La Restauradora Capítulo 19
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Capítulo 19

— Lucía, qué guapa estás.

Carmela me abre la puerta con una sonrisa abierta y los ojos llorosos.

Tiene sesenta y dos años, ahora la veo, así que tendría cuarenta y dos cuando llegó a casa de mis padres.

Vive en un piso pequeño en el barrio de Tiradores, en una calle estrecha, con la fachada llena de macetas.

Me hace pasar al salón. Hay un sofá orejero, un sillón, una mesa baja, una virgen sobre la cómoda.

Tres fotografías en marco de plata. Su hijo, su nuera, su nieta. Todo está limpio.

— Cuéntame, hija, qué milagro.

— Carmela. — Me siento en el sillón. Carmela en el sofá. Nos miramos. — He venido a preguntarte por aquel verano.

Carmela cierra los ojos. Apoya la cabeza en el respaldo.

— Lo sabía.

— ¿Lo sabías?

— Sabía que algún día vendrías. Cuando supe lo de los cuadros. Tu padre, hace dos años, me llamó para decirme que algún día tú vendrías a preguntarme. Y me pidió que, si venías, te contara lo que sabía.

— ¿Mi padre te pidió eso?

— Sí, niña.

Trago.

— Carmela.

— Sí.

— Cuéntame.

Carmela se incorpora. Se peina el pelo con las manos. Cruza las suyas en el regazo.

— Yo estaba en la casa esa tarde, hija.

— ¿Cómo? Tú venías los lunes y los jueves.

— En agosto venía un día a la semana. Aquel sábado había venido a llevarle la merienda a tu padre y a recoger ropa para llevársela al tinte, que para eso me pagaba aparte.

Yo solía hacerlo los sábados de agosto porque a tu madre no le gustaba que la casa estuviera entera sin servicio en agosto.

Era el único mes en que yo venía sábados.

— Una pausa. — Aquella tarde llegué a las cinco.

Subí por la cocina. Tu padre estaba en el salón con un hombre joven.

Yo no quería molestar. Pasé deprisa, dejé la cesta, fui al cuarto de plancha.

Estuve veinte minutos planchando. Salí al rellano del primer piso. Iba a bajar. Y oí voces arriba.

— ¿Arriba? ¿En el segundo?

— Tu padre y tu madre en la cocina. Y, después, los pasos bajando. Yo me quedé quieta en el rellano del primer piso. No me veían.

— Sigue.

— Los oí bajar. Iban hacia el rellano del segundo, donde está el balcón grande. Yo, niña, me quedé quieta detrás de la puerta del cuarto de plancha. — Carmela respira. — Vi por la puerta entreabierta a tu padre, a tu madre y al hombre joven salir al balcón.

— ¿Los viste?

— Vi los tres.

— Carmela.

— Sí, niña.

— ¿Qué viste?

Carmela cierra los ojos un momento.

— Vi a tu madre llorando en el balcón. Vi al hombre joven pidiéndole perdón.

Vi a tu padre intentando que se sentaran los tres.

Vi que tu madre no se quería sentar. Vi que tu madre miró fijamente al hombre joven y le dijo "vete".

Vi que el hombre joven se asustó. Vi que tu madre dio un paso hacia él y que él retrocedió.

Vi a tu madre dar otro paso. Vi a tu madre pisar la baldosa suelta.

Vi al hombre joven cogerle el brazo. Vi a tu madre intentar zafarse.

Vi al hombre joven soltarle el brazo demasiado deprisa.

Vi a tu madre caer hacia atrás. Vi el pretil bajo y el cuerpo de tu madre cayendo sobre el pretil. — Carmela respira. — Eso vi, niña.

Yo me quedo en el sillón.

— Carmela.

— Sí.

— ¿Tú diste declaración a la Guardia Civil?

— No, niña.

— ¿Por qué no?

— Porque cuando bajé al rellano del primer piso después de oír los gritos de tu padre llamando a tu madre, tu padre estaba ya en la calle.

Yo me quedé arriba. Me asomé al balcón. Tu madre estaba abajo.

La gente ya estaba alrededor. Cogí mi bolso y salí por la puerta de servicio.

Bajé por la calle de detrás. Me fui andando a mi casa.

— ¿Y luego?

— Cuando volví, dos días después, tu padre me llamó por teléfono.

Me dijo que la Guardia Civil había estado, había levantado el atestado, había archivado el caso.

Me dijo: "Carmela, lo que tú viste tú lo sabes.

Pero te pido que no lo cuentes". Yo le dije "Pedro, eso es asunto tuyo".

Tu padre me dijo "Carmela, si tú declaras, va a haber una investigación.

La van a abrir. Y, sinceramente, no sé qué va a pasar con el chico que estaba en el balcón.

No sé si lo van a meter en la cárcel. No sé si la familia lo va a poder asumir.

Te pido tu silencio. Te ofrezco un dinero por él.

