11 #3
—Diana —gime una y otra vez. Hundo los dedos en él y esta vez es Oliver el que me tapa la boca cuando grito de éxtasis.
El sábado caminamos unas manzanas bajo el sol de California y nos ponemos a la cola para comer unas tortitas de plátano en The Griddle, todos coincidimos en que merecen la pena.
Pasamos el resto del día en la piscina, donde una vez más solo hay un puñado de personas.
Tomamos mojitos en la famosa terraza acristalada del hotel.
Oímos que los huéspedes de la mesa contigua a la nuestra hablan de la taquilla que se ha hecho durante el fin de semana.
Estamos tan enamorados del encanto hollywoodiense que tiene el hotel que no queremos marcharnos.
Cenamos temprano en la habitación y vemos Vértigo en la cama, con Emmy entre nosotros.
Se queda dormida antes de que contraten a James Stewart para que siga a Kim Novak e informe sobre su extraño comportamiento.
Oliver alarga el brazo por encima de Emmy para cogerme la mano y nos quedamos dormidos así.
El domingo Emmy está completamente despierta y vestida antes de las siete de la mañana. El concierge nos ha facilitado un coche de alquiler y a las siete y media ya vamos camino de Disneyland. Incluso Emmy se siente confusa con el denso tráfico dominical.
—Cuánta gente va a misa.
—Los Ángeles está empezando a perder un poco de su encanto —opina Oliver mientras cambia de carril.
Un asistente de la productora de Natalie Hutton nos ha indicado el hotel de Disney en el que tenemos que aparcar y recoger las entradas. Pero cuando llegamos, una mujer vestida como Mary Poppins está cerca de recepción y sostiene en alto un letrero con mi nombre.
—¡Igual que en el aeropuerto! —se maravilla Emmy.
Mary Poppins nos dice que será nuestra guía privada ese día, por cortesía del equipo de Natalie.
Sonreímos educadamente mientras imaginamos un día de parloteo sobre la rica historia de Disneyland hasta que nos damos cuenta de que su verdadero cometido es hacer que nos saltemos todas las colas.
Eso lo cambia todo. Mientras vamos a ponernos los primeros en la cola de noventa minutos de Space Mountain, Oliver susurra:
—¿Tanto quieren los derechos sobre tu vida?
Cuando salimos de la atracción, Emmy exclama:
—¿Podemos montar otra vez?
Y volvemos a la cabecera de la cola. Cuando el día termina, Emmy camina como flotando, blande un sable de luz y tiene su libro de autógrafos de princesas lleno de grandes firmas encerradas en círculos.
Se queda dormida a los dos minutos de subirse al coche para volver al hotel, y Oliver la coge en brazos hasta la habitación y la acuesta delicadamente en la cama supletoria.
Le quito las zapatillas de velcro y cuando Oliver le retira su reloj de Elsa, Emmy abre los ojos y le pregunta si vamos a vivir los tres juntos otra vez.
—Eso espero. —La besa en la mejilla y antes de que le apague la luz ya está roncando con suavidad.
Saco una botella de vino rosado del minibar y Oliver y yo salimos al patio como si esta fuese nuestra rutina nocturna desde hace años.
Oliver se sienta y yo me quedo de pie junto a la barandilla, los dos mirando más allá de la piscina.
Hacemos un resumen del día, incluida la sospecha que ambos compartimos de que nuestra guía se acuesta con Goofy.
—Fue tan profesional hasta que apareció él —comento—. Emmy ni siquiera pidió que le sacáramos una fotografía y ella prácticamente nos arrastró hasta donde estaba él.
—Me pregunto cómo será debajo del disfraz. ¿Podría ser un joven George Clooney?
—Pero, de ser así, ¿no lo habría convertido Disney en príncipe?
Permanecemos en silencio unos minutos. Escucho el sonido de los coches que llega de Sunset Boulevard, más abajo; las risas y el entrechocar de copas que suben de la piscina. Oliver dice:
—Hay algo muy solitario en criar solo a un hijo. ¿Alguna vez te dio esa sensación?
Me vuelvo para mirarlo. Parece tan cansado como me siento yo.
—Todos los días.
—No estoy diciendo que debamos volver a estar juntos porque ocuparnos de Emmy será más fácil, pero...
—No, claro que no.
—¿Tú cómo te sientes? ¿Así es como lo digo? ¿Cómo le pregunta un buen comunicador a su chica que todavía es su mujer si es feliz?
—¿Así es como se te conoce últimamente? —bromeo—. ¿Como buen comunicador?
—Supongo que si me lo tienes que preguntar...
—Lo soy. Feliz. ¿Y tú?
—Sí. Pero... —Apoya la copa en la rodilla y clava los ojos en ella en lugar de mirarme a mí—. Como buen comunicador... La verdad es que en mi caso hay una sombra. De cómo eran las cosas antes. No quiero volver a eso.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Seguir avanzando. —Voy con él. Dejo su copa en la mesa y me subo a su regazo—. Seguir siendo sinceros el uno con el otro.
Me rodea la cintura con sus brazos y me besa el cuello.
—Seguir tocándonos.
—Sí.
—Incluso cuando estábamos separados, seguía sintiendo esta conexión contigo. La mayoría de las veces lo odiaba. Que no te me fueras de la cabeza.
—Yo quería seguir en tu cabeza. —Lo beso en la mejilla, la incipiente barba me raspa los labios.
—Yo también.
—Enséñame tres cosas que te gusten.