La Restauradora Capítulo 24
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Capítulo 24

Adrián vuelve a las ocho. Trae una maleta pequeña y un ramo de tres tulipanes blancos. Me da los tulipanes. Me besa la sien. Vamos a la cocina. Cenamos juntos una sopa de pollo y un poco de pan.

— Lucía.

— Sí.

— He pensado mucho estas tres semanas.

— Yo también.

Pausa.

— ¿Qué has pensado?

— Que no estamos bien juntos hace tiempo. Que tú estás abriendo una vida nueva y yo no soy parte de esa vida nueva. Que no me das tristeza. Pero, sinceramente, hace dos años que no me das alegría tampoco. Y, viceversa.

— Sí.

Pausa.

— ¿Adrián?

— Sí.

— Yo te quiero. Pero te quiero distinto. Te quiero como se quiere a un hombre con el que has compartido quince años de tu vida y al que vas a dejar de ver todos los días. Te quiero, no estoy enamorada.

— Yo igual.

— ¿Nos separamos?

— Nos separamos.

Lo dice tranquilo. Yo lo digo tranquila. Llevamos quince años juntos. Llevamos cinco años descosiéndonos por dentro. La conversación, después de tantos meses, es más fácil de lo que esperaba.

— Adrián.

— Sí.

— ¿Cómo lo hacemos?

— Despacio. Yo me llevo lo que tengo en el cuarto de invitados a un piso que voy a alquilar en el centro.

Empiezo a buscar mañana. Me quedo aquí tres semanas, en el cuarto, mientras encuentro algo.

Ya tendremos tiempo de hablar de la separación legal.

Yo no quiero nada de tuyo. La casa y el taller son tuyos.

— Adrián.

— Sí.

— ¿Tú estás bien?

— Estoy bien.

— ¿De verdad?

— De verdad. Llevaba meses con un peso en el pecho.

Esta semana en Ciudad Real, hablando con mis padres, mi madre me ha dicho algo que me ha hecho ver.

Me ha dicho "Adrián, no quieres a Lucía menos.

Os queréis los dos distinto. Eso pasa con quince años.

Si los dos sois honestos, sabréis salir bien".

— Tu madre es sabia.

— Sí.

Cenamos en silencio. Cuando termina, nos sentamos en el sofá del salón.

— Lucía.

— Sí.

— ¿Quieres que sepa algo más de tu historia con tu padre y con Bruno antes de irme?

— Adrián.

— Sí.

Lo pienso.

— No, Adrián.

— ¿No?

— Adrián, no es secreto entre tú y yo a partir de ahora.

Pero también, sinceramente, no es asunto tuyo.

— Una pausa. — Es asunto de mi padre, de mi hermano, de Bruno y mío.

Es de mi familia de sangre. Tú eras mi familia política, ahora vas a ser mi familia política antigua.

No le voy a hacer cargar a un hombre con una historia que ya no le pertenece.

— Otra pausa. — Es generoso por tu parte preguntarme.

Y es bonito que me lo preguntes. Pero no.

Adrián asiente.

— Vale, Lucía.

— Adrián.

— Sí.

— Te quiero por preguntarme.

— Y yo a ti por contestar lo que has contestado.

Vamos a dormir a habitaciones separadas. Adrián, al cuarto de invitados. Yo, al dormitorio grande. Antes de cerrar mi puerta, voy a la suya. La abro. Le miro.

— Adrián.

— Sí.

— ¿Vamos a estar bien tú y yo?

— Vamos a estar bien.

— Vale.

Cierro la puerta. Me meto en la cama. Lloro media hora callada. No es un llanto malo. Tampoco es bueno. Es un llanto que llevaba años queriendo salir y que ahora, por fin, sale.

Por la mañana, Adrián se levanta antes que yo. Me deja el café hecho en la cafetera italiana, en la encimera. Sale a buscar piso. Yo bajo al taller a las ocho y media. Trabajo en el octavo cuadro hasta la una.

