La Restauradora Capítulo 23
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Capítulo 23

Llevo cinco días reconstruyendo en mi cabeza aquel agosto de hace veinte años, y cuanto más limpio el séptimo cuadro, con más nitidez veo la tarde del balcón.

No es un flashback, no es un recuerdo, es una composición.

Una composición hecha con lo que me ha contado Bruno, con lo que me ha contado mi padre, con lo que me ha contado Carmela, con lo que me ha contado Tomás.

Cinco voces que me dan, juntas, una sola escena.

Hoy, mientras como sola, esa escena se me presenta entera. Decido escribirla. La escribo en una libreta nueva. Para mí. Para no necesitar contársela nunca más a nadie.

La pongo aquí, en presente, como si la viera. Lo hago así porque es la forma en que la he construido. Si me dejara llevar al pasado, me perdería en él.

Esto es lo que veo:

Es agosto de 2005. Catorce de agosto. Sábado.

Mediodía. Cuenca, calle Alfonso VIII, número doce.

El sol pega fuerte. La calle está casi vacía.

La gente está veraneando. En la casa, mi padre lee en el salón del primer piso un libro de historia de la ingeniería en España, libro pesado de tapa azul.

Está sentado en el sillón orejero, junto a la ventana.

Mi madre baja a la compra a las once y media, ha vuelto con tres bolsas, las ha dejado en la cocina del segundo.

Está colocando los productos en el frigorífico.

Lleva un vestido de algodón color verde claro, las sandalias de cuero marrón, el pelo recogido en un moño bajo con una horquilla.

Yo, Lucía, dieciocho años, no estoy en casa.

Estoy en Madrid, en casa de Tomás, que vive en un piso con su novia entonces, en Argüelles.

He bajado a Madrid para empezar mañana lunes el curso intensivo de verano del primer año de Bellas Artes.

Esto lo recuerdo, no me lo cuento. Lo que pasa en Cuenca, esa tarde, yo no lo veo. Lo veo después.

Suena el timbre. Mi padre se levanta. Va al zaguán. Abre.

En la puerta está Bruno Quintanilla, veinticinco años, traje claro de verano, polo gris. Tiene la cara de un chico de Madrid que ha llegado en coche y que lleva ensayando esto desde hace meses. Mira a mi padre. Le dice "busco a Elena Quintanilla".

Mi padre tarda dos segundos. Sabe quién es.

Lo ha sabido desde la primera palabra. Lleva veinte años esperando este momento o uno parecido.

Lleva veinte años deseando que no llegue.

Pero ha llegado. Lo invita a pasar. Lo hace pasar al salón.

Le sirve un agua. Hablan una hora. Mi padre, durante esa hora, está siendo amable, está siendo claro, está pidiéndole a Bruno que entienda.

Bruno, sentado en el otro sillón, dice "yo solo quería conocer a Elena cinco minutos".

Mi padre sube. Llama a mi madre. Le dice "Elena, baja".

Mi madre baja a la cocina del segundo. Mi padre le dice, en voz baja, "Elena.

Bruno está abajo. En el salón. Ha venido a verte.

Solo cinco minutos. Yo estoy con él. No estás sola".

Mi madre se queda con la bolsa en la mano.

Mira a mi padre. Le dice "Pedro, no". Mi padre le coge la bolsa y la deja en la mesa.

Le coge la cara con las dos manos. Le dice "Elena, le veo en la cara que es la única vez que lo va a hacer.

Si lo hace ahora, ya está. Si no, vuelve siempre.

Mejor ahora". Mi madre se queda quieta. Asiente.

Bajan. Mi padre delante. Mi madre detrás.

Mi padre la lleva por el rellano del primer piso al rellano del segundo piso.

En el rellano del segundo está la puerta del balcón grande, el balcón que da a la calle Alfonso VIII, el balcón al que solo se sale desde el rellano y no desde una habitación.

Mi madre se queda en el rellano. Mira la pared.

La pared del rellano del segundo tiene un cuadro pequeño que mi madre compró en un mercadillo de Tetuán, en Madrid, en los años ochenta.

Una marina pequeña, escuela valenciana, sin firma.

Mi madre lo mira como mira la gente las cosas cuando no quiere mirar a otra cosa.

Mi padre llama a Bruno. Bruno sube. Llega al rellano del segundo. Se queda detrás de mi padre. Le dice a mi madre, en voz baja, "soy Bruno. Soy el hijo que diste a Sara".

Mi madre se cubre la boca con las dos manos. Se da media vuelta. Sale al balcón. Mi padre y Bruno la siguen.

Los tres están en el balcón. Es un balcón largo, de hierro forjado, baldosa hidráulica antigua, suelo irregular.

El pretil es de obra, bajo, le llega a un adulto al muslo, con una barandilla metálica encima que en su día estuvo bien fijada y que mi madre, hace meses, había avisado a mi padre que la había notado floja.

