La Restauradora Capítulo 17
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Capítulo 17

Adrián se ha ido temprano a Ciudad Real.

Mi padre llega media hora antes de la comida.

Le abro la puerta. Mi padre me da un beso en la frente.

Lleva la bolsa pequeña en la mano. La deja en el zaguán.

Cuelga el abrigo. Lleva un jersey gris claro que no le conozco.

Eso me sorprende. Mi padre nunca compra ropa.

— Hola, hija.

— Hola, papá.

Le ofrezco un café. Lo acepta. Nos sentamos en la cocina del piso de arriba. Mi padre echa azúcar al café, dos cucharadas, como toda la vida. Remueve. Bebe un sorbo.

— ¿Has comido?

— No, papá. Tengo lentejas en la cazuela. Cuando bajemos del taller, comemos.

— ¿Vamos a bajar al taller?

— Sí.

Mi padre asiente sin asentir. Se acaba el café. Lo deja en la mesa.

Bajamos. Yo abro la puerta del taller. Mi padre entra detrás de mí.

He sacado los doce cuadros. Los he colgado en las paredes a una altura razonable, separados entre sí.

Los cuatro restaurados, en la pared frente al ventanal, donde la luz les pega bien.

Los otros ocho, en los caballetes pequeños y en la pared del fondo, todavía con el barniz oxidado.

En la mesa central, el portátil abierto con los escaneos infrarrojos de los cinco cuadros que he documentado.

Mi padre se queda en el umbral. No entra.

Mira los cuatro retratos limpios. Los mira de izquierda a derecha. Despacio. Sin moverse. Cuando ha visto los cuatro, mira el suelo. Después levanta la mirada y mira los otros ocho. Cuando ha visto los doce, le tiemblan las rodillas. Lo veo en cómo se sujeta al pomo de la puerta.

— Lucía.

— Papá. Entra.

Mi padre entra. Da tres pasos. Se sienta en el taburete bajo que hay junto a la mesa. Mira al primer cuadro restaurado, el de mujer joven con vestido azul y perla pequeña. Lo mira un minuto largo. Después se lleva las dos manos a la cara y se las queda ahí.

No llora. Pero está temblando.

Espero. No le digo nada. No me acerco. Me siento en el taburete del lado, frente a él.

Pasan tres o cuatro minutos. Mi padre baja las manos. Tiene los ojos rojos. La cara seca. Me mira.

— ¿Cómo lo has conseguido?

— Bruno los compró a los Castelo. Me los trajo a restaurar.

— ¿Bruno te lo ha contado todo?

— Casi todo, papá.

— Casi.

Mi padre cierra los ojos. Toma aire.

— Lucía.

— Papá.

— Te lo voy a contar. Pero antes te pido una cosa.

— ¿Qué cosa?

— Que me dejes contarlo entero antes de hablar.

— De acuerdo.

Mi padre asiente. Baja la mirada al suelo. Habla.

— Yo conocí a Elena Quintanilla en la facultad.

Yo tenía veintiún años. Ella, veinte. Estudiábamos en universidades distintas, pero coincidíamos en un grupo de excursiones a la sierra los fines de semana.

Empezamos a salir en el setenta y siete.

Vivimos juntos cuatro meses en un piso compartido de Argüelles.

Yo estaba terminando la ingeniería. Ella, Telecomunicaciones.

La adoraba. — Una pausa. — En la primavera del setenta y nueve, en una fiesta de un amigo común, Elena conoció a un hombre, Pedro Aizpún, primo segundo mío, pintor.

Pedro era todo lo que yo no era. Mayor, vagabundo, encantador, irresponsable.

Elena se enamoró. En una semana se fue del piso de Argüelles y se mudó al de Pedro en Lavapiés.

Yo me quedé hundido. Le pedí a mi madre que no me preguntara.

Ella no me preguntó. — Otra pausa. — En el otoño del setenta y nueve, Elena se quedó embarazada.

Yo eso lo supe después. — Una pausa. — En el verano del ochenta y dos, Elena llamó a mi casa de Madrid.

