La Restauradora Capítulo 2
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Capítulo 2

La caja la trae un transporte privado al día siguiente del correo de confirmación.

Doce cuadros en doce estuches individuales, encajados en una caja general de chapa fina con esquinas reforzadas, todo embalado en cartón ondulado y plástico de burbujas.

El conductor pide la firma con la mano izquierda mientras me alarga la PDA con la derecha.

No saluda, no se interesa por el contenido. Trabaja por horas y por kilos.

Cuando se va, la caja queda en el centro del taller, sobre el carrito bajo de ruedas con el que muevo las piezas pesadas.

Cierro la puerta de la calle. Echo el pestillo de la cerradura interior, cosa que no suelo hacer cuando hay luz.

Me lavo las manos, me pongo los guantes de algodón finos y empiezo a abrir.

El primer cuadro sale envuelto en papel libre de ácido.

Bien. Mejor que muchos clientes que me han traído pintura del XVIII en una toalla.

Lo apoyo sobre el caballete grande con la luz tamizada del norte cayéndole en plano.

Lo dejo descansar un par de minutos antes de tocarlo.

Es lo que me enseñó mi profesor de Madrid hace dieciocho años, cuando todavía era una niña con la cara llena de granos: una pintura tarda en aclimatarse al cambio de luz, y nosotros también.

Vestido azul oscuro con encaje blanco en la garganta.

Pelo recogido en un moño bajo. Pendiente pequeño en la oreja derecha, perla.

Mirada a un punto fuera del cuadro, a la izquierda.

Edad indeterminada entre los veinticuatro y los treinta.

Boca cerrada, ligeramente asimétrica, el labio inferior más lleno.

Cejas finas, no depiladas. Una de esas caras que en una fotografía pasarías por alto y que, en un retrato, te quedas mirando porque hay algo en ellas que no termina de encajar con el siglo.

Pero el resto es siglo XIX clarísimo: la pose, la indumentaria, el fondo neutro oscuro con un velado verdoso, el modo de pintar el encaje con dos pinceladas finas y un toque de blanco zinc por encima.

Acerco la lupa.

La pincelada del rostro es magnífica. Limpia, segura, sin titubeos.

La del fondo es más pobre. La del vestido, otra mano o, al menos, otra prisa.

Eso me llama la atención porque en los retratos del XIX el mismo pintor era el mismo en todo el cuadro, salvo que delegara los paños a un ayudante de taller, cosa que se hacía con frecuencia.

Pero el contraste no es de calidad de mano.

Es de tiempo. La cara está pintada con mucho amor. El resto está terminado deprisa.

La firma diminuta, en el ángulo inferior derecho, ahora la veo mejor.

P A. Las dos letras pegadas, con un trazo de pluma muy fino.

No tinta: óleo. Un pelo del pincel marcando la última A.

No es una firma profesional. Es la firma de alguien que firma porque hay que firmar y prefiere que no se note demasiado.

Anoto en la libreta:

Pieza 1. Óleo sobre tela. 32 x 41,5 cm. Bastidor de pino, posiblemente reentelado en algún momento.

Imprimación clara con tono ocre. Barniz superficial brillante, dammar muy probable, aplicado en los últimos veinte años a juzgar por el envejecimiento.

Antes del barniz nuevo, hay un veladura amarillenta general que sugiere un barniz anterior oxidado, no eliminado, sobre el cual se aplicó el actual.

Eso no me gusta. Eso es trabajo de quien quiere acelerar un cuadro y no de quien lo conserva.

Saco el segundo. Mismo formato. Mismo bastidor.

Misma imprimación. Cabello castaño oscuro recogido en una trenza enroscada, vestido marrón con cuello blanco bordado, mirada al frente.

La cara, otra vez, está pintada con una atención que el resto del cuadro no recibe.

Cejas finas. Labio inferior algo lleno. Asimetría en la boca.

Y por encima del hombro derecho, a contraluz, un fragmento minúsculo de marco arquitectónico, una columna estilizada, como si la mujer estuviera dentro de un edificio.

Eso no es propio del XIX. Eso es un guiño un poco más moderno.

Anoto: pieza 2, mismo problema de barniz doble. Misma firma. Misma modelo, casi sin duda. Boca casi idéntica.

Saco el tercero. La mujer aparece de tres cuartos, sentada en una silla baja, las manos cruzadas en el regazo, ahora con vestido verde botella y broche dorado. Mismo rostro. La modelo es la misma. Ya no me cabe duda.

Tres mujeres que son una. Bruno me dijo doce.

Decido no abrir los otros nueve hoy. Es de viejas restauradoras hacerlo todo el primer día y, además, en el corazón se me ha metido una cosa pequeña y rara que no quiero alimentar más.

Cierro la caja, dejo las tres piezas en el caballete y la pared, y me quito los guantes.

Me siento en el taburete bajo.

La modelo es la misma.

Pienso, por primera vez, que se parece a alguien.

