La respuesta (Dirty Diana 3) 14 #3
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Durante los primeros minutos me quedo sentada en el suelo, apoyada en la pared y normalizando mi respiración.

Empieza a preocuparme perderme la fiesta de Petra: después de todo, la ha dado por Dirty Diana, ¿no debería estar ahí fuera Diana?

Entonces me doy cuenta de que mi trabajo aquí ha terminado.

Margot está atendida y todo el mundo se lo está pasando bien.

Decido probar una cucharada de mi propia medicina: que Oliver me haya esposado a un lavabo, sentirme tan deseada por él y desearlo tan vorazmente a mi vez, esto era lo que quería.

Me relajo y disfruto de la sensación, apago el cerebro y me centro por completo en mi cuerpo.

El tiempo se ralentiza mientras espero a que Oliver vuelva.

Me muevo en el duro suelo, y cuanto más incómoda me siento, más excitada estoy; la sangre me bombea con más fuerza ante la perspectiva de que Oliver aparezca en el umbral.

Sin embargo, pasan varios largos minutos y no da señales.

Sobre el lavabo hay un espejo circular, enmarcado por una ventana cuadrada de mayor tamaño.

La esposa se puede deslizar por la tubería, de forma que me resulta sencillo levantarme y mirar fuera.

Miro primero al espejo —estudio mi cara, mis labios hinchados del rudo beso— y después por la ventana.

No veo el patio ni a ninguno de los invitados desde donde estoy, pero sí perfectamente la playa.

Veo a invitados en el océano, la mayoría a lo largo de la playa, metidos hasta la rodilla en el agua.

Y entonces distingo a Oliver, su pantalón corto azul marino.

Para mi sorpresa, está jugando al fútbol.

Con Jasper.

Como dos atractivos primos que se han reunido en su jardín de Kennebunkport, libres de toda preocupación.

Oliver se mete ligeramente en el agua para coger una espiral.

Debe de saber que estoy mirando. Pues claro.

Se quita la camiseta y la tira a la arena, después lanza el balón lejos.

Y en lugar de dejar que caiga al agua, Jasper sale corriendo tras él.

Lo coge y sale, riendo y empapado, y también se quita la camiseta.

Alguien a quien no reconozco se suma a ellos, y después una cuarta persona, y al final Oliver y Jasper dejan de jugar y suben hacia la fiesta, Jasper le pasa un brazo por el hombro con naturalidad a Oliver. Cuando se acercan a la casa los dejo de ver.

Vuelvo a sentir el hormigueo en el cuerpo. Oliver viene hacia aquí.

Me siento en el suelo y espero, lo imagino cuando me encuentra: todavía mojado del océano, salado y con el calor del sol en la piel.

Pasan minutos y no llega. En el embaldosado cuarto de baño hace frío, y cambio el peso del cuerpo para intentar ponerme cómoda.

Cierro los ojos e imagino a Oliver de camino hacia mí.

Me muero de ganas. Me meto los dedos por debajo de las bragas.

Los muevo despacio, el calor se va acumulando en mi entrepierna, cuando oigo que se abre la puerta de la habitación. Oliver. Me pongo recta.

—Por fin —digo cuando se abre la puerta del cuarto de baño. Pero quien está en el umbral no es Oliver.

Jasper frunce el entrecejo y ve lo que tiene delante: a mí, casi desnuda, esposada al lavabo.

Abre la boca, pero de ella no sale ningún sonido.

Por más que quiero desaparecer, cuando clava sus ojos en mí no soy capaz de rehuir su mirada.

Se muerde el labio inferior, a sus ojos asoma el deseo.

Siento lo mismo en los míos. Pero esto no está bien.

Ha habido un error de casting y estos ya no son nuestros papeles.

Tengo la boca seca y las mejillas ardiendo.

—¿Te veo en la fiesta? —pregunto, como si acabara de pillarme retocándome los labios.

Sonríe y asiente.

—Ahí nos vemos.

Cuando la puerta de la habitación se cierra, consigo llegar con el pie a la del cuarto de baño y la cierro con fuerza.

Unos minutos después aparece Oliver. Está sudoroso, o puede que sea agua del océano.

—Quítame las esposas. Ahora.

Oliver se detiene, la expresión de sus ojos me dice que me quiere devorar entera.

—¿De verdad quieres que te las quite?

Mi propio deseo de sentir sus manos sobre mí se me pasa por la cabeza, y la sacudo.

Oliver se agacha y me coge la tira del sujetador, a su boca aflora una sonrisilla.

El deseo me atraviesa. Tan poderoso que lo quiero embotellar y guardarlo para un día oscuro y lluvioso en Dallas después de que el polvo se haya asentado.

