12 #4
—En su página web —contesta Oliver. Sé que intenta ayudar, pero noto que el calor me sube a las mejillas y que las palabras página web parecen más absurdas cada vez que alguien las pronuncia: como si estuviésemos jugando a un juego en el que todo el mundo bebe un chupito de tequila cuando alguien dice «página web»—. Tenéis que ver sus dibujos.
—Me encantaría —afirma con entusiasmo Stevie—. Tu madre no me dijo que eras artista.
La frase da pie a que mi madre suelte:
—Bueno, eso es porque su madre no lo sabía.
—¡Sorpresa! —exclamo con suavidad.
—Mmm —responde Ava, y en la mesa se hace el silencio.
Incluso Oliver se ha percatado de la tensión y no lo puede arreglar educadamente.
Pasamos más de un minuto comiendo totopos con salsa hasta que mi madre por fin rompe el incómodo silencio—: Puede que no lo entienda.
Visito la página web del Bank of America todos los días, pero nunca haría una película de eso.
A Stevie le cambia la cara. Ava se ha pasado, incluso para lo que es ella. Su corrector automático salta en el acto.
—Pero bueno, probablemente se me escape algo. Supongo que nunca he entendido tu arte.
Stevie y Oliver dan sus respectivos tiques al aparcacoches y fingen admirar un Ferrari rojo cereza.
Ava está callada. Espera que sea yo quien dé el primer paso.
—Bueno, pues ha estado muy bien —digo con voz inexpresiva.
—Muy agradable.
—¿Estás bien?
Ava resopla.
—Solo un poco dolida. Me dedico a esto, ¿sabes? Sacrifiqué mucho para que pudieras crecer en Los Ángeles, y me tengo que enterar de tu nuevo trabajo mientras comemos unos tacos. Fui yo quien plantó la semilla.
—Claro. Muchas gracias.
—No seas condescendiente conmigo. Podría haberte ayudado. Podrías haber acudido a mí.
—¿Para qué?
Ava pone los ojos en blanco y se arrebuja en la chaqueta.
—Conozco el mundo del espectáculo mejor que tú. Está claro que no me respetas. Si lo hicieras, me habrías llamado.
—Olvidas que no hablamos. No me llamas. Así son las cosas.
—Cierto. No necesitas nada de mí. No hace falta que nos andemos con rodeos.
Esto siempre se le dará mejor que a mí —discutir sin discutir—, no perderá la calma mientras yo intento sofocar el mal genio de mi yo de doce años.
Respiro hondo y exhalo.
—Gracias por venir, mamá. A Emmy le encantan el ballet y el dibujo, y juega al fútbol, pero no le gusta.
Ava resuella.
—Por favor, no me conviertas en la mala de la película, Diana. Siento mucho haber crecido en una época en la que no podíamos ganarnos la vida hablando de nuestra vagina. Tuve que sobrevivir por mi cuenta. No tenía a nadie que me ayudara a criarte.
—Tienes razón. Pero, por suerte, estás bien. Trabajando en lo tuyo. Y Stevie parece bastante normal. Ve a hacer yoga aunque lo odies y ni siquiera llegues a tocarte los dedos de los pies. —Es un golpe bajo y absurdo, y si mi propia ira no me descentrase tanto, habría caído más bajo aún.
—Mis amigos no se pueden creer lo mal que me tratas.
—Es peligroso, ¿sabes? Cambiar siempre la persona que eres para estar con gente. Lanza un mensaje peligroso.
—¿A quién?
—¿A mí?
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe como si hubiese dicho la cosa más graciosa de la velada, solo que apenas se le escapa un «ja».
—Se llama supervivencia, querida. Y lo hacen todas las mujeres. ¿Acaso no se basa todo tu proyecto en eso? ¿Mujeres que fingen ser alguien que no son?
El reluciente Lincoln negro de Stevie llega y él le abre la puerta a Ava, que besa en la mejilla a Oliver y a continuación me mira y esboza una sonrisa demasiado luminosa.
—Gracias por la cena. —Me da un abrazo enérgico y añade—: Espero que podamos repetir pronto.
Después desaparece en el asiento del acompañante del coche de Stevie.
Mientras veo cómo se aleja, mi mandíbula se relaja. El aire vuelve a mis pulmones. Juego a un juego al que hacía treinta años que no jugaba y me digo: «Genial. Hasidounaideaestupenda. Siemprehassidotanvalienteytancreativa. ¿Comotepuedoayudar? Mesientotanorgullosadeti».
Oliver me pasa un brazo por la cintura.
—¿Estás bien? —me pregunta con voz queda.
—Sí. Es el mismo guion de siempre.
—Aun así. —Nuestro coche de alquiler se detiene junto a la acera—. No cabe duda de que Los Ángeles está perdiendo parte de su encanto.
Hay un complejo de apartamentos encantado en Wilshire que fui a ver cuando me instalé en Los Ángeles.
El alquiler era astronómico, pero fingí que me lo podía permitir solo para ver el apartamento en el que vivió en su día Charlie Chaplin.
La nueva administradora me estaba enseñando los pisos que estaban libres y me contó que el administrador anterior, que había vivido allí unos treinta años, se colaba en el ático después de que anocheciese, se quedaba allí unas horas y cuando se marchaba estaba completamente desastrado.
Por lo visto, un espíritu lo visitaba todas las noches y follaban.
Se convirtió en su ritual. Ella estaba horrorizada, pero a mí me intrigaba.
No sé si tendría el valor de hacerlo, pero en mi fantasía me cuelo en ese mismo ático, me tumbo en la cama con la lencería más sensual que tengo y espero a ver qué pasa.