Te pido que no lo cuentes nunca, ni a Lucía, ni a Tomás.

Si algún día Lucía te pregunta directamente, le cuentas la verdad".

— Carmela me mira. — Yo cogí el dinero, hija.

Cogí el dinero. Llevo veinte años con un dinero que no he gastado.

Carmela se levanta. Va a la cómoda. Abre un cajón. Saca un sobre amarillento. Lo trae. Lo deja en la mesa baja entre las dos.

— Cuarenta mil euros, niña. En billetes. Tu padre me los dio en septiembre del cinco. Yo me los traje a casa. Los metí en el cajón. Y aquí siguen.

Me quedo mirando el sobre.

— Carmela.

— Sí.

— ¿Por qué no los gastaste?

— Porque, niña. — Carmela se sienta. Aprieta los ojos. — Porque sabía que algún día me iba a tocar contártelo a ti. Y no quería tener el dinero gastado el día que me preguntaras.

Yo me llevo las manos a los muslos. Aprieto. Las uñas me hacen daño a través del pantalón.

— Carmela.

— Sí.

— ¿Mi padre te dijo que el caso era accidente?

— Tu padre me dijo "Carmela, fue accidente.

Pero la presencia del chico nos va a complicar la vida a todos.

Si tú declaras lo del brazo, lo del zafarse, los abogados van a hacer su trabajo, los periódicos van a hacer su trabajo, y los hijos van a tener que vivir veinte años con la duda.

Yo no quiero. Yo prefiero pagar tu silencio que pagar veinte años de duda.

Acepta el dinero, Carmela. Por mis hijos.

Por mi mujer". — Carmela mueve la cabeza. — Yo acepté, hija. Yo acepté.

— Carmela.

— Sí.

— Tú no la sujetaste. Tú no la empujaste. Tú no tuviste nada que ver con la caída.

— Yo no, niña. Pero llevo veinte años con cuarenta mil euros en un cajón que me recuerdan que callé.

Cierro los ojos.

— ¿Tú crees que fue accidente, Carmela?

Carmela tarda. Mucho.

— Niña, yo creo que tu madre se cayó. Pero también creo que si el hombre joven no le hubiera cogido del brazo, igual no se cae.

La forma en que la soltó. Te lo digo. No es que la empujara, no.

Pero la soltó como quien suelta una rama caliente.

La soltó muy deprisa. Y tu madre estaba mal apoyada. Eso es lo que vi.

— Vale.

— Niña.

— Sí, Carmela.

— Tu madre estaba muy mal aquella tarde. Antes de salir al balcón. La cara de tu madre era una cara que yo no le había visto en quince años. Lo digo por si te sirve. Aquel hombre joven le hizo daño solo con aparecer. Sin tocarla. Sin decir nada todavía. Solo con estar.

Asiento.

— Carmela.

— Sí.

— El sobre te lo voy a dejar. No me lo llevo. Es asunto tuyo qué hacer con él. Si quieres, lo donas a un comedor social. Si quieres, te lo gastas. Si quieres, lo quemas. No es asunto mío.

— Lucía. — Carmela me coge la mano. — ¿Vas a denunciar?

— No, Carmela. No voy a denunciar.

— ¿A tu padre?

— Tampoco a él.

— ¿A Bruno?

— Tampoco. — Una pausa. — Tampoco a ti.

Carmela cierra los ojos. Aprieta mi mano. La aprieta despacio. Su mano es blanda y caliente, una mano de sesenta y dos años con manchas y pieles finas.

— Niña.

— Sí, Carmela.

— Tu madre, en agosto, se reía mucho con tu padre. Te lo digo. No fue un matrimonio infeliz. Acuérdate de eso.

Asiento. Tomo aire.

— Carmela.

— Sí.

— Gracias.

Me levanto. Me pone el abrigo. Me besa en las dos mejillas. Me acompaña hasta la puerta.

— Niña, ven a verme.

— Te vendré a ver, Carmela.

Salgo. Bajo por la calle de los Tiradores hacia la calle Carretería. La luz es de las cinco y media de febrero, esa luz aguada del invierno español. Camino hasta el río Júcar, despacio. Me siento en un banco. Lloro. No es un llanto malo. Es un llanto que llevaba dos meses esperando salir.

Llamo a Adrián.

— ¿Estás bien?

— Estoy bien.

— ¿Quieres que vaya a buscarte?

— Sí.

Adrián viene. Adrián me lleva a casa.

Esa noche, mientras cenamos, le digo:

— Adrián.

— Sí.

— Hay una parte de la historia que no te he contado. La parte mala. La que tiene que ver con el día que murió mamá. Te la voy a contar esta semana. Y necesito que sepas que es la última mentira que te he dicho.

Adrián deja el cubierto. Me mira. Mucho. Asiente.

— Vale, Lucía.

— Vale.

Cenamos sin más palabras. Nos vamos a dormir cogidos de la mano.

Esa noche duermo entera.