La respuesta (Dirty Diana 3) 12 #3
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Casa Vega es el restaurante que más frecuentábamos mi madre y yo siempre que teníamos algo que celebrar.

Si era un cumpleaños, cenábamos a base de totopos con salsa; ella se tomaba un margarita y yo pedía un refresco de cola y nos decíamos: «Solo estamos aquí por el ambiente».

Si le acababan de dar un papel, las dos pedíamos entrantes.

Pero nunca, jamás, utilizábamos el servicio de aparcacoches, por muy rumbosa que se sintiera Ava y por mucho que tuviéramos que caminar.

El servicio de aparcacoches era para perdedores que dejaban pasar la oportunidad de respirar el aire puro.

Oliver aparca justo delante del edificio, que es bajo y blanco y tiene un tejado de tejas rojas.

Le da las llaves al aparcacoches sin vacilar.

Durante un instante, un familiar abismo se abre entre nosotros: Oliver nunca ha caminado ocho manzanas para evitar pagar al aparcacoches ni ha vivido con una madre que te hace caminar ocho manzanas porque le da demasiada vergüenza dejar que el chico se suba a su viejo coche, con la luz de «revisar motor» siempre encendida y su misterioso traqueteo cuando uno lo pone en posición P y no se detiene, sino que tiembla y después muere.

Así que noto un conocido y molesto dolor en el pecho: la parte de mí que empatiza con mi madre soltera y lo duro que debió de ser todo para ella, un ablandamiento en mi armadura que permanecerá así hasta que otro de sus pequeños cuchillos la atraviese.

Dentro, nuestros ojos se acostumbran a la tenue, romántica luz y veo inmediatamente a Ava, instalada en un reservado de piel roja bajo un retrato enmarcado de un torero victorioso.

A su lado un hombre alto y delgado, de setenta y pocos años, con una extraordinaria mata de pelo gris, bebe un trago largo de su cerveza.

—Este es Stevie —lo presenta Ava con una sonrisa radiante. Están en el centro del reservado, y me alivia sentarme en uno de los dos extremos y no verme atrapada dentro. Durante la primera ronda de bebidas, Ava comenta—: Diana y yo hicimos unos cuantos retiros de yoga juntas. ¿Te acuerdas, Diana?

—¿Yo? —Es todo cuanto puedo decir.

—Sí, tú . Con DeeDee y Maria. Subíamos en coche por la costa hasta... cómo se llamaba ese sitio... ¡Bolinas!

—Me encanta Bolinas, sí, señor. —Stevie lanza un silbido grave y suave—. Un lugar mágico.

—Muy tranquilo. Diana odiaba ir, cómo no. Llorabas todo el tiempo. «Prueba cosas nuevas», te decía, pero eras muy hogareña.

El primero de sus pequeños cuchillos me roza la piel, pero no la atraviesa.

Oliver cambia de tema.

—¿A qué te dedicas, Steve?

—Llámame Stevie, por favor. Mi padre era Steve.

La confusión se refleja en la cara de Oliver.

—Vale. Stevie.

—¿A qué no me dedico? Principalmente dirijo unos estudios de yoga en Los Ángeles. Como trabajo adicional, cultivo marihuana.

—Oh. ¿Fue así como os conocisteis?

Ava me lanza una mirada molesta, de advertencia.

—Si te soy sincera, hago yoga en un estudio rival en Silverlake, cerca de casa, pero naturalmente ahora me estoy planteando pasarme a Stevie. Sus estudios son los mejores de Los Ángeles.

—Hacemos lo que haga falta. Y en mi propiedad cultivamos de todo, de fresas a lechugas romanas y maría.

—Tendríais que ver la propiedad. Es increíble. Me recuerda a una versión a gran escala del jardincito que teníamos. ¿Te acuerdas?

—No. —Noto que me pongo de mal humor. Nunca tuvimos patio, y menos jardín, y por algún motivo que desconozco, con este dato revisionista se ha pasado.

—Bueno, eras muy pequeña.

—¿Cómo es la vida en Texas? —pregunta Stevie.

