Capítulo 15
He dejado de trabajar en los cuadros dos semanas.
No del todo. He hecho los retoques mínimos del cuarto y del quinto cuadro, que llevaba parados desde antes.
Pero no he abierto la cabina ni he sacado el sexto del estuche.
Necesito moverme. Si me quedo en el taller delante de los cuadros, me pesa demasiado.
Le he dicho a Adrián que iba a pasar tres días en Madrid. Adrián me ha mirado, me ha besado y me ha dicho:
— ¿Tú estás bien?
— Voy a estar mejor cuando vuelva.
Eso es lo único verdadero que le he dicho en dos meses.
El Registro Civil Único está en Pradillo.
Llevo dos semanas pidiendo certificados literales por sede electrónica y por aquí.
Hoy vengo a por las dos cosas que solo se piden en persona con DNI: la partida de nacimiento literal de Bruno Quintanilla (no me la van a dar, no soy familiar directo conocido todavía) y la copia del expediente del matrimonio de mis padres con anotaciones marginales.
Esto último, sí me lo dan, porque soy hija.
La copia me la sacan en treinta minutos. La cojo. Salgo al hall. Me siento en un banco.
Acta de matrimonio. Pedro Aizpún Garmendia, casado el 14 de junio de 1985 con Elena Quintanilla Belmonte.
Iglesia de Santa Bárbara, Madrid. Folio 47.
Anotación marginal del 23 de septiembre de 1985: solicitud de uso público del apellido Belmonte como apellido principal, presentada por la cónyuge Elena Quintanilla Belmonte. Concedida por el juez de Registro.
Apellido Belmonte como apellido principal. Concedida por el juez.
Mi madre tenía permiso administrativo para usar Belmonte. Mi padre la apoyó. El expediente lo firmaron los dos.
Otra anotación marginal: del 5 de octubre de 1983, nacimiento de un hijo, Tomás Aizpún Belmonte. Del 11 de marzo de 1987, nacimiento de una hija, Lucía Aizpún Belmonte.
Hija de Pedro Aizpún Garmendia y Elena Quintanilla Belmonte.
Quintanilla.
Mi madre me concibió y me parió como Elena Quintanilla. Mi padre me reconoció como hija suya. En el papel oficial siempre fui hija de Quintanilla. En el papel oficial mi madre nunca fue una Belmonte sin más.
Cierro la carpeta. Salgo del registro. El sol de febrero pega fuerte en Madrid pero hace frío en la sombra. Tomo el metro hasta Goya. Camino hasta la calle Padilla, donde he quedado con Aitor Mendoza, el abogado al que llamé hace dos semanas y al que le he pedido una consulta corta.
Aitor Mendoza es un hombre cincuentón con una barba muy bien recortada y una camisa blanca planchada.
Lleva veintitrés años en una pequeña firma de Salamanca.
Le ha llevado los temas de impuestos a mi padre durante quince.
Le explico la situación entera en una hora.
No me interrumpe. Toma notas en un cuaderno con espirales.
Cuando termino, se quita las gafas. Las limpia con un paño.
— A ver si he entendido. — Repite los puntos.
— Su madre falleció en agosto de 2005 por caída desde un balcón en Cuenca.
El caso fue archivado como accidente por la Guardia Civil.
Usted ahora sabe que ese mismo día estaba en la casa una tercera persona, Bruno Quintanilla, hijo biológico de su madre, no declarado por su padre como presente.
Bruno y su padre estaban en el balcón cuando la caída se produjo.
Bruno asegura que no la empujó, pero hubo un forcejeo.
Su padre no avisó a la Guardia Civil de que Bruno había estado presente.
— Eso es.
— Y usted ahora se plantea si puede o debe denunciar.
— Sí.
Aitor se reclina. Mueve la cabeza.
— Lucía. Le voy a hablar como abogado y, perdone, como amigo de su padre.
— Le escucho.
— Lo primero. En España, el homicidio imprudente prescribe a los cinco años.
El homicidio doloso, a los quince. Si lo de su madre se considerara homicidio doloso, llevaría prescrito desde 2020.
— Aitor cuenta con los dedos. — El delito de omisión del deber de socorro prescribe a los cinco años.
El falso testimonio en causa penal, a los cinco.
El encubrimiento, a los cinco. Cualquier delito que pudiera achacársele a su padre por no haber avisado a la Guardia Civil de la presencia de Bruno en la casa, está prescrito hace casi quince años.
— Lo entiendo.
— Lo segundo. Aunque no estuviera prescrito, las pruebas que usted me cuenta son testimoniales.
Bruno dice una cosa. Su padre, otra. Su hermano Tomás vio a Bruno la semana anterior, no el día de los hechos.
