Capítulo 5
Bruno Quintanilla llega cinco minutos antes. Ese pequeño detalle me dice algo más de él. Es de los que llegan antes para no llegar tarde. La campanilla suena bien esta vez. Trae paraguas plegado en la mano, abrigo de paño gris y una caja delgada bajo el brazo.
— Buenos días.
— Buenos días.
Cierra la puerta detrás de sí. Pasa al taller con el mismo gesto del primer día, mirando alrededor pero ya con menos curiosidad. Deja la caja sobre la mesa auxiliar. Lleva una bufanda de lana oscura que se desenrolla despacio y guarda en el bolsillo del abrigo.
— ¿Le importa que le robe quince minutos antes de subir al cuadro? Tengo que enseñarle algo y prefiero contárselo aquí abajo, con el cuadro delante.
— No me importa. Para eso he venido.
Le pongo un café. Lo coge con las dos manos.
Sigo el procedimiento de un cliente nuevo: le siento en el taburete bajo de delante del caballete pequeño, no en el de delante del grande.
Al cuadro lo destapo despacio, levantando el paño.
La pintura limpia respira hacia el techo. La luz oblicua del norte le da bien.
Bruno Quintanilla deja el café en el suelo.
Mira el cuadro mucho tiempo. Más del que esperaba. Lo mira sin acercarse. Sin pedirme la lupa. Sin decir nada. La mujer del retrato lo mira a él desde el caballete, con su vestido azul oscuro y su perla y su moño bajo y su gesto algo melancólico, como si supiera quién es él y prefiriera no decirlo.
Bruno no dice nada durante un minuto largo. Yo tampoco. Cuento mentalmente cuántos segundos llevamos así. Cuando paso los sesenta segundos, decido empezar yo.
— Señor Quintanilla.
— Bruno.
— Bruno. Antes de avanzar tengo que enseñarle dos cosas.
La primera es esta. — Le señalo el retrato.
— El primer cuadro de los doce está limpio.
El barniz, las dos capas, eran fáciles. La pintura responde bien.
Está estable. No he hecho ningún retoque todavía.
Antes de hacer ninguno necesito su conformidad, y le voy a explicar por qué.
Espera. Doy un paso hacia el caballete pequeño donde he dejado el portátil con el escaneo abierto. Lo giro hacia él.
— Esto es el escaneo infrarrojo del cuadro.
Debajo del retrato superior hay otro retrato, pintado entero.
Una mujer joven distinta a la del retrato superior.
Indumentaria de fines del XX, posiblemente alrededor de 1979 según una traza de pluma de pelo de pincel en el ángulo opuesto a la firma.
La pintura subyacente y la pintura superior están al mismo nivel de envejecimiento, lo cual es coherente con que ambas se hayan pintado con poca distancia de tiempo.
Le adelanto que ha ocurrido en cinco de los doce cuadros, los que he tenido tiempo de escanear con infrarrojo, y que sospecho que pasa en todos.
Bruno Quintanilla mira la pantalla del portátil. Mira la mujer del retrato superior. Mira la mujer del retrato subyacente en el escaneo. No mueve un músculo de la cara.
— ¿Quiere usted decir que han usado telas ya pintadas para hacer estos retratos?
— Quiero decir, más bien, que alguien ha pintado un retrato en estilo XIX por encima de otro retrato hecho probablemente el mismo año. Cerca de 1979.
— ¿La misma mano?
— Probablemente. La firma del retrato superior, P. A., coincide en grafía con las trazas que he encontrado del retrato subyacente.
Bruno asiente, despacio, sin asentir del todo.
— Está bien, siga.
— ¿Sigo?
— Siga.
— ¿Quiere usted que retire también la pintura superior y saquemos la subyacente?
— No, no. Quiero el retrato superior limpio y conservado. La pintura subyacente que se quede donde está. Quiero los doce cuadros como me los ha descrito, limpios y estables. Si tiene que hacer retoques mínimos, hágalos. Adelante.
— Bruno, ¿le interesa esta información?
Me mira como si la pregunta no tuviera sentido.
— Por supuesto.
— ¿Le interesa porque tiene que ver con la procedencia, o le interesa por otro motivo?
— ¿Hay otro motivo posible?
— Estoy preguntando.
Él bebe café. Yo tomo aire.
— Mire, Lucía. Mi madre compró estos cuadros a un coleccionista privado a finales de los noventa.