—Tienen una casa muy bonita —contesta Ava—. Preciosa. Dos plantas y un ventanal de lo más coqueto. Uno se puede pasar las horas muertas mirando por él.

Oliver me mira: «¿Se acuerda de nuestra casa?».

«Y ¿está hablando bien de ella?» Lo advierto en silencio: «Estate atento».

—Es perfecta para una familia —continúa Ava—. Seguro que Emmy tiene un montón de amiguitos en su calle.

Me aprieta la mano con suavidad. Y ahora, una vez más, estoy en lo alto de una estación de esquí, intentando decidir por dónde hacer el descenso.

Pero todas las pistas son traicioneras, demasiado pronunciadas y cubiertas de hielo.

Si decido mantenerme alerta, tiesa como un palo en este reservado y no hablar mucho durante la cena, se confirmará la creencia de Ava de que soy insensible y estirada.

Pero al menos me estaría preparando para su próximo movimiento.

O puedo exhalar, dejar que mis hombros se relajen y recordarme que las dos somos adultas y lo estamos intentando a nuestra manera.

—Gracias, mamá. A Emmy le encanta.

Ava bebe un sorbo de su bebida, que tiene sal en el borde, y se limpia delicadamente la boca con la servilleta.

—¿Y tú, cariño? ¿Sigues devorando números? —Arruga la nariz como si Stevie acabara de tirarse un pedo.

—No —Oliver interviene, pensando que de ese modo me ayuda—. ¡Lo ha dejado!

—¿Has dejado el trabajo? —Ava se lleva una mano a la boca con dramatismo, como si también le hubiese ocultado que me estoy muriendo y he ganado un Nobel.

—Pues sí.

—Vaya. —Disimula su enfado con sorpresa. Allá vamos, ella, la última en enterarse —. Para ser ¿qué, cariño? ¿Profesora de matemáticas?

Solo Ava podría decir esto y conseguir que parezca un insulto.

—He vuelto a pintar. —No creo que suponga ninguna amenaza. No rivalizo con ella, y es como si ya estuviera viendo cómo le bulle la cabeza, inundada con una imagen en la que me estoy vendiendo mis cuadros en una mesa plegable en una feria de arte para aficionados donde nadie me hace mucho caso.

—A pintar. Vaya. —Le pone una mano en el hombro a Oliver—. La verdad es que eres una auténtica joya. Manteniéndolo todo a flote.

—En realidad Diana gana más que yo. —Ojalá estuviera sentada más cerca de él para poder darle por debajo de la mesa.

—Puede —lo corto—. Pero no mucho más. Oliver está reformando casas. ¿Lo sabías?

—A nadie le importan mis reformas cuando tú estás a punto de salir en Vogue .

—¿En Vogue ? —La voz de mi madre es tensa y aguda.

—He estado entrevistando a mujeres que quieren compartir sus fantasías eróticas, para una página web que he creado.

Es un proyecto que empecé en Santa Fe y he retomado ahora.

—Capto un atisbo imaginado de mí misma en sus ojos.

Solo resulta visible la parte superior de mi cabeza, como si me estuviese engullendo el reservado de piel—. Es una especie de proyecto personal.

La expresión de Ava se vuelve pétrea. Observo para ver si parpadea.

—Hemos venido para hablar con un estudio que podría estar interesado en adquirir los derechos para hacer una película. —Si Oliver se ha percatado de algo, no dice nada.

—¡Es estupendo! —exclama Stevie—. De tal palo, tal astilla.

—¿Los derechos para hacer exactamente qué película?

—Estamos en la fase preliminar —contesto—. Viendo cómo sería la trama. Menos es más.

—Pero no son tus fantasías, ¿no? En la página web.

—No.

—Y ¿alguien quiere hacer una película sobre una página web? —Recalca lo de «página web», como si fuese un concepto completamente extraño.

—Ya veremos. —Mi cerebro busca febrilmente un modo de cambiar de tema, pero la mirada de Ava siempre ha tenido este mismo efecto desconcertante en mí.

—Solo me sorprende, es todo. De pequeña eras tan mojigata. —Ya está. Los cuchillos se vuelven más afilados.

—¿Dónde podemos escuchar las fantasías? —quiere saber Stevie.