Capítulo 26
Mi padre me abre. La casa lleva dos meses recogiéndose en cajas.
Hay diez cajas de cartón apiladas en el zaguán.
El cuadro grande del salón ya no está. Las cortinas, recogidas.
La biblioteca, vacía a la mitad. Mi padre lleva el mismo jersey gris del primer sábado de Cuenca, dos meses atrás, y los pantalones grises de siempre. Tiene la cara más delgada.
— Lucía.
— Papá.
Le abrazo. Me deja abrazar. Pasamos al salón. Mi padre ha preparado algo de comida sencilla. Pollo a la plancha, ensalada, pan. Hacemos comida sencilla los dos cuando nos vemos a solas. Es una herencia de mi madre. Ella decía que las comidas serias se hacían sin platos serios.
Comemos. Hablamos de la residencia. Mi padre entra el primero de mayo.
La residencia está en Pozuelo, llevará coche todavía un tiempo, podrá salir a pasear, hay médico, hay enfermería, hay sala común y hay un jardín.
La habitación tiene un pequeño escritorio, una cama, un sillón, un baño.
Es un apartamento de pensionista bien atendido.
Mi padre lo describe como si estuviera describiendo el plan industrial de una eléctrica.
Tomás le ayudó a elegirla. Yo, también, en una visita rápida hace dos semanas. Es buena.
— Papá.
— Sí.
— ¿Vas a estar bien?
— Voy a estar bien.
— ¿De verdad?
— De verdad, Lucía. Lo he aceptado.
Termina el pollo. Me coge la mano.
— Lucía.
— Sí, papá.
— Quiero pedirte perdón.
— Ya me lo pediste, papá.
— Te lo pido otra vez. Y otra. Y todas las veces que haga falta.
Le miro. Su mano sobre la mía. Un hombre de setenta y dos años. Pequeñas manchas en el dorso. Los dedos largos de mi padre, los que tantas veces vi escribiendo con pluma estilográfica los informes para la eléctrica. Los que me peinaron de pequeña cuando estaba enferma y mi madre no podía.
— Papá.
— Sí.
— Yo te perdono. Hoy y siempre. No te voy a hacer pedirme perdón cada vez que nos veamos. — Una pausa. — Pero quiero algo más.
— ¿Qué?
— Cuando entres en la residencia, quiero que escribas.
Una hoja al día. Lo que sea. Lo que recuerdes de mamá.
Lo que recuerdes de Bruno. Lo que recuerdes del otro Pedro Aizpún.
Lo que recuerdes de tu juventud. Lo que recuerdes de Pilar la abuela, de tu hermano, de los veranos.
Quiero que escribas, papá. Una hoja al día.
En una libreta. Yo te traeré las libretas cuando se te acaben.
Cuando mueras, esas libretas serán mías y de Tomás.
Mi padre tarda.
— ¿Para qué, hija?
— Para que tú no cargues solo. Para que cuando ya no estés, yo tenga tu memoria. Para que el día que yo decida si quiero conocer mejor a Bruno, tenga papel.
Mi padre asiente. Le tiembla un poco la barbilla. No llora.
— Lucía.
— Sí.
— Lo voy a hacer.
— Bien.
Pausa. Tomamos café.
— Papá. Otra cosa.
— Dime.
— Necesito que me cuentes lo que sepas de Marta Quintanilla.
Mi padre levanta la mirada. Tarda.
— ¿Marta?
— Sí.
— ¿Por qué?
— Porque ha aparecido su firma en el ángulo opuesto de los doce cuadros. Debajo del cuadro del otro Pedro Aizpún. Bajo la capa subyacente. Marta Quintanilla había pintado, antes que él, doce telas. Y el otro Pedro las reutilizó pintando encima.
Mi padre se queda inmóvil. La taza de café se le queda a medio camino.
— Lucía.
— Sí.
— Tu madre nunca me dijo nada de eso.
— Lo sé.
— ¿Estás segura?
— Estoy. Lo confirmé ayer con análisis profundos. Hay otra firma, M. Q., en el ángulo opuesto. Y, por debajo, una tercera capa de pintura.
Mi padre cierra los ojos. Los abre. Mira la mesa.
— Marta Quintanilla.
— Sí.
— Mira, hija, lo que yo sé. Marta era una prima segunda de tu madre.
Hija de un primo carnal de tu abuelo materno, que vivía en Pamplona.
Marta nunca se casó. Pintaba. Daba clases en su casa.
Tu madre la quería mucho. Iba a verla cada año, en agosto, hasta que Marta murió.
Cuando tu madre estaba con el otro Pedro Aizpún en Lavapiés, en el setenta y nueve, Marta vino a verla a Madrid varias veces.
— Mi padre traga. — Marta murió en septiembre del ochenta y dos.
Tu madre no lo superó bien. Era la persona que más la había acompañado en los años malos del piso de Lavapiés.
— Papá.
— Sí.
— ¿Crees que Marta le regaló las doce telas al otro Pedro Aizpún para que las reutilizara?
Mi padre tarda.
— Marta dejó muchas telas inacabadas cuando murió. Tu madre, recuerdo, recibió un baúl con cuadros de Marta a finales del ochenta y dos. Yo no sabía nada de los doce cuadros ni de su procedencia. Yo, en el ochenta y dos, llevaba un año sin ver a tu madre.
— ¿Pero tu hipótesis?
