La respuesta (Dirty Diana 3) 15 #4
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—Joder, eres tan sexy. —Oliver se acaricia y vuelve a tener la polla dura en cuestión de segundos.

Cada parte de mi cuerpo necesita ser llenada, así que me siento a horcajadas sobre él y la guío hacia mi sexo.

Mis manos descansan en su pecho desnudo.

Mi respiración se vuelve entrecortada. Lo monto con fuerza cuando sus manos agarran las sábanas.

Y al levantar la vista, veo a Jasper. Nos miramos a los ojos cuando presiono las caderas contra Oliver, jugando con ritmos y velocidades distintas.

Jasper sonríe, sus ojos se iluminan cada vez que gimo.

Se inclina para poder besarme. Mis labios se unen a los suyos, dejando que Oliver se salga de mi cuerpo, mi deseo goteando en su estómago, mis piernas a ambos lados de él.

Desesperado, con ganas de más, Oliver baja el cuerpo hasta que su cara queda entre mis piernas mientras Jasper me acerca a él y nos fundimos en un largo beso.

Me siento idolatrada. Siento que soy el centro de su atención.

Vuelvo a bajar sobre Oliver y saboreo la sensación de volver a tenerlo dentro de mí, lo monto lenta y metódicamente, tratando de hacer que la euforia dure toda la noche.

—Diana —gime Oliver.

Subo la pelvis hasta rozar su parte más sensible y desciendo despacio otra vez. Jasper se sienta justo detrás de Oliver, se acaricia mientras nos mira. Oliver hace una mueca de placer y ladea la cabeza, una planta que gira hacia el sol, y la erección de Jasper le roza la mejilla.

Nos pone a los tres a mil.

Oliver me agarra por las caderas, hunde la punta de los dedos en mi culo para clavarme a él. Relajo mi cuerpo más todavía para que entre más en mí. Si pudiera follarlos a los dos a la vez, lo haría. Soy el centro de su mundo. Jasper y Oliver volcados en mi placer.

—Eres preciosa. —Jasper está a punto de correrse.

Pero es Oliver quien empieza a palpitar dentro de mí.

Está mirando al espejo que hay sobre la cómoda, el reflejo de los tres cuerpos desnudos.

Para que no termine, freno en seco la noche, dejando que Oliver se salga de mí, para que podamos empezar de nuevo y volver a este mismo sitio.

Rebobinar la cinta hasta el momento en que nos abandonamos a los otros por primera vez y ponerlo una y otra vez hasta que explotamos.

De vuelta a la pista de baile, al océano, al instante en el que Oliver abre la puerta unos centímetros más.

Necesito estar con los dos. Se acabaron los turnos.

Esperar pacientemente al otro. La fuerza que nos atrae es demasiado poderosa.

Me tumbo junto a Oliver en la cama y acto seguido Jasper se tiende a mi derecha.

Oliver está a mi izquierda. Y en cuestión de segundos la organización de nuestro encuentro amoroso se desvanece y nuestras extremidades se enredan.

No distingo el cuerpo de Oliver del de Jasper mientras el calor de ambos se me mete en la piel.

Estoy entre sus cuerpos firmes y el mundo desaparece como por arte de magia.

Allá donde miro hay músculo y carne, dándome placer, entrando y saliendo de mí, besándome en sitios que estaban cerrados y ahora están abiertos.

Sus gemidos se funden y resuenan en mi cabeza.

Mis propios sonidos son irreconocibles, guturales y carnales.

Manos y labios mojados deambulan por mi cuerpo, explorando cada centímetro, cada una de mis curvas.

Explosiones de placer repentinas e intensas vuelven resbaladizos nuestros cuerpos y nos unen.

Nos corremos en oleadas, caemos en un éxtasis profundo, subimos a la superficie y necesitamos más todavía. Nuestro calor. Nuestra humedad. Nuestra dureza y nuestra suavidad. Esta noche me tienen los dos. Y yo los tengo a ellos.

A la mañana siguiente me despierto antes que Oliver.

Tengo el cuerpo entero soñoliento y saciado, con la sensación de haber pasado un largo día al sol.

Los detalles de esa noche me arrollan en vivos flashazos .

Me acurruco contra el pecho de Oliver y él me atrae aún más hacia sí, me besa en la coronilla.

—Buenos días —digo.

—Buenos días —contesta.

Estamos bien. Somos inquebrantables. La sensación es magnífica.

—Ayer... —empiezo, pero no termino la frase.

Oliver sonríe.

—Ayer... —repite.

—¿Te lo pasaste bien?

—Sí. ¿Tú?

—Sí.

—¿Hace falta hablar de lo que significa? —pregunta.

—Puede que signifique que nos gusta pasarlo bien.

Unos golpecitos en la ventana de la habitación interrumpen nuestra charla. Es Jasper. Recién duchado y todo sonrisas.

—Hola, amigos —saluda.

—Buenos días.

—¿Qué tal estamos esta mañana?

—Bien —contesto—. ¿Y tú?

—Una noche de sueño muy reparador —afirma Jasper.

Oliver sonríe con indolencia y se restriega los ojos.

—Nosotros también, colega. —Se levanta y abre la puerta para que Jasper pueda asomar la cabeza.

—Ha venido mi amiga Gina. Llegó esta mañana. Vamos a llevar el barco a Palos Verdes y pasar allí unos días. ¿Os apetece?

Miro por la ventana y veo a una rubia esbelta que desliza un dedo por el teléfono. Levanta la cabeza y sonríe. Oliver me mira y enarca las cejas.

—Suena estupendo, pero tenemos que volver a Texas —responde.

Jasper nos guiña un ojo, se acerca a Gina y le pasa un brazo por la cintura.

— Arrivederci! ¡Siempre nos quedará Santa Catalina! —exclama mientras se dirigen hacia la escalera que baja hasta el mar.

Oliver se tumba de nuevo en la cama y me coge la mano.

—¿Cuándo la conoció?

—¿Estás celoso? —bromeo.

—Creo que no —contesta, aunque da la impresión de pararse a pensarlo—. ¿De dónde saca la energía?

—Así es como se enfrenta a todo —respondo.