Capítulo 25
Adrián se ha mudado el sábado. Vinieron tres amigos suyos del instituto en una furgoneta a echarle una mano.
Yo le ayudé a empaquetar libros. Bajamos las cajas.
Cargamos. Nos despedimos en la calle, delante de la puerta de mi casa, con un abrazo largo y sin lágrimas.
Adrián me besó la frente. Le besé la mejilla.
Me dijo "Lucía, te llamo el miércoles para tomar un café".
Le dije "vale". Subió a la furgoneta. Se fue.
El domingo no salí del taller. Llevo el octavo cuadro casi terminado.
El noveno, el décimo, el undécimo y el duodécimo siguen esperando en sus estuches.
Mi padre entra en residencia dentro de diez días.
Bruno viene en quince. Adrián vuelve a tomar café conmigo el miércoles. El plan de la semana es así de simple.
Hoy es lunes. Me he levantado a las siete. Café. Bajada al taller a las ocho. El octavo cuadro queda perfecto a las nueve. Lo guardo en su estuche, ya limpio, con un papel sellado encima. Lo dejo apoyado en la pared del fondo, al lado de los otros siete.
Saco el noveno cuadro. Lo pongo en el caballete grande.
Hago las pruebas habituales. Ultravioleta, fluorescencia uniforme.
Infrarrojo, pintura subyacente. Otro retrato de mi madre.
Mismo formato. Mismas dimensiones. Misma firma P.
A. Misma traza pequeñísima en el ángulo opuesto.
Esta vez, 80. Mil novecientos ochenta. La última fecha de la serie, calculo.
Mil novecientos setenta y nueve y mil novecientos ochenta son los dos años en los que mi madre vivió con el otro Pedro Aizpún.
Los doce retratos cubren esos dos años. Doce meses, doce retratos. Eso es lo que apuesto ahora.
Empiezo a quitar el barniz.
A las once me suena el teléfono. Adela.
— Lucía.
— Adela.
— ¿Cómo estás?
— Estoy en el noveno.
— Eres una máquina, hija.
— Lo soy. ¿Y tú?
— Voy a Cuenca este viernes. Vengo a verte. Me quedo el fin de semana.
— Vale.
— ¿Necesitas algo de Madrid?
— No.
— Vale.
— Adela.
— Sí.
— Te tengo que contar muchas cosas el viernes.
— Te las cuento yo a ti también. — Una pausa. — Lucía.
— Sí.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien.
Cuelga.
Trabajo el noveno hasta la una. Subo a comer. Bajo a las tres. Sigo. A las seis, el ángulo inferior derecho del cuadro, donde está la firma P. A., está limpio. Hago una pausa. Salgo al patio. Riego el limonero. Me bebo un agua.
Cuando vuelvo a entrar al taller, me detengo delante del noveno cuadro.
Lo miro con calma. La mujer del retrato superior es, como siempre, mi madre joven.
La firma P. A. asoma limpia en el ángulo.
Lo conozco todo. Vuelvo al taburete. Cojo el hisopo.
Mojo. Voy al ángulo opuesto. Ese ángulo, el inferior izquierdo, lleva la traza pequeñísima de la fecha 80.
Cuando lo limpio, espero ver solo la fecha.
No.
Hay algo más debajo de la fecha 80.
Hay otra firma.
No es P. A.
Es una firma distinta. Dos letras más pequeñas, más fluidas, con una caligrafía diferente. Una M y una Q. M Q.
Me quito los guantes. Me lavo las manos. Me las seco. Me pongo guantes nuevos. Cojo la lupa. Me acerco.
M Q.
Dos letras. Una M mayúscula y una Q mayúscula. Pegadas. Pluma de pelo de pincel, como las del resto de la firma. Hecha al mismo tiempo que la P. A. del lado opuesto. No es un añadido posterior. Es contemporánea.
Cierro los ojos.
Me siento en el taburete. Me sirvo agua. La bebo entera.
Le doy vueltas a las dos firmas. Una, P.
A., en el ángulo inferior derecho. Otra, M.
Q., en el ángulo inferior izquierdo. Lo había visto en los retratos anteriores pero, en aquellos, lo que aparecía en el ángulo izquierdo era una traza de números.
Una fecha. 79 en el primero. PAR en el segundo (que ahora, mirándolo otra vez, podría ser P-A-R, parte de algo más).
Vuelvo a la cabina con la lupa de luz fría y los infrarrojos.
Aplico infrarrojo profundo al ángulo inferior izquierdo del noveno. Más profundo del que aplico de costumbre. Y veo, debajo de la traza M Q, otra capa más profunda. Una capa que, en el escáner del primer infrarrojo de hace meses, no había visto porque no había mirado tan abajo.
Hay otra firma. Y, debajo de la otra firma, otra capa de pintura.
No es solo "una capa de pintura del XIX cubriendo una capa de pintura de 1979".
Es "una capa de pintura del XIX cubriendo una capa de pintura de 1979 cubriendo OTRA capa más profunda".
Salgo de la cabina. Me siento en el taburete.
Esto, lo voy a verificar en los otros cuadros. Lo voy a verificar en los doce.
Pero, antes, una intuición me clava al sitio.
M Q.
Mi madre se llamaba Elena Quintanilla Belmonte. Letra Q de Quintanilla.
