La Restauradora Capítulo 6
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Capítulo 6

Bruno Quintanilla está sentado al fondo, junto a la ventana que da al patio interior. Lleva una camisa azul claro sin corbata, el abrigo doblado sobre la silla de al lado. Se pone de pie cuando me ve cruzar. Me alarga la mano. Yo se la doy.

— Gracias por venir.

— Estoy aquí porque me apetece.

Es una respuesta más seca de lo que pretendía. No la corrijo.

Me siento. El restaurante está casi vacío a esta hora, dos mesas con clientes acabando un postre. Las paredes de piedra desnuda. Mantel de papel sobre mantel de tela. Vidrio sin manchas, agua sin gas servida sin pedirla. Las cosas funcionan.

Pedimos. Él, perdiz escabechada y agua. Yo, ensalada de queso de oveja y un plato de verduras de la huerta. Vino, no.

— ¿No bebe en horario de trabajo? — pregunta él.

— No bebo en horario de comer.

— Yo tampoco a mediodía. Es buena costumbre.

Espera a que llegue el primer plato para arrancar. Eso también lo registro. Es un hombre acostumbrado a las comidas profesionales.

— ¿Me cuenta usted en qué consiste su trabajo, Lucía? Aparte de lo evidente.

— ¿Lo evidente?

— Lo evidente es quitar barniz y reentelar. Lo no evidente es lo que cuenta la pintura.

— ¿Por qué le interesa eso?

— Soy gestor de patrimonio artístico. Tengo el deber de saber qué hay debajo de las cosas que muevo.

— Le diré: lo no evidente es ir parando antes de cargarse algo. Las restauraciones que se cargan obras lo hacen por exceso, no por defecto. Lo que aprende uno con los años es la moderación. Quitar lo justo, retocar lo justo, no rellenar lo que falta cuando lo que falta cuenta una verdad.

— Es bonito.

— No es bonito. Es trabajo.

Sonríe sin ganas. La perdiz le llega caliente. El camarero le sirve mi ensalada.

— ¿Y usted?

— ¿Y yo qué?

— ¿De qué se ocupa exactamente?

— Compro arte para coleccionistas privados. Vendo arte para coleccionistas privados. A veces colecciono yo. Más a menudo busco piezas que han desaparecido del mercado durante décadas y las localizo. Eso último es lo que mejor me sale.

— ¿Como un detective?

— Como un anticuario con paciencia.

Sigue comiendo. Yo bebo agua.

— Bruno.

— Dígame.

— ¿Cómo llegaron los doce cuadros a las manos de su madre exactamente?

— A través de un intermediario.

— ¿Quién era ese intermediario?

— Un hombre llamado Antonio Bandrés. Murió hace años. Trabajaba con coleccionistas privados de Madrid y Barcelona. Era especialista en piezas dispersas.

— ¿Y el coleccionista del que los compró Bandrés?

— Una fundación privada que vendió un lote completo de piezas no expuestas. Mi madre apuntó el nombre de la fundación en un libro que no encuentro. Lo busqué hace dos años cuando los desembalé. Le diré el nombre cuando lo encuentre.

Lo dice tan sencillo que casi le creo. Casi.

— ¿Por qué doce, Bruno?

Bruno deja el cubierto.

— Porque eran doce. Mi madre los compró así.

— ¿Por qué doce retratos de la misma mujer?

— Eso lo descubrí cuando los abrí en 2023.

— ¿Y no le pareció extraño?

— Me pareció extraño. Por eso quiero limpiarlos. Mientras tengan capas oscurecidas no sé qué hay debajo.

— Le he dicho hace ayer que hay pinturas debajo y me ha dicho que no las saque.

— Las pinturas las quiero como están.

— ¿Por qué?

Bruno mira la perdiz un instante. Me mira a mí.

— Porque la pintura subyacente, si existe, es información para mí, no para el mercado.

Los cuadros, los doce, no voy a venderlos.

No voy a moverlos. Quiero los superiores limpios para poder convivir con ellos en casa, sin barniz oxidado, sin polvo.

Los subyacentes los quiero detrás, no por escenografía sino por respeto a quien los pintó.

Lo dice tranquilo. Tan tranquilo que mi estómago se cierra otra vez.

— ¿Le importa la mujer de los retratos?

— ¿Cuál?

— La de la pintura subyacente.

Bruno se sirve agua. Yo no he tocado la ensalada.

