Capítulo 14
Bruno llega con dos minutos de adelanto, como siempre. Como el día que entró por primera vez. Lleva la misma cara que el lunes pasado, pero ha dormido menos. Se le marca una sombra debajo del ojo derecho que no recuerdo. Trae una caja pequeña bajo el brazo. La deja en la mesa con cuidado.
— Buenos días, Lucía.
— Buenos días.
Le sirvo café sin preguntarle. Tomo el mío. Cuando los dos estamos sentados, los dos taburetes frente a frente y la caja pequeña entre los dos, le digo:
— Empiece cuando quiera.
— ¿Por dónde empiezo?
— Por el principio que considere usted.
Bruno deja la taza en el suelo. Junta las manos en el regazo. Habla.
— Yo me enteré de quién era mi madre biológica en septiembre de 2004.
Sara, mi tía, me sentó en el salón de su casa de Madrid y me lo contó.
Tenía yo veinticuatro años. Estaba terminando la carrera.
Sara me dijo: "Bruno, tienes derecho a saber.
Tu madre biológica fue mi hermana Elena.
Elena vivió en Madrid con un hombre, Pedro Aizpún, pintor.
Quedó embarazada de ti en 1979. Cuando naciste te trajo a casa.
A las tres semanas la situación con Pedro era insoportable.
Te dejó conmigo y yo te adopté. Elena se fue al norte.
Después se casó. Después tuvo dos hijos más, Tomás y Lucía.
Nunca quiso volver a hablar conmigo. Ni quiso saber de ti. Ese fue su precio y yo lo respeté".
Bruno respira.
— Tardé un año en hacer algo. Yo era un chaval de Madrid.
Mi tía, mi madre adoptiva, la quería sin pedir nada.
Yo a ella la quería igual. Pero a los veinticinco años, una historia así te pone una cosa pequeña en el pecho y no te deja respirar.
Le pedí a Sara la dirección de Elena. Sara me la dio.
Vivía aquí, en esta casa. Calle Alfonso VIII de Cuenca.
Tenía cuarenta y ocho años. Llevaba veinte casada con un ingeniero industrial llamado, casualmente, Pedro Aizpún. Tenía dos hijos.
— Bruno.
— Sí.
— Yo tenía dieciocho años.
— Lo sé. Y Tomás veintidós. Lo supe entonces.
— Siga.
Bruno asiente.
— Quería venir a Cuenca, ver a Elena de lejos, una vez, sin presentarme.
Eso le dije a Sara. Sara me dijo "haz lo que te dé la gana, pero piénsalo bien".
Lo pensé bien medio año. En agosto de 2005 vine a Cuenca un sábado por la mañana.
Vine en coche. Aparqué en la plaza Mayor.
Bajé caminando por la calle Alfonso VIII.
Pasé delante de esta casa. La vi cerrada.
Era agosto, hacía calor. Yo no sabía si Elena estaría aquí, si estaría de veraneo, si estaría en el pueblo de su marido. No tenía ni idea.
— ¿Y entró?
— No. Esa primera tarde no. Lo único que hice fue sentarme en la plaza Mayor a comer un bocadillo, esperar dos horas y mirar la puerta del taller desde lejos.
La puerta no se abrió. Volví a Madrid esa noche.
Pensé que era una idiotez. Me dije a mí mismo "ya está, no vuelves más".
Estaba convencido. — Una pausa. — Pero la semana siguiente volví. Decidí esta vez llamar al timbre.
— ¿Llamó al timbre?
— Llamé al timbre. Era sábado, sobre la una de la tarde. Abrió un hombre. Le dije que buscaba a Elena Quintanilla. El hombre se quedó mirándome. No me dijo "se ha equivocado". No me dijo "no vive aquí". Me dijo: "Pase un momento, joven. Mi mujer ha bajado a la compra. Le esperamos a tomar un café".
— Mi padre.
— Sí, Lucía. Su padre.
— Bruno.
— Sí.
