La Restauradora Capítulo 12
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Capítulo 12

Bruno entra con dos minutos de retraso. Es la primera vez que llega tarde, aunque sea por dos minutos. Trae el abrigo abierto y la bufanda ya quitada en la mano. Hace menos frío que en diciembre. La luz del taller es la misma de siempre.

— Llego tarde, Lucía. He tenido un atasco en La Almoraima. Disculpe.

— No pasa nada. Café?

— Por favor.

Sirvo el café. Lo pongo sobre la mesa auxiliar. Bruno se queda de pie. Mira los cuadros en la pared. Cuatro restaurados ya. Los otros ocho descansan en estuches individuales contra la pared del fondo. Bruno se queda mirando los cuatro restaurados un rato largo. Asiente. Se vuelve hacia mí.

— Están preciosos, Lucía. Gracias.

— Es mi trabajo.

— Es más que eso.

No le contesto. Le pongo el café delante. Me sirvo el mío. Me siento en el taburete del caballete pequeño. Él se sienta en el del grande. La distancia entre los dos taburetes es de un metro veinte. Suficiente.

— Bruno. Antes de seguir hablando del trabajo, le voy a hacer algunas preguntas. Y, si no le importa, hoy va a contestar usted.

— ¿Y si no me importa?

— Si no le importa, mejor.

— Le escucho.

Tomo aire.

— Su madre biológica se llamaba Elena Quintanilla. ¿Es así?

Bruno tarda dos segundos. Después asiente, despacio, una sola vez.

— Sí.

— Era familia de Sara Quintanilla, su madre adoptiva.

— Hermana.

— Hermana. Bien. — Anoto mentalmente. — Elena Quintanilla convivió con Pedro Aizpún, pintor de Madrid, en Lavapiés, durante los años 1976 a 1980. Pedro Aizpún fue posiblemente su padre biológico. ¿Es así?

— En el papel que tengo, sí. Pedro Aizpún figura como padre desconocido, pero en una nota que me dejó mi madre Sara, sí. Lo da por hecho.

— Pero a usted le da, o le ha dado, alguna duda.

— Me da duda, sí.

— ¿Por qué?

Bruno se inclina hacia delante. Apoya los codos en las rodillas. Mira el suelo.

— Porque mi madre Sara, antes de morir, me dijo una cosa. Me dijo: "Bruno, si alguna vez quieres saber quién era tu padre, busca en Cuenca. No en Madrid".

— ¿Qué quería decir?

— En su momento pensé que se refería a Pedro Aizpún, el pintor, que entendí que había vivido aquí. Y vine. Y vi que Pedro Aizpún el pintor no vivió nunca en Cuenca. Vivió en Madrid. La pista no era el pintor. Era otra persona.

— ¿Quién?

— Le voy a contestar con franqueza, Lucía.

— Bruno levanta la mirada. Sus ojos son los míos.

Los míos son los suyos. Lo veo por primera vez.

— Lo que sé es lo que voy a decirle, y lo que sospecho.

Lo que sé: mi madre Elena Quintanilla se fue del piso de Lavapiés en 1980, cuando yo tenía un mes.

No volvió. Mi tía Sara me adoptó tres semanas después.

Mi madre Elena murió. — Una pausa. — Mi madre Elena murió hace veinte años, en agosto.

Aprieto las manos contra los muslos.

— Bruno.

— Lucía.

— Su madre Elena Quintanilla y mi madre Elena Belmonte murieron en agosto de 2005.

— Sí.

— ¿En el mismo agosto?

— En el mismo agosto.

— Bruno. — Cierro los ojos un instante. — ¿Mi madre Elena Belmonte era Elena Quintanilla?

Bruno asiente.

— Sí, Lucía.

Suelto el aire. Lo suelto entero. Me llevo las manos a la cara y me apoyo los pulgares en las cuencas de los ojos.

Aprieto. Cuando aparto las manos, Bruno sigue ahí, sentado, mirándome, con la misma cara de un hombre que lleva veinte años cargando con algo y que ahora, por fin, lo deja en una mesa de Cuenca delante de una mujer.

— ¿Cómo lo sabe?

— Mi tía Sara me lo dijo en un sobre que me dejó al morir.

Mi madre Elena Quintanilla se casó con Pedro Aizpún Garmendia, ingeniero industrial, en 1985, y pasó a usar el apellido Belmonte que ella creía que necesitaba para empezar de cero.

Belmonte es el apellido de soltera de su madre, mi abuela, que está enterrada en Bilbao.

Era pseudónimo. Su DNI, su libro de familia, su carné de conducir, todo seguía siendo Quintanilla.

Pero ella, en el día a día, en su trabajo, en sus amistades nuevas, era Elena Belmonte.

— Mi padre. Mi padre se casó con Elena Belmonte en mi acta de boda.

— En la copia que su padre te mostró. En la oficial, en el Registro Civil de Madrid, está casado con Elena Quintanilla Belmonte. — Bruno saca de la cartera un papel doblado en cuatro. Me lo tiende. — Acta literal pedida en septiembre.

Tomo el papel. Lo abro. Es una copia certificada del Registro Civil. Pedro Aizpún Garmendia se casó con Elena Quintanilla Belmonte el 14 de junio de 1985 en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid.

Quintanilla Belmonte. No Belmonte Ríos. No mi madre como yo la he conocido en treinta y ocho años.

Quintanilla.

— Bruno.

— Sí, Lucía.

— Mi madre fue su madre.

— Sí. Era mi madre. — Bruno lo dice sin levantar la voz.

Sin solemnidad. Como si llevara mucho tiempo aceptándolo.

— Era mi madre y la suya. Yo nací en 1980.

Usted en 1987. Somos hermanos por parte de madre.

