La Restauradora Capítulo 11
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Capítulo 11

El portal es estrecho y huele a humedad y a especias.

La escalera es de baldosa hidráulica gastada por décadas de pies.

Subo los tres pisos sin pensar. En el rellano del tercero hay dos puertas.

La de la izquierda con un felpudo nuevo y un cartelito que dice "Por favor, no llamen entre las dos y las cuatro, gracias".

La de la derecha sin felpudo, con la madera oscurecida y el barniz medio caído.

Llamo a la de la derecha. Espero. Nada. Llamo otra vez. Nada.

Suena una cerradura en la izquierda. Una mujer mayor, sesenta y muchos, abre con la cadena puesta.

— ¿Sí?

— Disculpe. Busco a un vecino de su rellano. El de la puerta de enfrente. ¿Sabe usted si vive alguien?

— Vivían. — Sin abrir la cadena. — El piso está vacío desde hace dos años. La sobrina del último inquilino vino a sacar las cosas. Lo iba a poner en alquiler turístico, creo. No ha vuelto a aparecer.

— ¿El último inquilino se llamaba Pedro Aizpún?

La mujer me mira con cara de extrañeza.

— No. — Una pausa. — El último inquilino se llamaba Aurelio Cifre, llevaba aquí veinticinco años. Murió a finales de 2022.

— Disculpe.

— ¿Era el dueño quien le dijo a usted la dirección?

— No.

— Pues no sé. — La mujer me mira con compasión. — Aquí no vivió nunca un Pedro Aizpún. Yo llevo cuarenta años en esta finca.

— ¿Cuarenta años?

— Cuarenta y dos. ¿Por qué?

— ¿Recuerda usted, en los años setenta o principios de los ochenta, a un Pedro Aizpún que pintara? ¿Aunque fuera por venirle alguna vez a hacer una visita a algún vecino?

La mujer se queda un instante mirándome.

— ¿Es usted familia?

— Soy familia, sí.

— Aurelio era pintor.

— ¿Aurelio Cifre era pintor?

— Sí. Daba clases en su salón. Tenía una pensión de invalidez muy pequeña, sacaba algo dando clases particulares de pintura. Nada serio.

— ¿Y antes de Aurelio, en este mismo piso, vivió alguien que pintara?

— Pues no le puedo decir. Yo llegué en el ochenta y cuatro. Para entonces este piso era de Aurelio. Era de otro hombre, sí, pero no le sé el nombre. Me han dicho los más viejos del edificio que era un pintor también. Que murió aquí.

— ¿Murió aquí?

— Sí. En el piso. Se ve que tenía mala salud. La portera vieja, doña Cándida, me lo contó cuando yo me mudé. Me dijo que el inquilino anterior había muerto en el sofá, lo encontraron tres días después.

— ¿En qué año?

— Ochenta y tres, principios de ochenta y cuatro. Por ahí.

— ¿Y Aurelio Cifre era familia suya?

— No. Aurelio era inquilino nuevo. Llegó cuando yo. Pintor también. Casualidad.

Lo dice "casualidad" con la sonrisa de quien sospecha desde hace décadas que no fue casualidad. No le pregunto más.

— Una cosa más, perdone. ¿La portera vieja, doña Cándida, sigue viva?

— Murió hace mucho. Pero su hijo trabaja en la administración de fincas que lleva el edificio. Si necesita usted alguna información, le doy el número.

La mujer va a buscar la libreta. Yo me siento en el escalón. Las piernas me sostienen pero a media potencia. Tomo aire dos veces.

La mujer vuelve. Me da un número de teléfono y un nombre, Marcial Ortiz, administrador de fincas en Embajadores. Le doy las gracias. Bajo la escalera despacio. En el portal, antes de salir, una pareja joven entra con bolsas de la compra y me sonríen. Les sonrío.

Salgo a la calle.

La calle Mesón de Paredes huele a fritanga de un bar marroquí cercano. Sigue habiendo gente. Es sábado por la tarde. El frío de enero corta. Camino sin rumbo hasta la plaza de Tirso de Molina. Me siento en un banco. Saco el móvil.

Llamo a Marcial Ortiz.

— ¿Diga?

— Buenas tardes. Disculpe la llamada. Una vecina del edificio de Mesón de Paredes 47 me ha dado su número. Estoy intentando localizar información sobre un antiguo inquilino. Un pintor que vivió allí hasta su muerte a comienzos de los ochenta. Se llamaba Pedro Aizpún.

Marcial Ortiz tarda. Es un hombre joven, por la voz. Me hace una pausa de quien intenta recordar.

— Pues mire usted, no llevamos archivos personales de inquilinos de hace cuarenta años. Mi madre llevaba la portería antes que yo, ella sí. Pero el dueño actual del piso compró todo el bloque a un sindicato vertical en los noventa, y los contratos antiguos se vaciaron. ¿Era usted familia?

— Familia muy lejana.

