— Bien, papá.
— Cuando te traiga un dia llena la libreta, ya verás.
— Bien.
Cuelgo.
Cierro la cocina.
Bajo al taller. Sigo con el décimo.
A las once de la noche apago la luz.