Capítulo 22
Tomás se ha venido a Cuenca para pasar dos días conmigo. Me ha llamado el sábado y me ha dicho "tengo dos días libres en el hospital, los cojo. Voy a Cuenca". Yo le he dicho que sí.
Llega a media tarde del lunes. Le abro. Le abrazo. No me había abrazado a Tomás de verdad desde antes de la muerte de mamá. Aprieto. Tomás aprieta. Nos quedamos así un rato más largo del que esperaba. Cuando me suelta, los dos tenemos los ojos rojos.
— Lucía.
— Tomás.
— ¿Y Adrián?
— En Ciudad Real, en casa de sus padres. Hemos decidido tomarnos un mes separados, a ver qué.
Tomás asiente. No me pregunta más. Sube su bolsa al cuarto de invitados. Bajamos al taller.
Yo le había advertido que iba a enseñarle los cuadros. Tomás se queda en el umbral, como mi padre, sin entrar. Mira los seis cuadros restaurados ya, en la pared. Mira los otros seis que aún esperan. Mira el portátil con los escaneos. Mira la cabina de luz.
— Lucía.
— Sí.
— ¿Es ella?
— Es ella.
Tomás entra. Se sienta. Le miro la cara. Tomás no llora. Tomás aprieta la mandíbula. Tomás es un anestesista de un hospital grande de Madrid, lleva veintidós años trabajando con la muerte y con la espera, y sabe estar quieto cuando hace falta.
— Cuéntame, hija.
— ¿Hija?
Tomás se ríe. Una risa corta.
— Perdona, hermana. La costumbre del hospital con los pacientes mayores.
Le cuento todo. Despacio. Desde el día que entró Bruno al taller, en octubre, hasta la conversación con Onieva, hace tres semanas. No me salto nada. Tomás escucha en silencio. Cuando termino, mira el suelo. Después dice:
— Yo te debo una.
— ¿Tú?
— Sí, Lucía. Yo llevaba veinte años con esto en la cabeza.
Lo de Bruno, lo de mamá llamándose Quintanilla, lo del balcón.
Lo del balcón ni siquiera. Lo del balcón yo sospechaba algo cuando vi al hombre joven en el salón el sábado anterior.
Después, cuando murió mamá una semana después, lo até.
Pero, te juro que aquella tarde, vi al chico irse, oí a papá presentarlo como familiar lejano, no le di más vueltas.
Cuando murió mamá una semana después, ya no quise volver a darle vueltas. Lo enterré.
— Tomás.
— Sí.
— Tú tenías veintidós años cuando murió mamá.
— Sí.
— Tú te quedaste solo. Yo me quedé sola. Papá se quedó solo. Cada uno enterró lo que pudo enterrar. — Una pausa. — No te debo nada. Tampoco me debes nada tú.
Tomás asiente. Cierra los ojos. Los abre.
— Lucía.
— Sí.
— Yo te quiero.
— Yo a ti.
— Y, escúchame esto. Papá nos quiere a los dos.
— Lo sé.
— Papá lo ha pasado mal estos veinte años. Mal de verdad. Yo lo veía. Yo lo veía con la copa de vino de las nueve de la noche en La Moraleja, los sábados que venía a verme con los niños. Lo veía sin saber lo que le pasaba. Ahora lo entiendo. Llevaba veinte años con una piedra en el pecho.
— Sí.
— Y nosotros le hemos hecho llevar la piedra solo.
— Tomás.
— Sí.
— Nosotros no sabíamos lo que llevaba. Eso no es justo.
— Sí. Pero los hijos, Lucía, terminamos heredando esas piedras se las contemos o no.
Asiento.
Subimos a la cocina. Hago una sopa de verduras y una tortilla francesa con jamón. Cenamos. Tomás me cuenta cosas del hospital, de su mujer, de los niños. Yo le cuento del taller, de Bruno, de Adrián. Cuando llegamos al postre, una manzana asada, Tomás me dice:
— Lucía.
— Sí.
— ¿Tú vas a estar bien?
