La Restauradora Capítulo 13
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Capítulo 13

Adela ha venido a Cuenca desde Madrid. No sé si la he avisado yo o ha venido sola. Cuando ha llamado a la puerta a media tarde me ha dicho:

— Te llamé hace tres días. Me dijiste "ven cuando quieras". He decidido que venía hoy. ¿Te molesto?

— No.

Le he abierto. Le he servido té. Le he contado todo lo que he averiguado desde que la llamé desde el patio en diciembre.

Adela ha escuchado entera. Ha tomado notas en una libreta de bolsillo, como cuando hace una entrevista. Ahora estamos sentadas en el sofá del salón, Adrián no ha vuelto del instituto todavía, son casi las siete. Adela cierra la libreta.

— Vale. Repíteme lo del nombre.

— Quintanilla Belmonte.

— Quintanilla. — Adela mueve la cabeza. — Lucía, perdóname, pero llevo cinco años con tu madre fallecida y nunca habría imaginado que tu madre se llamaba de otra cosa.

— Yo, treinta y ocho.

— ¿Y tu padre?

— Mi padre lo sabe todo. Mi padre se casó con ella en 1985 en el Registro Civil de Madrid como Quintanilla Belmonte. Mi padre tenía treinta y un años entonces. Mi madre, veintiocho.

— ¿Y cómo conservó ella el Belmonte como apellido público?

— Eso lo he investigado yo dos días. Mi madre vivió a partir de 1985 como Elena Belmonte.

Probablemente firmó papeles en su empresa como Belmonte porque su nómina la llevaba a un departamento que ni preguntaba.

Es habitual en los ochenta. Su madre, mi abuela materna, se llamaba Belmonte.

La abuela materna era una mujer estricta de Burgos que no le habló a mi madre nunca de lo de Bruno, eso me lo ha contado mi tía abuela Maruja por teléfono ayer.

La abuela materna entendió la historia, ayudó, calló.

Le dio a mi madre el apellido Belmonte como bandera de empezar de cero.

— ¿Y por qué nunca te lo contaron, Lucía?

Levanto los hombros.

— Porque mi madre eligió. Y mi padre, después de su muerte, cumplió.

Adela se reclina.

— Joder, Lucía.

— Sí.

— ¿Y tu padre lo sabe todo?

— Lo sabe casi todo. La abuela paterna me ha dicho que sí. Y Bruno me ha dicho que sí.

— Pero Bruno te dijo que el lunes que viene te contaría lo del verano del 2005.

— Sí.

— Lucía.

Adela me mira despacio. Tiene los ojos llorosos. Adela llora poco. La quiero también por eso, porque cuando le tiembla la pestaña sabes que es de verdad.

— ¿Qué crees que te va a contar Bruno el lunes?

— Que él estuvo aquí ese día.

— Sí.

— Y que pasó algo entre los tres en el balcón.

— Sí.

— Y que mi madre cayó.

— Sí, Lucía.

Adela me coge la mano. Me la aprieta. Yo no se la suelto.

— ¿Tú quieres que yo me quede contigo el lunes?

— No. Quiero estar sola. Pero quiero que estés alcanzable.

— Te llamo cada dos horas el lunes.

— Vale.

— ¿Vas a llamar al cabo Onieva?

— ¿Cabo Onieva?

— El que llevó el caso de tu madre.

— Onieva sigue en Cuenca, sí. Hace un año o así lo vi por la calle. Está cerca de la jubilación.

— Llámalo después de hablar con Bruno. No antes. No tienes nada que aportar al expediente hasta que sepas qué pasó en ese balcón.

— Sí.

— ¿Has hablado con tu hermano Tomás?

— No.

— ¿Por qué no?

— Porque Tomás llevaría veinte años evitando hablar de esto y porque si yo le llamo va a ser él el que va a colgar.

— Te equivocas, Lucía. Tomás es tu hermano. Aunque sea de barco que no vuelca, es tu hermano. Llámalo.

Se queda un silencio en el sofá. Adrián entra en ese momento.

Saluda. Pregunta si nos quedamos a cenar las tres.

Le digo que sí. Adela y él se llevan bien.

Adrián le pregunta cómo está su revista, Adela le contesta lo de siempre, que mal de dinero y bien de orgullo.

Cenan los dos hablando de un escritor que han entrevistado en común hace años. Yo escucho.

Cuando Adela se va a la habitación de invitados, Adrián cierra la puerta del salón y me mira a los ojos.

— Lucía.

— ¿Qué?

— Llevas dos meses así.

— ¿Así cómo?

— Lejos. Asustada. Y no me cuentas.

Le miro la cara. Adrián tiene unas líneas pequeñas en las sienes que se le marcan más cuando no entiende. Las tiene marcadas ahora.

— Llevas dos meses sin tocarme, Lucía.

— Eso no es verdad. — Pero, mientras lo digo, hago cuentas y veo que es verdad. Y eso me duele. — Lo siento.

— No lo sientas. Cuéntame.

— Adrián.

— Sí.

— No te lo puedo contar aún.

— ¿No me lo puedes contar o no me lo quieres contar?

— Las dos cosas.

