La respuesta (Dirty Diana 3) 13 #3
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—No quiero interrumpir tu cena... y estoy con una amiga en la barra. Me alegro de haberte visto —dice Jasper. Me da un abrazo rápido.

—Y a vosotros también, claro.

Petra, que se niega a fingir que no estaba escuchando, pregunta:

—¿Vas a estar mucho tiempo en la ciudad?

—La semana que viene entera.

Acto seguido es Oliver el que mete baza:

—Deberías venir mañana a nuestra fiesta del Cuatro de Julio. Dedicada a Dirty Diana.

—¿Sí? —Jasper parece igual de sorprendido que yo.

—¿Por qué no? —Oliver se vuelve hacia Petra, que sonríe mientras dice:

—¿Por qué no?

—Vale, quizá vaya.

Cuando Jasper se marcha, la mesa se sume en el silencio. Alicia me mira:

—Tengo que ir a hacer pis. ¿Tú?

—También.

—¿Qué ha sido eso? —silba cuando estamos en el servicio—. ¿En serio? No sabía si Oliver y él se iban a pelear o a besar.

—Ha estado bien.

—¿Y luego Oliver lo invita a la fiesta? O sea, ¿qué?

—Esa parte no ha estado tan bien.

—¿Estás cagada? Debes de estarlo.

—Estoy bien. —Me lavo las manos por tercera vez.

—¿Confundida? ¿Te arrepientes de algo? ¿Cómo te sientes?

Solo siento opresión en la garganta, como si pudiese quedarme sin oxígeno en el aseo de Nobu.

—Sorprendida, eso es todo. Y como sigamos aquí mucho más, Oliver se preocupará.

Mientras volvemos a la mesa, me susurra:

—La verdad es que Jasper no estaba muy guapo. No me gusta moreno.

—Claro. Todo el mundo está peor moreno.

—¿Qué crees que estará pensando Oliver?

* * *

En la mesa me pareció que Oliver estaba impertérrito, pero de vuelta en casa de Petra, cuando estamos ante el lavabo, cepillándonos los dientes antes de irnos a la cama, comenta:

—No era consciente de que fuese tan atractivo.

Profiero el sonido más neutro que puedo.

—Mmm.

—Es muy guapo.

—Ya. —Lo miro a los ojos en el espejo y me encojo de hombros—. Supongo que lo que pasa es que lo conozco desde hace mucho tiempo.

—Lo puedes admitir tranquilamente, Diana. Tiene una belleza universal. —Voy a cogerle el hombro, pero se vuelve hacia el otro lado para llenar su vaso de agua—. Entiendo la atracción.

—¿Podemos hablar de otra cosa?

—¿Qué quieres decir? —inquiere.

—Quiero decir que no te obsesiones con el físico de Jasper.

—No estoy obsesionado. ¿Tú?

—Oliver. No. No lo estoy.

—¿Estás segura?

La mandíbula se me tensa. Como si hubiera traído a Jasper a propósito a Los Ángeles y, en cierto modo, esto fuese culpa mía.

—De todas formas, el físico nunca lo fue todo.

—Claro. Naturalmente tiene una gran personalidad. Ya me has dicho que era bueno en la cama.

—¿De qué estamos hablando ahora mismo? ¿Nos estamos peleando por esto?

—No. —Nunca ha parecido menos convincente—. Es solo que Katherine también es guapa, pero también alguien con quien podrías imaginarte coincidiendo en el supermercado.

—Me imagino coincidiendo con Jasper en el supermercado. Ha pasado. No es para tanto.

—Ya, pero ¿cómo te sentirías si te toparas conmigo y llevara del brazo a Cindy Crawford?

—Esta noche no iba cogido de mi brazo. Yo estaba sentada contigo. Ni siquiera sabía que Jasper estaba en Los Ángeles.

Me meto en la cama y me sigue.

—¿Habéis estado hablando?

—Estás sacando esto de quicio.

—No es verdad. Sé que quieres que sea este hombre nuevo, completamente seguro, pero todavía puedo desestabilizarme.

—Eso no es lo que quiero.

—He cambiado. Los dos hemos cambiado. Y no quieres al hombre que era antes.

— Tú no quieres al hombre que eras antes. No eras feliz. Y no estoy aquí porque ahora te sientas más seguro.

—La cara se te iluminó al verlo.

—Me sorprendió. A mí también pueden desestabilizarme las cosas. —No le mentiré—. Tienes razón. Es esa clase de tío. Lo es. Punto. Estoy segura de que la mesa entera se lo quería follar.

—Entonces, ¿lo admites?

—Joder, Oliver. ¿Por qué lo has invitado a la fiesta?

Oliver se sienta en la cama y se pasa las manos por el pelo.

—Esto es demasiado. Hay demasiada presión.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé. Necesito sentir que puedo tener espacio para ser feo.