Por lo que yo sé, los doce eran una unidad.
El coleccionista los compró a su vez a una persona que los donó.
Esa persona los donó como naturalezas muertas anónimas del XIX.
Mi madre los miró, vio que no eran naturalezas muertas, los compró baratos.
No los expuso. No los movió. Estaban embalados desde el día en que entraron en casa.
La información que usted me está dando tiene mucho sentido si se piensa en términos de procedencia.
Pero no le voy a pedir, ni a usted ni a nadie, que destape la pintura de abajo.
Quiero los doce con su superficie superior limpia, estable, restaurada. Punto.
Es coherente con un cliente normal. Es coherente.
Pero hay algo en la frase "no los movió, no los expuso, estaban embalados desde el día en que entraron en casa" que no encaja. Si una marchante de arte compra doce cuadros pensando que no son naturalezas muertas, los miraría más a fondo. No los embalaría treinta años.
No digo nada.
— Perfecto — digo en cambio. — Sigo con el siguiente cuadro mientras hago los retoques mínimos del primero.
— ¿En cuánto está la siguiente entrega?
— En tres semanas si todo va como hoy.
— Vengo en tres semanas.
— Le confirmo el día.
Bruno se levanta. Termina el café. Devuelve la taza al banquillo. Saca de un bolsillo interior del abrigo un sobre tamaño medio, también de papel grueso, lo deja sobre la mesa.
— Ahí va el segundo veinticinco por ciento. He preferido transferencia, como me pidió. El justificante.
— Gracias.
— ¿Tiene tiempo de comer?
La pregunta llega como un cambio de marcha. No la espero.
— ¿Comer?
— Hoy o cualquier otro lunes cuando venga. Si me lo permite, claro. Conozco a un sitio en la calle Alfonso VIII, en el número ciento siete. Llevan un menú decente.
Es un restaurante del que sé. Lo abrieron hace cuatro años una pareja de Cuenca. Va bien.
— Hoy no puedo.
— Otro día, entonces. — No insiste.
— Otro día.
Se está poniendo la bufanda cuando algo, no sé qué, me obliga a hacer una pregunta más antes de que se vaya.
— Bruno. — Mi voz sale más floja de lo que esperaba. Carraspeo. — ¿Le suena el apellido Aizpún?
Bruno Quintanilla mira la bufanda en sus manos. Tarda dos segundos. Solo dos. Pero tarda.
— Es su apellido.
— Sí. Pero le pregunto si le suena de otro contexto.
— ¿En qué contexto?
— Como pintor.
— ¿Como pintor?
— Sí.
Bruno termina de enrollarse la bufanda con un gesto neutro. Mira el cuadro otra vez. Mira la firma P. A. en el ángulo inferior derecho. Mira la pantalla del portátil con la traza del 7 9 en el ángulo opuesto. Lo mira todo despacio. Y después me mira a mí.
— Hablamos en tres semanas, Lucía.
No me responde.
Me da la mano. Sale. La campanilla suena.
Me quedo de pie delante del cuadro. Bruno Quintanilla acaba de no responderme a una pregunta directa. No me ha dicho ni sí ni no. Eso es información.
Doy media vuelta, voy a la mesa, abro la libreta y anoto: cliente no responde a la pregunta sobre el apellido Aizpún como pintor.
Subo arriba. Adrián no está. Me lavo la cara con agua fría.
Por la tarde, Bruno me manda un mensaje. Un único mensaje:
"Si la oferta de comer sigue en pie, mañana antes de irme a Madrid me viene bien sobre las tres. Si no, otro lunes. Bruno."
Tardo veinte minutos en contestar. Acabo escribiendo "Mañana a las tres en el ciento siete, Lucía". Bloqueo el móvil y lo dejo bocabajo sobre la encimera.
Adrián llega a las nueve. Le he hecho una crema de calabaza, una merluza al horno y una ensalada.
Le sirvo vino. Cenamos. Por primera vez en años, Adrián me pregunta si estoy bien con un tono que no es de pura cortesía.
Le digo que sí. Que estoy bien. Que el cliente nuevo es exigente. Que el cuadro va bien.
Adrián me toca la mano por encima de la mesa. Se la dejo.
No le digo que mañana voy a comer con Bruno Quintanilla en el ciento siete de la calle Alfonso VIII.