— Mi padre le hizo pasar.
— Su padre me hizo pasar. — Bruno respira.
— Cuando estuvimos en el salón, su padre me sirvió un agua, no quiso café, me preguntó cómo me llamaba.
Yo le dije. Su padre cerró los ojos un segundo y los abrió.
Me dijo: "Tú no eres familiar lejano. Tú eres mi sobrino en algún sentido que solo Elena y yo conocemos.
¿Lo sabes?". Yo asentí. Su padre asintió.
Nos quedamos en silencio. Después me dijo: "Si has venido a presentarte, te pido una cosa: pasa el rato hablando conmigo.
Cuando vuelva mi mujer, le contaré yo. Necesita prepararse.
No ha hablado de ti en veinticinco años. ¿Te parece bien?". Yo le dije que sí.
Bruno hace una pausa larga. Yo no le interrumpo.
— Estuvimos hablando una hora. Su padre me contó la historia.
Me dijo que su mujer, mi madre, le había confesado lo de mi existencia antes de casarse.
Que él la había aceptado porque la quería.
Que mi madre había construido toda una vida nueva en Cuenca y no quería volver atrás.
Que él me pedía, con educación, que no esperara una respuesta cálida de mi madre.
Su padre estaba siendo amable conmigo, Lucía.
Estaba siendo un caballero. Yo, mientras él hablaba, oía un coche llegar a la calle.
Un coche aparcando. Una puerta cerrarse.
Bruno traga.
— Su madre subió la escalera con la compra.
Pasó por delante del salón sin entrar. Subió a la cocina por la escalera interior.
Su padre se levantó. Me dijo: "Quédate aquí.
Voy a hablar con ella". Yo me quedé en el salón.
Oí pasos arriba. Oí una voz baja de su padre.
Oí una voz aguda de su madre, después. Una discusión corta.
Después oí pasos bajando por la escalera, los de los dos.
Pisadas pesadas, las de él. Pisadas más rápidas detrás, las de ella.
La voz de su madre llamándole a su padre por su nombre, "Pedro", muy bajo, muy contenido.
Bruno hace una pausa.
— Su padre me dijo "Bruno, sube". Subí. Su madre estaba en el rellano del segundo piso, de pie, mirando hacia la pared.
No me miró cuando entré. Se quedó así medio minuto.
Su padre me dijo "Tienes que decirle quién eres tú a Elena".
Yo lo dije. Le dije a su madre: "Soy Bruno.
Soy el hijo que diste a Sara". Su madre se llevó las dos manos a la boca.
No habló. Se dio media vuelta. Salió al balcón del segundo piso, el balcón de la calle Alfonso VIII. Su padre y yo la seguimos.
Bruno cierra los ojos. Vuelve a abrirlos.
— Estábamos los tres en ese balcón. — Una pausa. — Su madre, de espaldas a nosotros, mirando la calle. Su padre y yo, detrás. Su padre la llamaba "Elena, Elena". Yo me había arrepentido de todo. Yo no quería estar ahí. Yo le pedí perdón en voz baja. Su madre no me contestó.
Otra pausa.
— En algún momento su madre se volvió. Me miró.
Tenía la cara mojada. Me dijo: "Vete". Yo le dije que sí, que me iba.
Su madre dio un paso hacia mí. Yo retrocedí.
Su padre estaba entre los dos. Su madre dio otro paso.
Pisó en falso una baldosa que estaba suelta junto al pretil.
Yo, por reflejo, le agarré el brazo. Ella se zafó con fuerza.
Cayó hacia atrás. El pretil del balcón le quedaba a la altura del muslo.
Cayó por el pretil. Yo me quedé con la manga de su blusa en la mano.
Bruno se traga la voz. Calla un segundo. Sigue.
— Su padre miró por encima del pretil. Bajó por las escaleras gritando "Elena, Elena". Salió a la calle. Llegó hasta ella. La gente ya estaba alrededor. Yo me quedé en el balcón con la manga de la blusa en la mano. Tardé cinco minutos en bajar.
