La respuesta (Dirty Diana 3) 15 #2
90%

15 #2

—Justo la persona a la que me refería. —Nos presenta al jugador de fútbol del que tanto hemos oído hablar—. Este es Ricky —dice, y parece muy orgullosa de él.

Poco después de las presentaciones, Oliver se lanza a hacerle una compleja sarta de cumplidos.

Por lo visto, recuerda los partidos recientes de Ricky con un grado de precisión alarmante.

Incluso Jasper se acuerda perfectamente de varias jugadas.

Kendra ríe con estridencia cuando se dan el gusto de recrear con gran entusiasmo uno de los peores momentos del partido y acto seguido cambia de tema hábilmente.

—Mañana hay cambio de planes —informa a Jasper—. Ricky ha conocido al capitán de un velero que perteneció a Spencer Tracy. Se ha ofrecido a llevarnos alrededor de la isla.

—¿Un velero? —inquiere Jasper.

—No es muy lujoso, pero sí antiguo y bonito —responde Kendra.

—Saldremos después de comer —anuncia Ricky mientras se sirve lo que queda de una botella de champán—. Comemos en la mejor hamburguesería de la isla y hacemos una excursión en un velero.

Kendra mira a Jasper con gran intensidad. Le pone una mano suavemente en el pecho.

—Espero que vengas con nosotros. —Después se vuelve hacia Ricky y se coge de su brazo—.

Tengo que presentarte a unas cuantas personas más y se acabó, te lo prometo.

—Rick la sigue obedientemente. Jasper, Oliver y yo encontramos un sitio para sentarnos junto a la piscina.

Jasper se acomoda en una tumbona junto a la mía y a continuación se levanta y va en busca de Kendra.

A través de las cristaleras de la casa veo que la sigue dando la vuelta al enorme salón mientras ella presenta a Ricky a un grupo de invitados tras otro.

Me estiro en la tumbona y escucho a un grupito de mujeres. Intento establecer la relación que las une mientras compensan la efusividad con la que se expresan hablando en susurros. Me doy cuenta de que, por lo visto, no se conocen. Solo están completamente pedo.

Oliver me agarra el brazo. Tiene cara de haber visto a un fantasma y me aprieta los dedos. Un camarero con una americana negra corta le da otra copa de champán. Oliver pega su boca a mi oído y me dice:

—Es Harrison Ford... o da lo mismo. No. Creí que era él.

El vino que tomamos antes no ha surtido ningún efecto en mí, como si, de alguna manera, estar con Oliver y Jasper a la vez me hiciese estar alerta.

Decidida a emborracharme, me preparo una gran copa de vodka con tónica y después voy a la casa para echar un vistazo.

Hay un cuadro impresionante encima de una de las chimeneas; pequeño y abstracto, de vivos colores, pero en las plantas de abajo solo veo una colección de grandes carteles de películas de cine enmarcados, nada especial.

Vuelvo al vivo lienzo que vi en el salón.

Tengo la sensación de que debería saber de quién es, pero no caigo.

—Es un Helen Fread —me dice Jasper, que de repente está a mi lado—.

Tenía ochenta y tantos años cuando lo pintó.

—Lo contemplamos juntos unos instantes y después me pasa un brazo por la cintura y me lleva a la habitación contigua.

Por los enormes altavoces del rincón sale una música alta y alegre y hay varias parejas bailando.

La mujer del fular azul a la que vi antes ahora lleva el pañuelo con dos vueltas alrededor del cuello mientras zigzaguea y se choca, borracha y sin el menor rubor, con Jasper.

Él sonríe y me aparta con delicadeza de su camino, estrechándome contra él alegremente y con seguridad—.

Me encantan las fiestas —asegura. Volver a estar cerca de él es una sensación agradable.

Como recordar lo mejor de unas vacaciones.

Nos sentimos cómodos en brazos del otro.

Y soy perfectamente consciente de las miradas de envidia que nos lanzan otras mujeres. Siempre será admirado.

—Me cae bien tu marido —comenta Jasper.

—Él me ha dicho lo mismo de ti.

—Es raro que nos llevemos tan bien.

Sonrío, pero no digo nada, me muevo con él al ritmo de la música.

—¿Qué se te está pasando por esa cabecita? —pregunta Jasper—. ¿Estás urdiendo un plan peligroso?

—Quizá el del plan seas tú.

—Quizá el del plan sea Oliver.

Ahora Oliver también está bailando con los demás invitados. Se ríe, tiene la cabeza echada hacia atrás, hacia el estrellado cielo, como si lo estuviera pasando bien de verdad.

Jasper busca a Kendra detrás de mí. Tiene un pequeño moratón en el lado izquierdo de la barbilla.

Vuelvo la cabeza y la veo, mostrándose encantadora con un nutrido grupo de gente. «Ay, Jasper», pienso. Veo que empieza a hacerlo sufrir el abandono de Kendra.

—Esta canción es lo puto más —afirma Jasper.

Me apoyo en él, permitiéndome imaginar otro momento, otro lugar, en el que podría levantar el mentón y buscar sus labios, besarlo con suavidad.

Jasper lo presiente y busca inmediatamente a Oliver—.

