La respuesta (Dirty Diana 3) 17
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Es la sonrisa luminosa de Liam la que hace que a todos los invitados a la boda se les llenen los ojos de lágrimas.

Y la mirada dulce y triste de Kirby. Está despampanante.

Su vestido es más grande que ella, pero no permite que la engulla.

Se desliza por la pista de baile como una princesa con el toque justo de villanía, de esa que uno anima. Con un micrófono de pértiga al lado.

—Más adelante me darás las gracias —me dice cuando se lo quito de las manos—. Puede que algún día tengamos una fantasía con una boda y necesitemos material.

Veo a L’Wren en la barra de bar del jardín trasero.

—Es muy bonito... —No termina la frase.

—L’Wren.

—Yo solo digo que si hubiesen trabajado con mi planificadora, jamás habría permitido que ese violinista fuese en vaqueros. Aunque sean oscuros. No habría sido negociable.

Liam y Kirby pagaron orgullosamente cada centavo de la ceremonia, en su mayor parte gracias al incremento de suscripciones del que hemos disfrutado al subir también vídeos.

Y el regalo de boda más grande de la mesa es de Petra.

Lo ha enviado desde Marruecos, junto con una postal para todos nosotros:

Por favor, decidles a los recién casados que alarguen la luna de miel y me vengan a ver aquí.

Decidle a L’Wren que hay gatos callejeros por todas partes y que ya he adoptado a dos.

Ahora soy la loca de los gatos. Por favor, decidle a Alicia que en Marrakech no existe el «silencio», pero que de todas formas se enamorará de la ciudad.

Y Diana... la bolsa con cierre zip por fin está vacía, pero mi corazón está muy muy lleno. Os quiero, P.

P. D.: ¿Y si sacamos un lubricante Dirty Diana? En mi jardín crece el más fragante de los granados... Debería oler así. Que uno de vosotros se ponga a ello. Besos y abrazos.

Arthur nos roba a L’Wren para bailar con ella.

Oliver me coge de la mano y vamos detrás, y la tarde de finales de octubre cobra dinamismo a partir de ese momento.

Tarta y brindis con champán y las sonrisas radiantes de Liam y Kirby.

Después de despedirnos de los recién casados, Oliver y yo nos subimos a nuestro coche y empezamos mi parte preferida de la noche: la vuelta a casa.

Hace exactamente dos meses saqué a Oliver del sofá y lo llevé a la casa que estaba reformando, la que tiene un árbol que crece dentro y los abedules aletargados delante.

—No sé cómo lo vamos a hacer, pero esta es nuestra casa.

—¿Quieres vivir aquí? —me preguntó.

—Donde estamos ahora hay demasiados recuerdos tristes. Nos están asfixiando.

—Está más lejos del colegio de Emmy... y la vía de servicio es espantosa cuando llueve, pero...

—Oliver rodeó despacio la casa vacía, que aún estaba en obras—.

¿Te cuento algo curioso? Hay una gran parte de mí que siempre ha estado reformando esta casa para nosotros.

Incluso cuando no había un «nosotros». Incluso entonces tenía esperanzas de que fuera así.

Nos mudamos antes de que tuviera una cocina y cuando faltaba parte del suelo.

Los tres compartimos un cuarto de baño que se caía a pedazos y nos duchamos con agua fría hasta que pudimos cambiar la caldera.

Cuando estaba de mal humor, Emmy se quejaba; cuando su humor era bueno nos decía que le encantaba acampar y nos convencía para que comiéramos sándwiches de galletas con malvaviscos recubiertos de chocolate.

Llamé a Allison Kidd y dije que no a la película y al dinero.

La idea de filmar una versión distinta de mí misma ahora que Dirty Diana por fin era una realidad me parecía igual de atractiva que volver a mi antiguo empleo en la empresa de Allen.

Natalie lo entendió. Me dijo que ahí fuera hay tantas versiones suyas que se ha visto obligada a aceptarlo, pero que nunca le ha gustado.

Oliver y yo hacemos el amor en distintas habitaciones. Y a veces no lo hacemos. Ya no hay presión, salvo en lo que respecta a contarnos hasta lo más insignificante de nuestro día, para no perder la costumbre.

Y para cuando se publicó el artículo en Vogue , ya casi me había olvidado de él. Cuando por fin salió a la luz, omitieron el cuestionario y, para mi sorpresa, solo publicaron mi fantasía.

Camino por la acera de una ciudad, bajo la sombra de un rascacielos.

Tú estás a mi lado. Creo que eres tú. Tu perfil me resulta familiar, con tu nariz perfectamente recta y tus labios carnosos y sonrosados.

Solo que por más que mire, no te vuelves hacia mí para que te pueda ver toda la cara. Pero tienes que ser tú por fuerza.

No reconozco tu ropa. Llevas un traje, impecable y a medida.

Su lino gris hace juego con el rascacielos, elegante y moderno, todo cristal y acero.

¿Lo planeaste así? ¿Por qué harías tal cosa?

Siento el repentino deseo de meterte la mano por dentro de la americana, por debajo de la camisa, y pasarte los dedos por la piel. Pero ¿y si no eres tú?