— Mire, si quiere, le puedo dar el número del dueño actual del piso, don Eustaquio Ramírez. Es un señor mayor. Igual él se acuerda.

Me da el número. Le doy las gracias.

Llamo a don Eustaquio.

Don Eustaquio Ramírez es un señor de ochenta y dos años que vive en Toledo y que tarda en pillar la conversación. Cuando entiende que le hablo del piso de Mesón de Paredes y del antiguo pintor, se ríe corto.

— Pedro Aizpún el pintor. Llevo cuarenta años sin oír el nombre.

— ¿Le conoció usted?

— Le compré el piso al banco después de su muerte. Pedro lo tenía hipotecado hasta las orejas. Cuando murió, el banco se quedó con el piso y lo subastó. Yo lo compré barato en el ochenta y cuatro. Lo alquilé a otro pintor, un señor majo, Aurelio, que estuvo aquí hasta hace tres años.

— ¿Sabe usted si Pedro Aizpún tenía pareja en el momento de su muerte?

— Pareja seria, no. — Don Eustaquio carraspea. — Llevaba años solo. Bebía mucho. Pintaba menos. — Una pausa. — Es lo que me contó la portera de entonces. Yo no le conocí en vida.

— ¿Y, mucho antes, hacia 1979 o 1980, recuerda si vivió con alguien?

— Yo le digo lo que me contó doña Cándida y lo que escribí en mi libreta cuando compré el piso.

— Hace una pausa, como si se hubiera levantado a buscar.

— Pedro Aizpún Domínguez de Cifuentes, nacido en Madrid en 1941, pintor, vivía solo en el momento del fallecimiento.

Antes, sí, había convivido con una mujer joven varios años.

La mujer se fue del piso en el ochenta o el ochenta y uno, no sabría decirle el día exacto. La cosa no terminó bien.

— ¿La cosa no terminó bien?

— Doña Cándida me contó que la mujer dio a luz a un niño y que se fue del piso al poco. El niño no se sabe si era de Pedro o de otro hombre. Eso era el rumor del rellano. Hubo gritos, peleas, vecinos llamando a la policía un par de veces. La mujer se fue. El niño se lo llevó.

— ¿Sabe usted el nombre de la mujer?

— Doña Cándida me lo dijo. Espere. — Pasan unos segundos en los que oigo papeles. — Mira, lo apunté: Elena Quintanilla.

Me quedo callada. Me quedo callada tanto que don Eustaquio pregunta:

— ¿Sigue ahí?

— Sigo. — Tomo aire. — Don Eustaquio, ¿está usted seguro?

— Es lo que apunté entonces. Elena Quintanilla. No le puedo decir más. Es lo que me dijo la portera. Si quiere ir al registro, vaya.

Le doy las gracias. Cuelgo.

Me quedo sentada en el banco de la plaza de Tirso de Molina con el móvil en la mano. Una pareja de turistas pasa pidiéndome que les haga una foto. Les hago una foto. Me la devuelven mirando la pantalla, contentos. Se van.

Elena Quintanilla.

Sara Quintanilla, la madre adoptiva de Bruno, era marchante en Madrid. Apellido Quintanilla. Bruno se apellida Quintanilla porque la adoptó Sara.

Pero la madre biológica también se apellida Quintanilla.

Saco la libreta de la mochila. Anoto:

Pedro Aizpún (pintor, primo segundo de mi padre) vivió en Lavapiés. Convivió con una mujer joven llamada Elena Quintanilla. Tuvieron, o convivieron con, un niño nacido en torno a 1980. Ella se fue del piso. El niño se fue con ella. Después fue adoptado por Sara Quintanilla, marchante de arte.

Cierro la libreta.

Hipótesis nueva. Elena Quintanilla era familia de Sara Quintanilla. Hermana, prima. La criatura, Bruno, se quedó dentro de la familia de la madre.

No es mi madre. Mi madre era Belmonte. No Quintanilla.

La otra Elena, la del banco con mi padre en primavera de 1979, podría ser Elena Quintanilla.

Si Elena Quintanilla tuvo el bebé con el otro Pedro Aizpún, la pintura que hay debajo de los doce retratos son retratos de Elena Quintanilla. Pintados por el otro Pedro Aizpún. Y, alguna mano, los volvió a pintar por encima al estilo XIX para esconderlos.

¿Quién los tapó?

¿Mi padre?

Llamo a un taxi. Me voy a Atocha. Cojo el primer AVE que sale para Cuenca.

En el vagón, sentada al lado de una ventana que solo me devuelve mi propio reflejo durante una hora y veinte, miro el móvil. Bruno me ha mandado un mensaje a media tarde:

"Vuelvo a Cuenca el lunes. ¿Me recibe usted con los siguientes cuadros vistos? Bruno."

Le respondo:

"Le recibo. Pasado mañana, 10:30."

Bloqueo el móvil.

Voy a hacer una cosa el lunes que no he hecho nunca con un cliente.

Voy a hacer preguntas directas.