Y, en una de las cartas que encontré en la caja de mi madre en diciembre, recordé una firma escrita en una hoja suelta, una firma de mujer.
La firma decía, en cursiva, "M. Q.". La hoja era una nota pequeña que había leído por encima y que había guardado sin pensar.
La nota decía "Elena, dejé el cuadro grande con tu madre.
Te quiero. M.". Lo recuerdo ahora. La M era la M de M. Q.
Subo al cuarto de mi madre. Abro el cajón. Saco la caja. Saco las cartas y las hojas sueltas. Encuentro la nota en pocos segundos. La leo. Es la misma firma.
M. Q.
¿Quién es M. Q.?
Bajo al taller. Cojo el móvil. Llamo a mi tía abuela Maruja, en Pamplona. Ochenta y cuatro años, mente fina, tarda en pillar las llamadas a veces pero, cuando se centra, contesta bien.
— Lucía, hija.
— Tía Maruja.
— Dime.
— Tía. Una pregunta breve. ¿En la familia de mamá había alguna mujer cuyo nombre empezara por M y que se apellidara Quintanilla?
Mi tía abuela tarda.
— Tendría que pensarlo, hija. Por mamá tu abuela materna no había Quintanillas.
Por papá, tu abuelo materno, sí, una sobrina suya, Marta Quintanilla.
Vivía en Pamplona. Murió hace muchos años.
Y, después, claro, las dos hermanas Quintanilla por la rama de tu abuelo paterno, no, perdón, por la rama materna de Sara.
Pero esas eran tu madre Elena Quintanilla y su hermana Sara Quintanilla. Otras M no me suenan.
— ¿Marta Quintanilla?
— Sí. Hija de un primo carnal de tu abuelo. Vivía en Pamplona. Murió en el ochenta y dos, creo. Tenía cincuenta y muchos años cuando murió.
— ¿Pintaba?
Mi tía abuela tarda.
— Pintaba, sí. Acuarela. ¿Por qué?
— Por una firma que ha aparecido en un cuadro. Una M y una Q.
— Marta pintaba, sí, pero acuarela. No óleo. Que yo sepa. Marta era una mujer muy guapa, muy alegre. Daba clases en casa, en Pamplona. Yo no la conocí bien. La habría visto cinco o seis veces en mi vida. Pero, sí, M. Q., podría ser ella.
— Tía Maruja.
— Sí.
— Marta Quintanilla, ¿pintaba retratos también?
— No te puedo decir, hija. Mi madre podría haberlo sabido. Yo, no. — Una pausa. — ¿Por qué me preguntas?
— Por la restauración.
— Vale, hija.
— Te llamo en unos días.
— Sí, hija.
Cuelgo.
Vuelvo al noveno cuadro. Aplico infrarrojo profundo a la zona central, donde está la cara de la mujer del retrato superior.
La cara del retrato subyacente. Y, debajo, una tercera capa.
Una capa más profunda. Una figura que no es la misma mujer.
Es otra figura. Otra cara. Pero el escáner no me da definición.
Tengo que abrir todavía más. Tengo que llegar a la tercera capa con un análisis físico, no solo óptico. Eso me lleva días o semanas.
Pero, en este momento, lo que tengo claro es lo siguiente.
El otro Pedro Aizpún pintó los doce retratos de mi madre en 1979 y 1980. Mi padre los repintó por encima, tapando la mujer joven, en 1996-1999. Eso ya lo sabía.
Lo nuevo es que, debajo del retrato del otro Pedro Aizpún, hay una tercera capa con otra firma. M Q. Posiblemente Marta Quintanilla, una prima lejana de mi madre, pintora aficionada en Pamplona, muerta en 1982.
Tres capas. Tres pintores. Tres mujeres distintas, posiblemente. Una historia de tres generaciones, posiblemente. Algo más antiguo. Algo que el otro Pedro Aizpún, a su vez, había encontrado.
Eso lo descubriré despacio.
No le voy a contar nada a Bruno aún. No le voy a contar nada a mi padre. No le voy a contar nada a Tomás.
Esta tercera capa es mía.
Apago la cabina. Cubro el noveno. Subo al piso de arriba. Me hago una infusión. Me siento al lado del limonero del patio. Pienso.
A las nueve me llama mi padre.
— Lucía. ¿Vas a venir a Madrid antes de que yo entre?
— Voy el martes que viene. Comemos.
— Bien.
— Papá.
— Sí.
— ¿Tú sabes algo de una pintora aficionada de Pamplona, Marta Quintanilla, prima lejana de mamá?
Mi padre tarda.
— Marta. Sí. Tu madre la mencionó dos o tres veces. Eran primas segundas. Murió antes de que tu madre y yo nos casáramos.
— ¿Pintaba?
— Pintaba, sí. Tu madre tenía un cuadro pequeño suyo, una acuarela, en el dormitorio nuestro de Cuenca. Una marina. Tu madre me dijo "esta es de mi prima Marta, de Pamplona, que murió cuando yo tenía veintitrés". No le preguntó nada más yo.
— Vale, papá. Hasta el martes.
— Hasta el martes.
Cuelgo.
Subo al dormitorio grande. En la pared, encima de la mesilla de mi madre, ya no está la marina pequeña. La cogió mi padre cuando se mudó a Madrid en 2008. La debe tener en casa.
Bajo al taller. Apago. Cierro.
Ya está. La tercera capa espera.
Hoy ha sido suficiente.