Capítulo 8
Han pasado diez días desde la llamada de mi padre.
No me ha vuelto a llamar. No le he vuelto a llamar yo.
Hemos cenado un par de veces juntos, él y Adrián y yo, en Madrid el sábado pasado, cuando subimos a casa de Tomás para celebrar el cumpleaños de mi sobrina.
Mi padre, durante la cena, fue el de siempre.
Cortés, formal, atento con mi sobrina, distante conmigo.
Como si la llamada del lunes anterior no hubiera ocurrido.
Yo también fingí. Esa noche aprendí algo. Mi padre y yo somos buenos en fingir.
Esta tarde he decidido llamarle. Sin escudo. Sin Adrián delante. Sin la posibilidad de que cuelgue por una "llamada a la puerta" que él y yo sabemos que no existe.
Me siento en el banco de piedra del patio interior de la casa, donde se está bien si no llueve.
Tengo el móvil en la mano. La pantalla apagada.
Miro el limonero pequeño que mi madre plantó cuando yo nací, que llevamos treinta y ocho años manteniendo a duras penas en este clima que no es para limoneros. Tiene cuatro limones este año.
Llamo.
Mi padre responde al cuarto tono.
— Lucía.
— Papá. ¿Puedes hablar?
— Estoy en casa. Estoy solo.
— Te llamo por lo de la otra mañana.
Silencio.
— Por lo del primo segundo.
— Sí.
— Lucía, hija, ya te dije.
— Papá. Necesito que me digas si existió.
Mi padre toma aire al otro lado. Se aclara la garganta. Oigo el roce del sillón cuando se mueve. La radio bajita al fondo.
— Existió. Sí. — Una pausa. — Murió hace muchos años.
— ¿Cuándo?
— En el ochenta y tres.
— ¿De qué?
— Cirrosis.
Asiento sola en el patio. La palabra "cirrosis" se queda flotando entre las dos puertas que conectan el patio con el taller y con el zaguán. Una palabra fea. Una palabra que mi padre la dijo lenta.
— ¿Cómo se llamaba?
— Pedro Aizpún, también. Era hijo de un primo carnal de mi padre. Vivía en Madrid. Pintor.
— Pintor.
— Sí.
— Óleo.
— Óleo. — Mi padre se aclara de nuevo. — Mira, hija, no tiene relación con tu encargo.
Te lo digo porque sé que se parece. Pedro era un hombre muy distinto a nosotros.
Llevaba una vida que ni tu abuelo Aizpún ni mi padre aprobaban.
Vivía en Lavapiés con una mujer mucho más joven.
Pintaba, bebía, no tenía dinero. Yo lo vi tres veces en mi vida. La última, en su entierro.
— ¿De quién era la mujer mucho más joven?
— ¿Qué?
— La mujer con la que vivía. ¿De qué familia? ¿Cómo se llamaba?
— No lo sé, Lucía. Lo siento. — Otra pausa. — Yo, francamente, no quería saber. Llevábamos vidas distintas.
— Papá.
— Dime.
— ¿Pintaba retratos de mujer?
Mi padre tarda. Esta vez, tarda mucho.
— No lo sé.
— ¿De verdad no lo sabes?
— No lo sé exactamente. Sé que pintaba, sé que vendía mal, sé que cuando murió quedaron sus cuadros en su piso y alguien se ocupó de venderlos por poco dinero. Quién y a quién no me consta. ¿Por qué me preguntas?
— Porque la firma de los doce cuadros del cliente es P A.
— Es una firma común.
— Papá, ya hemos hablado de eso.
— Lucía. — La voz de mi padre baja un tono. — ¿Cuántos cuadros llevas mirados?
— Cuatro.
— ¿Y cuántos son la misma mano?
— Los cuatro.
— ¿Y cuántos tienen pintura debajo?
— Los cuatro.
Mi padre se queda en silencio. Eso es lo más significativo. No me pregunta de qué tipo de pintura debajo. No me pregunta qué mujer hay debajo. No me pregunta nada más.
Eso es lo más significativo de toda la conversación.
— Papá.
— Sí.
— ¿La mujer joven con la que vivía el otro Pedro Aizpún se llamaba Elena?
Silencio.
— Hija.
— Papá.
— No te puedo responder a eso.
— ¿No puedes o no quieres?
— No te puedo responder.
— Papá.
— Lucía, te quiero. Pero no me puedes seguir preguntando esto.
— ¿Por qué no?
Mi padre cuelga.
Mi padre cuelga otra vez. La segunda vez en mes y medio.
Me quedo sentada en el banco de piedra del patio mirando el limonero. Estoy fría. Tengo las manos heladas. Adrián llega del instituto pasadas las siete y me encuentra todavía ahí, con el móvil en el regazo y una manta de lana del sofá sobre los hombros. Me la había traído sin acordarme.
— ¿Estás bien, cariño?
— Estoy bien.
— Estás helada.
Me pasa la mano por la mejilla. Tengo la cara húmeda. No me había dado cuenta.
— ¿Qué pasa?