Cuando no esté medio desnuda y temblando de necesidad en el cuarto de baño de una mansión a orillas del mar.

El sexo es rápido y explosivo. A Oliver se le puso dura en cuanto entró en la habitación, y cuando nuestros cuerpos por fin se unen, después de haber estado esperando lo que me han parecido horas, el placer es abrumador.

—Necesito esto —le digo. Abro las piernas para que pueda penetrarme más dentro, una y otra vez. Intento aguantar, pero la sensación es demasiado intensa.

—Yo también necesito esto —contesta Oliver, y se corre conmigo.

Pasamos el resto de la fiesta como si estuviéramos flotando. Separándonos y mezclándonos con los invitados y después reencontrándonos, rozándonos.

En un momento dado veo que Oliver está absorto en una conversación con Jasper, los dos cerca de la chimenea exterior. Me detengo donde puedo oírlos y descubro que están manteniendo una conversación extrañamente animada sobre zapatillas de deporte.

Cuando la fiesta empieza a perder fuelle, me escabullo para llamar por FaceTime a Emmy.

Expresa una breve queja sobre el conjunto rojo, blanco y azul que Vivian la ha obligado a ponerse, pero después lleva el teléfono a la cocina para presumir de las cupcakes rojas, blancas y azules que han hecho.

De fondo oigo la propia fiesta de Vivian y Allen y Emmy me dice que se tiene que ir.

El abuelo y unas bengalas la están esperando.

Voy a ver cómo está Margot justo cuando sale de su rincón como un oso que hubiera estado hibernando, observa alegremente la fiesta que se ha perdido.

—¡Margot! —la llamo. Levanto un pulgar—. ¿Todo bien?

—Me lo he pasado genial. Y Liam es un tesoro. ¿Nos llamamos para hablar de los detalles la semana que viene?

—Me encantaría.

—Vamos a hacer cosas grandes en este espacio, Diana. Se lo diré a Petra.

Otro pulgar hacia arriba, esta vez con lágrimas en mis ojos.

Voy a la terraza para ver la espectacular fiesta.

La playa todavía está llena de invitados felices, y al otro lado de las puertas de cristal una mezcla surrealista de personas bien vestidas bebe cócteles a pequeños sorbos y se limpia la boca con servilletas estampadas con el logotipo de Dirty Diana.

Quiero recordar este momento exacto, sola en medio de una multitud, onírico y fugaz.

Tras echar una ojeada para comprobar que nadie está mirando, saco el móvil y me hago un selfi.

—Te puedo sacar una foto mejor, si quieres.

—La tengo. Gracias. —Me pongo como un tomate de la vergüenza.

—No te juzgo. Tengo exactamente la misma foto a la puerta de todas las galerías en las que he participado. Es impresionante. Todo esto.

A Jasper se le ha secado la ropa, el oscuro y abundante pelo está en su sitio. Se mece sobre los talones y su boca se curva en una pequeña sonrisa.

—Antes estuve a punto de llamar al 911. Que lo sepas.

Me río, y el rubor me sube hasta la punta de las orejas.

—Gracias. Por velar por mí.

—Diana... —Se detiene, en sus ojos hay una expresión de ternura pura—. Me cae bien Oliver.

—A mí también.

—Ya lo veo. —Después, irguiéndose más, añade—: Pasaos a verme mañana. Estoy un poco más abajo. Puede que saque el barco de mi vecino y vaya a la isla de Santa Catalina. ¿Has estado alguna vez?

—No.

—Podría ser un día divertido. —Y acto seguido dice—: Una cita doble.

—Quizá.

—Venga, ¿dónde está tu sentido de la aventura? —me pincha Jasper—. Oliver diría que sí.

—¿Tú crees?

—Mira —responde con confianza.

Salimos a la terraza y nos asomamos por donde Oliver se ríe con Alicia en la arena.

—¡Eh, Oliver! ¿Quieres ir a Santa Catalina mañana? ¿En el barco de mi vecino?

Oliver bebe un sorbo de cerveza y sonríe.

—Claro, colega.

Jasper se vuelve hacia mí con una sonrisa radiante.

—¿Lo ves? Somos colegas.

Mi fantasía es el cambio. Quiero que todo sea distinto.

Quiero que mi novia me toque de otra manera.

Quiero sentirme de otra manera cuando me toque.

Quiero saber que todavía podemos evolucionar y llegar a ser mejores amantes.

Quiero que la muerda una araña radiactiva y se convierta en una superheroína intuitiva del sexo.

Quizá así intente hacer algo distinto cuando su cara esté entre mis piernas.

Quizá algún día se disfrace de Harley Quinn y me inmovilice desnuda contra la cama.