La Restauradora Capítulo 16
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Capítulo 16

Don Federico Olalla me recibe arriba, en el piso de encima de la tienda, no en la tienda.

Eso ya me dice que la conversación es la conversación.

La tienda es para los pasteles. El piso es para lo serio.

Don Federico tiene una caligrafía vieja en la cara, la cara fina y arrugada, las manos manchadas por el sol y el barniz.

Vivió treinta años en Madrid, vendiendo arte, antes de retirarse a Cuenca con su mujer ya fallecida, hace doce años.

— Niña Lucía. — Me besa en las dos mejillas. Me siento en el sillón orejero. — ¿Té o agua?

— Agua.

Vuelve con un vaso. Lo deja en la mesita. Se sienta enfrente.

— ¿Le mandó usted Bruno Quintanilla a mí?

— Sí.

— ¿Por qué?

— Porque me preguntó por una restauradora capaz de trabajar en su taller sin pedir certificados notariales de procedencia. Le di tu nombre y le advertí que si quería que tú trabajaras tendría que ser con la verdad delante o no trabajarías.

— Don Federico.

— Dime.

— ¿Usted conoce esta historia entera?

Don Federico me mira. Asiente despacio.

— Conozco una parte importante, Lucía. No la entera. Voy a contarte lo que sé. Cuando lo sepas tú, decides qué haces.

— Le escucho.

— Yo conocí a Pedro Aizpún Garmendia, tu padre, en 1987, cuando me lo presentó tu madre.

Tu madre, Elena, había sido amiga de mi mujer en Madrid en los años setenta.

Las dos habían trabajado en la misma empresa, Telecomunicaciones del Estado, en el setenta y siete.

Cuando tu madre se mudó a Cuenca contigo, recién nacida, mi mujer la trajo a casa una tarde.

Esa tarde conocí a tu padre. Estuvimos hablando un rato.

Tu padre era ingeniero industrial, había venido a Cuenca por un proyecto de la eléctrica.

Yo le ofrecí, por curiosidad mía, una visita a la trastienda.

Le enseñé piezas que tenía en venta. Tu padre se quedó mirando una pintura.

Un óleo. Un retrato pequeño, de mujer. Hizo una pausa muy larga delante de ese retrato.

Después me dijo "¿de dónde es?". Le dije "de un coleccionista de Madrid que vende a través de mí". Tu padre asintió. Se fue.

Don Federico levanta el dedo índice.

— Tres meses después, tu padre volvió a Cuenca a verme.

Vino sin tu madre. Me dijo: "Don Federico, ese cuadro que enseñé el otro día.

¿Sigue a la venta?". Le dije que sí. Tu padre me pidió comprarlo.

Y me pidió otra cosa. Me pidió que, si en algún momento llegaba a mi tienda algún otro retrato firmado P.

A., yo le avisara. Que él los iría comprando.

Sin tasar al alza. Sin negociar. Lo que pidiera el vendedor. Le dije que sí.

— ¿Cuándo fue eso?

— 1987.

— El año que yo nací.

— Sí. — Don Federico junta las manos. — Lucía, tu padre llevaba dos años sabiendo que tu madre había convivido con el otro Pedro Aizpún.

Lo sabía por ella. Tu madre se lo había contado antes de la boda.

Lo sabía. Pero algo, ese mes, le hizo pensar que necesitaba recoger esos cuadros del mercado.

Tu padre estaba muy enamorado de tu madre.

Tu padre quería que tu madre tuviera el pasado a salvo.

— Una pausa. — No le pregunté por qué. Pero yo sospeché.

— ¿Qué sospechó?

— Que tu padre quería tener controladas las pinturas. Por si tu madre, algún día, decidía hablar más con el pasado. Por si Bruno, el chico, algún día decidía buscarlas. Por si alguien con el apellido Aizpún tocaba a la puerta. Era una manera de tener un patrimonio bajo control.

Asiento.

— Siga.

— A lo largo de los siguientes años, fueron apareciendo cuadros.

La familia de Pedro Aizpún el pintor los había heredado al morir él en el ochenta y tres.

Los habían ido sacando al mercado por poco dinero.

Yo los compraba para tu padre. Tu padre venía a Cuenca cada cierto tiempo a recogerlos.

Se los llevaba. Yo no le hacía preguntas.

— Una pausa. — Hasta que un día, en 1996, tu padre me dijo "don Federico, ya los tengo todos".

Le pregunté cuántos. Me dijo "doce". Me pidió que dejara de buscar. Le dije que sí.

Don Federico carraspea.

— En 1999 o 2000, tu padre vino a verme un sábado por la mañana.

Me dijo: "Don Federico, los tengo en casa, en Cuenca, en el taller del piso de abajo donde mi mujer trabaja.

Me los voy a llevar a Madrid. He decidido que los voy a transformar para que nadie reconozca a la mujer del retrato.

Si Lucía, algún día, abre el cajón equivocado, no quiero que vea retratos de su madre joven pintados por otro hombre. "

Aprieto la mandíbula.

— ¿Tu padre te ha contado alguna vez que pinte óleo, Lucía?

— Me lo ha negado.

— Niña, tu padre pintó óleo en su juventud.

Lo dejó cuando dejó de ver a Elena Quintanilla la primera vez, en 1979.

Lo retomó en 1996, cuando ya los doce cuadros estaban en sus manos.

Los tapó él mismo, uno a uno, con retratos de mujer al estilo XIX, durante los años 1996 a 1999.

Pintaba en su despacho de Madrid, no aquí.

Tu madre no lo sabía. Cuando los tapó todos, los donó a una fundación privada que trabaja conmigo de vez en cuando, los Castelo de Toledo.