— Estoy cansada.
Adrián se sienta a mi lado. No insiste. Esa es una de las cosas que más le quiero. Sabe estar al lado sin pedir que cuente.
Después de mucho rato me oigo decirle, en voz baja, como si me lo dijera a mí misma:
— Mi padre, cuando éramos pequeños, ¿pintó alguna vez delante de ti?
Adrián levanta las cejas. Está confundido.
— ¿Tu padre? ¿Pintar?
— Óleo.
— Lucía, tu padre es ingeniero industrial. Nunca le he visto coger un pincel en quince años. ¿Por qué?
— Por nada.
— ¿Algo del cliente?
— No.
Adrián no me cree. Pero no insiste.
Esa noche, cuando termino la cena, le digo que voy a subir al estudio pequeño un momento.
El estudio pequeño era el cuarto de mi madre. Mi padre lo dejó intacto cuando se mudó a Madrid en 2008. Adrián y yo no hemos tocado nada. No por solemnidad. Por inercia.
Abro el armario. Saco las cajas que están en la parte de arriba. Cuatro cajas de cartón duro con cinta adhesiva amarillenta. Las bajo a la mesa. Las dejo en el suelo. Las abro despacio.
Dentro hay álbumes de fotos. Cartas. Postales. Algunas joyas viejas envueltas en pañuelos. Un montón de papeles de banco y notarías que no me apetece mirar. Una caja de zapatos pequeña con flores secas. Una agenda Moleskine con las páginas amarillas y los bordes redondeados.
Saco los álbumes uno a uno. Los abro. Los miro.
El primer álbum es de la juventud de mi madre. Fotos en blanco y negro de los años setenta, mi madre con sus amigas de la facultad, en la playa, en el campo, en el Retiro. Vestidos de los setenta, peinados de los setenta. Mi madre veintipoca años. Sonriente. Viva.
El segundo álbum es la boda. Mis padres en una iglesia de Madrid en 1985. Sonríen. Mi madre, vestido sencillo, ramo pequeño. Mi padre, traje gris, gafas de la época.
El tercer álbum es mi infancia. Yo bebé. Mi hermano Tomás de cinco años. La casa de Cuenca.
El cuarto álbum tiene algo distinto. Lo saco con cuidado. Es más pequeño y más antiguo. Tapas de cuero verde oscuro. No lo he visto nunca.
Lo abro.
Hay un hombre joven pintando óleo. Tendrá unos veinticinco años. Está en un estudio pequeño con cuadros apoyados contra la pared. Pincel en la mano. Camisa blanca arremangada. Sonríe a la cámara.
Es mi padre.
Mi padre, en torno a 1979 si la fecha del álbum cuadra, pintando óleo.
Hay otra fotografía. Mi padre delante de un retrato terminado. La mujer del retrato es de espaldas a la cámara. No se le ve la cara.
Hay otra. Mi padre con una paleta de óleos. Detrás, en la pared del estudio, un retrato de mujer joven, vestido claro, pelo recogido, mirada a la izquierda.
Es la mujer del primer cuadro que estoy restaurando. La capa superior. El pastiche XIX.
O una mujer muy parecida.
Se me cae el álbum al suelo. La esquina se golpea contra la pata de la cómoda. Me agacho a recogerlo con las manos temblando. Recompongo las hojas. Encuentro una cuarta fotografía suelta, sin pegar. Era la que estaba dentro de la página.
Mi padre, sentado en un banco. A su lado, una mujer joven. Le pasa el brazo por los hombros. La mujer no es mi madre.
Es una mujer parecida a mi madre. Misma edad. Mismo tipo de cara. Pero no es mi madre.
Detrás, manuscrito en bolígrafo azul: "Elena y Pedro, primavera 1979".
Pero Elena, mi madre, no aparece en ninguna foto con mi padre antes de 1984. Mi padre y mi madre se conocieron en 1983, en un cumpleaños de unos amigos comunes en Madrid. Llevaban juntos año y medio cuando se casaron.
La mujer que está al lado de mi padre en esta fotografía, en primavera de 1979, no es mi madre Elena Belmonte Ríos.
Pero se llama Elena.
Y se le parece. Mucho.
Cierro el álbum. Lo dejo en la cama. Apago la luz del cuarto. Bajo al taller. Adrián está leyendo en el sofá. Lo miro sin que él me vea. Lo quiero. Lo quiero como una mujer quiere a un hombre que lleva quince años durmiendo a su lado y no le ha hecho daño nunca.
Vuelvo al estudio pequeño. Cojo el álbum verde. Lo bajo al taller. Lo dejo abierto sobre la mesa, en la página de las fotografías de mi padre pintando.
Saco el escaneo del retrato subyacente del primer cuadro. Lo imprimo.
Pongo la fotografía del estudio al lado del retrato impreso.
La mujer del retrato subyacente del primer cuadro no es mi madre.
Es la otra Elena.
La Elena que estaba con mi padre en primavera de 1979.
La que no conozco.
La que mi padre nunca me ha mencionado.