Adrián se sienta a mi lado. Me coge la mano como ha hecho Adela hace dos horas. No me la aprieta. La tiene.

— Vale. — Una pausa. — Lucía, te quiero. Cuando puedas contarme, cuéntame. Mientras tanto, no estoy enfadado contigo. No estoy diciéndote nada. Solo te digo que estoy aquí.

Asiento sin decir nada.

A la mañana siguiente, Adela coge el AVE de las once. Antes de irse me besa en la frente como mi madre hacía cuando yo era niña. No me dice "ánimo". Adela nunca dice "ánimo". Adela dice:

— Te llamo el lunes a las cinco.

— Vale.

Esa tarde llamo a Tomás. Mi hermano coge al cuarto tono.

— Lucía.

— Tomás.

— ¿Estás bien?

— Bien. Tomás. ¿Podemos hablar diez minutos?

— ¿Diez minutos?

— Diez minutos.

Tomás respira. Lo oigo cerrarse a una puerta. Está en el hospital. Tomás trabaja en La Paz, en Madrid, anestesia de quirófano grande.

— Dime.

— Tomás. Mamá se llamaba Elena Quintanilla.

Silencio.

— Tomás.

— Sí.

— ¿Tú lo sabías?

— Lo sabía desde los doce o trece años.

— ¿Cómo?

— Me lo dijo mamá. Una tarde. Estábamos en la cocina de la casa de Cuenca, en otoño.

Yo tendría unos doce años. Mamá me dijo "Tomás, hay una cosa que tú vas a saber porque yo no quiero que la sepas de otra forma".

Y me la contó. Que su nombre de soltera era Quintanilla.

Que cuando era muy joven tuvo un hijo y lo dio en adopción a su hermana Sara.

Que después se casó con papá. Que no íbamos a hablar de eso.

Que ella me lo decía a mí porque era el mayor.

— Tomás. — La voz me sale floja. — A mí no me lo dijo.

— A ti no, Lucía. — Tomás se pone serio. — Me hizo prometer que tampoco te lo diría. Te lo iba a decir ella cuando cumplieras dieciocho. Murió un mes antes de que cumplieras dieciocho.

Se me cierra la garganta. Trago.

— Tomás. ¿Por qué no me lo dijiste cuando ella murió?

— Porque era la única promesa que le había hecho a mamá en mi vida.

— Una pausa. — Y porque, cuando tenía veintidós años y tú dieciocho y mamá estaba enterrada, papá nos sentó en el salón un mes después de la muerte y nos dijo: "El nombre completo de mamá no es asunto de nadie.

Eso queda dentro de esta familia. Y yo no quiero hablar de eso más.

Ni con vosotros". Y yo, con veintidós años, le dije que sí.

— Tomás.

— Sí.

— Tomás.

— Lucía.

— El verano que murió mamá. — Tomo aire. — Tomás. ¿Tú estabas en Cuenca esos días?

Silencio.

— Tomás.

— Sí, Lucía.

— ¿Tú estabas?

— Yo estaba en Madrid esa tarde. Estaba haciendo turnos en La Paz como residente. Cuando me llamaron para decir que mamá había caído, vine a Cuenca al día siguiente.

— ¿Y antes? ¿En las dos semanas anteriores?

— En las dos semanas anteriores yo había venido un fin de semana. El primero de agosto.

— ¿Viste a alguien que no fuera de la familia?

Silencio.

— Tomás.

— Sí, Lucía. Vi a un hombre. — Tomás tarda.

— Vi a un hombre en la sala de estar el sábado por la tarde, mientras mamá estaba arriba.

Estaba con papá. Yo entré sin avisar porque mamá me había mandado a buscar a papá.

Cuando vi a papá hablando con un hombre joven, los dos se callaron.

Papá me presentó al hombre como "Bruno, un familiar lejano que ha pasado a saludar".

El hombre me dio la mano y se fue. Mamá no llegó a verlo. Eso me consta.

— ¿Cómo era el hombre?

— Alto. Pelo oscuro. Veinticinco años o así. Bien vestido para Cuenca en agosto.

— Tomás.

— Sí, Lucía.

— Bruno Quintanilla.

— Sí. — Una pausa larga. — Yo eso, hace dos meses, no lo habría dicho. Pero llevas haciendo preguntas que me dicen que ya sabes. Y prefiero contártelo yo a que te lo cuente otro.

— Tomás.

— Lucía.

— Ese hombre estuvo en casa con papá una semana antes de la muerte de mamá.

— Sí.

— Y nadie ha hablado de eso en veinte años.

— Nadie ha hablado de eso en veinte años.

Cuelgo. No le digo adiós. Tomás tampoco. Los dos lo entendemos.

Bajo al taller. Me siento en el taburete frente al primer cuadro. La mujer del retrato superior me mira desde la pared. La mujer del retrato subyacente me mira desde el escáner del portátil. Las dos son mi madre. La de la izquierda y la de la derecha. La superior y la subyacente. La doble vida.

Cojo el móvil. Le mando un mensaje a Bruno.

"Bruno. No esperaremos al lunes. Venga cuando pueda. Lucía."

Tres minutos después, Bruno me responde:

"Mañana a las once."