No entramos en el edificio inmediatamente.

A nuestro alrededor, hordas de personas entran y salen con prisas.

Un hombre de espalda ancha con un fedora sale por la puerta giratoria y se choca conmigo, con fuerza.

Vuelvo la cabeza para protestar, pero sus hoyuelos me desarman y sus ojos castaños son afectuosos y piden disculpas bajo sus oscuras pestañas, así que sonrío para decir que no pasa nada y el hombre desaparece entre el gentío.

«Vamos», dices. Tu voz es bronca, pero amable. Tienes que ser tú por fuerza. Cuando miro de reojo de nuevo, vuelves la cara.

Entramos en el vestíbulo y el lugar cambia. El mostrador de seguridad se desvanece. Al igual que toda la gente que se mueve a nuestro alrededor. La larga batería de ascensores con sus eternos pitidos tampoco está ya. Las paredes se acercan y el vestíbulo se reduce y allí solo estamos tú y yo.

Nos encontramos en la planta baja de un edificio de apartamentos. Un vestíbulo entrado en años con una hilera de buzones y un sofá de terciopelo ajado para esperar. Hay un ascensor tan antiguo que, cuando sus puertas se abren, cuento con ver dentro a su propio ascensorista anciano.

«¿Aquí es donde vives?», pregunto, y un escalofrío me recorre la espalda. Quiero que me lleves a tu casa para que podamos estar solos. Voy a cogerte la mano, pero me dices: «Todavía no».

Las pequeñas puertas del ascensor se abren. El interior es reducido, pero hay espejos en todas las paredes para dar la impresión de que hay más espacio.

Por fin veo tu cara en el reflejo. Eres tú. Pero me resulta desconcertante. Eres distinto en cada espejo. Tu cara unas veces está sin afeitar, otras sin barba. Llevas una camiseta; una camisa Oxford; vas sin camiseta.

Te vuelves hacia mí y sonríes, tus ojos verdes azulados rebosan picardía. «Se supone que son una distracción. Todos los espejos.» Como la instalación de espejos infinitos de Kusama. Años luz. Estamos aquí, pero absorbidos.

Das un paso hacia mí. El pulso se me acelera.

Jugueteas con los tirantes de mi vestido.

Me miro por primera vez: es el mismo vestido que llevaba cuando nos conocimos.

Cuando me enseñaste aquel apartamento espantoso y no podíamos dejar de mirarnos.

El vestido es sencillo y está arrugado y no podría ser más distinto del traje que tú llevas.

Como si me leyeras el pensamiento, dices: «Es perfecto», y señalas con la cabeza los espejos. Llevo un vestido de seda verde; una sudadera azul; un vestido negro.

Me besas el hombro y me bajas un tirante, y después el otro. El vestido resbala por mi pecho y se detiene en las caderas. Salvas la distancia que nos separa y el calor que desprende tu cuerpo calienta el mío.

Levanto el mentón para besarte. Tus labios son suaves, pero el beso es urgente. El ascensor empieza a moverse. La expectación me arrolla. Estamos un paso más cerca de tu casa.

No te paras en el beso. Me pones contra la pared y pegas tu cuerpo al mío, pero yo sigo teniendo la sensación de estar cayendo. Aunque eres firme y fuerte y noto que cada vez estás más excitado.

El ascensor va más despacio cuando se acerca al tercero.

Me levantas el vestido, pero te agarro la cintura. «¿Y si sube alguien?»

«¿Qué más da?» Noto tu aliento tibio en mi cuello. Me echo hacia atrás para que puedas besar cada centímetro de él.

Las puertas se abren y me quedo quieta. Pero allí no hay nadie.

Me relajo de nuevo. Dejo que tus manos me recorran entera.

Me bajan por el vientre, me suben por los muslos.

Miro en los espejos para vernos: durante un instante todos los reflejos son el mismo: tú moviéndote contra mí, mis piernas rodeando tu torso, mis manos en tu pelo.

Te quito la americana. Te desabrocho la camisa.

Quiero ver más de ti en el espejo y sé que tenemos que darnos prisa.

Levanto la vista al techo y el espejo infinito se descompone en un centenar de imágenes distintas.

Eres tú, plantando zinnias en el jardín delantero.

Somos nosotros, solos en una escalera, yo subida a tu regazo.

Nosotros invitándolo a nuestra habitación de hotel.

Escabulléndonos de una fiesta.

Un millón de versiones distintas de quiénes somos y quiénes podemos ser aún.

El ascensor se acerca al último piso. «Hemos llegado», dices, y me dejas en el suelo.

Me agacho para coger nuestra ropa.

«Déjala. Cuando entremos —me estrechas contra ti— me gustaría esposarte al lavabo del cuarto de baño.» Sonrío. Me esposas al lavabo por la noche y compartimos coche por la mañana. ¿Por qué no? Mi fantasía es decir sí. A ti, a mí, al placer.

El ascensor se detiene con una sacudida. Mis ojos se abren de golpe.

Estoy sola en nuestra cama, pero te oigo en el pasillo, los familiares sonidos que haces cuando te mueves por nuestra casa.

Por suerte, ahora estoy despierta.