La respuesta (Dirty Diana 3) 15
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—Deberíamos ir. Siempre he querido ver Santa Catalina. —Como si la isla fuese Maui o Mónaco.

Petra se entera del plan y prácticamente reserva el hotel y nos hace la maleta para pasar la noche.

—La fiesta fue todo cuanto esperábamos. Brindamos por Dirty Diana, nos divertimos y Margot y sus montones de dinero quieren trabajar con nosotros. ¡Idos!

Jasper nos dice que su cita ya está en la isla, así que en el barco solo iremos nosotros tres.

Pese a todo lo que presiento que está mal, y son muchas cosas, curiosamente la sensación también es buena.

Estos dos hombres, juntos aquí: uno atrevido e impredecible; el otro sensible y bondadoso.

Han hecho un esfuerzo por llevarse bien.

Por mí. No estoy segura de entenderlo del todo, pero intento apreciar el gesto.

Nunca he oído mencionar a ninguno de los dos que les interese la vela y, sin embargo, ayer, en la fiesta —después de que agotaran el tema de jugadores de fútbol preferidos— se pasaron una hora fantaseando con vivir en un barco.

Oliver pasó un verano en un campamento de vela cuando era adolescente.

Jasper aprendió a navegar durante un viaje de dieciocho días desde México hasta la Polinesia Francesa.

De pequeños los dos soñaban con navegar solos hasta una isla remota.

Como Robert Redford en Cuando todo está perdido .

Mientras Jasper controla el timón, Oliver está de pie junto al mástil, admirando la vastedad del océano Pacífico.

El viento nos alborota el pelo, y a nuestro alrededor el agua refulge.

Si ello hace que alguien más se sienta electrizado, no lo comparte conmigo.

Somos como tres amigos felices sin pasado, que se han hecho a la mar para vivir un día de aventura.

A medida que nos acercamos a Santa Catalina, en cierto modo esta nueva historia que tenemos empieza a encajar.

Hemos izado las velas y tenemos buen viento, y en cuanto empieza a haber más oleaje, Oliver se vuelve hacia mí, de pronto está pálido.

—Las olas.

Jasper va hacia él.

—¿Te encuentras bien, colega?

Me debato entre reconfortar a mi marido y tomar el timón. Jasper decide por mí.

—Mantén el rumbo. —Cuando voy a objetar, añade—: Es igual que un coche.

Oliver se vuelve hacia Jasper, ligeramente avergonzado.

—No suelo marearme en el mar —asegura.

—Le pasa a los mejores —le asegura Jasper—. Sigue respirando hondo.

Oliver se agarra a la baranda y Jasper le pone una mano en los riñones.

—Se te pasará —afirma Jasper. Está siendo atento, como solía serlo conmigo.

Al cabo de unos minutos, Jasper toma de nuevo el timón.

Me siento al lado de Oliver y este descansa la cabeza sobre mi regazo.

Cierra los ojos y toma bocanadas de aire fresco.

Ya tiene la cara rosa del sol, lo que resalta sus ojos verdes azulados.

Le acaricio el pelo, en el que el sol ha arrancado reflejos cobrizos.

Al mirar a Jasper, veo que nos está observando a los dos.

Cuando nos aproximamos a la isla, el práctico, un hombre joven, navega a nuestro lado.

Pide el número de reserva y nos dirige hacia los amarres con una sonrisa afable.

Desembarcamos en una población costera pintoresca, de piedra.

Oliver encuentra un banco en el que sentarse y Jasper y yo vamos a por café.

Cuando volvemos, Oliver ha revivido y se está comiendo una bolsa de caramelos masticables.

Enfilamos una acera abarrotada, voy cogida del brazo de Oliver, y luego, cuando casi nos perdemos entre el tráfico peatonal, me cojo con el otro a Jasper.

Todavía tengo en el cuerpo la agradable sensación del constante balanceo del barco.

Noto que el pavimento se ondula bajo mis pies al caminar.

Pasamos por delante de varias heladerías y echamos un vistazo a un arte marino que no se puede enmarcar.

Jasper sostiene en alto un trozo de madera envejecida en la que han grabado EL AMOR CRECE AQUÍ .

No sé si me gusta. El encanto del día me resulta inquietante.

El aire huele a fritura y a mar. Paramos a comer unos tacos de pescado y cerveza fría en un restaurante con un gran patio abierto.

Al ver cómo empiezan a conocerse Jasper y él, caigo en la cuenta de que ha pasado algún tiempo desde la última vez que Oliver hizo un nuevo amigo.

Siguen descubriendo nuevos temas, nuevas cosas que tienen en común.

Y justo cuando empiezo a tener la sensación de estar de sujetavelas en la cita de otro, me percato de que uno de los dos me mira, con un fugaz destello de deseo.

—¿Cuándo conoceremos a Kendra? —le pregunto a Jasper.

—Esta noche. Si tenéis ganas de fiesta.

—¿Kendra es tu novia? —inquiere Oliver.

—Sí. —Jasper llama a un camarero y pide una botella de vino blanco—. Más o menos. También es mi agente. Es una larga historia.

Nuestro camarero sirve un poco de vino a Jasper para que lo pruebe.

—Mmm. Me gusta. ¿Tú qué dices?

