La Restauradora Capítulo 20
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Capítulo 20

Le había dicho a Adela que iba a esperar.

Y a Aitor Mendoza también. Y a mi padre, en la cocina de la casa-taller, también.

Llevo dos noches sin pegar ojo desde la tarde en casa de Carmela.

He decidido, sola, ir a hablar con el cabo Onieva.

No para denunciar. Para mirarle a la cara y oír de él lo que tiene que decirme.

El cabo Onieva, ahora sargento, me recibe en su despacho de la primera planta. Es un hombre cincuentón, con bigote canoso y la mirada amable de los policías rurales que llevan veinte años viendo lo peor de los pueblos sin desensibilizarse. Lo conocía de hace veinte años. Lo conocía ahora.

— Lucía.

— Sargento.

— Onieva, por favor. Como antes. Pasa, hija, pasa.

Me siento. Cierra la puerta. Me ofrece un agua. La acepto. Espera.

— Vengo a hablar de mamá.

Onieva asiente. No le sorprende. Lleva dos semanas sabiéndolo desde que le llamé.

— Te escucho.

Le cuento. Sin saltarme nada. Le cuento la historia de Bruno, de la madre biológica, de los doce cuadros, de mi padre repintando los cuadros, del verano del cinco, del balcón, del forcejeo, del testimonio de Carmela.

Onieva no me interrumpe. Escribe en una libreta con un boli barato. Cuando termino, me mira.

— Lucía.

— Sí.

— ¿Has venido a denunciar?

— No.

— ¿Has venido a que reabramos el caso?

— No.

— ¿Para qué has venido?

— Para contártelo. Para que tú, que llevaste el caso en el cinco, lo sepas. Para que mañana, cuando yo cierre todo esto, no haya nadie con un dato a medio quemar en una cabeza. Para que tú, además, me digas si soy una idiota por no denunciar.

Onieva sonríe. Una sonrisa corta, sin dientes. Apoya la libreta. Junta las manos.

— Lucía. Te voy a hablar como Onieva, no como sargento. ¿Vale?

— Vale.

— En el cinco, llevamos el caso como accidente porque el atestado decía accidente y porque, en honor a la verdad, las pruebas decían accidente.

La baldosa suelta era real. El pretil era bajo de verdad.

Tu madre se cayó. Tu padre fue el que avisó.

Tu padre nos dijo que estaba solo con tu madre en el balcón.

Nosotros no teníamos ningún motivo para no creerlo. Nadie nos dijo lo contrario.

— ¿Carmela no fue a hablar contigo?

— Carmela no fue.

— Mi padre la pagó.

— Si tú me lo dices, lo apunto y se acabó. No voy a abrir un caso contra Carmela por aceptar dinero hace veinte años para callar lo que vio en un balcón. Su delito, si lo fuera, prescribió en el diez.

— Sí.

— Lucía. — Onieva me mira despacio. — ¿Tú quieres reabrir el caso?

— No.

— ¿Por qué no?

— Porque la verdad ya la sé. Porque, si lo abro, voy a meter en un proceso de varios años a un hombre de setenta y dos años que va a entrar en residencia y a otro hombre de cuarenta y cinco que es mi medio hermano biológico, y los dos van a sufrir un proceso que no nos va a dar a nadie un veredicto firme.

Las pruebas son testimoniales. La caída fue accidente.

Lo que pudo aportar Bruno con el brazo es de los milímetros que nunca prueba nadie en un juicio.

Y, sobre todo, porque mi madre llevaba muerta veinte años antes de que yo supiera quién era.

Yo no voy a reabrir esto para sumar más años de tribunal a un dolor que ya me lo conozco entero.

Onieva asiente.

— Bien dicho, niña. — Una pausa. — Yo te digo, ahora como sargento. No tendrías un caso. Aunque lo abriéramos, los hechos llevan prescritos. Aunque no prescribieran, las pruebas materiales del momento son las que son. No hay nada nuevo, materialmente. Lo que hay es testimonial. Sin más.

— Sí.

— Pero te voy a decir otra cosa, Lucía.

— Dime.

— Tu padre no es un buen hombre porque no te dijera la verdad antes.

Tu padre es un buen hombre porque la verdad la cargó él solo veinte años.

Tu padre cuando esto pasó tenía cincuenta y dos años.

Acababa de quedarse viudo. Tenía dos hijos.

Decidió, de la peor manera, no abrir una investigación que iba a llevarle a Bruno a juicio.

Te creas o no que fue accidente, lo que tu padre hizo no fue por encubrir un crimen.