— Voy a estar bien.
— ¿Sola?
— Si Adrián y yo nos separamos, sí.
— Vale.
Una pausa.
— Lucía.
— Sí.
— ¿Vas a volver a Madrid en algún momento?
— ¿A Madrid?
— Sí. A vivir.
Lo pienso.
— No, Tomás. No voy a volver a Madrid. Yo soy de Cuenca.
— Vale.
— ¿Por qué me preguntas?
— Porque, cuando papá entre en residencia y nosotros heredemos la casa de La Moraleja, hay que decidir qué se hace. Yo no la quiero. Mi mujer no la quiere. Tú no la querrás. La pondremos a la venta cuando papá esté instalado. Hace falta que tú y yo estemos de acuerdo, claro.
— Estoy de acuerdo.
— Bien.
— Tomás.
— Sí.
— ¿Quieres que vayamos juntos a visitar a papá una vez al mes en la residencia?
Tomás me mira.
— ¿Hablas en serio?
— Hablo en serio.
— Quiero, Lucía. Llevaba años sin hablar con papá más de veinte minutos seguidos. — Una pausa. — ¿Crees que él querría?
— Él quiere.
— Vale.
A la mañana siguiente, le doy a Tomás el desayuno. Sale a la calle a comprar pan. Vuelve. Le digo:
— Tomás.
— Sí.
— Una cosa más, sobre mamá. He pensado en algo y quería saber qué opinas tú.
— Dime.
— Mamá está enterrada en La Moraleja, en el cementerio nuevo de Madrid, con el apellido Belmonte en la lápida.
Cuando enterramos a mamá, papá decidió poner Belmonte porque era el apellido que ella había usado los últimos veinte años.
Yo, después de todo lo que sé, querría cambiar la lápida.
Querría poner los dos apellidos. Belmonte y Quintanilla. Mamá tuvo los dos.
Tomás asiente.
— Yo estoy de acuerdo.
— ¿Hablamos con papá?
— Hablamos.
— Bien.
Tomás se queda dos días. Salimos a pasear por la calle del Tinte. Comemos juntos. Bajamos a la hoz del Júcar. Una tarde nos sentamos en el mirador de las Catalinas, los dos, mirando el río. Tomás me dice:
— Lucía.
— Sí.
— ¿Sabes qué pienso?
— Dime.
— Pienso que llevamos veinte años siendo medio hermanos sin saberlo, los dos.
Tú porque no te lo dijo nadie. Yo porque tampoco te lo dije yo.
Llevamos veinte años de Lucía Aizpún Belmonte y Tomás Aizpún Belmonte tratándonos como tales.
Te he tratado peor de lo que debí, hermana.
— Tomás se calla. Pasa un segundo. — Pero ahora, después de saber que mamá tuvo un tercer hijo, te miro a ti y pienso que tú y yo somos los hermanos enteros.
Los que crecimos en la misma casa. Los que compartimos a la misma madre.
Los que vimos lo mismo. Bruno es nuestro medio hermano y yo, dentro de un tiempo, querré conocerlo. Pero tú y yo somos lo de verdad.
— Tomás.
— Sí.
— Yo a ti también.
Tomás se va al día siguiente, a las once. Le acompaño al coche. Le doy un abrazo largo. Le digo:
— Tomás.
— Sí.
— Llámame cada semana. Aunque sea cinco minutos.
— Te llamo cada semana.
Arranca. Se va.
Esa tarde Adrián me llama desde Ciudad Real. Me dice:
— Lucía.
— Sí.
— Vuelvo el viernes a Cuenca. Si te parece bien, hablamos.
— Me parece bien.
— ¿Tomás se ha ido?
— Sí.
— ¿Estás bien?
— Estoy bien.
— Te quiero, Lucía.
— Yo a ti.
Cuelgo.
Bajo al taller. Saco el séptimo cuadro. Lo pongo en el caballete. Le quito el barniz del primer cuadrado de cinco centímetros, junto a la firma diminuta P. A. del ángulo inferior derecho.
Trabajo bien.