Había dejado al otro Pedro hacía dos años.

Vivía sola en un piso de Tetuán. Quedamos.

La vi muy distinta a la que recordaba. Hablamos toda la tarde.

No me contó nada del niño. No me contó nada del otro Pedro.

Yo no pregunté. Empezamos a vernos otra vez, despacio.

En enero del ochenta y tres ya estábamos viviendo otra vez juntos.

Elena se quedó embarazada de Tomás esa primavera.

Mi padre traga.

— En el ochenta y tres, en julio, murió el otro Pedro.

Cirrosis. Yo no fui al entierro al principio.

Mi madre me convenció. Fui un par de horas.

Al entierro fue poca gente. Allí, en el cementerio, me crucé con Sara Quintanilla, que era marchante en Madrid.

Yo no la conocía. Sara se acercó y me dijo "soy hermana de Elena.

Tú eres Pedro". Le dije que sí. Sara me dijo: "Elena tuvo un niño en el ochenta.

Lo dio en adopción. A mí. Tu mujer no quiere que lo sepas.

Yo te lo digo porque, si vais a tener una vida juntos, debes saberlo".

Yo me quedé en el cementerio sin moverme.

Tomás había nacido tres meses antes. — Pausa.

— Esa misma noche le dije a Elena lo que Sara me había contado.

Elena lloró cuatro horas. Me lo contó todo.

Que Pedro no se ocupaba del niño. Que ella se fue del piso a las tres semanas porque le tenía miedo.

Que no quería ver al niño nunca más, porque era la prueba viva de un error que no podía vivir.

Que iba a empezar de cero. — Mi padre traga.

— Yo le pedí matrimonio esa noche. Le dije que llevaba seis años queriéndola sin querer y que ya estaba bien.

Le dije: "Tomás llevará mi apellido. Tú y yo, lo demás, lo iremos viendo".

Nos casamos dos años después, en el ochenta y cinco, cuando tu madre estuvo lista.

Mi padre se levanta. Se acerca al primer retrato. Le pasa la mano por la moldura, sin tocar la pintura. Vuelve a sentarse.

— En el ochenta y cinco, Elena pidió al juez de Registro el uso del apellido Belmonte como público.

Quería rehacer su vida y necesitaba no oír el Quintanilla cada día.

Yo la apoyé. — Una pausa. — Tomás había nacido en el ochenta y tres, cuando tu madre y yo habíamos retomado la relación pero todavía no nos habíamos casado.

Tú naciste en el ochenta y siete, ya con todo en regla.

— Sacude la cabeza. — Perdona, Lucía. Estoy nervioso. Te lo estoy diciendo todo a saltos.

— Sigue.

— En el noventa y seis empecé a recibir noticias de don Federico.

Aparecían cuadros en Madrid firmados P. A.

Yo se los compraba. No le dije a Elena nada.

Lo hice por ella. Por proteger su pasado de tu hermano y de ti.

Por no darles a vosotros un día una sorpresa abriendo un álbum.

Por no darle a Elena la posibilidad de que un día alguien le tocara a la puerta.

Tardé tres años en juntarlos los doce. Cuando los tuve, los traje a casa de Madrid.

Los pinté yo encima. Uno a uno. En el despacho.

Por las noches. En estilo XIX. Sí, sé pintar.

Lo aprendí en mi juventud y nunca lo conté en casa.

Es la única mentira larga que le he hecho a mi mujer.

Mi padre se calla. Tres segundos.

— Cuando los pinté todos, los doné a la Fundación Castelo, en Toledo.

No quería tenerlos en mi casa. Los doné como naturalezas muertas para que los embalaran y los olvidaran.

Eso fue en 1999. Quería que se quedaran ahí cien años.

— Una pausa. — En agosto de 2005 sonó el timbre de esta casa un sábado al mediodía.

Yo estaba leyendo en el salón. Elena había bajado a la compra.

Abrí. Era un chico joven. Me dijo "busco a Elena Quintanilla".

