La Restauradora Capítulo 1
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La Restauradora

La Restauradora

Por Nora Vidal

© inepub.com

Capítulo 1

El hombre que entra no toca la campanilla.

Empuja la puerta de madera con el hombro, como si no fuera la primera vez, y se queda en el umbral mirando la luz oblicua que cae sobre la mesa de trabajo.

Yo estoy de espaldas a la entrada, raspando con una espátula pequeña un tramo de barniz oxidado en un San Sebastián del XVIII que llevo dos semanas a punto de cerrar.

Los hisopos de algodón secos huelen a esencia de trementina y a polvo.

La radio está apagada. El reloj del campanario de San Pedro acaba de dar las diez y cuarto.

— Buenos días. ¿Lucía Aizpún?

Me vuelvo despacio, con la espátula todavía en la mano.

La luz le llega de costado, dura, y le marca la línea de la mandíbula.

Es un hombre de cuarenta y muchos. Pelo oscuro corto, entradas suaves.

Abrigo de paño gris muy bien cortado. Zapatos buenos sin estar gritando.

No es de Cuenca. Lo sé por cómo mira el taller: con curiosidad de quien no espera encontrarse con esto.

— Soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

— Bruno Quintanilla. Le envié un correo hace dos semanas.

Aprieto los labios. He recibido tres correos en quince días.

Uno era un mecenazgo de una parroquia de Tarancón que prefiero no aceptar.

Otro era de un coleccionista alemán que quería que viajara a Düsseldorf.

El tercero era de un tal Quintanilla, escueto, pidiéndome doce piezas.

Pensé que era una broma o un cazador de oportunidades. No respondí.

— No le contesté. Discúlpeme.

— Por eso he venido.

Lo dice sin sonreír y sin reproche, como quien constata el tiempo que hace fuera. Da un paso dentro del taller. La puerta se cierra detrás de él y la campanilla, que no había sonado al entrar, suena ahora, con un retraso tonto. Bruno Quintanilla mira el San Sebastián.

— ¿Madrileño? — pregunta.

— Anónimo del XVIII, escuela castellana. Bastante repintado a finales del XIX. — Me oigo hablar de oficio y eso me tranquiliza. — ¿En qué puedo ayudarle, señor Quintanilla?

— En doce restauraciones de óleo. XIX aparentemente.

Herencia familiar. — Lleva una carpeta de cuero bajo el brazo.

La abre sobre la mesa, con cuidado de no rozar la pieza que tengo destapada.

Catálogo impreso, encuadernado. Doce hojas.

Una por retrato. Todos del mismo formato pequeño, 30 x 40 más o menos, tela sobre bastidor.

Todos retratos de mujer joven. Diferentes ángulos.

Diferentes ropas. No me detengo a mirarlas con calma porque me parece de mala educación con el cliente en el taller, pero registro tres cosas sin querer: el barniz superficial es brillante y reciente, la tela tiene aspecto de XIX pero algo no encaja, y la firma de las esquinas es la misma en todas y es minúscula, dos letras pegadas. P y A.

Se me ocurre, sin razón ninguna, que llevo veinte años viendo firmas en cuadros y casi nunca son tan iguales entre piezas. Cierro el catálogo.

— Señor Quintanilla, ¿quién le ha dado mi nombre?

— Don Federico Olalla, en la calle Cervantes.

Don Federico es un anticuario de Cuenca que se ha jubilado tres veces y nunca ha terminado de irse. Conoció a mi padre antes de que yo naciera. Le hago una visita cada Navidad y le llevo una caja de pasteles de la confitería Ruiz. No me sorprende, pero tampoco me reconforta.

— ¿Habló de mí o le pidió usted referencias?

— Le pedí yo. Quería a alguien que trabajara fuera de Madrid y que no perteneciera a ninguna casa de subastas.

— ¿Por qué?

— Porque sé hacer las cosas.

Lo dice con la misma cara con la que ha dicho buenos días. No noto vanidad. Noto que es un hombre acostumbrado a que sus frases pesen. Eso me molesta, porque lleva veinte minutos en mi taller y ya está pesando.

— Necesito tiempo para mirar el catálogo en condiciones. ¿Puede dejármelo?

— Lo dejo. Y vuelvo en una semana. — Hace una pausa muy breve, como si calculara si debe añadir lo siguiente.

— Si acepta el encargo, le adelanto el cincuenta por ciento.

En efectivo. Y otro veinticinco por ciento cuando hayan pasado seis meses, esté o no acabado el último cuadro. El resto a entrega.

— ¿En efectivo?

— En efectivo. Si lo prefiere transferencia, transferencia. Lo del efectivo era por agilidad.

Levanto las cejas un milímetro. Ningún cliente serio paga en efectivo cantidades grandes.

Sé que se hace en el mundo del arte por motivos que prefiero no imaginar.

