La Restauradora Capítulo 4
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Capítulo 4

Llevo cinco días con el primer retrato y ya está casi limpio.

He trabajado en silencio, salvo la radio bajita los días en los que el silencio me pesaba demasiado.

No suelo trabajar los sábados, pero he hecho una excepción.

Adrián se ha ido a comer con sus compañeros del instituto y no vuelve hasta la tarde.

La casa entera es mía. La luz cae bien por el ventanal del norte, oblicua y pareja.

El rostro de la mujer del retrato superior ya está limpio.

Ha sido fácil. El barniz nuevo y el barniz oxidado se han ido sin pelear demasiado por nada.

La capa pictórica tampoco se ha movido, salvo un toque pequeño en la mejilla derecha que voy a tener que retocar al final.

Por dentro me alivia que el pintor del retrato superior no fuera un chapuza.

Era alguien que sabía exactamente lo que hacía.

Solo trabajaba deprisa el fondo y los paños.

Ahora me toca lo que llevo cinco días aplazando.

Mirar la cara.

La cara, sin el velo amarillento del barniz oxidado, es otra.

Sin esa capa, los rasgos se ven con la verdad de cómo el pintor los plasmó.

Los ojos son más oscuros de lo que parecían.

El óvalo de la cara es más alargado. La asimetría de la boca, más patente.

La piel tiene un tono que el pintor consiguió mezclando blanco zinc, ocre y rojo veneciano en cantidades muy controladas, y que ahora respira como respira la piel cuando un cuadro está bien.

Subo a buscar la fotografía. Bajo. La pongo al lado del cuadro.

Mi madre, en la fotografía sepia, está en un jardín en algún sitio de Madrid. Vestido claro, pelo recogido en un moño bajo, perla pequeña en la oreja. Mirada hacia su izquierda.

La mujer del retrato lleva vestido azul oscuro, pelo recogido en moño bajo, perla pequeña en la oreja derecha. Mirada hacia la izquierda.

No es la misma indumentaria. Ni el mismo entorno. Ni la misma luz.

Pero la cara es muy parecida. No exacta. Parecida.

Lo digo en voz alta, como si decirlo lo arreglara.

— No es ella.

Me oigo y me corrijo:

— No PUEDE ser ella.

Mi madre nació en 1957. El retrato es del XIX por estilo, aunque sospecho fines del XX por la tela.

Mi madre, además, nunca posó para nadie.

Mi madre era ingeniera de telecomunicaciones, hija de un farmacéutico de Bilbao y de una maestra de Burgos.

Mi madre se llamó Elena Belmonte Ríos. Murió en agosto de 2005, en este balcón de arriba, cuando yo tenía dieciocho años y acababa de empezar Bellas Artes.

La oficial fue una caída accidental. La extraoficial, dentro de la familia y dentro de mí, fue una caída que nadie supo nunca explicar bien.

No, esto no puede ser ella.

Sin embargo, hay un parecido. Y el parecido, ahora que el cuadro está limpio, es más fuerte de lo que esperaba.

Apago la lámpara orientable. Salgo del taller un momento. Subo al piso. Voy a la cocina. Me sirvo un vaso de agua. Lo bebo despacio. Vuelvo a bajar.

Antes del lunes tengo que tomar dos decisiones.

La primera, si voy a contarle a Bruno Quintanilla, cuando venga, que ha aparecido una pintura debajo.

La obligación profesional dice que sí: el cliente decide si seguimos quitando capas para sacar la pintura subyacente, si dejamos las dos coexistir o si paramos.

La segunda, si voy a contárselo a Adrián.

Mi profesional dice que no es necesario. Mi cabeza dice que tampoco.

La obligación profesional con el cliente la voy a cumplir.

La de Adrián, no.

Me siento en el taburete y abro la libreta.

Anoto en frío todo lo que tengo. La pintura subyacente, las dimensiones, la fecha probable 1979, las firmas, la descripción de la mujer del retrato superior y de la mujer del retrato subyacente.

Las describo sin emociones. Las describo como se describiría a dos modelos de un retratista del XIX cuando se documenta una pieza para subasta.

Llamo a Adela. Me coge al segundo tono.

— Dime.

— Quiero contarte una cosa.

— ¿Estás bien?

— Estoy en el taller. Llevo cinco días limpiando el primer cuadro de los Quintanilla. Debajo del retrato hay otro retrato. Y la cara de la mujer del retrato superior se parece a mi madre.

Adela tarda en contestar. Es de las pocas amigas que tengo que saben aguantar tres segundos sin meter una broma. Es lo que más le agradezco.

— Lucía.

— Sí.

— ¿Cuánto se parece?

— Bastante.

— ¿Pero sabes que no es ella?

— Sé que no puede ser ella.

