16
De camino al aeropuerto, Oliver y yo pasamos a ver a mi madre.
Su apartamento está en un típico edificio californiano bajo y rectangular, rosa, de los años cincuenta y con las plazas de aparcamiento debajo.
Le llevamos su café de Starbucks y muffins de arándano y ella nos enseña el lugar en un momento.
La decoración es tan variada que allí podría vivir prácticamente cualquiera.
Un teclado musical de segunda mano coge polvo en el rincón, sobre el sofá cuelga una lámina enmarcada de una película francesa de la nouvelle vague y en la encimera de la cocina hay una batidora americana cara.
No hay ninguna fotografía de Oliver, de Emmy o mía. Mi madre decidió hace mucho tiempo que ese papel no era para ella, y no pasa nada. No supo sobrevivir de otra manera. «Así es como se enfrenta a todo.» Empieza a ser un ritual decirme esto. Mira la bolsa de muffins y suspira.
—Son demasiadas. Las congelaré y las desayunaré toda la semana.
Sonrío al oír la pulla que lanza en el último minuto.
Quiere que sepamos que hemos comprado una cantidad exorbitada, un derroche de muffins .
Y por lo visto a nosotros no nos importa.
Muy bonito, quiere decir. Sin embargo, ella y yo nos abrazamos para despedirnos sin excesiva tensión y después nosotros reanudamos nuestro camino al aeropuerto.
Los padres de Oliver y Emmy llegaron a Dallas ayer por la noche y ya han llamado para advertirnos de que hace un tiempo espantoso; según la previsión meteorológica hará viento y granizará.
Conseguimos despegar a la hora prevista, pero el vuelo es más movido de lo que me gustaría.
Oliver me recuerda que respire cuando atravesamos turbulencias.
—No pasará nada. Estos aviones pueden prácticamente con todo.
El servicio de a bordo se cancela durante el resto del vuelo, así que estudio la cara de los auxiliares de vuelo para ver si hay algún motivo para entrar en pánico.
Si parecen preocupados, yo también me permitiré preocuparme.
Pero ni siquiera pestañean durante las turbulencias.
Una de las chicas casi ni levanta la vista del libro que está leyendo.
Al aterrizar nos enteramos de que han emitido un aviso meteorológico en Dallas, además de una alerta por tornado.
Potentes ráfagas de viento sacuden nuestro taxi por la autopista cuando nos dirigimos a casa.
Las vallas publicitarias que anuncian casas de empeños y la lotería del estado de Texas hacen que eche de menos Los Ángeles.
Lo mejor de volver a casa es Emmy, que nos está esperando a la puerta.
Corre a mis brazos, el viento le sube tanto el vestido que le tapa la cara.
—Las flores se han quemado —anuncia. Tiene razón. Las flores que Oliver plantó para mí antes de irnos no han podido sobrevivir al calor de julio y ahora solo son tallos secos, carbonizados.
Damos las gracias a los padres de Oliver por hacer tan buen trabajo y los metemos deprisa en su coche antes de que el tiempo empeore. Justo cuando se van, el viento arrecia un poco más. Unas contraventanas de madera se sueltan y salen dando botes por nuestra calle sin salida.
—No será barato —comenta Oliver.
—¿Esperamos a que pase en el sótano? —le pregunto.
—No creo que sea para tanto.
Sin embargo, sendas alertas en nuestros teléfonos nos dicen lo contrario.
Llamamos a los padres de Oliver para asegurarnos de que han llegado a casa sanos y salvos y esperamos a que la tormenta amaine en nuestro oscuro sótano, sonriendo alegremente por Emmy.
Después de jugar cinco partidas al UNO y tres confusas rondas de Exploding Kittens, salimos.
En la casa reina una calma inquietante. Oliver y yo nos ponemos a deshacer las maletas, encender televisores y llenar la casa de ruidos que sirvan de distracción.
Metemos a Emmy en la cama y yo me pongo el pijama y me lavo los dientes.
Cuando vuelvo a nuestro dormitorio, Oliver está tumbado en la cama viendo Netflix y a mí me sacude la familiaridad de la escena.
¿A qué vida estoy volviendo? Estábamos tan cerca de sentir algo distinto, de sentir que en cierto modo éramos unas personas nuevas...
y ahora tengo la sensación de que hemos cogido la carta mala en Candyland y hemos vuelto a las Montañas Gominola.
Le aprieto el hombro a Oliver.
—De vuelta en tu cama. ¿Qué se siente?
—Quizá debamos cambiar el colchón.
—¿Quieres dormir en el sofá?
—¿Cuando acabo de volver? No. Sería raro.
Ninguno de los dos duerme. Oliver se mueve y da vueltas, se mete distintas almohadas entre las piernas, y yo empiezo a sentirme abrumada.
¿Es por haber vuelto a Texas? ¿Ya hemos retomado las viejas costumbres?
Durante nuestra breve estancia en Los Ángeles, casi todas las personas a las que conocimos cuestionaron por qué vivíamos aquí.
Yo insistí en que no podría irme de Texas: echaría de menos muchas cosas.