¿Dónde está nuestro amigo? —inquiere, y le hace una señal a Oliver para que se una a nosotros—.

Bailad, tortolitos —invita Jasper, y le da unas palmaditas en la espalda a Oliver—. Vuelvo ahora mismo.

Por lo general, Oliver cuando bebe se pone mustio. Susceptible y sentimental. Pero esta vez tiene los hombros echados hacia atrás, no caídos. Me estrecha contra él. Los ojos le brillan. Se siente vivo. Como si en cuanto nos besemos vayamos a combustionar y rompernos en mil pedazos.

—Me ha gustado veros bailar —observa Oliver.

—¿Sí? —Ladeo la cara y la apoyo en su pecho, respiro hondo.

Tras bailar dulce y descoordinadamente una canción lenta, Oliver y yo salimos fuera para tomar otra copa y relajarnos junto a la piscina.

Oliver se pone a hablar con una mujer que lleva un vestido de flores azul.

Yo me siento y cierro un instante los ojos.

Me asalta una imagen de Jasper del pasado, de la primera noche que lo conocí de verdad: estaba trabajando en el cuarto oscuro de la casita de Santa Fe.

Sé que esto está pasando porque hace un momento estaba bailando con él, porque ahora me vuelvo a sentir cerca de él o recuerdo esa sensación. Es fugaz, pero agradable.

—Me gusta Los Ángeles —oigo que le dice Oliver a la mujer—.

No hay una idea preconcebida de nadie. En las vallas publicitarias hay imágenes de personas que se han transformado, no abogados medio calvos especializados en accidentes como en Texas.

—Oliver se vuelve para mirarme—. Tengo una idea.

Deberíamos venir a vivir aquí —propone. El tono sobrio me hace reír—. Lo digo en serio —insiste.

—Es la tercera vez que me dices eso esta noche. A ver cómo nos sentimos por la mañana.

—¿Ya te lo he dicho? —Oliver vuelve a centrar su atención en la otra mujer—. Todavía no la he convencido —asevera.

—¿Vais a ir a ver los bisontes mientras estéis aquí? —nos pregunta—. Se mueven libremente. Todo empezó cuando trajeron aquí catorce bisontes de un rancho texano en los años veinte para hacer de extras en una película de Hollywood, y aquí se quedaron. Atrapados en la isla.

La fiesta continúa ruidosamente. A eso de la una de la madrugada uno de los camareros va pasando una bandeja de minisándwiches.

—¿Son los sándwiches que se sirven con el té? —le pregunta una mujer alta con un vestido de tela de rizo y chanclas.

—Cuadraditos de focaccia —le contesta el camarero.

—Vaya, ojalá fuera pizza —comenta alguien.

Otra persona se tira a la piscina completamente vestida y cerca un camarero se quita la ropa y está a punto de imitarla. Es lo bastante tarde como para que solo queden los que están muy borrachos, la mayoría enrollándose entre sí.

Paso por delante de un rincón oscuro y veo que la mujer de las chanclas se ha pegado contra alguien y le acaricia el cuello con la nariz. En otro rincón oscuro me sorprende solo ligeramente ver a Kendra con los brazos alrededor del cuello de Ricky, besándolo apasionadamente.

En un abrir y cerrar de ojos, vuelvo al sitio en el que vi a Jasper por última vez, lo que hace que recorra la mayor parte de la casa. No hay ni rastro de él. Solo cuando casi he llegado a la puerta principal lo veo en el pasillo.

—Creo que lo suyo es que me vaya a la francesa —dice cuando me uno a él. Se ha enrollado en el cuello un largo fular verde y está pálido.

Vamos a por Oliver y hacia la puerta. Una vez fuera, bajamos corriendo el camino de acceso como si alguien nos persiguiese.

Recorremos calles residenciales de regreso al centro de la ciudad.

La noche es cálida. La luna llena brilla con fuerza.

Me quito los zapatos de tacón para no quedarme atrás.

Todavía nos desmelenamos, me digo. En una etapa de la vida posterior a lo que habría imaginado cuando era joven.

Cuando por fin me detengo para recuperar el aliento, me doy cuenta de que estamos en la arena.

Solos. En una pequeña cala, oculta al resto de la isla.

Oliver sonríe, sigue eufórico por la fiesta y me abraza para darme un beso. Noto el champán en sus labios.

Jasper está sentado en una piedra, observándonos, la luz de la luna permite ver su marcada mandíbula.

—Ojalá tuviera mi cámara —dice.

—¿Alguien quiere? —Oliver nos ofrece una botella de champán.

—¿La has mangado? —pregunto, sorprendida.

—Eh, que Jasper se ha llevado un fular.

—Lo devolveré —promete mientras se echa hacia atrás y sonríe al cielo—. Lo juro.

Bebo un largo sorbo de champán y noto las burbujas en la garganta. Después le paso la botella a Oliver, que se la pasa a Jasper. Voy hasta la orilla del agua.

—Quiero nadar —afirmo.

—Ten cuidado —advierte Jasper, pero está sonriendo—. Hay tiburones.

—¿En serio?

—Grandes blancos.

No sé si es verdad, pero el champán me dice que de todas formas no pasa nada.

—No me alejaré mucho.