La Restauradora Capítulo 10
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Capítulo 10

He pospuesto la visita un par de semanas por la Navidad.

Comimos en casa de Tomás, mi hermano, en Madrid, con sus dos niños, su mujer y mi padre.

Mi padre estuvo elegante y distante. Yo estuve elegante y distante.

Tomás se dio cuenta. No dijo nada. Por la tarde, paseando los dos solos por el parque del Retiro mientras los niños corrían delante, Tomás me dijo:

— Lucía, no remuevas.

— ¿Qué no remueva qué?

— Lo que estés removiendo con papá.

— Tú no sabes lo que estoy removiendo.

— No. Pero te conozco la cara. Y a él se la conozco mejor.

Lo dejé ahí. Tomás no soporta los conflictos. Tomás es de los que aprenden, desde niños, a contenerse para que el barco no vuelque. Mi madre era igual. Mi padre, también. En esa familia, el barco lleva no volcando cincuenta años, gracias a su ingeniería.

Pero el barco ya está volcando. Ellos no se han dado cuenta. Yo sí.

He venido hoy a casa de la abuela sin avisarla.

He llamado a la cancela, me ha abierto Mariluz, la asistenta que lleva diez años con ella, y la abuela me ha recibido en la sala de estar con las manos como hace ella siempre, una mano por mejilla, "ay mi niña".

Pilar Garmendia tiene setenta y seis años, una cabeza que funciona como funcionaba a los cuarenta, una espalda algo encorvada y unos ojos que siguen siendo los ojos de la abuela.

La quiero. Le doy un beso. Le doy las almendras de la confitería Ruiz que le traigo cuando subo. Nos sentamos.

— ¿Y Adrián?

— En Cuenca. Está bien.

— ¿Y el trabajo?

— Muy bien, abuela. Un encargo grande de un cliente de Madrid.

— Mira tú qué bien. — Sirve un té que ya está hecho en la tetera. — ¿Y tu padre?

— Está bien.

— Lucía. — La abuela me mira despacio. Sonríe sin sonreír. — Mi nieta no viene a verme un sábado por la mañana sin avisar. ¿Qué te trae?

Es una mujer lúcida. Decido no fingir.

— Abuela, necesito que me ayudes con una cosa.

— Te ayudo con lo que pueda.

— ¿Te suena un primo segundo de papá que se llamaba Pedro Aizpún y vivía en Madrid?

La abuela deja la taza. La pone sobre el plato con cuidado. Toca la asita con dos dedos. Espera unos segundos antes de hablar.

— Sí.

— ¿Lo conociste bien?

— Bastante bien, sí. — Otra pausa. — ¿Por qué me preguntas?

— Por un encargo. He encontrado pinturas firmadas con sus iniciales. P A. Por la fecha podrían ser suyas.

— ¿Las has datado?

— En torno a 1979, 1980.

La abuela asiente despacio.

— Vale. Tu primo segundo Pedro pintaba óleo.

Vivía en Lavapiés, en una casa cerca del cine Doré.

Lo veíamos poco. Era el hijo del primo carnal de mi marido.

Mi marido, tu abuelo Aizpún, no se llevaba con esa rama de la familia, nunca te lo expliqué bien, pero hubo un asunto de herencia que dividió a los hermanos en los años cincuenta.

Por eso, a Pedro lo veíamos solo en bodas y bautizos. Y, cuando murió, en su entierro.

— ¿Cuándo murió?

— En el ochenta y tres. Verano. Tenía cuarenta y dos años. Cirrosis. Una pena.

— ¿Tuvo hijos?

La abuela se queda mirando la taza.

— No oficialmente.

— ¿Qué quiere decir eso?

— Quiere decir que no tuvo hijos legítimos. Pero tuvo una pareja, una mujer joven, durante los años setenta. Y los dos pudieron tener un hijo en algún momento, eso no lo sé.

— ¿Cómo se llamaba la mujer?

— Sara, creo. — La abuela frunce los labios. Hace memoria. — O Elena. No te lo puedo decir con seguridad. Eran las pocas veces que coincidíamos.

— Abuela.

— Sí, hija.

— Te lo voy a preguntar de la única manera que sé. ¿Mi padre conoció a alguna mujer llamada Elena antes de mamá? ¿Antes de 1984?

La abuela me mira. Tarda. La mano le tiembla un poco. Me mira directa a los ojos y dice:

— Lucía.

— Abuela.

— Hay cosas que tu padre eligió no contar.

— Lo sé.

— Yo tampoco. — Una pausa. — Tu padre era joven.

Tenía veinticinco años. Estaba terminando la ingeniería.

Y, sí, vio durante un tiempo a una chica llamada Elena.

Vivían juntos cuatro meses. La conoció en la facultad.

