Capítulo 18
Mi padre ha dormido en el cuarto de invitados.
Yo he dormido a ratos en el dormitorio grande.
Bajo a la cocina y mi padre ya está sentado en una silla, con una taza de café entre las manos, mirando por la ventana al patio.
Lleva la misma ropa que ayer salvo el jersey, que se ha cambiado por una camisa azul claro. Tiene el pelo recién mojado.
— Buenos días, papá.
— Buenos días, hija.
Me sirvo café. Me siento enfrente.
— ¿Has dormido?
— A ratos.
— Yo también.
Bebemos en silencio. Fuera está nublado. El limonero del patio tiene los limones más grandes de lo que tenía hace dos meses. Pasan los minutos.
— Papá.
— Sí.
— Tengo cosas que decirte. Y cosas que preguntarte. ¿Te parece?
— Habla.
Cojo aire. Llevo dos noches preparando esto. La saco del bolsillo del pantalón, una hoja doblada con letra mía. La pongo abierta entre los dos sobre la mesa.
— Te voy a leer lo que tengo claro. Después te pregunto lo que no tengo claro. Después decidimos los dos qué hacemos.
— Bien.
— Uno. Tú no empujaste a mamá.
— No.
— Bruno no la empujó. Pudo haberle desplazado el equilibrio sin querer al sujetarle el brazo.
— Pudo.
— Dos. La baldosa suelta junto al pretil existía y existe. La Guardia Civil hizo informe técnico. Mamá pisó esa baldosa. La Guardia Civil archivó el caso como accidente y, en estricta justicia, el caso es accidente.
— Sí.
— Tres. Tú ocultaste a la Guardia Civil que Bruno estaba en el balcón en el momento de la caída.
Esa ocultación es un delito que llamamos encubrimiento u omisión, según se mire, y los dos llevan prescritos desde el ochenta y diez.
Yo no puedo, ni quiero, llevar eso a la justicia.
— Una pausa. — Pero quiero que tú sepas que sé lo que hiciste.
Mi padre asiente.
— Lo sé.
— Cuatro. Tú compraste, en secreto, durante doce años, los retratos que el otro Pedro Aizpún pintó a mi madre. Los repintaste para que nadie reconociera a mi madre joven. Los donaste a la Fundación Castelo. Lo hiciste para protegerla. Pero también para protegerte a ti.
Mi padre cierra los ojos.
— Sí.
— Cinco. Mi madre no sabía nada de lo que tú hacías.
Pero, en algún momento, mi madre supo que existían esos cuadros, porque tenía la dirección del piso de Lavapiés del otro Pedro apuntada en una agenda que conservo en su cuarto.
Mi madre vivió veinte años contigo y nunca te preguntó si habías recuperado esos cuadros.
Quizá lo sospechaba. Quizá no quería saber. No tengo certeza.
Mi padre tarda. Después dice:
— Yo, en treinta años, no se lo dije. Ella, en treinta años, no me lo preguntó. — Una pausa. — Vivíamos así.
— Sí.
— Seis. Tomás lo sabía. Mamá se lo contó cuando él tenía doce años. Tomás no me lo dijo nunca. — Suelto la hoja. — Eso fue lo que más me dolió en febrero.
Mi padre asiente.
— Eso lo decidió tu madre. Yo, cuando ella murió, decidí no decirte a ti. Decidí seguir con la promesa. Te equivoqué, hija. Te llevo equivocando veinte años.
— Sí, papá.
— Sí.
Mi padre se quita las gafas. Las limpia con el pañuelo del bolsillo del pantalón. Se las vuelve a poner.
— Lucía.
— Papá.
— Pregunta lo que quieras preguntar.
Cojo aire.
— ¿La querías?
— Mucho.
— ¿Tú la perdonaste por lo de Pedro y Bruno?
— La perdoné la misma noche que ella me lo contó. En Madrid. En el ochenta y tres, cuando murió el otro Pedro y Sara me dijo lo de Bruno en el cementerio.
— ¿Por qué la perdonaste?
— Porque la quería. Porque su error era un error joven. Porque ella había pagado más caro que nadie. Porque no había nada que perdonar, si nos vamos a las palabras gruesas. Pero, en mi cabeza, en aquellos años, eso era perdonar.
— ¿Por qué le pediste, ese día de agosto, que bajara a hablar con Bruno?
Mi padre traga.
— Porque vi en el chico una pena que llevaba veinticinco años cargando.
Y porque pensé que tu madre también la cargaba sin decirlo.
Pensé que si los dos se veían un cuarto de hora, los dos se aliviarían.
Me equivoqué. Tu madre no estaba preparada.
Yo no fui capaz de leerlo. Llevo veinte años cargando con esa lectura mala.
— Papá.
— Sí.
— ¿Tú crees que mamá quería verlo?
Mi padre tarda. Mucho.
— Yo creo que en algún momento, sí. Pero no aquella tarde. — Una pausa larga. — Aquella tarde tu madre estaba cansada. Acababa de bajar de la compra. Hacía calor. Eras adolescente. Tomás se había sacado el MIR. La vida le pedía calma. Yo le pedí lo contrario. Le abrí la puerta a un fantasma.
— ¿Y Bruno?
— ¿Qué de Bruno?
— ¿Tú lo perdonaste, papá?
Mi padre se queda mucho rato sin contestar. Después dice:
— A Bruno no le pedí cuentas. A Bruno le pedí que se fuera.
A Bruno le pedí que no volviera. — Una pausa.
— Llevo veinte años sin pedirle nada porque he tenido miedo de mi propia respuesta.
