12
Sony Studios me recuerda mucho a un campus universitario muy cuidado.
Jardines de un verde vivo y caminos estrechos que serpentean entre edificios de oficinas pulcramente dispuestos y fachadas art déco .
Por todas partes veo a docenas de ejecutivos que miran el móvil y corren al trabajo.
Me cuesta orientarme con el mapa, voy dejando atrás enormes estudios de sonido y me aparto cuando me pitan los carritos de golf.
El restaurante del estudio está abarrotado.
Llego seis minutos tarde, cubierta de una fina capa de sudor fruto de los nervios, las prisas y el calor.
Junto a la puerta, la jefa de sala, una mujer esbelta, sonríe.
Tiene los dientes torcidos justo lo suficiente para que resulte encantadora.
Me apena imaginar que se los pueda arreglar: en el breve tiempo que tarda en comprobar mi reserva y hacerme saber que «Tengo una mesa junto a la ventana para usted», ya la he visto consiguiendo un papel de actriz, dejando el restaurante y cogiendo cita para ponerse carillas.
—Gracias —respondo, y la sigo hasta la solitaria mesa.
La mujer esbelta me da una carta y en cuestión de segundos un camarero llamado Tucker me pregunta si quiero beber algo.
Su sonrisa es nerviosa y su camisa blanca está limpia, pero arrugada.
Cuando Tucker me sirve mi té helado, mis ojos recorren el lugar, reparo en los jarrones con margaritas amarillas, las ventanas de suelo a techo con vistas al cuidadísimo jardín.
Más allá, me fijo en la concurrida acera y en dos mujeres que se despiden.
Su abrazo es rápido y delicado y, cuando se separan, me quedo sin aliento.
El espacio entre ellas se ha abierto lo suficiente para dejar a la vista a un hombre alto y de espaldas anchas, exactamente igual que Jasper.
Está lo bastante lejos para no verlo con claridad, pero distingo una postura familiar en su forma de asentir mientras escucha a una mujer que lleva un vestido de verano de rayas rojas y blancas.
¿Será una actriz? ¿Una novia? ¿De verdad es Jasper?
No es posible. Está en Londres. O París. O Nueva York. No en Los Ángeles.
Me pongo de pie para poder verlo mejor, pero cuando me quiero acercar lo suficiente a la ventana él está pegando su mejilla a la de la mujer y acto seguido se da la vuelta.
Todo sucede muy deprisa. El hombre que tal vez sea Jasper se queda allí un momento y después la multitud lo engulle y desaparece.
Me siento de nuevo, aliviada de que Allison Kidd no haya llegado aún y vea lo rojas que tengo las mejillas o cómo me tiemblan las manos.
¿Podría ser él? Y si lo es, ¿qué? ¿Salgo corriendo detrás de él?
Para decir, ¿qué? ¿«Solo quería saludarte para que podamos decirnos adiós otra vez»?
Bajo la cabeza y hago como si buscase algo en el bolso para que nadie me vea cerrar los ojos mientras recupero el aliento.
Los familiares e intensos deseos siguen ahí —los que me dicen que vaya tras Jasper por ningún otro motivo salvo estar cerca de él durante unos minutos—, pero también el patio del Chateau y el centelleo de los ojos de color verde azulado de Oliver.
Allison entra en el restaurante y Jasper sale de mi cabeza: lo echo.
Todo el mundo tiene un doble. Debo de haber descubierto esto.
Reconozco a la socia de Natalie de la búsqueda que efectué en Google — Variety , The Hollywood Reporter , Deadline —, siempre las dos mismas fotografías utilizadas alternativamente: un retrato profesional, anticuado, con una sonrisa forzada y los brazos cruzados y una instantánea en una alfombra roja, con Allison y Natalie dándose un abrazo, Allison tan menuda que toda ella cabe perfectamente en el cuerpo de Natalie.
Ella toda madurez e Ivy League, brazos tonificados y un vestido negro sin mangas, con la cantidad justa de joyas y seguridad en sí misma.
—¡Diana! ¡Eres real! —Me aprieta delicadamente los hombros y se sienta—.
No es que dudase de que lo fueras. Pero tu voz en las entrevistas...
me ha atrapado tanto, es como de otro mundo.
—Entorna los ojos y de repente no sé si soy una sorpresa agradable o una inquietante decepción—. ¿Qué tal Los Ángeles? ¿Y el hotel?
—Precioso. Muchísimas gracias.
—Uf. Deberíamos haber comido allí. —Sus manos están siempre en movimiento, un Rolex de oro de hombre se mueve en su pequeña muñeca—. Me encanta el Chateau. Voy a matar a mi asistente.
—Este sitio también es genial. Nunca había estado en unos estudios de verdad.
—Esto es mentira. De pequeña, pasé largas tardes acompañando a mi madre a audiciones en estudios por todo Los Ángeles, sentada en el asiento del copiloto mientras intentaba leer los mapas de la Thomas Guide para llegar bien a los sitios.
Después pasaba horas en el coche mientras ella estaba dentro.
—Ajá, sí. ¿No es bonito Hollywood? ¿Con todos sus atascos? —No se ríe exactamente con su propia gracia, pero sonríe lo bastante para hacerme saber que yo debería hacerlo—. Y ¿qué tal Disneyland? ¿Hiciste todo el recorrido vip?