— Mi hipótesis sería que tu madre, en el ochenta y dos, le dio al otro Pedro el baúl de telas de Marta, después de la muerte de Marta.
El otro Pedro tenía poco dinero. Las telas se pueden reutilizar.
El otro Pedro pintó encima de las telas de Marta.
Las firmas M. Q. quedaron debajo. Tu madre seguramente lo supo.
Y, por respeto a Marta y al otro Pedro, calló.
— Vale.
Asiento. Pausa.
— Papá.
— Sí.
— Esa tercera capa, en algunos cuadros, debe tener una pintura entera. No solo la firma. Si limpio, voy a sacarla.
— ¿La vas a sacar?
Lo pienso.
— No, papá. — Tomo aire. — No la voy a sacar.
La voy a documentar. Voy a escanear las tres capas en los doce cuadros.
Voy a hacer un dossier. Pero no voy a retirar la pintura del otro Pedro Aizpún para sacar la pintura de Marta.
— Una pausa. — No me corresponde decidir qué se ve y qué no se ve en estos cuadros.
Marta dejó esas telas. El otro Pedro las repintó.
Tú las repintaste otra vez. Cada capa es de un dueño que pintó.
Yo soy la restauradora. No soy ni Marta, ni Pedro ni tú.
Documento. No destapo. Eso es lo que cabe.
Mi padre asiente.
— Es la decisión más sensata, hija.
— Lo es.
Pausa.
— Papá.
— Sí.
— En el cuarto que era de mamá, en Cuenca, está el cuadro pequeño de Marta. ¿Lo tienes tú?
Mi padre asiente. Se levanta. Va al estudio.
Vuelve con un cuadro pequeño envuelto en tela.
Lo desenrolla. Es una acuarela pequeña, una marina, escuela de Pamplona, sin demasiado oficio, hecha con cariño.
Firmada M. Q., en cursiva, abajo. La misma caligrafía que la nota de la caja.
La misma de la firma que he visto en el ángulo opuesto del noveno cuadro.
Mi padre me lo da.
— Es tuyo, Lucía. Te lo llevas tú.
— Gracias, papá.
Lo guardo en una carpeta acolchada que he traído para esto.
A media tarde, vuelvo a Cuenca. Mi padre me acompaña al taxi. Me besa la frente. Me dice "hija, cuídate". Le digo "te cuides, papá". El taxi arranca. Mi padre se queda en la verja de hierro de su casa, con las manos en los bolsillos. La verja se cierra en mi reflejo del cristal trasero.
En el AVE, mientras cruzo Castilla, abro la libreta. Anoto, en otra hoja, en limpio:
DECISIÓN. Los doce cuadros llevan tres capas.
Una de Marta Quintanilla (1979 o anteriores, en acuarela u óleo, doce piezas no terminadas pintadas para sí).
Una de Pedro Aizpún el pintor (1979-1980, doce retratos de Elena Quintanilla, pintados sobre las telas de Marta tras la muerte de Marta en 1982).
Una de Pedro Aizpún Garmendia (1996-1999, doce retratos en pastiche XIX, pintados sobre los retratos del otro Pedro para esconder a Elena).
Lucía Aizpún Belmonte (2025-2026, restauradora) ha intervenido en la capa superior, limpiándola y documentando las dos capas anteriores con análisis infrarrojo y ultravioleta. NO ha retirado ninguna capa. Las tres capas se conservan en los doce cuadros.
Donación al departamento de Bellas Artes de la Universidad de Cuenca. Catalogación como "Doce retratos en tres capas, anónimos por decisión de la donante". Sala única. Sin atribuir.
Cierro la libreta.
Llego a Cuenca a las ocho.
A la mañana siguiente, Adrián me llama. Adrián ahora vive en su piso de la calle del Peso, lleva una semana. Me dice:
— Lucía. Café esta tarde.
— Vale.
— En el del ciento siete.
— Vale.
A las seis bajo. Adrián me espera en la mesa del fondo, junto a la ventana al patio interior. La misma mesa que la del primer almuerzo con Bruno hace seis meses. La vida tiene esos retornos. Pido un té. Adrián, un café cortado.
— Estás más delgada.
— Tú estás más despierto.
— Sí.
Sonrío.
Adrián me cuenta su piso. Sus compañeros del instituto. Los días que ha empezado a salir a correr por la hoz del Júcar por las tardes. Le cuento del taller. De los cuadros. De Bruno. De mi padre. De Tomás.
A los cuarenta minutos, Adrián me pregunta:
— ¿Estás bien?
— Estoy bien.
— ¿De verdad?
— De verdad.
Nos despedimos en la puerta del restaurante. Le doy un beso en la mejilla. Le digo:
— Adrián.
— Sí.
— Vamos a tomar café cada mes, mientras la cosa no se cierre del todo legalmente. Y, después, una vez al año por mi cumpleaños o el tuyo.
— Vale, Lucía.
— Vale.
Adrián se va caminando hacia abajo, hacia la calle del Peso. Yo subo hacia arriba, hacia mi casa. Nos cruzamos sin volvernos. Eso es bonito y nos lo permitimos.
Por la noche, cuando bajo al taller, miro los doce cuadros. Los ocho restaurados, en la pared del norte. Los cuatro pendientes, en estuches. Y los tres con las tres capas escaneadas: noveno, sexto y tercero.
Sé lo que tengo que hacer en los próximos veinte días. Sigo.