— Otra pausa. — Si Bruno la rozó con un dedo de más, le he querido condenar yo mil veces.
Si Bruno no la tocó, le he querido pedir perdón mil veces.
— Mi padre traga. — No tengo certeza de cuál de las dos cosas pasó.
Y, sin certeza, no he podido hacer ni lo uno ni lo otro.
— Papá.
— Sí.
— Tienes que verlo.
— ¿Tengo?
— Tienes. Y yo voy a estar delante.
Mi padre cierra los ojos. Asiente.
— ¿Cuándo?
— Cuando tú quieras.
— ¿Esta primavera?
— Esta primavera.
Mi padre asiente. Se queda mirando el café. Después mete la cara entre las manos. Le tiembla la espalda. Setenta y dos años. La cocina de la casa donde su mujer murió. Le pongo la mano en el hombro y le dejo.
Después de un rato largo, le digo:
— Papá.
— Sí.
— Necesito que tú hagas una cosa antes de la primavera.
— Lo que quieras.
— Quiero que abandones la casa de La Moraleja.
Mi padre levanta la cara. Me mira.
— ¿Que la abandone?
— La casa de La Moraleja es muy grande para ti. Vives solo. Llevas tres años con los riñones mal. Tomás te lleva años pidiendo que entres en una residencia con asistencia.
— Sí.
— Yo quiero que entres en una.
— Lucía.
— No es un castigo, papá. Es una decisión. Quiero que entres en una residencia. Quiero que vendas la casa de Madrid. Quiero que el dinero de la venta lo dejes en una cuenta. La mitad para Tomás. La mitad para mí. La parte mía no la quiero para mí. La quiero para los doce retratos.
— ¿Para los doce retratos?
— Yo los voy a conservar. Pero quiero un seguro grande.
Quiero que estén bien embalados, custodiados y, cuando yo muera, quiero que vayan a una sala de la universidad de Cuenca, sin nombre tuyo, sin nombre de mamá, sin nombre de Pedro el pintor.
Como una donación anónima. Eso lo organizo yo.
Y la parte tuya del dinero la quiero para eso.
Mi padre tarda. Asiente.
— Lucía.
— Sí.
— Acepto.
— Bien.
Mi padre se levanta. Va a la ventana. Mira el patio. Vuelve.
— Hija.
— Sí.
— ¿Vas a contarle todo esto a Adrián?
Yo me quedo un rato sin contestar.
— No, papá. No se lo voy a contar todo. Le voy a contar una versión más corta.
La parte mía. La parte de mamá. La de Bruno como cliente, no como hermano.
Adrián lleva dos meses sufriendo conmigo sin saber por qué.
Le debo una versión que él pueda digerir.
La verdad entera no la va a soportar bien.
Y, sinceramente, no creo que la necesite.
Mi padre asiente.
— Es decisión tuya.
— Sí.
A media mañana, mi padre y yo bajamos otra vez al taller.
Él me ayuda a ordenar las herramientas. No habla.
No le pregunto. Cuando coge una espátula pequeña por casualidad y la pone bien al lado de otras, le veo la mano.
La mano de un pintor que tuvo veinticinco años hace cincuenta y que sigue sabiendo dónde tiene que estar una espátula.
A las dos y media le hago una tortilla y le pongo pan. Comemos. Mi padre coge el coche para volver a Madrid a las cuatro. Le acompaño al coche. Le doy un beso.
— Cuídate, papá.
— Cuídate, hija.
Cuando arranca, su coche es solo un coche. No es mi padre.
Yo subo a la casa-taller. Cierro la puerta. Me quedo de pie en el zaguán. Apoyo la frente en la madera.
Bruno me llama esa misma tarde a las siete.
— Lucía. Buenas tardes.
— Bruno. He hablado con mi padre.
— ¿Cómo está?
— Está roto.
Bruno tarda en contestar.
— Lucía.
— Sí.
— Yo, esta primavera, voy a Madrid con él. Si me dejas.
— Te dejo, Bruno.
— Gracias.
— Bruno.
— Sí.
— Una cosa más. Cuando terminemos la restauración de los doce cuadros, vamos a hacer un reparto. Cuatro para ti, ocho para mí. Lo que tú pagaste se queda en tus cuatro. Los otros ocho no te los cobro.
— Lucía. Voy a pagar los doce. No me debes nada.
— Bruno.
— Sí.
— Si quieres pagar, pagas. Pero ocho se quedan conmigo. Y, cuando yo muera, los ocho van a una sala anónima en la universidad de Cuenca. Si tú quieres, los cuatro tuyos también.
— Los cuatro míos los voy a tener en mi casa unos años. Después, sí.
— Bien.
Cuelgo.
Esa noche, cuando Adrián vuelve de Ciudad Real, le cuento la versión corta.
Mi madre se llamaba Elena Quintanilla, no Belmonte.
Mi padre lo sabe, lo ocultó, ahora me ha contado.
Hay una historia familiar antigua que tiene que ver con un primo segundo de mi padre y con un hijo dado en adopción en los ochenta.
Ese hijo es Bruno, mi cliente. Por eso he estado rara dos meses.
Por eso he ido a Madrid varias veces. Por eso he llorado por la noche.
Adrián me abraza. Me besa la sien. Me dice "lo siento mucho, Lucía". Lo dice de verdad.
Pero yo, en sus brazos, miro el techo y pienso que es la primera vez en quince años que cuento una mentira larga a Adrián.
Y que no voy a poder vivir con ella mucho tiempo.