13
Por la mañana hacemos las maletas, buscamos deprisa y corriendo la sandalia que le falta a Emmy y escurrimos su bañador, que aún está mojado.
Emmy se sienta en mi maleta para que pueda cerrar la cremallera y acto seguido va corriendo al ascensor.
Oliver y yo revisamos la habitación para no dejarnos algún cargador o algún cepillo de dientes y, mientras echa una última ojeada al lugar con expresión satisfecha, Oliver comenta:
—Echaré de menos el sexo silencioso en el patio.
De camino a casa de Petra, tratamos de adivinar por turnos cómo será su casa. Emmy decide que será una mezcla de sus dos atracciones preferidas: Splash Mountain y el Castillo de la Cenicienta. No se equivoca del todo.
Tras cruzar la verja de Malibu Colony, seguimos un largo y zigzagueante camino de acceso que nos acerca más al mar y nos lleva hasta la puerta principal de la casa de Petra.
—Es imposible que sea esta. —Los ojos de Oliver son tan grandes y brillantes como el océano.
El ama de llaves de Petra, alta y delgada, con una pulcra coleta alta rubia, nos recibe en la puerta.
—Soy Brina. —Coge tres bolsas a la vez—. Cualquier cosa que necesitéis, me lo decís.
—Yo quiero vivir aquí. —Emmy exhala un suspiro y echa a correr por el diáfano salón, va directa a la terraza y baja la escalera de madera que lleva hasta la arena.
—¡Primero ponte el bañador! ¡Y ponte protector solar! —Me vuelvo en redondo mientras intento recordar en qué maleta hay qué.
—Si queréis, me meto en el agua con ella —se ofrece Brina.
—¿Segura?
—Segura. Tomaos vuestro tiempo y poneos cómodos. Estaremos ahí delante. Antes iré a por la bolsa de Emmy y le pondré el bañador.
Después de que Brina le pida a Emmy que suba para cambiarse, Oliver y yo salimos a la terraza, que se sustenta en altos pilotes en la playa.
Hoy las olas son pequeñas y tranquilas, llegan a la orilla con suavidad.
Poco después vemos a Brina y Emmy persiguiendo el agua, yendo tras ella cuando retrocede y riendo cuando rompe en sus tobillos y les salpica las rodillas.
—Esta casa es increíble —me dice Oliver—, pero Brina es lo mejor de Los Ángeles.
—Emmy no querrá irse con sus abuelos.
Las olas son demasiado pequeñas para hacer bodysurf , pero Emmy lo intenta de todas formas, lanzando su pequeño cuerpo hacia delante y volviendo a la orilla. Cae en la arena, se levanta y sale corriendo de nuevo. Una y otra vez.
—Tardará un buen rato en entrar. Ven, tengo una cosa que enseñarte.
Sigo a Oliver dentro de la casa. Coge su bolsa, rebusca en su interior y saca unas relucientes esposas plateadas.
Los ojos se le llenan de arruguitas en las comisuras, como siempre que espera que yo esté tan entusiasmada como él.
Esta expresión solía sacarme de quicio, como si me presionara para que me hiciesen feliz las mismas cosas que a él, exactamente en los mismos momentos.
Sin embargo, aquí, en el salón de Petra con su techo abovedado y el sol entrando a raudales, parece menos una exigencia o tan siquiera una súplica y más una... invitación.
Su sonrisa también es contagiosa.
—¿Cuándo has tenido tiempo de buscarlas?
—En Los Ángeles se puede comprar de todo. También encontré...
—¡Tienen una ducha fuera! —exclama Emmy desde la playa.
Oliver mete deprisa las esposas en la bolsa. Desde la terraza vemos jugar a Emmy en el agua hasta que otro miembro del personal, un hombre larguirucho que lleva un impoluto polo blanco, me trae un zumo de apio recién hecho y un teléfono móvil.
—Petra quiere hablar contigo.
En el otro extremo de la línea, Petra me dice que quiere estar al teléfono cuando yo vea la habitación que nos tiene preparada.
—Por el pasillo a la izquierda, después de la Nan Goldin.
Sigo sus indicaciones hasta llegar a una de las suites de invitados, una habitación enorme con las paredes pintadas de verde claro y todos los muebles de madera de arce oscura.
—Es preciosa.
—Mitch la llamaba la habitación «menta con chocolate», pero en el fondo le encantaba.
Las puertas de cristal dan a la terraza y a la playa.
Ahora están entreabiertas, de forma que oigo romper las olas.
Y delante de las puertas de cristal correderas hay un lienzo en blanco dispuesto sobre un caballete y un montón de lienzos más contra la pared.
Me invade una oleada de entusiasmo. Es como tener en las manos un libro nuevo, lleno de posibilidades y aventura.
—¿Has hecho esto para mí?
—Brina. Que básicamente es como si fuera yo.
Alicia es la siguiente en llegar, una hora después, y el lugar la deja tan pasmada como a nosotros.
—Malibú. Joder. Pero ¿qué es esto?
Por detrás de sus piernas veo que asoman los rizos de Elvis.
Me arrodillo para chocar el puño con su regordeta mano.