El lupino de Texas. Los bares de mala muerte.
A la gente. A nuestros amigos. Los tacos del desayuno.
En nuestro primer fin de semana en casa, los padres de Oliver vienen a cenar. Compro un pollo asado en Central Market y preparo una sencilla ensalada mediterránea. Haga lo que haga, a Vivian no le gustará, así que me limito a lo mínimo indispensable.
Oliver supo por amigos de la familia y unos primos de Houston que Allen y Vivian se habían enterado de lo de Dirty Diana y estaban los dos abochornados.
Incluso nos llamó el abogado de la familia para pedir que nos viésemos en persona, y Oliver estaba convencido de que lo iban a desheredar.
Tal vez nosotros estuviésemos avanzando, pero sus padres seguían llorando la pérdida de las personas que éramos antes.
Confiábamos en que invitándolos a cenar —tal vez, en último término, invitándolos a que nos contasen cómo se sentían, en lugar de chismorrear con los amigos— pudiéramos ayudarlos a pasar página.
Sin embargo, la pelea para la que nos hemos preparado no llega.
Vivian se muestra cordial y habla de los estragos que ha sufrido su jardín durante el verano y de que en Montecito nadie juega a las cartas.
Allen quiere saber más cosas de Los Ángeles y después se lanza a contar varias anécdotas seguidas, todas ellas del campo de golf.
Es un alivio cuando Vivian pasa a hablar de Emmy.
Oliver y yo estamos tan sorprendidos con el buen comportamiento de sus padres que ninguno de los dos intenta sacar el tema.
Pero ¿por qué nos sorprende? Así es como educaron a Oliver.
Mejor guardar silencio que hablar de cualquier cosa real o que pueda resultar molesta.
Guardarlo todo bien dentro y seguir adelante con una sonrisa en la cara.
Dejar que se encone o que años más tarde aflore en forma de úlcera, derrame cerebral o divorcio.
—No me lo esperaba. Pero ¿cómo podía no esperarlo? —me pregunta más tarde Oliver.
—Así es como se enfrentan a todo —contesto, esperando no parecer frívola.
—Nosotros no lo haremos así.
—Tuvo que ser duro. Crecer en esa casa.
Oliver traga saliva.
—No fue tan malo.
Esa noche a Oliver no se le pone dura. Es la primera vez que nos pasa. Le digo que no se preocupe, que es el estrés que supone volver a Rockgate. Oliver se gira hacia mí, en la cara una expresión de profunda preocupación.
—¿Y si es algo más?
—¿Qué es lo más alarmante que podría ser? —le pregunto, temiendo oír la respuesta.
—Que fuimos demasiado deprisa. O puede que Santa Catalina...
Santa Catalina. Cuando salimos de la isla nos sentíamos invencibles. Más fuertes que nunca. Pero Rockgate ha sofocado nuestro tenue brillo de California con cruda luz fluorescente.
—¿Deberíamos volver a terapia con Miriam? —planteo.
—¿Te arrepientes de lo que hicimos?
—Para nada. ¿Tú?
—No —contesta Oliver, y los ojos se le iluminan. Me coge la mano y se la lleva a los labios—. Superaremos esto. No podemos ir a terapia el resto de nuestra vida.
—No hay nada malo en ir a terapia.
—Lo sé. La terapia nos ha unido. Pero no podrá mantenernos unidos.
Dormimos en la habitación de invitados, decididos a por lo menos estar en la misma cama. Oliver no me suelta la mano cuando nos quedamos dormidos, pero en algún momento de la noche se levanta.
—Tengo que ir al sofá. Lo siento mucho. No sé qué pasa.
—¿Soy yo?
—No. Es mi espalda.
Las semanas que siguen se suceden en un desconcertante caos de opciones para dormir. Probamos a quedarnos en el piso de Oliver, pero Emmy se queja de que no tiene las cosas que quiere. Lo intentamos de nuevo en nuestro dormitorio, en la habitación de invitados, Oliver vuelve al sofá.
En septiembre, después de una noche especialmente dura sin pegar ojo, llevo a Emmy a su primer día de colegio.
L’Wren me contó que la petición para echarnos de St. Mary’s solo recabó tres firmas más, consiguiendo un total de siete.
No fue la victoria aplastante que Lorraine confiaba en que fuese, pero sí lo suficiente para ponerme nerviosa.
Decido aparcar y acompañar a Emmy hasta su nueva clase.
Me siento como si estuviese en una comedia de adolescentes: una desgarbada chica de primero que se ha acostado con el chico mayor que no debía y camina por un pasillo donde todo el mundo susurra y la mira.
Otras madres que por lo general se pararían para preguntarme qué tal me ha ido en el verano ahora me dedican sonrisas forzadas.
Cuando llegamos a la puerta abierta del aula, Emmy entra corriendo, agradeciendo no tener que seguir cogida de mi sudorosa mano.
L’Wren me encuentra parada a la puerta.
—Sigue sonriendo. No es para tanto.
—¿Lo sabe todo el mundo?