Fue por enterrar una historia entera. Porque, si abría, la familia entera se iba a tener que enterar de todo.

Tu padre eligió mal, en sentido estricto.

Eligió tarde para vosotros. Pero no eligió por maldad.

— Onieva cierra los ojos un segundo. Los abre.

— Esto, Lucía, lo sé porque he visto a tu padre en este puesto un par de veces a lo largo de estos años.

Vino dos veces. Cada vez me preguntaba lo mismo.

"Onieva, el caso de Elena está cerrado, ¿no?

". Yo le decía "está cerrado, sí". Tu padre asentía y se iba.

— ¿Tú sospechabas algo?

— Sospechaba que tu padre cargaba con algo más de lo que decía. Pero, sin denunciante, sin testigo, sin hecho nuevo, ¿qué podía hacer yo? Nada. Y tu padre, francamente, no es de los que se buscan problemas.

Onieva se levanta.

— Lucía.

— Sí.

— Si algún día decides denunciar, ya sabes dónde estoy. Si nunca lo decides, también. Eres una buena chica. Eras buena chica entonces y eres buena chica ahora.

Se acerca. Me da la mano.

— Cuídate, Lucía. Y dale un abrazo a tu padre cuando lo veas.

— Se lo doy, sargento.

Salgo. Bajo las escaleras del puesto. Me siento en el coche. Conduzco hasta casa.

A media tarde llamo a Aitor Mendoza para decirle que no voy a denunciar.

Aitor me dice "lo sabía, Lucía". Me dice "haz una cosa, escribe un documento, dos páginas, en el que digas lo que sabes y por qué decides no denunciar, fírmalo, mételo en un sobre cerrado, déjalo en una caja fuerte.

Si en algún momento alguien quiere reabrir esto, tendrás un documento de tu mano.

Si no, ahí se queda. Pero te servirá a ti, en años, recordar por qué hoy decidiste no abrir".

Aitor tiene razón. Esa tarde escribo el documento. Dos páginas. Lo firmo. Lo guardo en la caja fuerte que tenemos detrás del cuadro del salón que era de mi abuela. Cierro la caja. Pongo el cuadro otra vez. Lo dejo derecho.

Esa noche, Adrián vuelve del instituto y se sienta conmigo en el sofá. Me dice "Lucía, esta noche".

— ¿Esta noche?

— Esta noche me lo cuentas todo. Lo de mamá.

Asiento. Le cuento la versión larga. La buena. La verdadera. Le digo todo. Bruno, el hijo dado en adopción. Mi padre con los doce cuadros. La caída del balcón. El sobre de Carmela. Aitor. Onieva. Mi decisión de no denunciar. La decisión de mi padre de entrar en residencia.

Adrián escucha. Toma aire muchas veces. Cuando termino, me coge la mano. La aprieta.

— Lucía.

— Sí.

— Yo te quiero.

— Yo a ti.

— Voy a necesitar unos días para digerir esto.

— Tómate los que quieras.

Adrián asiente. Sirve dos vasos de vino. Cenamos. Hablamos de otra cosa.

A los tres días, Adrián me dice una tarde, en la cocina:

— Lucía.

— ¿Sí?

— Voy a hacerte una pregunta. ¿Vale?

— Vale.

— ¿Tú me quieres como me querías hace dos años?

Yo tardo en contestar. Mucho.

— Adrián.

— Sí.

— Quiero hacerte la misma pregunta y necesito que tú la contestes primero.

Adrián me mira. Tarda.

— Yo a ti te quiero. Pero no soy capaz de seguirte el ritmo de esta historia, Lucía. — Una pausa. — Llevo cinco meses preguntándome qué hago en este matrimonio. No es por la historia de tu madre. Es por algo que llevo dentro hace tiempo. La historia de tu madre lo ha hecho más evidente.

Asiento despacio. Una parte de mí se desinfla. Otra parte de mí, una parte muy honesta, respira de alivio.

— Adrián.

— Sí.

— ¿Qué hacemos?

Adrián tarda.

— No nos separamos esta noche, Lucía. Esta noche cenamos. Mañana hablamos. Y, si tenemos que separarnos, lo hacemos despacio.

— Vale.

Esa noche dormimos abrazados.

Por la mañana, cuando Adrián se va al instituto, yo me siento en el banco del patio interior con un café. Miro el limonero. Pienso en los doce cuadros del taller. Pienso en mi padre. Pienso en Bruno.

Pienso en Adrián.

No lloro.

Llevo dos meses sin llorar de pena. Llevo dos meses llorando de otra cosa que no es pena. Eso lo aprendo esta mañana.