— Vale. Eso es lo que tienes que recordarte cada media hora hasta que terminemos esta conversación. — Suena un cacharreo en su lado del teléfono. Adela siempre habla mientras hace dos cosas más. — ¿Quieres venirte a Madrid una semana?

— No puedo. Tengo doce cuadros.

— Vale. ¿Hay alguien con quien quieras hablar?

— No.

— Eso no es verdad. ¿Quieres que llame a tu padre?

— Te juro que como llames a mi padre te degüello.

— Vale. — Adela se ríe a medias. — Tienes que hablar con tu padre, Lucía. Lleva el apellido del cuadro.

Casi me dejo caer en el taburete.

P A.

Pedro Aizpún.

Llevo cinco días sin decirme a mí misma en voz alta el nombre de mi padre y la firma del cuadro a la vez. Adela me lo acaba de poner delante.

— No.

— ¿No?

— Mi padre nunca pintó. Es ingeniero.

— Hay mil pedros aizpunes en la Península, hija. Investiga la firma antes de subirte por las paredes. Eso es lo que harías con cualquier otro cliente.

Tiene razón.

— Hago eso.

— Eso. ¿Qué más?

— El cliente viene el lunes.

— ¿Vas a contárselo?

— Tengo que hacerlo.

— Cuéntaselo como restauradora. Sin más. Tú no eres la persona del retrato y él tampoco. Tú eres una profesional que tiene que enseñarle una cosa. Punto.

— Sí.

— Lucía. — Una pausa. — Si tu cliente no reacciona como tú esperas, es información. ¿Vale?

— Sí.

Cuelgo. Me quedo un rato mirando la pantalla del móvil. Adela tiene la rara habilidad de hablar como hablaría una mujer treinta años mayor. La quiero por eso, también.

Hago lo que ella me ha dicho. Investigo la firma.

Abro la base de datos de pintores españoles del INEAH, la base de datos de la Real Academia, dos foros profesionales, un par de catálogos viejos que tengo en la estantería.

Busco "P. A." y "Pedro Aizpún". Pedro Aizpún figura en una entrada de un foro de coleccionismo de los años noventa.

Pintor aficionado, finales del XX, residencia Madrid.

Una sola obra documentada en un catálogo de subasta de Madrid de 1998: "Retrato de mujer en jardín, óleo sobre tela, firmado P.

A., procedencia colección particular". Precio de salida muy bajo. No hay foto en el escaneo del catálogo.

No es mi padre. Mi padre no se ha llamado nunca pintor.

Pero un pedro aizpún pintor, en Madrid, en los noventa.

La cabeza me hace un cálculo rapidísimo.

Mi padre se apellida Aizpún Garmendia. Su padre, mi abuelo, Aizpún de Castro.

La familia Aizpún de Madrid es pequeña, ligada al País Vasco por origen.

Sé de un par de primos lejanos. Sé que mi padre tiene un primo segundo que vive, o vivía, no estoy segura, en Madrid. No recuerdo el nombre.

Mi padre nunca habló mucho de su familia.

Lo poco que sé lo sé por mi abuela paterna, Pilar Garmendia, que vive en La Moraleja en la misma calle que mi padre y que sigue lúcida a sus setenta y seis años.

Cuando voy a verla, Pilar habla de su marido fallecido, de mi padre y de Tomás. Casi nunca habla de los primos.

Tendré que llamar a mi padre. No esta tarde. No mañana. La semana próxima, después de la visita de Bruno.

Apago el portátil. Cubro el primer cuadro con un paño limpio. Cierro la libreta.

Cuando Adrián vuelve por la tarde, la casa entera ya huele a el guiso de garbanzos con espinacas que he hecho mientras esperaba.

Le doy un beso, le pregunto cómo ha estado la comida, le sirvo vino.

Comemos hablando de las elecciones municipales, de un alumno suyo que ha publicado un cuento en una revista universitaria, de la grieta del baño que sigue ahí.

Cuando suena su móvil porque le ha entrado el wasap de un colega, le miro la cara distraída sin que él se entere. Adrián es un hombre transparente. Después de quince años, lo leo entero en cinco segundos. Lo quiero, y no le voy a contar nada esta noche. Mañana, tampoco.

Antes de dormir, me siento en la cama con el portátil sobre las piernas. Busco "Pedro Aizpún pintor 1980 Madrid". Sale lo mismo de antes y nada más. Pruebo "Pedro Aizpún Madrid muerte". Nada. Pruebo "Pedro Aizpún Aizpún Madrid fallecimiento". Nada concreto.

Adrián, a mi lado, se gira y me pregunta sin abrir los ojos:

— ¿No duermes?

— Ya voy.

Cierro el portátil. Apago la luz. Me quedo mirando el techo.

Bruno Quintanilla llega pasado mañana.