La respuesta (Dirty Diana 3) 14
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—Nunca pensé que me fuera a atraer alguien. —Kirby sonríe cuando nos sentamos en un banco, lejos de todo el mundo en el jardín de Petra.

Antes de las ocho, Oliver ya estaba despierto y me invitó a salir a correr por la playa.

—No soy una persona tan nueva —bromeé, y le di un beso cuando se fue.

Deambulé por la casa, la cocina ya estaba llena de proveedores y un equipo de floristas trabajaba en la terraza. Fui a por mi cuaderno de dibujo y después en busca de Kirby, y le pregunté si todavía quería posar para mí.

—Nunca me han dibujado. —Se coloca bien la camiseta, se la mete por dentro del pantalón corto, y después cruza las piernas en los tobillos—. ¿Se lo puedo dar a Liam?

—Solo si me quieres chafar mi regalo de boda.

Kirby se ríe nerviosamente y se tira del bajo del pantalón.

—¿Estás bien?

—Puede que nerviosa. Tú me motivas. Sé cómo suena, pero es verdad.

Mi madre me enseñó cómo debía comportarme en las distintas situaciones y qué colores me favorecen con mi tono de piel, pero nunca me habló de sexo.

No, quita eso. De sexo sí que hablamos, pero de placer nunca.

—Me observa mientras dibujo, comienzo por la perfecta inclinación de su nariz—.

Es solo que no quiero empezar con el pie izquierdo.

—Es inteligente —afirmo, aunque no sé muy bien a qué se refiere.

—La otra noche le conté a Liam una de mis fantasías.

En realidad era un sueño. Estoy en un programa concurso y el premio más importante es follar en el escenario, delante del público.

Y Liam sale del backstage y yo hago girar la ruleta.

Suena... en fin, se supone que lo hacemos por diversión, y en la fantasía aparece él, así que pensé que se sentiría halagado.

Pero se puso raro y se quedó callado y fingió que se dormía.

¿A qué viene eso? Hemos escuchado todas las fantasías de la página web y le encantaron todas.

Escudriño su cara. La forma en que se muerde el labio para intentar disimular su decepción. La forma en que su expresión cambia tan deprisa para ocultar sus emociones.

—¿Y si grabamos tu fantasía?

Kirby sonríe.

—¿Mi fantasía? —Arruga la nariz—. Pero tendría que editar mi propia voz. Odio cómo suena mi voz.

—¿Alguna vez has conocido a alguien a quien le pase lo contrario? ¿Que le guste cómo suena su propia voz?

Se ríe.

—Alguien habrá. Tienes razón. Puede que le regale a Liam el dibujo y la grabación.

A mediodía, el equipo de peluquería y maquillaje de Petra ya está listo. Después de que me maquillen para que parezca tan despierta como hace mucho que no estoy, y cuando empiezan con Kirby y Alicia, me escabullo para ir en busca de Liam.

Lo encuentro arriba, escondido en la sauna de infrarrojos, completamente vestido.

—No te preocupes, no está encendida —me asegura.

—¿Qué pasa? Pensé que serías el primero en hacer cola delante de la máquina de algodón de azúcar. —Me siento a su lado en el banco de cedro de la sauna.

—¿Hay una máquina de algodón de azúcar? —inquiere, levantando su cabeza de rizos—. Da lo mismo. No tiene importancia.

—¿Estás disgustado?

—No. Porque si lo estuviera, quizá lo utilizarías para soltarme el rollo por casarme tan precipitadamente.

—Ja, ja.

Al ver que no dice más, le doy un golpecito en la pierna con la mía.

—Obviamente —se rinde—, estoy listo para casarme. Pero sí, puede que durante un momento me planteara por qué está Kirby conmigo. Y sí, también me acojonara nuestra vida sexual, ¿vale? Soy un cliché. O un hipócrita. ¿Las dos cosas? —Con voz más queda añade—: Solo me preocupa que ella quiera más.

—Más ¿de qué?

—De todo... más... a otra persona.

—Ya. —Permanecemos un instante en silencio—.

Liam. Todos estamos asustados la mayor parte del tiempo.

Y si no lo estás, es que eres un robot raro.

Probablemente con problemas mucho mayores.

—Estudio su perfil, los suaves ángulos de su cara—.

Eres suficiente para todas las personas a las que conoces. A veces, incluso eres demasiado.

Liam gruñe, pero con una sonrisa ancha.

Le doy nuevamente en la pierna.

—¿Estás seguro de que este chisme no está encendido? Tengo la sensación de que estoy sudando por dentro.

—Puede que lo esté —confiesa.

Le cojo una mano y la sostengo en mi regazo.

—Pues sí que te suda la mano —se queja—. ¿Qué? Es verdad.

—Como si la tuya estuviera seca. Cierra el pico. Tres cosas, ¿vale?

Pone los ojos en blanco, pero su sonrisa es tierna y dulce.

—Soy todo oídos.

—Una: te quiero.

Suspira.

—Yo también te quiero, pero a veces eres muy plasta.

—Lo sé. Dos: me alegro mucho por ti y por Kirby y me encantaría participar en la boda. Si a Kirby le parece bien. Quiero ayudaros con la celebración.

—Claro.

—Pero no me hagas leer algo raro sobre que el viento sople siempre a tu favor durante la ceremonia.

—¿Tú me conoces?

—Tres: Kirby es genial. Y también tiene mucha mucha suerte. Y también mi maquillaje se está derritiendo y tenemos que salir de este sitio para que puedas arreglar las cosas.

