La Restauradora Capítulo 21
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Capítulo 21

Han pasado dos semanas desde la conversación con mi padre en la cocina.

Una desde la del puesto. Tres días desde la del salón con Adrián.

Estoy de vuelta al taller. He sacado el sexto cuadro de su estuche.

Lo he llevado a la cabina de luz. He pasado el ultravioleta.

He pasado el infrarrojo. Confirmo lo que ya sé.

Otro retrato de mi madre debajo. Misma firma. Misma fecha probable.

He empezado a quitar el barniz del sexto sobre las nueve. Llevo una hora trabajando despacio. Las manos van bien. La cabeza, también. Esta vez no estoy pintando una idea. Estoy trabajando. Eso me sienta bien.

Bruno llega a las diez y media en punto. La campanilla suena. Me vuelvo. Lo dejo entrar.

— Buenos días.

— Buenos días.

Le hago un café. Se lo doy. Esta vez, los dos taburetes no están enfrentados. Esta vez, yo trabajo en el caballete grande y Bruno se sienta en el taburete del caballete pequeño, a un lado, mirando.

— ¿Cómo va el sexto?

— Va bien.

— ¿Te molesta que esté?

— No me molesta. Trabajar con alguien al lado me ha pasado pocas veces. Pero no me molesta.

Bruno asiente. Bebe café. Mira el sexto cuadro en el caballete. La mujer del retrato superior es la misma de los otros, en otro día, con otra ropa. La conoce. Yo, la conozco.

Llevamos así media hora. Yo, trabajando. Él, en silencio. La radio bajita.

Cuando me detengo a estirarme la espalda, Bruno habla.

— Lucía.

— Sí.

— He hablado con tu padre esta semana.

Suelto el hisopo. Me vuelvo.

— ¿Cuándo?

— El viernes. Le llamé. Le pedí media hora. Me dijo que sí. Quedamos en una cafetería de Puerta de Hierro. Estuvimos dos horas y media.

— ¿Y?

Bruno tarda. Mira el café.

— Tu padre se sentó frente a mí. Yo le pedí perdón. Tu padre me dijo "Bruno, no te he traído aquí para que me pidas perdón. Te he traído porque mi hija me lo ha pedido. Cuéntame lo que tú llevas veinte años cargando. Yo te cuento lo que llevo yo. Y, si podemos, salimos de aquí con algo en limpio".

Bruno respira.

— Estuvimos hablando dos horas y media. Yo le conté la cara de tu madre cuando me vio.

Lo que me dijo. Lo que sentí cuando le solté el brazo.

Le dije lo que no le había dicho a nadie en veinte años.

Que aquel segundo, cuando le solté, fue un segundo que decidí solo.

Tu padre no me dijo "no fue culpa tuya".

Eso no me lo dijo. Me dijo, después de mucho rato: "Bruno, ese segundo lo decidiste tú.

Pero también lo decidí yo cuando le pedí a tu madre que bajara a verte.

También lo decidieron ella misma y su pasado.

Y lo decidió Pedro Aizpún el pintor cuando dejó a tu madre con un bebé.

Aquel segundo no lo decidiste tú solo. Lo decidimos un poco todos.

Y, lo que ya no decide nadie, es lo que pasó. Sigue pasado. Vivamos los dos con eso".

Bruno se queda en silencio.

— ¿Y tú?

— Yo le dije gracias.

— ¿Y él?

— Tu padre se levantó. Me dio la mano. Me dijo: "Bruno, no nos vamos a volver a ver.

No te quiero en mi vida. Pero a partir de hoy no te quiero por una razón distinta.

No por miedo. Por dignidad. Tú vas a vivir tu vida sin mí.

Yo voy a vivir la mía sin ti. Cuando yo muera, te buscará mi hija si ella quiere.

Tú no me busques. Eso te pido". Y se fue.

Trago. Asiento.

— Bruno.

— Sí.

— Eso suena muy a mi padre.

— Sí. — Bruno sonríe a medias. — Tu padre es un hombre muy claro cuando se le aprieta.

Vuelvo al cuadro. Mojo el hisopo. Empiezo a quitar el barniz de un cuadrado pequeño junto al cuello del vestido. Trabajo. Bruno me mira.

— Lucía.

— Sí.

— Quiero hacerte una propuesta sobre los cuadros.

— Te escucho.

— Has dicho que quieres conservar ocho. Yo, los cuatro míos.