Mi padre, ingeniero industrial, había llamado a un herrero.

El herrero no había venido. Mi padre, esa tarde, lo recuerda en su cabeza con un mal sabor.

Mi madre, de espaldas a los dos hombres, mira la calle Alfonso VIII vacía.

La calle Alfonso VIII a las dos y cuarto de un sábado de agosto está vacía.

Hace calor. Las contraventanas de los vecinos están cerradas.

Hay una persiana de un balcón de enfrente medio bajada.

No hay testigos en la calle. Hay un único testigo dentro, Carmela, que está detrás de la puerta del cuarto de plancha del primer piso.

Carmela vio entrar a mi padre y a mi madre y a Bruno al rellano del segundo. Carmela está mirando por una rendija.

Mi madre se vuelve. Bruno tiene los ojos rojos.

Bruno le dice "te pido perdón. Yo solo quería verte una vez".

Mi madre niega con la cabeza. Le dice "vete".

Bruno asiente. Da un paso atrás. Mi madre da un paso adelante.

Yo no sé si quería decirle algo más o si quería simplemente acercarse para mirarle a los ojos por primera vez en su vida.

Lo cierto es que da un paso adelante. Pisa la baldosa suelta junto al pretil. La baldosa cede.

Bruno, por instinto, le coge el brazo derecho.

Es un gesto rápido. Más rápido que pensado.

Mi madre, por instinto, intenta soltarse.

Es un gesto rápido. Más rápido que pensado.

Bruno la suelta. Demasiado deprisa. Mi madre cae hacia atrás.

La barandilla metálica del pretil, mal fijada hace meses, cede al peso del cuerpo de mi madre. Mi madre cae por el balcón.

Mi padre se queda un segundo paralizado.

Bruno se queda dos segundos paralizado. Mi padre baja la escalera gritando "Elena, Elena".

Bruno se queda en el balcón. Mi padre sale a la calle.

Llega a mi madre. Mi madre está boca arriba en la acera.

La gente, de pronto, está alrededor. Mi madre tiene los ojos abiertos. No ve.

Bruno baja del balcón. Mi padre lo ve. Mi padre le dice, sin levantar la voz, "vete a Madrid ahora mismo. Yo te llamo". Bruno se va caminando. No se vuelve.

Carmela baja del primer piso por la escalera de servicio. Sale por la puerta de detrás. Se va a su casa.

Mi padre se queda con mi madre hasta que llega la ambulancia.

La ambulancia llega en doce minutos. Mi madre ya no está cuando llega la ambulancia.

La Guardia Civil llega en quince minutos.

Mi padre declara. Dice que estaba solo con su mujer en el balcón.

Dice que su mujer se asomó a llamarle a él, que estaba en el salón del primer piso, y pisó una baldosa suelta.

Dice que la barandilla del pretil cedió.

Dice que él la oyó caer y bajó por la escalera.

La Guardia Civil examina la baldosa. La examina el oficial Onieva, joven entonces.

Onieva confirma que la baldosa está suelta y que la barandilla, en efecto, está mal fijada.

El atestado se levanta como caída accidental.

A mí me llaman a Madrid a las dos y media. Tomás contesta. Tomás me lo dice en voz baja. Cojo el AVE de las cinco. Llego a Cuenca a las ocho. Mi padre me espera en la estación. No me abraza. Me dice "hija". Yo le digo "papá". No nos abrazamos hasta el entierro, tres días después.

Esa noche no duermo. Tomás duerme menos.

Eso es lo que veo. Lo escribo en la libreta. Lo cierro.

Lo que veo ahora, en marzo de 2026, es una composición de varias voces.

Yo no estaba en aquel balcón. Yo no estoy en aquel balcón.

Yo soy una restauradora de cuarenta años (treinta y ocho, casi treinta y nueve) que ha juntado los testimonios, los ha cruzado, los ha contrastado.

La composición es coherente. Es la verdad disponible.

La verdad entera, la que conoce un hipotético dios de los hechos, no la conozco yo. Pero esta es la más cercana.

Cierro la libreta. La guardo en el cajón superior de la cómoda de nogal del cuarto de mi madre, donde está la caja con las tres fotografías de Bruno.

Bajo al taller. Sigo con el séptimo cuadro.

A las siete me llama Adrián desde Ciudad Real.

— Lucía. Vuelvo el viernes.

— Vale, Adrián. Te espero.

— ¿Cómo estás?

— Estoy bien.

— Yo también.

Cuelgo.

Subo a la cocina. Me hago una infusión. Me siento en la mesa. Miro el limonero del patio por la ventana. Tiene cuatro limones grandes y dos flores blancas. Es marzo. La primavera viene corriendo. Yo no salgo a buscarla, pero la espero.