La respuesta (Dirty Diana 3) 13 #4
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—Pensé que sería más fácil si había más gente, si la casa estaba llena.

Mitch y yo vivimos muchos momentos felices aquí.

Pensé que quizá pudiera recuperar parte de esa sensación.

Como si aquí hubiese un depósito de felicidad y pudiera beber de ella.

—Se ríe y se presiona los ojos con la palma de las manos—.

Como una estúpida fuente. —Respira hondo, pero el aire se le queda en la garganta, trémulo y desmañado—.

Hasta me he traído parte de sus cenizas, por si quería esparcirlas en el océano...

No te preocupes, yo también lo estoy pensando.

Un puto tópico, lo sé. —Ahora la veo, una bolsa de plástico en la arena cerca de sus pies.

—No lo es. No estaba pensando eso. —Me bajo la manga de la sudadera sobre la mano y le seco las lágrimas de las mejillas.

—Tengo la sensación de que va a entrar por la puerta en cualquier momento. De hecho, esta tarde me quedé helada cuando oí una camioneta que entraba en el camino de acceso.

—No será siempre así. Tan reciente.

—Eso también es triste. —Petra apoya la cabeza en mi hombro—. Dime algo bueno.

El cerebro me va a mil y mis pensamientos son insustanciales. Clarea, el cielo es cada vez más luminoso. Todo apunta a que va a hacer un buen día.

—Algo bueno. Tengo la suerte de estar aquí contigo.

—Mmm.

Es como si dijera: «Prueba otra vez ».

—Estoy ilusionada con la fiesta. Ya no estoy nerviosa.

—Algo que sea verdad, Diana.

—Aunque resulte extraño, esta mañana me caes incluso mejor que ayer.

—Porque he llorado.

—Porque eres la persona más rica que conozco y, sin embargo, las cenizas de tu marido están en una bolsita con cierre zip y no en una urna de oro y rubíes, y eso es algo que me resulta extrañamente reconfortante.

Se ríe.

—Vale, esa es buena. Naturalmente, en honor a la verdad te diré que Brina salió y compró seis urnas distintas. Están dentro y las odio, aunque objetivamente son muy bonitas.

—Y ¿son de rubíes y oro macizo?

—Sí, también. —Se vuelve a apoyar en mí.

Ahora el cielo es de un azul claro teñido de naranja.

Pronto el resto de la casa estará despierto—.

Echo de menos sus brazos. Eran enormes y muy fuertes, y cuando me abrazaba, tenía la sensación de que nada podría hacerme daño.

Era como si estuviese hecho de un material distinto al resto de nosotros, de algo más robusto.

Piedra, pero no fría, sino cálida e impredecible, como el resto de nosotros.

Pero no lo podías derribar. Nada lo sacudía ni lo asustaba.

—Se ríe, un tanto abochornada—. Ni siquiera yo.

—Se abraza las rodillas contra el pecho—.

No me gusta estar aquí sin él. Se me quitan las ganas de todo.

A veces no soporto el ritmo de un día. Cuando hay demasiado silencio me asusta estar sola, y cuando hay demasiado ruido me enfada que Mitch no forme parte de él.

Y no tengo a nadie a quien decirle lo mal que me siento cuando termina el día.

Me paso el día entero fingiendo. Pero al menos con Mitch tenía a alguien a quien contarle que tenía la sensación de ser una impostora o que me sentía fea o nerviosa. O asustada.

—Me lo puedes decir a mí.

—Vale. —Petra me mira, con los ojos brillantes y expresión preocupada—. Me asusta no ser capaz de superar esto. Que el dolor que siento sea insondable y siga cayendo.

La estrecho contra mí y sus hombros se estremecen cuando llora contra mi pecho. Al cabo de unos minutos se separa y se seca los ojos con la toalla.

—Podríamos esparcir las cenizas esta tarde —sugiero—. En la fiesta.

—No. La fiesta será caótica. Esperaremos.

—¿Y si lo hacemos ahora?

—¿No es demasiado deprimente? ¿Tú y yo solas?

—No lo creo. También podrías hacerlo tú sola. Yo no conocía a Mitch.

Parece sopesar la idea mientras contempla el agua, que cada vez está más cerca.

—Puede que más tarde. —Se coloca la bolsa en el regazo—. Le habrías caído bien.

—¿Sí?

—Te habría vacilado un poco, desde luego. «¡Tírate a la piscina, Diana! ¡Tírate a la puta piscina!» Es lo que solía decir todo el tiempo. De pie. Tírate a la piscina. Para todo.

Petra se sacude la arena de las manos y después de la toalla, se pone a hacer cosas para no volver a llorar. Cuando se siente satisfecha de que todo está bien, se tumba de nuevo en la toalla con un brazo por detrás de la cabeza y el otro sobre los ojos. Así es como la dibujaría.

—¿Te quedas un rato conmigo? —me pregunta.

Permanecemos así hasta que el cielo es de un vivo azul celeste y los primeros surfistas de la mañana se adentran en el mar remando sobre sus tablas.

En la casa todo el mundo sigue durmiendo.

Cuando Petra se dirige hacia su habitación, me entran ganas de llamarla para invitarla a meterse en la cama con nosotros y que no tenga que estar sola.

Veo cómo se aleja y aguzo el oído: cierra con suavidad la puerta de su dormitorio. Oigo que abre los grifos de la bañera. En mi habitación, me quito la ropa, que está llena de arena, y me acurruco contra el cuerpo caliente de Oliver, que siento cada vez más como mi hogar.