A media mañana llama Bruno. Le digo que estoy bien. Le digo, sin entrar en detalles, que Adrián y yo nos hemos separado. Bruno me dice "lo siento". Le digo "no lo sientas". Le digo "todo bien, Bruno. La vida sigue".

Bruno me dice algo más:

— Lucía. He pensado, si te parece, venir solo una vez al mes a partir de ahora. Te dejo trabajar tranquila.

— Vale.

— Te llamo si necesitas.

— Vale.

Cuelgo.

A las dos y media, Adrián vuelve. Trae un papel con tres pisos para visitar la semana próxima.

Comemos un cocido que ha dejado mi vecina del 14, Encarna, que cocina los viernes para los dos.

Encarna, sesenta y tres años, vive sola desde hace doce.

Es la única vecina con la que tengo más confianza.

Cuando le he dicho lo de Adrián, esta semana, Encarna me ha dicho "Lucía, las mujeres como tú estáis bien solas.

Yo lo estoy. Y la vida me sienta mejor sola que con Antonio". Lo dijo con una sonrisa de alivio.

A las cuatro, Adrián se va a Cuenca centro a ver pisos.

Yo bajo al taller. Sigo con el octavo cuadro.

A las siete sube. Llama a la puerta del taller. Le abro.

— Encontré uno. En la calle del Peso. Tercero. Pequeño. Buena luz. Doscientos noventa al mes. Lo cojo.

— ¿Cuándo te mudas?

— En quince días.

— Vale.

— Lucía.

— Sí.

— ¿Te ayudo con la cena esta noche?

— Te ayudo yo.

Subimos a la cocina. Cocinamos los dos. Es la primera noche en quince años en que nos vamos a la cama sabiendo que pronto dejaremos de cenar juntos. Es la primera noche, también, en que no me duele.

Por la tarde del sábado, mi padre me llama desde Madrid.

— Lucía.

— Papá.

— ¿Cómo estás?

— Bien. Adrián se muda en quince días.

— ¿Cómo lo lleváis?

— Lo llevamos bien. Es lo más sano que hemos hecho los dos en mucho tiempo.

— Bueno, hija. Es lo que es. — Una pausa. — Te llamo porque he firmado la entrada en la residencia.

— ¿Cuál?

— Una en Pozuelo. Familiar. Buena. Habitación con jardín. Asistencia médica. Entro el primero de mayo.

— ¿Has vendido la casa?

— La he puesto a la venta. Tomás me está ayudando con la inmobiliaria. Se vende en seis u ocho meses calculan.

— Vale.

— Lucía.

— Sí, papá.

— He llamado a Bruno yo esta semana.

Suelto el cuchillo que tenía en la mano. Me siento en la mesa.

— ¿Le has llamado tú?

— Sí. Le he llamado para decirle dos cosas.

Una, que cuando yo entre en la residencia, podrá venir a verme una vez.

Si quiere. Una vez al año. Solo una. Por respeto a tu madre y por respeto a sí mismo.

Dos, que si después de la primera vez no quiere volver, no me ofendo.

Tres, que si quiere volver, le pongo una limitación: una vez al año. Sin más.

— Papá.

— Sí.

— ¿Por qué?

— Porque a tu madre, en algún momento de los últimos veinte años, le habría gustado que yo conociera a Bruno con calma.

Porque no quiero morirme sin haberlo intentado.

Y porque, sinceramente, ya no tengo miedo.

— Una pausa. — Bruno me ha dicho que sí.

Vendrá una vez al año, en agosto. Para el aniversario.

— Papá.

— Sí.

— Bien hecho.

Mi padre se queda en silencio.

— ¿Estás llorando, papá?

— Sí.

— Llora, papá.

— Sí.

— Yo te quiero.

— Yo a ti.

Cuelgo. Subo al cuarto de mi madre. Abro el cajón. Saco la libreta que escribí la semana pasada con la reconstrucción de aquel sábado de agosto. La cojo. Bajo al patio. La meto en una caja vieja de zapatos. Cierro la caja. La meto en el cajón de abajo de la cómoda.

No la voy a volver a leer.