La respuesta (Dirty Diana 3) 11 #2
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—Ernest lo habría sabido.

—¿Te gustan las tragedias?

Dejamos el equipaje en nuestra habitación e inmediatamente zigzagueamos por el laberinto de bungalós del jardín, cubiertos de buganvillas, para ir a la piscina.

Todo parece tan californiano: las sombrillas de rayas, el aire seco, sin nada de humedad.

Los pitidos de coches de Sunset Boulevard, a escasos metros. El olor a jazmín para compensarlos.

Veintidós grados es un día frío para los californianos, pero Emmy se mete en el agua sin pensárselo.

Pide fingers de pollo en la piscina y Oliver y yo bebemos mojitos desde la tumbona.

Aparte de nosotros, aquí solo hay una persona, al otro lado de la piscina con forma ovalada, recostada en su tumbona leyendo Vanity Fair .

Oliver mira hacia el sol.

—Los Ángeles tiene algo que te atrapa, ¿eh?

—Es agradable, ¿no?

—¿Por qué te fuiste?

—¡Mirad lo que hago! —Emmy se tira en bomba por cuadragésima vez y Oliver y yo aplaudimos sin meter mucho ruido, poniendo buen cuidado en no molestar a la lectora de Vanity Fair .

Después de cenar, arropamos a Emmy en su cama supletoria y luego salimos a sentarnos a nuestro patio privado, para que no nos oiga.

Nuestra habitación se encuentra cerca del edificio principal del hotel y desde ella vemos la piscina y las tumbonas anaranjadas, las palmeras y una pequeña parte de Sunset, completamente iluminado y repleto de vallas publicitarias.

Damos una calada al vapeador de cortesía.

—¿Podría ser esta nuestra vida? —inquiere Oliver, y acto seguido tose con la hierba.

Sonrío mientras observo el cielo sin nubes, veo que los hombros de Oliver ya se han relajado.

—Somos anónimos —añade maravillado—. Podríamos hacer lo que quisiéramos.

—Al final la gente nos conocería. Igual que en cualquier otra parte.

—Puede. Pero quizá con menos normas.

Ninguno de los dos se quiere ir a la cama. Una ligera brisa sopla entre las palmeras. Hasta las sombrillas de rayas se encogen de hombros ligera y románticamente con el aire. Noto las baldosas del patio frías bajo mis pies. Puede que sea la hierba, pero siento que el aire está electrizado.

Cuando vuelvo la cabeza hacia Oliver, nuestras miradas coinciden.

Tiene una expresión de deseo en los ojos, y mi cuerpo responde en el acto.

Me levanto de la silla y me detengo. Me coge de la mano y me acerca más a él, hasta que acabo en su regazo, sentada a horcajadas.

El océano está a kilómetros de distancia, pero juro que percibo el olor a agua salada.

Lo beso y le digo lo bien que sabe. Él me aparta el pelo del cuello y me va besando desde la mandíbula hasta los pechos, mientras ambos proferimos ruiditos de placer.

—Enséñame tres cosas que te gusten —musita contra mi cuello.

—Esto. —Me quito la camiseta de los Longhorns y la dejo caer al suelo. Oliver se mete en la boca uno de mis pezones y me cubre el otro pecho con la mano. Me pego a él y aprieto las piernas alrededor de sus caderas.

Oliver pide:

—Enséñame otra cosa.

—Esto. —Le cojo una mano y la coloco entre mis piernas, le enseño la presión y la velocidad que me gustan.

—¿Así? —me pregunta cuando lo suelto.

—Más despacio.

Él reacciona, y yo quiero prolongar esto, quedarme aquí para siempre. Levanto las caderas y me pongo de pie lo suficiente para quitarme las bragas. Me vuelvo a sentar en su regazo y guío sus dedos de nuevo en mi interior, lentamente, alineándolos de forma que me rocen el punto G.

Oliver gime más ruidosamente esta vez y le tapo la boca, los dos nos reímos. Me noto la cabeza ida y todo mi cuerpo ha abrazado la sensación de estar colocada y en un lugar nuevo.

—Enséñame una cosa más que te guste —pide contra mi mano.

—Esto. —Le desabrocho el pantalón y lo quitamos entre los dos, ahora vamos más deprisa, hasta que él también se queda desnudo.

Me aprieto más contra él. Siento la suave piel de su erección antes de introducirme su miembro—.

Esto es lo que más me gusta —le digo al tiempo que levanto las caderas.

Nos movemos al unísono describiendo lentos círculos—.

Lo que más —repito. El aliento de Oliver en mi cuello.

La piel de su pecho, tersa y lisa, contra mis pechos.

La sensación que más me gusta es Oliver dentro de mí.

El roce que más me gusta es su mano en la parte baja de mi espalda, sosteniéndome.

La reacción que más me gusta es su boca, relajada de placer.

Más abajo, dos bultos van haciendo eses hacia la piscina y se dejan caer en una única tumbona. Uno mis labios a los de Oliver para acallar el sonido de su respiración. Las dos personas están cerca, pero no se percatan de nada. A escasos metros.

Dejamos de besarnos, jadeantes. Oliver se echa hacia atrás y a continuación baja el mentón imitando a Ernest.

—¿Te gusta el sexo?

—Sí.

—Hay un tío al que deberías conocer. Se aloja en el Chateau Marmont.

—Oliver se echa a reír, colocado y feliz.

Le tapo la boca con la mano de nuevo para sofocar cualquier sonido.

Él me muerde suavemente la palma y ahora los dos nos estamos riendo.

Entierra la cara en mi pecho y lo sujeto así para que nos calmemos los dos.

—Tenemos que terminar —insisto—. Esto está muy bien.

A sus labios sigue asomando una sonrisilla, y me quiero fundir con él, estoy muy enamorada. Abre la boca ligeramente, como si fuese a decir algo más, pero no lo hace. Nos miramos a los ojos y lo único que quiero es detener el tiempo y vivir en este momento para siempre.

—Haz que me corra —musito, y su sonrisa desaparece despacio.

Me acaricia el cuello con la nariz y un escalofrío de placer me recorre la espalda.

Miro hacia el cielo, las palmeras se mecen sobre nosotros.

Huelo el aire salado y después el cloro en la piel de Oliver.

Seguimos fumados. Estamos aturdidos por el sol de Los Ángeles, lánguidos y felices mientras follamos.

Oliver entra y sale de mí, más y más deprisa, hasta que los dos nos sentimos completamente abrumados.