13 #2
—Como todo el mundo. Pero algunos días estoy reventada por la noche y cuando me meto en la cama Nico me lanza esa mirada...
la mirada que antes me encantaba y que ahora cuando la veo me entran ganas de abofetearlo.
Y lo del dragón barbudo no lo digo de verdad, de hecho le tengo mucho cariño.
—Se vuelve hacia mí con una pequeña sonrisa en los labios—.
Y si tuviera que confesarte mi fantasía ahora mismo, sería volar a Alaska.
A una parte muy remota en la que no vive nadie. Ni siquiera la loca esa.
—¿Sarah Palin?
—Lejos de ella. Yo sola en una pequeña cabaña.
Con ropa de abrigo, claro, y una pequeña chimenea.
Y nadie en kilómetros a la redonda. Nadie que me pida nada.
Solo silencio. Por la mañana abro la puerta y hace sol, el día es luminoso y la nieve lo cubre todo.
Y el aire es muy frío y la única señal de vida humana es mi respiración.
Inhalo y exhalo. El único sonido es el crujido de la nieve bajo mis botas.
Pero cuando dejo de moverme, el sonido cesa.
Y reina otra vez el silencio. Días y días de silencio puro y duro.
Por la mañana nos levantamos con el sonido de motores diésel deteniéndose ante la puerta principal de la casa de Petra.
Cuatro camiones de caja cerrada llenos de suministros de cáterin, sillas y mesas que se descargan deprisa para el evento de mañana.
El corazón se me acelera en el acto de los nervios y la emoción.
Oliver mira desde la ventana.
—¿Cómo de grande es la fiesta?
—Petra no hace nada pequeño. Hasta Mitch era enorme. La broma es suya, no mía.
Antes de que pueda argüir que quizá estorbemos, Oliver sale para ayudar a meterlo todo dentro. Me pongo las zapatillas de deporte y cuando voy a salir me encuentro a Liam y Kirby.
—Hostia puta. —Liam deja caer al suelo su deshilachada bolsa de viaje y me alegro de que L’Wren no haya llegado aún y lo vea hacer eso—. ¿Estamos en Love Island ?
—Liam, por favor. —Kirby coge la bolsa y se la da. Parecen pegar menos que nunca: un juego de reluciente plata en una bandeja de papel.
—Tienes razón. Algo con más clase. Puede que Bachelor in Paradise .
—¿Podemos hablar de trabajo? —me pregunta Kirby, esperanzada.
—¿Ahora? Claro...
—Genial. Tengo el diseño de sonido para las entrevistas de Effie, Megan y Vic. Están en tu bandeja de entrada. Cuando quieras...
—Puede que no debamos hablar de trabajo —digo mientras contemplo las pintorescas vistas del océano.
Kirby asiente mientras Liam sonríe.
—¿No es la mejor?
Pasamos parte de la tarde en la playa. Ya echo de menos a Emmy; Oliver se acaba de ir con ella para llevarla a la casa que tienen sus padres en Montecito.
Liam y Kirby ayudan a Elvis a construir un castillo de arena mientras Alicia, Nico y yo nos hacemos amigos de los vecinos, una pareja bohemia que trabajó envejeciendo y tiñendo vestuario para el cine y vive en Malibú desde los años setenta.
Todas las cazadoras de Easy Rider las envejecieron ellos, utilizando alcohol sanitario, tierra y aceite.
Nos llevan a dar un paseo por la playa y nos señalan la casa en la que vivía Johnny Carson y las que el océano se llevó y después se reconstruyeron.
Miro los pilotes que las sustentan y pienso en las noches en las que la marea sube hasta ellos, en cómo será estar en la cama cuando hay temporal y si se sentirá el agua al romper contra esos pilotes que son como las piernas larguiruchas de la bruja de un cuento.
Elvis y Nico se persiguen playa arriba y abajo hasta que Elvis se queda frito en brazos de su madre y los tapo a los dos con una toalla debajo de una sombrilla.
Kirby y Liam meten los pies en el agua y los dos deciden que prefieren el golfo de México.
Vuelven dentro inmediatamente y se encierran en su habitación.
En casa veo a Petra, que acaba de bajarse del avión. De pronto me siento bien estando allí, como si la pieza que faltaba por fin se hubiese encajado. Cuando la abrazo, está más delgada de lo que recordaba, delicada bajo el largo vestido de verano.
—¿Qué te parece? —sonríe.
—Es una pasada. —Recorremos la casa juntas.
Si ya es impresionante, cada centímetro se ha pulido, abrillantado y engalanado para la fiesta de mañana.
Las barras de bar, dentro y fuera, están bien abastecidas y en ellas hay una hilera de cartas con cócteles cuyo nombre es el de nuestras entrevistadas.
Las bolsas con regalos de Dirty Diana se han dispuesto en una mesa cerca de la puerta; nuestra marca de pronto está en todas partes, preparada para una lista de invitados repleta de nombres que solo he visto en tabloides.
Empiezo a decirle a Petra lo nerviosa que estoy por impresionar a Vibezz, pero me corta.
—No estés nerviosa. Estate ilusionada.
Cuando está satisfecha con todo, le pregunto si le gustaría dar un paseo por la playa. Dice que sí y después duda. Bosteza y estira los brazos por encima de la cabeza llamativamente.
—Creo que necesito echarme una siestecita.