Eran amigos, después fueron pareja. La cosa no fue a más.

Ella se fue a vivir con tu primo segundo Pedro hacia 1979 o 1980. Yo a Elena la conocí dos veces.

— ¿Vivieron juntos?

— Cuatro meses. Te lo digo porque lo sé y porque te ayuda. No te lo digo para juzgarlo.

— ¿Y cuando ella se fue a vivir con el otro Pedro?

— Tu padre lo pasó mal. Pero era joven. Lo superó.

— ¿Cuántos años tenía Elena, esa Elena?

— Casi la misma edad que tu padre. Una pena, una mujer guapa.

— ¿Era de Madrid?

— Era de Madrid, sí. Familia de Tetuán, creo. Padres modestos.

— ¿Y la mamá, mi mamá Elena Belmonte, la conociste antes de que tu hijo Pedro se casara con ella?

— La conocí dos años antes de la boda. Cuando tu padre la trajo a la casa. Era una chica encantadora. Bilbaína. Hija de un farmacéutico de allí. Trabajaba ya en Telecomunicaciones.

— Abuela.

— Sí.

— La otra Elena y mi madre eran personas distintas, ¿verdad?

La abuela respira hondo. Asiente.

— Sí, Lucía. Personas distintas. Yo a las dos las conocí en momentos distintos. Tu padre, sí, tuvo la mala suerte de enamorarse de dos mujeres con el mismo nombre y un parecido razonable.

— ¿Razonable?

— Las dos eran morenas, esbeltas, jóvenes. No idénticas, pero parecidas. A tu padre eso, créeme, lo hizo sufrir a veces.

— ¿Por qué?

La abuela mueve la cabeza.

— Lucía. — Una pausa larga. — Hay cosas que yo no te puedo contar. No porque no las sepa. Porque no es asunto mío. ¿Me entiendes?

— Te entiendo.

— Pero hay algo que sí te voy a decir.

Espero.

— Ese chico que te ha llegado al taller con doce cuadros. — La abuela me mira a los ojos. Sin parpadear. — ¿Tú sabes quién es exactamente?

Me quedo congelada.

— ¿Cómo lo sabes?

— Lo sé porque tu padre, en Nochebuena, después de cenar, me dijo que estabas trabajando en doce cuadros para un cliente que era hijo de Sara Quintanilla. Tu padre se ha tomado un brandy más de lo habitual ese día. Se le ha escapado.

— Vale.

— Lucía. — La abuela me toma la mano. — Coge el AVE y vuelve a Cuenca. Llama a tu padre. Y dile todo lo que estás encontrando. Que él te lo cuente entero. No lo dejes que se vaya por la tangente. Que te lo cuente entero.

— ¿Tú sabes lo que tiene que contarme?

La abuela cierra los ojos un segundo. Vuelve a abrirlos.

— Una parte. La otra no.

— ¿La parte que sabes?

— Que el chico, Bruno, nació en 1980 y que fue adoptado por Sara Quintanilla. Que Sara compró doce retratos en los noventa de una colección privada y se quedó con ellos. Que tu padre la conocía a Sara por la profesión, no íntimamente. Que ese chico ha aparecido en tu vida no por casualidad.

— ¿Y la parte que no sabes?

La abuela aprieta los labios.

— La parte que no sé es por qué Sara Quintanilla compró esos doce cuadros. Y por qué tu padre no le impidió comprarlos. Y por qué, veinte años después, ese chico ha aparecido con ellos en tu taller.

Me quedo mirando la alfombra.

— Abuela.

— Sí.

— ¿Bruno Quintanilla es hijo de papá?

La abuela me mira fijo.

— No.

— ¿No?

— No, Lucía. — La abuela me aprieta la mano. — Eso no.

— ¿Cómo puedes estar segura?

— Porque, cuando Pedro vio a la otra Elena por última vez, en mayo de 1979, ella ya estaba embarazada de cuatro meses. Y Pedro, mi hijo, llevaba seis meses sin verla. Lo sé porque yo lo viví. — La abuela respira. — El bebé no era de Pedro.

— ¿Y entonces de quién era?

— Del otro Pedro. — Una pausa. — O al menos eso es lo que se dijo entonces. Yo, esto, ya no te lo puedo asegurar. Yo te cuento lo que viví. Lo que se dijo. No te cuento la verdad porque, te lo juro, no sé cuál es.

Salgo de casa de la abuela a las dos de la tarde. La abuela me deja en el portal abrazada un rato más largo de lo que abraza normalmente. Me dice:

— Tu padre te quiere, Lucía. Te lo digo como abuela. Sea cual sea la historia, no la juzgues sin él. ¿Vale?

— Vale, abuela.

— Llámame.

— Te llamo.

Cojo un taxi hasta Lavapiés. Calle Mesón de Paredes 47.