Padres distintos. — Una pausa. — Mi padre biológico fue Pedro Aizpún, pintor, primo segundo de su padre.

Su padre fue Pedro Aizpún ingeniero. Los dos hombres se llamaban exactamente igual.

Su padre se casó con la mujer que había estado con su primo segundo.

Y la quiso, eso lo doy por hecho. La quiso. Lo de menos importa.

Me llevo el dorso de la mano a la nariz. La nariz me gotea. No me había dado cuenta. La cocina del piso de arriba huele todavía a café. Adrián está en el instituto. Las ocho menos cuarto de la noche son una distancia de horas que ahora me parece una eternidad.

— Bruno.

— Sí.

— ¿Por qué ha esperado hasta hoy para decírmelo?

— Porque hasta hoy no sabía si usted se daría cuenta sola.

— Una pausa. — Llevo cinco años buscando los doce cuadros.

Cuando los conseguí, llevaba un año más buscándole a usted.

He invertido más dinero del que voy a recuperar, Lucía.

Y no se lo digo para que se sienta agradecida.

Se lo digo para que entienda que esto, para mí, no es un encargo de restauración.

Es la única forma que se me ocurrió de presentármele sin asustarla.

Y de darle, al mismo tiempo, lo que es suyo.

— ¿Lo que es mío?

— Los doce cuadros, Lucía. Los doce retratos de su madre.

— ¿Y su parte?

— Mi parte. — Bruno hace una pausa. — Una conversación con usted. La que me debe a mí mi historia, no la que le debe usted a mí.

Me levanto. Voy al cuarto de baño del taller. Me lavo la cara con agua fría. Me la seco con la toalla blanca de cocina que está colgada del gancho. Vuelvo. Me siento.

— Bruno.

— Sí.

— Usted estuvo en Cuenca el verano de 2005.

Bruno asiente, sin parpadear.

— Sí.

— En agosto.

— En agosto.

— En esta casa.

— En esta casa.

— Mi madre murió en el balcón de esta casa en agosto de 2005.

— Lo sé.

Suelto el aire.

— Bruno.

— Lucía.

— ¿Usted estuvo en el balcón?

Bruno me mira. No baja los ojos. Le tiembla un milímetro la comisura del labio.

— Estuve en esta casa, Lucía. — Una pausa muy larga. — Hablaremos de eso. Hoy, no. Hoy es demasiado. Quiero contárselo en orden. Quiero contárselo entero. Hoy le he dicho lo esencial. Lo otro, en quince días, cuando vuelva.

— ¿Está usted pidiéndome quince días?

— Le pido lo que usted me dé. Si me lo pide ahora, contesto. Pero le digo: hoy es mucho para usted. Y la conversación que tenemos pendiente es muy importante para los dos. No quiero hacerla bajo este tipo de cansancio.

Cierro los ojos. No sé si tiene razón. Pero ahora mismo, físicamente, no me veo capaz de oír otra cosa más.

— Quince días.

— Quince días.

— Bruno.

— Sí.

— No me llame durante esos quince días. Yo le llamaré.

— De acuerdo.

Se levanta. Se pone el abrigo. Pasa los dedos por la solapa.

— Lucía. Le diré una cosa más antes de irme, una sola.

Espero.

— Yo no quería volver a abrir esto, sinceramente.

Llevaba veinte años intentando no abrirlo.

— Una pausa. — Cuando murió mi tía Sara, en 2018, y leí la nota, decidí buscar.

Lo decidí porque tenía treinta y ocho años y porque no quería ser un hombre con un blanco en la biografía.

Si le he hecho daño a usted al venir aquí, le pido perdón ahora.

Si le he hecho un favor, se lo daré cuando podamos hablar tranquilos.

Es probable que sea las dos cosas a la vez.

No le contesto.

Bruno sale del taller. La campanilla suena. Su coche arranca en la plaza Mayor.

Yo me quedo en el taburete, de cara al primer cuadro, que es el retrato de mi madre que yo no he conocido. La mujer del retrato superior, pintada en estilo XIX. La mujer del retrato subyacente, pintada en 1979 por un hombre que no era mi padre. Doce cuadros de mi madre.

Mi madre era Elena Quintanilla Belmonte.

Y tuvo un hijo en 1980 que dio en adopción a su hermana Sara.

Y, cinco años después, se casó con un primo lejano del padre biológico de su hijo, un hombre que se llamaba exactamente igual que el padre, y que la quiso lo suficiente como para aceptar la historia.

Mi padre la quería.

Eso, también, es información.

Adrián llega a las ocho. Yo no me he movido del taburete. Cuando me ve me pregunta:

— ¿Estás bien?

Le digo que sí. Subo a la cocina. Cocino lentejas. Cenamos. Hablamos de su día. Yo asiento.

Por la noche, en la cama, Adrián me abraza por la espalda y me dice "Te quiero". Yo le digo "Yo a ti también". Es verdad las dos cosas.

Pero esa noche no duermo.

Por la mañana, cuando Adrián se va al instituto, abro el portátil y, por primera vez en mi vida, escribo el nombre completo de mi madre tal y como Bruno me lo ha dicho. Elena Quintanilla Belmonte.

Aparece un obituario de El Mundo de agosto de 2005. Una esquela pequeña.

"Elena Quintanilla Belmonte, falleció en Cuenca el 18 de agosto de 2005, a la edad de 48 años. Sus seres queridos rogarán por su alma."

Quintanilla.

En todas las esquelas que mi padre puso en agosto de 2005, mi madre se llamaba Elena Belmonte Ríos.

Esta no es ninguna de las que mi padre puso.

Esta la puso otra persona.

La firma, abajo, dice solo: "Sus seres queridos".