Bruno se queda en silencio. Yo, también.
— Cuando bajé a la calle, su padre estaba arrodillado al lado de su madre.
Su madre estaba boca arriba. No se movía.
Su padre me miró. Me dijo: "Vete a Madrid ahora mismo.
Yo te llamaré". Yo le dije que no. Su padre me dijo "Vete, Bruno.
No estás en mi casa esta tarde. No estás en mi calle.
No has venido nunca a esta ciudad. ¿Me entiendes?
". Yo asentí. Me fui andando hasta la plaza Mayor. Cogí mi coche. Volví a Madrid.
Bruno calla.
Yo me llevo las manos al regazo. La taza de café se me ha quedado helada.
— Bruno.
— Sí.
— Mi padre le pidió que se fuera.
— Su padre me pidió que me fuera.
— ¿Lo denunció?
— No.
— ¿Le llamó?
— Me llamó dos veces a Madrid en los meses siguientes.
La primera vez para decirme que la habían enterrado, que la familia lo llevaba con discreción, que el caso lo habían cerrado como accidente, y que él no iba a pedir investigación.
La segunda vez, dos meses después, para pedirme que no volviera a aparecer nunca, ni en su casa, ni en su vida, ni cerca de sus hijos. Yo le dije que sí. Hice esa promesa.
— ¿Y la cumplió?
— Diecinueve años. Hasta el año pasado.
— ¿Y por qué la rompió?
— Porque, cuando Sara murió, su nota me dejaba los doce retratos como herencia.
Los doce retratos los había pintado mi padre biológico, Pedro Aizpún el pintor, en los años 1979 y 1980.
Mi madre Elena, cuando se fue, no se los pudo llevar.
Se quedaron en el piso de Lavapiés. Cuando él murió en el ochenta y tres, su familia los vendió.
Sara los rastreó, los encontró, los compró.
Pero alguien, en algún momento, los había tapado con retratos al estilo XIX.
Sara me dejó dicho que averiguara quién los había tapado. Y por qué.
Bruno se inclina hacia delante.
— Lucía, fueron tapados después del 84. Por una mano que pintaba bien.
Cierro los ojos.
— ¿Mi padre?
— Eso es lo que voy a averiguar yo si usted me deja.
— ¿Cómo?
— Yendo a hablar con él. Le he prometido a usted que iba a presentarme y a contarle. Lo he hecho. Si usted decide que esto es entre usted y su padre, lo respeto. Si usted decide que vaya yo a hablar con él, voy yo. Si usted decide que vayamos los dos, vamos los dos.
Me quedo mirando la mesa.
— Bruno.
— Sí.
— Le contesto el lunes.
— De acuerdo.
Bruno se levanta. Se pone el abrigo. Recoge la caja pequeña que ha dejado en la mesa y no había abierto.
— Esto es para usted. — Me la tiende. — Tres fotografías de Elena que tengo de mi madre Sara. Una de 1979, dos de los primeros años ochenta. No las tiene usted. Es lo único de su madre que le puedo dejar yo.
Cojo la caja. Bruno me da la mano. Se la doy. Sale del taller.
Por la noche, antes de cenar, abro la caja a solas en el cuarto pequeño de mi madre.
Tres fotografías. Mi madre con veintipocos años, de pie en un parque de Madrid.
Mi madre con un bebé en brazos, sentada en un sofá oscuro, hacia 1980.
Mi madre, en una terraza, con un hombre joven que no es mi padre.
Un hombre con barba corta, ojos profundos, un pincel en la mano. Pedro Aizpún el pintor.
Mi madre lo está mirando con una sonrisa que yo no le he visto nunca a mi madre en ninguna fotografía.
Guardo la caja en el cajón superior de la cómoda de nogal, encima de la cómoda donde, durante treinta y ocho años, ha estado la fotografía sepia de Elena, Retiro, mayo 1981.