Capítulo 9
No he dormido bien en cuatro días. Adrián me ha preguntado dos veces si voy bien. Las dos veces le he dicho que sí. Las dos veces ha movido la cabeza sin creerme. A la cuarta noche, ayer, Adrián se metió en la cama y, antes de apagar la luz, me dijo en voz baja:
— Lucía, cuando quieras hablar conmigo, hablamos.
Yo no contesté. Le besé en la sien. Le aparté el pelo de la frente. Apagué la luz. Eso fue toda la respuesta.
Esta mañana he bajado al taller a las siete menos cuarto. Adrián sigue durmiendo. La cocina huele a café que ya he hecho y no me he tomado. He encendido el infrarrojo. He sacado el tercer cuadro.
El tercer cuadro lleva diez días en la cabina, esperando turno.
Llevo dos semanas estancada en el segundo, dándole vueltas a las trazas de las letras PAR.
Ayer me llamó Bruno para decirme que no podía venir esta semana porque tenía un compromiso en Sevilla.
Me dijo que vendría a primeros de enero. Eso me deja diez días tranquilos.
Limpio el tercer cuadro a contrarreloj. Empiezo con el ultravioleta. La fluorescencia uniforme. Bien. Sigo con infrarrojo. Sale, por debajo de la pintura superior, otro retrato.
Lo escaneo entero. Lo descargo. Lo abro en el portátil. Lo amplío.
Mujer joven. Veintipocos años. Pelo recogido en moño bajo. Vestido oscuro con cuello blanco. Mirada hacia la izquierda. Perla pequeña en la oreja.
No es exactamente la mujer del primer retrato subyacente. Pero se le parece muchísimo.
Es la misma cara. En un día distinto. En otra hora.
Saco la fotografía sepia de mi madre del estudio pequeño. La bajo al taller. La fotografía de la primavera de 1979 que encontré en el álbum verde, la de la otra Elena con mi padre. La bajo también.
Pongo las tres imágenes en la mesa.
Una. Mi madre Elena Belmonte Ríos, mayo 1981, en el Retiro.
Dos. La otra Elena, primavera 1979, con mi padre.
Tres. La mujer del retrato subyacente del tercer cuadro, sin fecha pero próxima a 1979 por la traza.
Las tres mujeres se parecen. Las tres son la misma cara. Pelo recogido, moño bajo, perla pequeña, mirada hacia la izquierda, asimetría en el labio inferior.
Tres mujeres que son una.
Cuatro, si cuento la del primer retrato subyacente.
Cinco, si cuento la del segundo retrato subyacente.
¿Es posible que mi madre y la otra Elena fueran la misma persona, y que mi padre la llamara de dos modos?
No. Mi madre nació en Bilbao en 1957, hija de un farmacéutico. Tengo el libro de familia. Tengo las fotos de mis abuelos maternos. Tengo el certificado de defunción. Mi madre era mi madre.
¿Es posible que la otra Elena y mi madre fueran hermanas?
Mi madre era hija única. Lo dice el libro de familia, lo dijeron mis abuelos maternos, lo dice mi tía abuela Maruja, que sigue viva y que vendría a verme en Pamplona si yo se lo pidiera, aunque tiene ochenta y cuatro años.
¿Es posible que la otra Elena fuera una prima de mi madre?
Es posible. Pero, en ese caso, ¿por qué mi padre nunca habló de ella? ¿Por qué la otra Elena estaba con mi padre en primavera de 1979? ¿Por qué mi padre, seis años después, se casó con una mujer que se llamaba igual que su novia anterior y que se le parecía muchísimo?
Y, sobre todo, ¿por qué hay doce retratos de la otra Elena, pintados por mi padre (o por el otro Pedro Aizpún, el primo segundo que murió de cirrosis en 1983), tapados por retratos de mujer en estilo XIX, donados a una colección privada, y comprados por la madre adoptiva de Bruno Quintanilla?
Cierro el portátil. Cierro la libreta. Salgo al patio.
Llamo a Adela.
— Lucía. Son las ocho menos cuarto.
— Adela. ¿Tienes diez minutos?
— Tengo. Espera. — Oigo cómo se incorpora en su cama. — Cuenta.
Le cuento todo. Sin saltarme nada. La llamada de mi padre con la palabra "cirrosis".
El álbum verde del estudio pequeño con las fotografías de mi padre pintando óleo en 1979.
La mujer del banco al lado de mi padre, "Elena y Pedro, primavera 1979", que no es mi madre.
Los tres retratos subyacentes, que son la misma mujer.
La hipótesis: la otra Elena y mi madre se parecen, no son la misma, mi padre los pintó. O el otro Pedro Aizpún los pintó.
Adela escucha entera. Adela es la mejor escuchando del mundo.
Cuando termino, se queda un rato sin hablar. Después dice:
— Lucía.
— Sí.
— Hay algo que tu padre no te ha contado y que es gordo.
— Eso ya lo sé.