En la habitación de invitados me acurruco con mi bloc de dibujo y mis lápices. Intento plasmar lo que veo por la ventana, luego las tumbonas a rayas de la piscina del hotel y, por último, me sorprendo bosquejando distraídamente una cazadora de cuero de los años setenta.
Me ducho con agua caliente y cuando salgo Oliver está ahí, quitándose el pantalón corto para ponerse uno vaquero, su cuerpo todavía caliente del sol. Lo abrazo por detrás y le susurro:
—¿Dónde están las esposas?
Se da la vuelta y sonríe. Me quita el albornoz y me besa la piel desnuda.
—¿No tenemos que ir a cenar?
Esa noche Petra reserva una mesa en el patio de Nobu para que podamos disfrutar de la puesta de sol mientras cenamos.
Petra se sienta enfrente de mí, parece descansada, pero está más callada que de costumbre.
Como si se percatase de que está triste, Oliver se sienta a su lado y la entretiene con nuestras aventuras en Los Ángeles.
Cuando llega a Ernest, oigo la risa cálida y suave de Petra y mis hombros se relajan.
El camarero me sirve generosamente una segunda copa de vino y me noto un poco achispada e ida.
Alicia está enfrascada en una conversación con Liam después de que Nico la convenciese de que viniera ella sola con nosotros y los dejara a Elvis y a él en casa. Cuando lleva tres copas de vino, Kirby, que ha estado callada toda la noche, me dice al oído:
—Me gustaría contar una fantasía.
—¿En serio?
—Me siento un poco hipócrita, ¿no? Grabar a otras mujeres cuando se muestran vulnerables pero no compartir nada de mí misma.
Recuerdo el cuestionario de Vogue , aún lo tengo imprimido, sin terminar y arrugado en el fondo del bolso. «¿Cuál es tu fantasía?»
—No necesariamente.
—Liam y yo lo hemos hablado y quiero probar.
Nada más decirlo, se levanta de la mesa y se pone a sacar fotografías del océano desde el extremo del patio.
Liam la observa y sonríe.
—¿Qué tal os va? —pregunto, aunque su forma de sonreír hace que la respuesta sea evidente.
—No indagues, D. Este viaje es perfecto.
—No estoy indagando. Podemos hablar de lo que quieras.
—Genial. Probemos a añadir vídeos. Tenemos los dibujos y ahora necesitamos lo siguiente.
—¿Continúan en pie los planes de boda?
Pone los ojos en blanco, pero las arruguitas de sus ojos me dicen que no está enfadado.
—Sé que parece precipitado, pero siento que es el paso que hemos de dar, de verdad. Igual que siento que el vídeo es el paso que ha de dar la empresa.
—Al principio la sensación siempre es esa —advierto.
—No bebas más.
—Me caéis muy bien los dos...
—Pues deja de obsesionarte con nuestro matrimonio. —Se mira el regazo y se coloca bien la servilleta—. No es que seas precisamente una experta.
En ese mismo instante alguien pasa por detrás de Liam. Continúa andando, se detiene y vuelve a entrar en escena. Se materializa: un hombre alto, de pelo oscuro y con unos hoyuelos familiares.
—Diana. —Los ojos castaños de Jasper casi parecen ambarinos con esta luz.
—¿Jasper? —El corazón me late con fuerza—. Hola.
—Estás en Los Ángeles.
Sostengo su mirada demasiado tiempo. Bajo la mesa, Liam pega su pie al mío.
—Sí, durante un par de semanas. ¿Qué estás haciendo tú aquí?
—Un cartel promocional para una película de un tornado. Es una peli increíble.
—¿Sí?
—No. Es infumable, pero el trabajo es divertido.
—Se ríe, exhibiendo su deslumbrante sonrisa de siempre.
A estas alturas ya ha acaparado la atención de la mesa entera.
Noto todos los ojos puestos en él, pasan a mí y de nuevo a él.
La cara me arde y desearía que el sol se hubiese puesto por completo para poder esconderme.
Y que tuviera la cabeza menos embotada por el vino.
Todo el mundo lo mira, pero él me sigue mirando solo a mí—.
Resulta agradable poner el piloto automático y no tener que pensar durante un minuto.
Esta vez Liam no me roza suavemente el pie, sino que me da en el tobillo.
—Jasper, este es Liam. Y Oliver. Y mis amigas Petra y Kirby. A Alicia ya la conoces.
Jasper se vuelve hacia Oliver, en su cara una sonrisa casi imperceptible:
—Oliver. Encantado de conocerte.
—Lo mismo digo. —Oliver lo observa y ambos se miran como rivales amistosos que se estrechan la mano antes de jugar un partido.
Da la impresión de que comparten un secreto: yo, y estoy sentada ahí mismo.
Estoy a punto de intervenir cuando Jasper rompe el encantamiento y va dando la vuelta a la mesa, estrechando manos, dando dos besos a Alicia.
Y luego vuelve conmigo. Ahora está detrás de mi silla.
La retiro y araña estridentemente el suelo de madera.
Me levanto y me quedo de espaldas a la mesa, los ojos de todo el mundo se clavan en mi vestido de verano rosa.
Alicia hace todo lo posible por atraer la atención de la mesa comentando con excesiva euforia:
—Menudas olas. ¿Suele subir tanto la marea? Uy, si parezco Blondie.