No sé a quién. Tengo la sensación que tiene uno cuando reconoce a alguien por la calle y, a los diez metros, se da cuenta de que no era.

Por la edad podría ser cualquiera. Cara muy española, ojos oscuros, piel clara, pómulos no demasiado marcados, mandíbula firme.

Llevo el catálogo conmigo a la cocina del piso de arriba para mirarlo con calma, lejos de la luz del norte, y le hago un café a la cafetera italiana.

Mientras espero, me suena el móvil. Adela.

— ¿Estás viva?

— Estoy viva.

— Te he llamado tres veces esta semana.

— Estoy montando un encargo grande.

— ¿Cuándo subes a Madrid?

— No lo sé, Adela. Pronto. Te aviso.

Adela es la mejor amiga que tengo, periodista cultural en una revista que paga poco y bien.

Vive en Lavapiés, en un piso pequeño con una terraza enorme.

Nos vemos cada mes, mes y medio. Discutimos por el mismo tema desde hace diez años: yo, que vivo demasiado encerrada en este taller; ella, que no se ha enterado de que mi trabajo es esto, encerrarse.

— Es por un cliente nuevo de Madrid. Lleva un nombre con el que ya he topado dos veces, Quintanilla. ¿Te suena?

Adela tarda.

— ¿Bruno Quintanilla?

— Sí.

— Te ha tocado un raro, hija. Su madre fue marchante. Murió hace unos años. Él lleva colecciones privadas y, por lo que cuenta la gente, es honrado. Pero es de los que no aparecen en ningún sitio. ¿Cómo ha llegado a ti?

— Por don Federico Olalla.

— ¿Don Federico el de Cuenca?

— El de Cuenca, sí.

— Vale. Eso es buena referencia. — Una pausa. — ¿Qué cuadros?

— Doce. Óleo. XIX al principio. Aunque me huele un poco a XX hecho al XIX.

— ¿Falsificaciones?

— No. Pastiches. Cuadros que quieren parecerse a cuadros antiguos sin engañar a nadie. Una práctica común. No tengo ni idea aún.

— Cobra por adelantado.

— Ya he cobrado.

— Esa es mi niña. Te llamo el viernes.

Cuelga sin esperar respuesta. Adela siempre cuelga la primera. La quiero por eso. Termina la conversación cuando ya hay que terminarla.

Bajo otra vez al taller. Me siento delante del primer retrato.

Lo miro de cerca y luego desde la puerta, desde dos metros.

Es una buena pintura. Pero no es del XIX.

La mano del rostro es del XX hecha en estilo XIX.

Eso lo apostaría con dinero. La tela parece envejecida químicamente, no por el paso del tiempo.

El marco original probablemente se cambió al embalarlo.

Si todo esto es un pastiche de modelo único, ¿quién es la modelo?

Adrián llega esa noche con dos cervezas y un pan recién hecho. Cenamos pan con jamón y un poco de queso. Le hablo del primer cuadro. Le digo "te juro que la mujer del retrato me recuerda a alguien". Adrián deja el cuchillo en el plato.

— A quién.

— No sé.

— Bueno, no te obsesiones, cariño. Tienes una habilidad de reconocer parecidos donde no los hay.

— Sí.

— Cuando vino tu tía Maite, juraste por dos minutos que se había hecho cirugía estética.

— Se la había hecho.

Adrián se ríe. Es un hombre bueno, paciente.

Lleva quince años conmigo. Lo conocí en una fiesta de fin de carrera en Madrid y nos fuimos a Cuenca al año siguiente porque le ofrecieron una plaza fija en el instituto.

Vivimos en mi casa-taller, que era de mis padres y antes de mis abuelos, y que mi padre nos vendió a precio simbólico cuando se marchó a Madrid.

Mi madre murió aquí, en esta casa. En el balcón de arriba.

Adrián me pregunta otra cosa, no presta atención al silencio. Le contesto distraída.

Esa noche subo al estudio pequeño del piso de arriba, el cuarto que era de mi madre y donde casi no entro.

Está como ella lo dejó, salvo la silla del escritorio que mi padre tiró cuando vendió la casa.

La cómoda de nogal sigue. Encima de la cómoda hay una fotografía vieja, enmarcada, color sepia.

Mi madre con veintipocos años, de pie en un jardín de Madrid, con un vestido claro y el pelo recogido en un moño bajo.

Aparta la mirada de la cámara hacia su izquierda.

La conozco de memoria, esa foto. Llevo treinta y ocho años conviviendo con ella.

La cojo. La acerco a la lámpara del escritorio. La miro y no la miro.

Vuelvo a bajar al taller. Pongo la foto al lado del primer retrato. Las dos mujeres tienen edades parecidas. Las dos llevan el pelo recogido. Las dos miran a la izquierda.

No es la misma mujer. No me precipito.

Pero la cara es parecida.

Vuelvo a guardar la foto en su sitio y apago la luz del taller. Adrián ronca en el dormitorio. No le digo nada. No esta noche.

Mañana empiezo a quitar el barniz del primero.