— No, escúchame. Yo creo que es más gordo de lo que tú estás pensando. — Una pausa. — Tu cliente, Bruno Quintanilla, te dijo que era adoptado y que su madre biológica vivió en Cuenca parte de su vida y que la habían retratado, y por eso buscaba a una restauradora en Cuenca. ¿Sí?
— Sí.
— Su madre biológica.
— Sí.
— Una mujer que vivió en Cuenca y que fue retratada doce veces.
— Sí.
— Una mujer que se llamaba Elena, posiblemente.
— No me ha dicho nunca el nombre, Adela.
— Pero las trazas de los cuadros y el álbum y la foto y la conversación con tu padre te llevan ahí.
— Sí.
— Lucía. — Adela respira fuerte. — Lo que te voy a decir lo digo con todo el cuidado del mundo, y no para asustarte. ¿Vale?
— Vale.
— Tu cliente Bruno Quintanilla nació en 1980. Te lo dijo él. Su madre biológica estuvo embarazada en algún momento entre 1979 y comienzos de 1980. ¿Sí?
— Sí.
— En primavera de 1979, en una fotografía en tu estudio pequeño, hay una mujer joven llamada Elena al lado de tu padre.
— Sí.
— Lucía. — Adela hace una pausa larga.
Yo cierro los ojos.
— Bruno Quintanilla podría ser hijo biológico del otro Pedro Aizpún — digo. — Si la otra Elena fue pareja del otro Pedro. Si quedó embarazada en 1979. Si dio en adopción al bebé en 1980. Si Sara Quintanilla, la madre adoptiva, lo adoptó.
— Eso para empezar.
— ¿Y la segunda hipótesis?
— La segunda hipótesis te la voy a decir y te vas a sentar.
— Estoy sentada.
— Bruno Quintanilla podría ser hijo biológico de tu padre.
Suelto el aire que llevaba acumulando.
— No.
— Lucía, escúchame. La fotografía dice "Elena y Pedro, primavera 1979".
La mujer es una Elena. El Pedro de la fotografía no sé si es tu padre o el otro Pedro Aizpún.
Tu padre, te ha dicho ahora, vio al otro Pedro tres veces en la vida y la última en su entierro.
Pero hay una fotografía donde tu padre está pintando óleo en un estudio en 1979 y otra donde tu padre está con una Elena.
Si la Elena del retrato es la mujer del banco y la Elena del banco es la madre biológica de Bruno, entonces tu padre y la mujer estuvieron juntos en algún momento.
— Sí.
— Eso no demuestra nada. Pero abre dos posibilidades muy distintas.
Una, que el otro Pedro la dejara embarazada y que tu padre la conociera y la pintara y luego se desentendieran.
Dos, que tu padre la dejara embarazada y que después se casara con OTRA Elena en 1985, parecida pero no la misma.
— Adela se aclara la garganta. — La segunda hipótesis es más fea. Pero no la podemos descartar.
— Mi padre no haría eso.
— Tu padre acaba de colgarte dos veces seguidas en mes y medio cuando le has preguntado cosas concretas. Y guarda en el armario de tu casa un álbum verde que tú no habías visto nunca en treinta y ocho años.
— No es lo mismo.
— Lucía. — Adela respira hondo. — Ve a Madrid. Habla con tu abuela Pilar. La abuela siempre sabe.
Pilar Garmendia. Mi abuela paterna. Setenta y seis años. Lúcida. La quiero como se quiere a una persona que ha estado siempre.
— ¿Y mi padre?
— A tu padre, después.
Cuelgo.
Subo al piso. Adrián ya está desayunando.
— Voy a Madrid el viernes.
— ¿Por qué?
— A ver a la abuela Pilar. Le debo una visita.
— Vale. ¿Quieres que vaya?
— No. Voy yo sola. Solo será un día.
Adrián asiente. Me sirve café.
— ¿Estás bien, Lucía?
— Estoy bien.
Esa mañana, después de que Adrián se vaya al instituto, vuelvo al estudio pequeño. Abro otra caja. La agenda Moleskine con las páginas amarillas. Hojas sueltas con la letra de mi madre. Apuntes de su trabajo. Direcciones. Teléfonos.
En la última página de la agenda, escrito en bolígrafo azul con la letra de mi madre, leo una dirección de Madrid con un nombre.
"Pedro A. Lavapiés. Calle Mesón de Paredes 47, 3º."
Debajo, con otro bolígrafo y otro día, en letra más floja:
"Llamar antes de ir."
Mi madre conoció al otro Pedro Aizpún. Tenía su dirección en Lavapiés.
Cierro la agenda. La devuelvo a la caja. Bajo al taller.
El tercer cuadro está sobre el caballete.
La mujer del retrato superior me mira con ese gesto melancólico que ya conozco.
La mujer del retrato subyacente la conozco también, ahora, aunque solo la haya visto en escaneos infrarrojos.
La conozco, además, de una fotografía en un álbum verde que mi madre o mi padre o los dos guardaron en el estudio pequeño.
Saco del bolsillo el papel donde he escrito la dirección que mi madre apuntó en su agenda.
Calle Mesón de Paredes 47, tercero.
El viernes, después de la abuela Pilar, paso por Lavapiés.