—Pues sí. Pero se ha producido un giro.
—¿En mi favor?
—Sí. —L’Wren hace una pausa teatral—. Resulta que el que estaba dando el curso de mamadas era el propio hijo de Lorraine, que tiene doce años, no una chica de quinto.
—Estás de coña.
—Tal como lo oyes.
—Vaya tela.
—La gente te quiere aquí, Diana. La madre de Penelope le dijo a Lorraine que se largara. O al menos dijo que es lo que quería decirle.
—Aun así, tengo la sensación de que todo el mundo me mira.
—Pues claro que te miran. Pero no durará.
Tengo la mandíbula tensa mientras vuelvo al aparcamiento. Entonces veo a Lorraine, que va hacia su Range Rover.
—¡Eh! —la llamo—. ¡Lorraine!
Se cuadra y me mira.
—Vas a necesitar más de siete firmas para meterme miedo —afirmo.
Su expresión se agria.
—Por favor, no creas que es algo personal, Diana. No querría que ninguna familia cuya madre crea material pornográfico viniese a nuestro colegio.
—Mi trabajo no tiene absolutamente nada que ver contigo. No te afecta en lo más mínimo.
—Pero afecta a mis hijos, que es mucho peor. Tu página web es indecente. Los niños de St. Mary’s necesitan modelos. ¿Cómo explico cómo te ganas la vida cuando mi hija vuelva a casa después de haber estado jugando con la tuya?
—Cuanto más hablemos de sexo de un modo sano, menos vergüenza sentirán tus hijos. —Me doy cuenta de que parezco un folleto, pero quizá sea la única manera de que Lorraine lo entienda.
—Las mujeres de tu página web son...
—Enfréntate a tu trauma tomándola con otra persona. No conmigo. Ni con mi hija.
Dejo a Lorraine haciéndose la escandalizada en el aparcamiento. Estoy segura de que esto traerá cola, pero me invade una ira tan sorda que ni tengo fuerzas para que me preocupe.
Cuando llego al coche, el alma se me cae a los pies solo de pensar que debo ir a la reunión del lunes en el despacho de Allen hasta que recuerdo que no tengo que hacerlo.
Es como despertar de una pesadilla, encontrarse a gusto en la propia cama y darse cuenta de que se está a salvo.
Mi cuerpo se relaja en el acto al pensar en las oficinas abiertas y espaciosas de Dirty Diana. Y en las personas que trabajan allí.
Cuando entro, Petra, Liam y Kirby están apiñados alrededor del ordenador más grande de la oficina. Petra llama por FaceTime a Alicia para que podamos estar todos y ver en directo la primera fantasía que ha creado Alicia.
—Se te olvidó, ¿a que sí? —me pregunta Liam.
—No. Es solo que tenía algo de lío en el colegio. La otra madre y yo seguimos en... desacuerdo.
—¿Por qué pierdes el tiempo intentando convencer de algo a una mujer odiosa? —inquiere Petra.
—He dejado de hacerlo.
—Sé que no estabas segura de esto —me dice Liam con nerviosismo—. En un primer momento.
—He cambiado de opinión.
—Sin ánimo de ofender.
Kirby le da en las costillas.
—Di gracias.
—Gracias. Por confiar en mí. Y en los oyentes. Y en los pronósticos. Y en las reglas básicas, esenciales, de obtener beneficios. Mierda: ¿soy mi padre?
—¡Ya está publicado! —Petra aplaude—. La gente ya lo puede ver.
El vídeo empieza con un primer plano muy cerrado de nuestra actriz protagonista, Maya, que habla directamente a la cámara: «Mi fantasía es...».
El vídeo que ha hecho Alicia es al mismo tiempo juguetón y sexy. Una serie de retratos bellamente iluminados de Maya en distintos escenarios, inmóvil al principio, como un cuadro, y después haciendo sencillas cosas cotidianas, narrando su fantasía a medida que se vuelve cada vez más erótica.
Llegan los primeros comentarios:
Sexy se queda corto. Por fin algo para mí. ¿La fantasía de Trina es la siguiente? ¡Por favor! ¿Cuándo se podrá ver la próxima?
—Alicia, ¡lo has conseguido!
Está radiante.
—Se van a engendrar muchos niños gracias a mí.
* * *
De vuelta a casa, recuerdo el pronóstico de Liam de que nuestras cifras se van a duplicar y la luminosa sonrisa de Petra: «¿Lo ves?».
No quiero quedarme lo suficiente para que me diga que es su último día en la oficina. Prefiero irme a la francesa como Jasper, y un día entraré y no oleré su perfume ni oiré su voz llamándome nerviosamente desde su despacho: «¡Diana!».
Así que me escabullí a mi despacho y luego me fui a casa.
Cuando llego, el entusiasmo que me ha producido el lanzamiento se desvanece: Emmy todavía está en el colegio y Oliver tirado en nuestro hundido sofá. Le tiendo la mano y tiro de él hacia mí.
—No somos nosotros, Oliver —le digo, con absoluta claridad—. Es la casa.