— Lucía, hablemos como adultos. Usted ya sabe que hay cosas raras en esta colección.

Yo le he dicho que la información sobre la pintura subyacente la quiero para mí.

Eso le ha sonado a algo. Lo veo en su cara.

Yo, por mi parte, no voy a explicarle más de lo que ya le he explicado, no porque no quiera, sino porque ahora mismo creo que es prematuro.

Tenemos varios meses por delante. Yo voy a venir cada quince días o cada tres semanas.

Mientras tanto, si usted prefiere abandonar el trabajo, lo entendería.

Le devolvería el anticipo pendiente y me llevaría los cuadros.

Tomo aire. La trampa no es la trampa. La trampa es elegir bien si dejo el encargo o me quedo.

— No voy a abandonar el trabajo.

— Le agradezco mucho. — Coge la copa de agua, brinda casi sin levantarla. — Por una colaboración fructífera.

Brindo. No tengo más remedio.

Comemos un rato sin hablar. La perdiz se le va enfriando. Mi ensalada está bien. Cuando llega el segundo, él me pregunta otra cosa, y la pregunta me pilla descolocada:

— ¿De qué murió su madre, Lucía?

La pregunta llega tan natural que yo respondo, sin medir, antes de darme cuenta de que un cliente no le pregunta a su restauradora cómo murió su madre en la segunda comida que tienen.

— En un accidente, hace veinte años.

— Lo siento. — Inclina ligeramente la cabeza. — Mi madre adoptiva murió hace siete. De un cáncer rápido.

— ¿Adoptiva?

— Sí. La que me adoptó. — Mira el agua. — Soy adoptado, Lucía. Nací en 1980 y crecí en Madrid con Sara Quintanilla, que era mi madre desde el día siguiente al de mi nacimiento, prácticamente. Mi madre biológica nunca la conocí.

No sé qué le digo. Algo así como "no lo sabía, gracias por contármelo".

Bruno se encoge de hombros.

— Es información de contexto. Algunos clientes lo necesitan saber.

Usted, por mi profesión, es probable que tenga que ayudarme a encontrar piezas relacionadas con mi familia biológica en algún momento.

Si no le importa, me gustaría que ese fuera un trabajo paralelo al de los doce cuadros. Algo que avancemos despacio.

— ¿Por qué cree que mi taller le puede ayudar a encontrar piezas relacionadas con su familia biológica?

— Porque me consta que mi madre biológica fue retratada. Por eso, en su momento, busqué a una restauradora en Cuenca.

Suelto el tenedor. Lo dejo en el plato.

— ¿Por qué a una restauradora en Cuenca?

Bruno no parpadea.

— Porque mi madre biológica vivió aquí parte de su vida. Y porque las personas que la conocieron y pudieron pintarla, también.

El restaurante se queda en silencio. Solo se oye el cuchillo de Bruno sobre el plato, milimétrico, y el ruido del frigorífico al fondo. Pago la mitad del menú. Le digo "Gracias por la comida". Le tiendo la mano. Bruno me la coge un instante demasiado largo y la suelta a tiempo.

Salgo a la calle Alfonso VIII. Hace frío. Camino sin rumbo hacia abajo, hacia la plaza Mayor. Paso por la fachada de la catedral. Sigo. Llego al mirador de las Catalinas. La hoz del Júcar abajo. El cielo más bajo que las piedras.

Me apoyo en el muro.

Una restauradora en Cuenca. Su madre biológica vivió aquí parte de su vida. Las personas que la conocieron.

Bruno Quintanilla no me ha buscado por azar. Bruno Quintanilla me ha buscado a mí. Por algo.

Sigo apoyada en el muro. No me muevo durante mucho rato. El frío me llega despacio.

Cuando saco el móvil, Adrián me ha mandado un mensaje. "¿Vamos al cine esta noche?". Le respondo "Sí". Una palabra. Sin más.

Cuando entro en casa, Adrián está poniendo la mesa. Le doy un beso. Cenamos pronto. Vamos al cine. Vemos una película francesa de la que no me entero. Adrián me sujeta la mano durante los créditos finales. Le aprieto la mano.

Por la noche, en la cama, mientras Adrián duerme, abro el ordenador.

Busco en el Registro Civil de Madrid, donde se puede pedir información de partidas de nacimiento.

No puedo pedir la de Bruno Quintanilla. No soy familiar suyo.

Cierro el portátil.

Mañana sigo con el segundo cuadro.