El marido de Alicia, Nico, me da un abrazo de oso y mis pies dejan de tocar el suelo.
Mientras les enseño la casa, Elvis no pierde de vista a su madre.
Allá donde va Alicia va Elvis, una sombra pequeña pero resuelta.
Nico intenta llevárselo dos veces, primero para que vea su habitación y después para ir a la playa, pero el niño sacude la cabeza las dos.
—Está pasando por una pequeña etapa de mamitis —me cuenta Alicia—. Y todos estamos de acuerdo en que es raro, porque Nico es mucho más divertido.
Nico suspira.
—Es verdad.
Durante la cena, Elvis empieza a cogerle cariño a Emmy, pero aun así sigue a Alicia hasta la cocina, el cuarto de baño, el sofá.
Mientras comemos helado, jugamos los seis al UNO en la terraza, las olas rompen en la oscuridad más allá de nosotros.
La noche es fresca, y nos arrebujamos en las mantas y dejamos que Elvis gane la última partida.
Emmy me guiña un ojo, más entusiasmada por formar parte del plan de los adultos que por ganar.
Sigue a Alicia hasta su habitación y le lee un cuento a Elvis, la novedad de tener un hermano pequeño le corre por las venas como si fuese azúcar.
Al cabo de un rato, Oliver la lleva a la cama y una hora después Alicia me encuentra en la terraza, cuando todos los demás ya están profundamente dormidos.
—Oliver cayó redondo cuando acostó a Emmy —digo.
Alicia se acomoda a mi lado en la chaise longue y bosteza una frase entera.
—Lo entiendo. Yo estoy tan cansada que pienso que esto no se arregla ya ni durmiendo. Es un nuevo estado, desagradable e inútil.
—¿Dónde está Nico?
—También supercansado y viendo vídeos de monster trucks para quedarse dormido. Dice que funciona.
Durante un rato hablamos de lo impresionante que es la casa de Petra.
—¿Crees que Petra se siente sola aquí alguna vez? —pregunto—. Es tan grande.
—Yo mataría por estar sola en esta casa. Solo pensarlo... —Deja la frase en puntos suspensivos.
—Todos necesitamos vacaciones —digo, un comentario no muy útil.
—¿Cuándo llega la etapa independiente?
—Bueno, mira a Emmy. Se pasa por distintas fases...
—Pero Elvis no es como Emmy. Elvis me mira cuando voy al cuarto de baño. Y yo tengo que mirarlo. A los ojos y todo. Si desvío la mirada un segundo, se asusta.
—Te quiere.
—Y quiere lo mismo a su padre, pero por algún motivo a Nico le da cancha. Puede ir y venir, sin lágrimas, sin preguntas, se alegra de verlo cuando llega a casa y ya.
—Mejorará.
—Esa es la cuestión. Que ya es genial, pero no ha mejorado. Así que puede que sea yo la que no es capaz de seguir el ritmo. ¿Quieres que te cuente cuál es mi fantasía?
—¿La puedo grabar? —bromeo.
—Claro. Lo digo en serio. Dame tu teléfono.
Alicia se pone el móvil en la barriga y le da a grabar. Las olas rompen y un coche pita en la Pacific Coast Highway. Sonrío al recordar que así es como lo hacíamos antes de que Petra invirtiera en Dirty Diana y tuviésemos un estudio insonorizado.
—Estoy cansada todo el tiempo. Y no sé por qué, porque tengo la sensación de no hacer nada.
Así que la semana pasada confeccioné una lista de todo lo que hacía en un día.
Desde que me levantaba y le daba a la perra el medicamento para la artritis hasta que el día terminaba y caía derrengada después de meter a Elvis en la cama.
Y la lista era deprimente. Estaba llena de cosas como hacer la compra en Trader Joe’s y llamar al ayuntamiento para pedir cubos de la basura nuevos, porque los nuestros tienen grietas en el fondo y se derrama leche podrida en las aceras.
Leí quince guiones mediocres de mis alumnos y quedé con dos universitarios para hablar de sus ideas sin madurar y uno de ellos se echó a llorar, y eso que a mí me preocupaba estar siendo demasiado blanda con él.
Cociné, llevé a lavar el coche y puse tres lavadoras.
¿Sabes cuántas pequeñas prendas de la ropa de Elvis entran en una lavadora?
Quinientas. Lo juro. Pasé siglos doblando pantalones minúsculos y emparejando calcetinitos del tamaño de un chupachups.
Le di col rizada troceada a nuestro dragón barbudo, que, la verdad sea dicha, come mejor que yo y espero en secreto que se muera mientras estoy aquí porque su rutina de cuidados es demencial, y cambié el seguro para que cubriese la medicación que toma Nico para el TDAH, lo cual me llevó casi dos horas y dije «mediador» por teléfono tantas veces que acabé convirtiéndome en un robot.
Saqué a pasear a los perros, recogí sus cacas del jardín trasero y encontré comida china pasada que estaba haciendo que la nevera apestase.
De eso me sentí orgullosa. Fue repugnante.
Y después miré la lista y pensé: ¿qué coño he hecho hoy?
—Te ocupas de un montón de gente.