Los donó como naturalezas muertas anónimas del XIX.

Los Castelo los catalogaron así por costumbre y por no preguntar.

Yo le firmé a tu padre el documento de donación.

Don Federico me mira con dolor.

— Yo le ayudé, Lucía. No sabía bien qué. Pero le ayudé.

Pongo el vaso de agua en la mesita.

— ¿Por qué los donó como naturalezas muertas y no como retratos?

— Porque, técnicamente, los retratos por encima eran retratos en estilo XIX, no naturalezas muertas.

Pero en el documento de donación tu padre escribió "lote de doce naturalezas muertas anónimas del XIX, sin valor de mercado, donadas en hereditario simple a la Fundación Castelo de Toledo".

Los Castelo, sin abrirlos, los embalaron y los archivaron. No se expusieron. No los analizaron.

— Hasta que Sara Quintanilla los compró.

— Sara Quintanilla, que era marchante, escuchó por algún canal del mundillo de la donación.

Pidió permiso a los Castelo para verlos en el almacén.

Los vio. Por el formato, por el embalaje, los reconoció como cuadros suyos.

— Don Federico baja la voz. — Lucía, Sara Quintanilla había acompañado a su hermana Elena en el embarazo del 79.

Había visto al otro Pedro Aizpún pintando esos retratos.

Cuando los Castelo los abrieron en el almacén, Sara los identificó al instante como los retratos del pintor.

Los compró todos. Pagó muy poco porque los Castelo no veían valor en ellos.

Sara se los llevó a su casa. Los embaló otra vez.

Los dejó en su armario. No los expuso jamás.

— ¿Por qué los embaló?

— Porque, cuando los compró en 1998, Sara vino a verme a Cuenca. Me dijo "Federico, sé lo que tengo. Sé lo que hizo Pedro. Esto pasa a mi sobrino Bruno cuando yo me muera. Tú no le digas nada a Pedro. Ni a Elena. Ni a la familia. ¿Me entiendes?". Yo le dije que sí.

Don Federico se pasa la mano por la cara.

— En septiembre de 2018, cuando Sara murió, Bruno me llamó.

Me dijo "don Federico, ¿usted sabe lo que me ha dejado mi madre adoptiva?

". Le dije: "Sé lo que tienes". Bruno me dijo: "Voy a abrirlos".

Le dije: "Cuando los abras, llámame". Bruno los abrió en 2023.

Vio la pintura superior, vio que estaba a punto de oxidarse.

Pidió consejo. Le hablé de varias restauradoras. Le di tu nombre con una condición.

— ¿Cuál?

— Que él te dijera todo lo que sabía antes de pedirte que avanzaras demasiado. Bruno aceptó. Le di tu nombre. Sabía lo que iba a pasar, Lucía. Sabía que ibas a ir descubriendo capa a capa. Tu padre, lo sospechaba.

Aprieto los labios.

— Don Federico.

— Sí.

— Mi padre estuvo aquí en agosto de 2005, cuando murió mi madre. Bruno estuvo en casa. Hubo un forcejeo en el balcón. Mi madre cayó.

Don Federico cierra los ojos.

— Eso, Lucía, yo no lo sabía. — Una pausa larga.

— Sospechaba que algo había ocurrido entonces.

Tu padre, ese septiembre, vino a verme una tarde.

Pasó dos horas conmigo sin hablar apenas.

Yo le pregunté por tu madre. Tu padre me dijo "fue un accidente, Federico".

Yo no le pregunté más. Tu padre se fue. — Don Federico me mira a los ojos.

— Niña, si lo que me dices es verdad, tu padre lleva veinte años callando una cosa muy grande.

Lleva veinte años aguantando una historia muy pesada. Y yo, sin saberlo, le he ayudado.

Me levanto. Le doy un beso en la frente. Don Federico me coge la mano.

— Cuando hables con él, Lucía. — Una pausa. — Mírale a los ojos. Mírale.

— Le miraré.

Salgo a la calle Cervantes. Empieza a oscurecer. Los faroles de hierro forjado se encienden uno por uno. Camino hasta la plaza Mayor sin pensar en nada. Me paro en el cantón. Marco el número de mi padre.

Mi padre responde al segundo tono.

— Lucía.

— Papá.

— ¿Estás bien?

— Estoy bien. Te llamo por algo.

— Dime.

— Vienes este sábado a comer a Cuenca. Vas a venir solo. Vas a pasar por aquí por la mañana. Vas a comer conmigo a solas. Adrián va a estar con sus padres en Ciudad Real. ¿Vale?

Mi padre tarda. La línea se queda en silencio.

— Voy.

— Papá.

— Dime, hija.

— Tráete una bolsa pequeña. Igual te quedas dos noches.

— ¿Por qué?

— Porque te voy a enseñar los doce cuadros.

Silencio. Largo.

— Lucía.

— Sí.

— Voy el sábado.

Cuelgo. Me quedo de pie en la plaza Mayor mirando la fachada del ayuntamiento. La piedra cambia de color con la luz baja del invierno. Cuando empiezo a tener frío en las manos, camino hacia casa.

Adrián está poniendo la mesa cuando entro.

— Cariño, papá viene el sábado a comer.

— Vale. ¿Vamos a sus padres antes?

— Adrián.

— Sí.

— Vete tú. Yo me quedo. Quiero comer con papá a solas.

Adrián me mira.

— ¿Esto es lo que llevas dos meses sin contarme?

— Más o menos.

Adrián asiente. No insiste. Me pone el cubierto.

Cenamos en silencio.