Pero también sé que llevo nueve meses sin un encargo grande, que el techo del pasillo gotea cuando llueve fuerte, que Adrián ha hablado dos veces este mes de que tendríamos que vender la parte de su madre en Ciudad Real para terminar la reforma del baño.

Doce restauraciones a precio digno son seis meses de cobertura.

Lo digo todo a la vez en mi cabeza y me sale, sin decirlo, una respiración un poco más larga.

— Transferencia.

— Como prefiera.

Bruno Quintanilla saca una tarjeta del bolsillo interior del abrigo y la deja encima del catálogo. Bruno Quintanilla Vergara, Gestión de Patrimonio Artístico. Madrid. Un móvil, un correo, una dirección postal que no es despacho: es apartado de correos. Eso tampoco me gusta.

— ¿Puede explicarme la procedencia? — pregunto.

— Herencia de mi madre. Falleció en 2018.

Era marchante en Madrid. Compró estas doce piezas a un coleccionista privado en los noventa.

Estuvieron embaladas hasta hace dos años.

Las saqué, las miré por encima, no las he intervenido.

Las quiero limpias, sin barnices oxidados, con los soportes revisados, sin retoques agresivos.

Si encuentra algo que no esperaba, lo paramos y hablamos.

— ¿Y va a venderlas?

— No.

Lo dice con calma. Repito la pregunta con los ojos.

— ¿Va a donarlas a alguien?

— Tampoco.

— ¿Las quiere para usted?

— Para mí. — Una pausa. Sonríe por primera vez, una sonrisa breve que casi no llega a los ojos. — Es complicado de explicar en cinco minutos. Le compensaré en la próxima visita.

Me lo quedo mirando. Hay algo en él que no termina de cuadrar.

Por la ropa diría que es un madrileño de zona buena.

Por el tono diría que es un hombre que ha negociado mucho.

Por el modo en que mira el taller diría que llegó pidiendo un trabajo y ya está calculando si voy a aceptar o no.

Hago tiempo. Le ofrezco un café que sé que va a rechazar.

— No, muchas gracias. Tengo coche en la plaza Mayor y la grúa de Cuenca es la peor de España. — Otra sonrisa, otra vez fugaz. — ¿Me da una semana?

— Le doy una semana.

— Quedamos así.

Tiende la mano. Se la doy. Tiene la mano fresca y firme, sin anillos. Me suelta a tiempo. La campanilla suena bien al salir. Veo por el cristal cómo cruza la calle Alfonso VIII hacia abajo, hacia el ayuntamiento, sin mirar atrás. No se ha vuelto ni una vez. Eso, también, me parece raro.

Vuelvo a la mesa. Dejo la espátula. Abro el catálogo otra vez.

Doce retratos de mujer joven. Pelo recogido.

Cuellos cerrados. Vestidos oscuros con encaje en la garganta.

Todas miran ligeramente hacia un lado. Ninguna sonríe.

Mismo tono de piel, mismo tipo de pincelada, misma firma en el ángulo inferior derecho.

P A. Si los miro juntos, podrían ser la misma mujer pintada doce veces.

Si los miro de uno en uno, son ligeras variaciones: nariz más estrecha en uno, mandíbula más alta en otro, gesto melancólico en el tercero, los ojos más vivos en el quinto.

Como si el pintor hubiera intentado capturar a una mujer concreta en distintos días y nunca terminara de tenerla.

Cierro el catálogo.

Adrián entra cuando ya estoy preparando la cena. Le he dejado el catálogo encima de la mesa del comedor para enseñárselo. Me besa la sien.

— ¿Qué es eso?

— Doce restauraciones.

Se sienta. Abre. Pasa hojas despacio. Es profesor de Historia del Arte y, aunque su oficio es contemporáneo, sabe leer una pieza tan bien como yo.

— ¿XIX?

— Aparentemente.

— ¿Aparentemente?

— El barniz es reciente. La firma es la misma. Y la chica, fíjate, es la misma. Doce veces.

Adrián mira la primera. Mira la segunda. Pasa a la tercera. Frunce los labios.

— Te van a pagar bien.

— Sí.

— ¿Lo aceptas?

Echo agua hirviendo en la cazuela. Apago el fuego. Lo miro.

— Ya lo he aceptado.

Adrián cierra el catálogo. No insiste. Cenamos berenjenas rellenas y hablamos de su instituto, de un alumno de bachillerato que ha confundido a Velázquez con Murillo en un examen, de la grieta del techo del baño.

No hablamos del cliente. No hablamos de la firma diminuta P A.

No hablamos de la sensación que llevo desde la mañana, una sensación pequeña que no acabo de nombrar, como cuando entras en una habitación que llevas meses sin abrir y notas que algo se ha movido un milímetro.

Esa noche, cuando Adrián se duerme, me quedo despierta un rato más mirando el techo. Pienso en doce mujeres que son la misma. Pienso en mi techo, que también gotea, y en los seis meses que ahora tengo asegurados. Pienso, sin querer, en mi madre.

No sé por qué.