—Lo pasamos en grande, gracias.
—Es la única forma de hacerlo. No volverás.
Se ha convertido en una sensación familiar, repetida en este viaje: la sensación de saltarme la cola.
Sentada frente a Allison, me preocupa haber omitido un paso.
Alguien se acercará a la mesa y me recordará que no debería estar en esta comida.
Se supone que soy la asistente a la que dentro de unos cuarenta y cinco minutos gritarán por haber elegido mal el restaurante.
—En fin. Natalie, a la que todos adoramos, hizo que me interesase por Dirty Diana, a la que ahora adoro, y por ti, a quien sé que voy a adorar...
—Es muy amable por tu parte.
—¿Quieres que te diga la verdad? No creo que sea capaz de hacer otra saga de trenes bala, fast furious , dinosaurios o explosiones. No le cuentes a nadie que he dicho esto. Me despedirían.
Durante los siguientes minutos Allison intenta que todo cuanto dice suene sincero con el propósito deliberado de hacerme sentir cómoda.
Funciona, pero resulta más efectivo su forma de mirarme entornando los ojos cuando me habla, como si necesitara gafas pero se negara a aceptarlo y, cuando un ejecutivo más se pasa a saludar, la forma en que sus ojos se vuelven inexpresivos, reflejando su agotamiento, momentáneamente.
Me resulta fácil imaginarla en un bucle interminable de reuniones de presentación y su cabeza en otra parte.
Cuando nos sirven la ensalada, Allison va al grano.
—Da la impresión de que eres una persona sincera.
—Intento serlo.
—Así que seré muy clara contigo, y si eso te asusta, pues te asusta y listo.
—Vale —contesto, y ya estoy asustada.
—Te vamos a ofrecer una considerable cantidad de dinero por los derechos de tu vida, que a partir de ese momento pasarán a ser nuestros derechos de tu vida.
Contaremos tu historia como queramos contarla.
Tú ejercerás muy poca influencia en la narración.
Es probable que todas las formas con las que podríamos hacerte feliz con el guion se den de tortas con hacer una película que sea un éxito, y eso siempre será nuestra prioridad.
Quiero ser muy franca para que sepas dónde te metes.
—Se detiene lo bastante para comer un poco de pollo de su ensalada—.
Jamás saldrá como tú crees que saldrá. Y es posible que ni siquiera salga.
—Lo entiendo —contesto, como si fuese lo más lógico del mundo.
—¿Alguna pregunta? ¿Sobre mí? ¿Sobre el proceso?
—¿Por qué alguien diría que sí a esto?
Ella sonríe.
—Qué graciosa. Bueno, lo más probable es que tu negocio lo pete, en el buen sentido. Serás una marca.
—Y ¿cuál es la marca que vende entradas de cine?
—Buenas preguntas, y ¿quién sabe? Lo que vende hoy muy posiblemente no venda dentro de un año. Lo bueno es que el sexo siempre vende. Y Nat, evidentemente. Sus cifras son de fiar.
—Entonces ¿qué debería hacer? ¿Coger el dinero y salir corriendo?
—No. Pedir que puedas participar en la producción. Mierda. Tampoco le cuentes a nadie que he dicho esto. ¡Ja! —Alarga el brazo por encima de la mesa y me aprieta la mano—. ¿Lo ves? Haces que la gente diga cosas que no debería, incluso en esta ciudad. Vas a torear bien Hollywood.
De vuelta al hotel, me sumerjo en un universo paralelo en el que mi vida se convierte en una película apasionante y después sopeso si contarle a Oliver que he visto a Jasper. O que creo haber visto a Jasper. La gente cree ver a personas todos los días. ¿Vale la pena mencionarlo?
El tráfico en La Cienega se ralentiza hasta ir a paso de tortuga. Como si presintiese que estoy cerca, mi madre me manda un mensaje.
¿Estás aquí?
Cómo no, de alguna manera sabe que ya estoy en la ciudad.
Mi cuerpo se tensa. La información siempre ha sido una fuente de poder para mi madre.
Una forma segura de discutir es enterarse de algo antes que ella y no contárselo.
Si un primo lejano se gradúa en el instituto y no dejas inmediatamente lo que estás haciendo para ir a decírselo es una declaración de guerra.
La dicha por el nuevo hijo que ha tenido un antiguo vecino se pasa por alto en el acto si lo sé antes que ella.
Lo peor que se puede ser es ser el último en enterarse.
Precisamente te iba a escribir. ¡¡Hemos venido!!
Doble signo de exclamación.
Contesta rápidamente:
¿Cuánto hace que estás aquí?
Mi mentira es igual de rápida:
Acabamos de aterrizar.
¿Me lo ibas a decir?
Pues claro.
Me encantaría ver a mi nieta, si te parece bien.
Tengo los hombros casi en las orejas.
Genial. Estoy segura de que a ella le gustaría.
Estaré en un rodaje por la tarde. ¿Por qué no la llevas al set? Le encantará verme en mi elemento.
Cojo aire y añado el emoji del pulgar hacia arriba. Nada me gustaría menos.