No hay testigos físicos del balcón. No hay grabaciones.
No hay informe forense que indique forcejeo.
El informe forense de la época, si lo lee usted, dice "caída accidental desde balcón, fractura cervical, sin signos de violencia". Punto.
— Si yo pidiera la reapertura, Aitor, ¿podría conseguirla?
— ¿Hechos nuevos? Tendría que aportar pruebas materiales nuevas. Testimonios de personas que no declararon entonces y que ahora declaran. Si todo lo que tiene es la confesión de Bruno y la sospecha de su padre, no le abrirían nada. Le dirían lo mismo que le digo yo: prescrito.
— Aitor.
— Sí.
— ¿Y si yo no quiero denunciar pero quiero que mi padre asuma lo que pasó?
Aitor pone las gafas otra vez.
— Eso, Lucía, es otra cosa. Eso no es derecho.
Eso es ética familiar. Yo le diré una cosa, fíjese si soy raro para un abogado.
— Sonríe sin sonrisa. — A su padre le he conocido durante quince años.
Es un hombre con valores. Es un hombre que carga con cosas pesadas.
La conversación que usted va a tener con él va a ser dura para los dos.
Pero la va a tener. — Una pausa. — Y para esa conversación no me necesita usted a mí.
— ¿Le he traído aquí para nada, Aitor?
— Me ha traído usted aquí para que le diga que ningún juez va a meterse en esa conversación. Para que sepa que la decisión es suya. Y que no le va a poner nadie una multa por la decisión que tome.
Asiento. Le pago la consulta. Aitor no quiere cobrar, le obligo a cobrar. Salgo de Padilla a las dos.
Me voy al apartamento que Adela tiene en Lavapiés. Adela está trabajando hasta tarde, me ha dejado las llaves debajo del felpudo. Subo. Me preparo un café. Me siento en la cocina con la carpeta del Registro Civil delante. Releo todo.
A las cinco voy a la calle Mesón de Paredes, 47.
Quería volver a ver el edificio sin urgencia esta vez.
Bajo a la plaza de Tirso de Molina. Me siento en el mismo banco del mes anterior.
Llamo al cabo Onieva, que sigue en Cuenca, y le pido una hora de tiempo cuando vuelva.
Onieva, cuarenta y cinco años, me conoce desde que tenía dieciocho.
Cuando murió mi madre fue él, agente joven entonces, el que me dijo "cuando puedas, querida, pásate por el puesto que te tomamos declaración".
Recuerdo aquella declaración de los dieciocho.
Recuerdo a Onieva trayéndome un agua y diciéndome "tómatela despacio". Es un hombre bueno. Le digo:
— Cabo Onieva, necesitaría hablar con usted un día de la semana que viene.
— Lucía, ¿qué tal?
— Bien. Es una cosa de hace veinte años.
— ¿De su madre?
— Sí.
Onieva hace una pausa. Después dice:
— Pase cuando quiera, Lucía. Yo estoy todos los días.
— Le aviso el martes.
— Bien.
Cuelgo. Llamo a don Federico Olalla, el anticuario de Cuenca que le dio mi nombre a Bruno. Don Federico tiene setenta y ocho años y vive solo en la calle Cervantes, encima de su tienda. Le digo:
— Don Federico, ¿puedo subir a verle esta semana cuando vuelva?
— Niña Lucía, cuando quieras. Te invito a pasteles.
— Sin pasteles, gracias. Es una conversación seria, don Federico.
Don Federico cambia el tono.
— ¿Sobre los Quintanilla?
— Sí.
— Te esperaba. — Una pausa. — Sube cuando llegues.
— Gracias.
Por la noche, cuando Adela vuelve a casa con vino y queso, le cuento todo. Adela me escucha. Después me dice:
— Lucía. Cuando vuelvas a Cuenca, habla con tu padre. Antes que con Onieva, antes que con don Federico, antes que con nadie. Pero llévate dos cosas claras de mi parte. Una, que el caso está prescrito. Dos, que tu padre vale la pena.
— ¿Mi padre vale la pena?
— Sí, Lucía. Tu padre acertó en algunas cosas y se equivocó en otras. Pero te quiere. Y vale la pena que tú decidas cómo quieres seguir queriéndolo después de hoy.
Asiento. Cenamos. Hablamos hasta tarde.
A la mañana siguiente cojo el AVE de las once. Voy a Cuenca.
Esa noche, cuando entro en casa, Adrián me besa la frente y me pregunta:
— ¿Estás mejor?
— Mejor.
— ¿Vas a contarme?
— Cuando vuelva del próximo viaje. Solo necesito uno más.
— ¿A dónde?
— A Madrid. A casa de papá.