Vale. Pero te pido una cosa. Quiero que firmemos un documento de las dos partes diciendo qué se hace con los cuatro míos si yo muero antes que tú, y qué se hace con los ocho tuyos si tú mueres antes que yo.

Quiero que los doce, al final, terminen juntos.

En la misma sala. Sin nombre tuyo ni mío.

Quiero que sea una donación a una universidad pública, con la única condición de que se expongan los doce juntos en orden.

— ¿Por qué quieres eso?

— Porque, Lucía, son los doce retratos de una mujer. No son once. No son ocho. Son doce. Y, separados, son menos que juntos.

Lo pienso. Es coherente. Es bonito en un sentido raro.

— Vale, Bruno. Lo firmamos.

— Gracias.

Trabajo. Bruno está sentado.

— Lucía.

— Sí.

— ¿Adrián cómo está?

Levanto la cabeza. Lo miro. Bruno me mira sin curiosidad invasiva. Solo me mira.

— Adrián y yo hemos hablado.

— ¿Y?

— Y, probablemente, esta primavera nos separemos. Sin escándalo. Sin nada feo. Es una decisión nuestra. No tiene que ver con la historia entera. Tiene que ver con que llevábamos años sin mirarnos bien. La historia entera lo ha hecho visible.

Bruno asiente.

— Lo siento, Lucía.

— No lo sientas. Adrián es un buen hombre. Yo soy buena, dentro de lo que cabe. Llevamos quince años bien y los últimos cinco más en piloto automático. Si nos separamos, no nos vamos a odiar. Eso es lo único que me importa.

— Bien.

Sigo trabajando. Bruno mira el cuadro.

— Lucía.

— Sí.

— Una pregunta más.

— Dime.

— ¿Tú y yo qué somos?

Levanto la mano. La dejo apoyada en la mesa con el hisopo entre los dedos. Lo pienso.

— Bruno.

— Sí.

— Somos dos personas que tienen la misma madre.

Las dos llevamos veinte años sin saberlo.

Vamos a tardar mucho tiempo en saber qué somos uno para otro.

Yo, ahora mismo, te trato como cliente. Te respeto.

Cuando termine esta restauración, no quiero perderte de vista.

Pero tampoco quiero ponerte una etiqueta de "hermano" todavía.

No estoy preparada para llamarle hermano a un hombre que conocí en octubre.

Bruno asiente.

— Es la respuesta que quería.

— ¿La que querías?

— Sí. Hubiera tenido miedo si hubieras dicho "somos hermanos" en el segundo café. La gente que sabe esperar es la que termina siendo lo que tiene que ser.

— Vale.

Bruno se levanta. Mira la pared del fondo. Lleva ahora el séptimo cuadro descubierto a media luz.

— ¿Cuándo terminas?

— Para finales de mayo, calculo. Si todo va al ritmo de ahora.

— ¿Quieres que venga cada quince días, como antes?

— Sí.

— Vale.

Bruno se pone el abrigo. Antes de salir, me dice:

— Lucía.

— Sí.

— Una cosa que no te he dicho. — Una pausa. — Cuando nos abrazamos en el café del lunes, hace dos meses, después de contarte yo lo del balcón, tú no me abrazaste. Yo intenté abrazarte. Tú no quisiste. Yo te lo agradezco. — Una pausa. — No me hubiera fiado de ti si me hubieras abrazado ese día.

— Bien.

— Hasta dentro de quince días.

— Hasta dentro de quince días.

Bruno sale. La campanilla suena.

Yo me vuelvo al cuadro. Llevo otra hora trabajando. La luz del norte cambia de color cuando me detengo. Son las dos y cuarto. Tengo hambre. Subo a la cocina. Adrián ha dejado una nota en el frigorífico.

"He cogido el coche. He ido a Ciudad Real un par de días. Quería darnos a los dos un poco de aire. Te llamo esta noche. Te quiero. A."

La nota está bien. Adrián es así. Hace las cosas sin escándalo. Doblo la nota. La meto en el cajón.

Me siento a comer sola. Una ensalada y un huevo cocido.

Por la tarde, vuelvo al taller. Trabajo. Sigo con el sexto cuadro.

Por la noche, antes de dormir, abro el portátil. Escribo un correo a la directora del departamento de Bellas Artes de la Universidad de Cuenca. Le pido una reunión para hablar de una donación futura. Cierro el portátil.

Mañana sigo con el sexto.