Yo, en cuanto dije la primera palabra, supe quién era. Era Bruno.

Mi padre me mira.

— Lo que pasó esa tarde, Lucía. — Una pausa larga.

— Lo que pasó esa tarde es lo que Bruno te habrá contado.

Te lo cuento desde mi sitio. Lo invité a entrar.

Le serví agua. Le dije que esperara mientras yo le hablaba a Elena.

Subí. Le conté a tu madre en la cocina que abajo, en el salón, estaba Bruno.

Tu madre se quedó parada con la bolsa en la mano.

Me dijo: "Pedro, por favor. Échalo. Échalo de mi casa".

Yo le dije: "Elena, lleva veinte años queriendo verte.

Es una conversación. Cinco minutos. Después se va".

Tu madre me dijo "no". — Mi padre cierra los ojos.

— Yo, en ese momento, hija, hice algo que no debí.

Le dije a tu madre: "Elena, baja. Le veo en tu cara que se lo debes.

Yo estoy contigo. No estás sola". Tu madre se quedó en silencio. Bajó la escalera detrás de mí.

Mi padre se aclara.

— Cuando subió Bruno al rellano del segundo piso, tu madre estaba de pie en el rellano, mirando la pared.

Bruno le dijo "Soy Bruno, soy tu hijo". Tu madre se cubrió la boca.

Salió al balcón. Salimos los tres. Tu madre lloraba en silencio.

Bruno le pedía perdón. Yo estaba entre los dos.

— Una pausa muy larga. — En algún momento, tu madre se volvió, dio un paso hacia Bruno y le dijo "vete".

Bruno retrocedió. Tu madre dio otro paso.

Pisó la baldosa suelta junto al pretil. Bruno, por reflejo, le agarró del brazo para sujetarla.

Ella se zafó. Cayó hacia atrás. El pretil era bajo. Cayó por el pretil.

Mi padre se queda en silencio.

— Yo me quedé en el balcón un segundo. Miré abajo.

Tu madre estaba en la acera. Bajé. Llegué hasta ella.

La gente ya se acercaba. Tu madre no se movía.

Yo le grité a Bruno que se fuera. Quería protegerle.

Quería protegerme. Quería que el accidente se quedara en accidente.

Bruno se fue. Yo le declaré a la Guardia Civil que estábamos los dos solos en el balcón.

Que tu madre se asomó a llamarme y pisó la baldosa suelta.

La Guardia Civil examinó la baldosa, hizo informe, archivó el caso.

Mi padre tiene los ojos secos. No me mira.

— Lucía. — Una pausa. — No sé si Bruno la sujetó del brazo y ese gesto la desequilibró.

No sé si tu madre se hubiera caído igual sin Bruno tocándola.

No sé si Bruno, sin querer, la empujó un milímetro de más.

Llevo veinte años intentando saberlo y no lo sé.

— Una pausa muy larga. — Lo que sé es que yo, una hora antes, le había pedido a tu madre que bajara.

Yo, una hora antes, le había abierto la puerta a Bruno cuando ella me había dicho que no.

Yo, esa hora antes, hija. Esa hora antes.

Mi padre se inclina hacia delante. Apoya los codos en las rodillas. Se cubre la cara.

Yo le miro mucho rato. No le hablo todavía.

Le sirvo un vaso de agua del grifo del taller. Se lo dejo en la mesa.

— Bebe, papá.

Mi padre coge el vaso. Bebe la mitad.

Yo cojo aire.

— Papá.

— Sí.

— Vamos a comer. Y por la tarde te vas a quedar aquí. Y mañana también. Y vamos a hablar hasta que se acabe.

— ¿No me echas?

— No.

Mi padre asiente con los ojos cerrados.

Subimos a la cocina del piso de arriba. Sirvo las lentejas. Comemos en silencio. Cuando empieza el postre, mi padre dice una sola cosa más:

— Lucía.

— Sí.

— Tu madre te quería con locura.

Yo asiento.

— Lo sé, papá. Lo he sabido siempre.