Jasper le pasa su copa a Oliver, que bebe un sorbo, colocando los labios exactamente en el mismo sitio. Recuerdo una época en la que a Oliver ni siquiera le gustaba compartir el vaso con Emmy, receloso de sus gérmenes de preescolar.

—Muy bueno —afirma Oliver, que me da la copa. Bebo un sorbito. Está sorprendentemente rico, frío y con un toque cítrico. Puede que sea el lugar. Puede que todos nos hayamos relajado y disfrutemos de una dicha inspirada por California.

Bebemos vino y nos reímos como si fuésemos viejos amigos. Oliver cuenta anécdotas de cuando jugaba al futbol americano en el instituto. Jasper se inclina hacia delante.

—¿Te eligieron rey y fuiste al baile de graduación con la reina del baile?

—Íbamos muy emperifollados. —Oliver suelta una risita.

—Y ¿qué está haciendo ahora? ¿La reina del baile?

—Pues se puso en contacto conmigo hace unos años. Quería quedar para tomar algo. Se acababa de divorciar.

Me siento derecha y miro a Oliver.

—Eso no me lo contaste. ¿Te llamó?

—Lo sé. Lo siento. —Oliver parece avergonzado.

—¿Quedaste con ella?

—Lo siento mucho. La verdad es que sí. —Su tono es tan alegre, como un niño al que hubieran pillado haciendo algo bueno, que todos nos reímos como si fuera lo más divertido que hemos oído nunca—. Tomamos algo en el Mansion, en Turtle Creek. Sentía curiosidad.

—¿Por qué? —quiero saber.

—Supongo que... por saber si me miraría como antes.

—Y ¿te miró así?

Oliver asiente.

No lo puedo evitar: me pongo celosa.

—Y ¿no pasó nada?

—No, claro que no. —Me aprieta la mano y suspira—. Solo quería recordar lo que se sentía.

Oliver cambia de tema y se centra en la vida de Jasper. Quiere saber si a Jasper le preocupa que pueda echar a perder la relación con su agente al salir con ella, pero Jasper se ríe.

—Oliver, no estoy intentando triunfar en Hollywood.

La verdad es que solo firmé con Kendra con la esperanza de salir con ella.

No he sacado de ello ni una sola reunión, pero conoce las mejores fiestas.

Ahora mismo está persiguiendo a Ricky Mazar.

—Acto seguido añade, por mí—: La estrella del fútbol.

Me ha pedido que la ayude a conseguir que fiche con ella, ¿sabes?

Le gusta que esté a su lado para que quede bien. Es divertida. Os va a encantar.

Nuestro hotel es un edificio achaparrado cuyo telón de fondo son las colinas cubiertas de maleza.

Tiene una especie de suavidad angelical bajo la luz de la tarde.

El cielo está teñido de rosa. Vamos a nuestras respectivas habitaciones a darnos una ducha y cambiarnos de ropa.

Kendra nos ha invitado a todos a una fiesta en una casa en la colina.

Promete que estará llena de jugadores de fútbol, incluido Ricky Mazar, por supuesto, y quizá alguno de sus compañeros de equipo.

Oliver está absolutamente entusiasmado, y algo chispado de la comida, cuando sacamos la ropa y la ponemos en la cama.

—Me cae bien Jasper —afirma Oliver.

—Ya lo veo.

—¿Sí?

—Es majo.

—¿No es raro?

—No.

—Lo entendería. Si siguieras sintiendo algo por él. —No lo dice con tono de acusación, ni de celos. Tan solo de intriga.

—Me gusta estar con él —admito—. Pero no siento la misma necesidad.

Oliver sonríe.

Paso más tiempo en la ducha que de costumbre. Me rasuro y me exfolio cuidadosamente la piel hasta que la noto sedosa al tacto. Me seco el pelo y me tomo mi tiempo para ahumarme los ojos.

Podemos ir andando a la fiesta, que se celebra en una casa grande, con numerosos niveles excavados en la ladera de la isla.

Cuando entramos, la iluminación es tenue, y da la impresión de que la fiesta lleva días celebrándose.

Se ven prendas de ropa y cócteles abandonados en todas las superficies.

Todas las camas están deshechas, las sábanas de satén resbalan por ellas, y hay toallas mojadas en los taburetes del bar, los brazos de los sofás y las tumbonas de fuera.

Por el gran jardín han tirado colchonetas de banco alargadas de rayas.

Varios camareros con pajarita caminan con soltura alrededor de la piscina; bandejas de plata y copas de champán sugieren cierta formalidad, pero el dress code es caótico: hay personas trajeadas, vestidos de cóctel o bikinis y pantalón corto y chanclas.

A estas alturas cada cual ha hecho suya la fiesta.

Una mujer corre a nuestro encuentro y le pide un favor a Jasper. Lleva el pelo castaño claro recogido en alto con una cinta de terciopelo. Su blusa verde oscura resalta sus ojos. Jasper se ríe.

—Esta es Kendra —dice justo cuando ella alarga el brazo para estrecharle la mano a Oliver. Este sonríe, y su cara se tensa. Apenas resulta perceptible, pero veo que le cae mal en el acto.

—Encantada de conoceros —dice, y acto seguido se vuelve hacia mí—. Perdonad el caos. —Suelta una risita—. Esta gente es bastante revoltosa.

Un hombre alto, con una cara atractiva como de halcón, aparece a su lado y ella se ríe nerviosamente de nuevo.