—Pues has empezado con buen pie.

—¿En serio? —contesta, pero resuena en la habitación más bien como «Que te den».

Quiero largarme de aquí, pero la casa está llena de gente y no sé adónde ir.

Me levanto y salgo a nuestra terraza, respiro el aire fresco y salino.

Pelearse es bueno. Estamos hablando de nuestros sentimientos.

«No te vayas. Esto es sano.» Normal que esté nervioso.

Nos tomaremos unos momentos, nos disculparemos y pasaremos página.

Me relajo al oír que Oliver se levanta...

pero no viene conmigo. La puerta del cuarto de baño se cierra de un portazo.

¿Más fuerte que de costumbre? ¿Más airado?

«Volverá. Saldrá aquí dentro de un segundo.

Nos diremos que ha sido algo pasajero. Los dos nos preocupamos.

Eso es todo, nada más.» Pero cuando la puerta del cuarto de baño se abre, Oliver no viene donde estoy yo.

Apaga la luz de la habitación y oigo que se mete en la cama.

Vuelvo de golpe al asfixiante espacio en el que vivíamos antes cuando discutíamos.

Ninguno iba al encuentro del otro. Los dos buscábamos a tientas más espacio entre nosotros, no menos.

De nuevo en la habitación, incluso a oscuras, noto la agitación de Oliver.

—Me voy a dar una ducha —anuncio a su espalda.

Bajo el agua templada, cierro los ojos y respiro. El agua ahora sale caliente, me pone la piel rosa, y las puertas de la cabina se empañan.

Lo oigo antes de que lo pueda ver a través del vapor. Doy un paso atrás, invitándolo a unirse a mí bajo el agua. Accede en silencio y me pega a él, de forma que el agua nos moja a los dos. Me levanta los brazos por encima de la cabeza y sus dedos me suben por el torso con suavidad.

Me inmoviliza contra los azulejos y me abre las piernas con la rodilla.

Intento cerrarlas, resistiéndome para provocarlo, pero no hay preliminares.

Nada de besos tiernos bajando y subiendo por el muslo.

Sabe lo que quiere. Se arrodilla en la ducha delante de mí.

Cuando levanta la vista, en sus ojos hay arrepentimiento, las pestañas perladas de agua.

—Siento lo de antes. Lo de toda la noche —se disculpa.

No contesto. Sus manos pasan a mis nalgas.

Me las aprieta con fuerza y entierra la cabeza entre mis piernas.

Su boca está en mi sexo, sus labios son húmedos y suaves.

Su lengua se introduce en mi cuerpo. Cada sensación se ve intensificada, todavía noto en el cuerpo la tensión de la pelea.

Lo agarro para intentar tirar de él y levantarlo, pero se zafa de mí.

—No —me dice—. Solo tú. —Oliver me lame larga y lentamente, y cuando tirito, me coge por las caderas y me acerca al agua caliente. Entierro las manos en su pelo. Estoy tan cerca del clímax que quiero pisar el freno, vivir un poco más en este momento en el que Oliver me devora.

Oliver levanta la cabeza y me besa los muslos, las caderas, el vientre. No podré aguantar mucho más. Le agarro los hombros.

—Por favor. Te necesito dentro de mí. Ahora.

Se levanta, sus ojos a la altura de los míos. Me besa, el agua cayendo en nuestra boca. Me apoyo en la pared y casi resbalo, pero Oliver me coge. Presiona su cuerpo contra el mío. Mi respiración es entrecortada, me noto mareada y como si flotase.

—Yo también lo siento —le digo.

Después de la ducha, nos metemos en la cama. Todavía me tiemblan las piernas de placer. Oliver se queda dormido deprisa, profundamente.

Yo, en cambio, estoy completamente despierta.

Cuando soy consciente de que ya no podré quedarme dormida, voy en silencio a la terraza.

Cierro las puertas al salir y contemplo la luz que precede al alba.

El cielo es de un azul melancólico, está empezando a iluminarse.

Abajo, en la playa, veo a Petra, sentada de espaldas a mí en una toalla de rayas cerca de la orilla.

—Es muy temprano.

—El jet lag .

Me siento junto a Petra y me tapa las piernas con la toalla.

—Hueles a sexo.

—¡Si me he duchado!

—Es una sensación —bromea.

—Sería un buen momento para que me sacaran la foto: «Sentada en la playa, recién follada...».

Petra se ríe, pero es una risa más superficial que de costumbre, tiene los ojos fijos en el horizonte.

—¿Estás bien?

—No había vuelto a la casa de Malibú desde que Mitch murió.

—Ay, Petra. —Me giro para mirarla. Contempla el océano y se muerde el labio inferior, intentando evitar que sus ojos se llenen de lágrimas, sin conseguirlo.