Los invitados comienzan a llegar abajo. Han venido por mí y por Dirty Diana, pero no solo por eso. Han venido para asistir a una de las famosas fiestas que Petra da en la playa. Han venido para que les saquen fotos. Han venido para divertirse en la playa.

—¿Nerviosa? —me pregunta Oliver al tiempo que me rodea con un brazo para tranquilizarme.

—Ilusionada.

—Yo también. Mira lo que has creado. A partir del germen de una idea. Y ahora todo el mundo sabrá lo increíble que eres. Salvo mis padres, claro.

—Claro. —Me río.

Oliver se escabulle para ir a por algo de beber y yo me quedo atrás para espiar la puerta, ante la que ahora hay una cola de personas que esperan para entrar.

Todos los meses que he pasado escondiendo a Dirty Diana, preocupada por quién averiguará cuándo que estoy implicada en el proyecto o quién reaccionará de qué manera, y ahora, con la llegada de cada invitado, otra capa de inquietud desaparece y deja sitio a la celebración.

La primera de la cola es una mujer con el pelo largo de color fresa, un poco mayor que yo, que cambia el peso de un pie al otro.

Parece perdida, así que voy a darle la bienvenida y le pregunto si quiere tomar algo.

—Ah, no me voy a quedar. Gracias.

—¿Estás segura? Creo que será divertido.

—Ni siquiera debería haber venido. Estoy hasta arriba de trabajo. El ordenador me reclama.

—Ya. Pero has venido hasta aquí desde...

—Studio City. Supongo que no me iría mal un poco de aire fresco.

—Duda, ya que al parecer no ve a ningún conocido, así que la acompaño fuera para sentarnos en la playa.

Se planta en la arena y cierra los ojos, respira una bocanada de aire del océano—.

¿Te cuento una cosa? —pregunta—. Me he comido un trocito de una chocolatina con setas que me han dado.

Se supone que era una microdosis. Para que me ayudase a vencer mi fobia social.

Me subió hace diez minutos y no sé si esto es normal, pero tengo la sensación de estar nadando en lava y de que tu nariz se te está resbalando poco a poco de la cara.

—Oh —digo. Eso explica que pareciese tan insegura.

—Pero el aire me está sentando estupendamente.

—Pues nos quedaremos aquí un minuto.

—¿No es esta tu fiesta? No deberías estar ejerciendo de niñera. A menos que quieras un poco de chocolatina.

—No, gracias. A mí también me viene bien que me dé el aire.

—En realidad me gusta observar a la gente. Prefiero sentarme en un rinconcito a mirar. Pero ahora mismo no me veo capaz de llegar hasta ese rincón. Me encantaría subirme a ese delfín. ¿No sería una pasada?

—Si quieres, te ayudo a encontrar un buen rincón.

Se pone de pie, tambaleándose un poco.

—Si no estuviera tan colocada, me daría vergüenza.

—Nos ha pasado a todos —aseguro mientras le paso un brazo por la cintura para sostenerla.

Mientras nos abrimos paso entre la fiesta y vamos arriba me pregunta:

—¿Crees que necesito una trenza francesa? Me veo con una trenza francesa.

—Te la puedo hacer.

Sonríe.

—Me gusta tu compañía.

—Gracias.

—Eres como dices ser. Haces que la gente se sienta normal incluso cuando quiere entrar a tu fiesta subida a un delfín.

Siguen llegando invitados, y mientras avanzo por el corazón de la fiesta en busca de Oliver, alguien me llama:

—¡Diana!

Me vuelvo e intento ubicar a una morena con pecas a la que no conozco.

—Me encanta tu página —me dice—. Escuchamos religiosamente las fantasías.

—Gracias —sonrío. La primera vez que me reconocen. Noto que me pongo roja—. Me alegra mucho oír eso.

—¡Tu voz! No me puedo creer que seas tú —su amiga se suma a ella. Me piden que les firme algo (cualquier cosa) y me ofrecen un bolígrafo y una servilleta de cóctel de Dirty Diana entre risas. La firmo encantada, y cuando voy a la terraza, la animación y el entusiasmo de la fiesta resuenan en mí.

Fuera encuentro a L’Wren y a Arthur.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta L’Wren, y acto seguido me da un abrazo—. ¿Te has convertido en Barbie y ahora vives en la mansión Dreamhouse de Barbie? ¿Dónde está Ken?

—Confiaba en que tú lo supieras. Arthur, me alegro mucho de que hayas venido.

Los llevo hacia la playa. L’Wren coge un bocadito de atún picante sobre arroz crujiente de la bandeja de cada camarero que nos encontramos.

—No me he llevado nada al estómago desde que pisamos el aeropuerto de Dallas.

Cuando ha comido lo suficiente para sentirse saciada, me lleva aparte.

—Vale, empezaré por lo más importante. El azul. Es lo más. Por favor, es lo más .

—¿Has probado el vibrador?

—Lo hemos dejado seco. O sea, puede que no admita una sola carga más. Arthur ni siquiera se sintió amenazado. Ese chisme hizo que todo fuera más divertido aún. Somos una trieja con un vibrador.

—Me alegro mucho por los tres.

—¿Dónde está Liam? ¿Lleva la ropa adecuada? Le mandé un traje de lino de Saks y le indiqué la camisa que debía ponerse.

—Creo que lo he visto arriba.

Me vuelvo hacia la fiesta, en la que cada vez hay más gente, y casi me choco con Petra, la radiante anfitriona, rebosante de energía.

—¿Has pasado por el photocall ?

—Todavía no.

—Oh, Diana.