La respuesta (Dirty Diana 3) 11
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Cuando el avión inicia el descenso, me inclino por delante de Emmy, que va sentada junto a la ventana, para ver cómo viene a nuestro encuentro el suelo de Los Ángeles.

Todo me resulta familiar: la interminable sucesión de edificios, las hileras de casas de líneas limpias y colores vivos, las piscinas con agua azul zafiro.

Es media tarde y el esmog se aferra a las colinas.

Todo en nuestro viaje a Los Ángeles ha sido fluido.

Hace tres noches, Petra y Oliver se conocieron cuando quedamos para tomar algo.

Petra nos llevó a un antro en Garland en el que ya habían estado ambos, y su amor al fútbol universitario se encargó de que no tardaran en hacer buenas migas.

Luego, como si yo no estuviera con ellos, decidieron que se me da bien guardar secretos, pero fatal mentir.

—Pero fatal. —Sonrieron a la vez.

—Ja, ja —fue lo único que tenía que añadir, y entonces a los dos les preocupó que se hubieran pasado y hubiesen herido mis sentimientos. Les aseguré que de ninguna manera.

Oliver entornó los ojos.

—Bueno, supongo que si estuviera mintiendo lo sabríamos.

Nos reímos los tres, y Petra me apretó la rodilla. Podría haber estado horas disfrutando de la calidez de esa velada.

—Perdona, es solo que me resulta de lo más emocionante conocer a Oliver —aseguró.

Y a continuación, como la experta agente que es, nos ganó con un plan nuevo para nuestra estancia en Los Ángeles.

Cuando cayó en la cuenta de que estaríamos en la ciudad el Cuatro de Julio, Petra decidió que sería el momento perfecto para unirse a nosotros y dar una fiesta dedicada a Dirty Diana—.

Una celebración. Llevaremos a L’Wren, Alicia, a todo el personal. Invitaré a Vibezz.

Me volví hacia Oliver.

—Con dos zetas. —Y a Petra le dije—: ¿Por qué se te iluminan así los ojos?

—Es perfecto. El fundador de Vibezz quiere colaborar con el vibrador Dirty Diana, pero ¿por qué no hacemos que suban a bordo como inversores? Mi dinero no es nada en comparación con lo que podría hacer por ti una inversión de verdad.

—¿Están interesados?

—Desde luego interés tienen, pero te quieren conocer.

Pasó los veinte minutos siguientes convenciéndonos a los dos de que una fiesta sería el sitio perfecto para seducirlos.

La ambición y el dinero de Petra nos habían hecho despegar, pero si queríamos que Dirty Diana fuese un éxito, necesitábamos ayuda.

Cuando empiezo a ser plenamente consciente de que he dejado mi empleo, también lo soy de la presión que implica hacer que Dirty Diana funcione, pero también es todo de lo más emocionante.

De camino a casa desde el bar llamamos a los padres de Oliver y les dijimos que habíamos decidido ir a Los Ángeles de vacaciones.

Allen solo hizo una gracia —«¿A California?

Pensé que una pareja de jubilados como vosotros iría a Florida»— antes de insistir en que Emmy pasara el fin de semana del Cuatro de Julio con ellos en Montecito, a tan solo una hora.

Incluso se ofrecieron a volver con ella a Dallas para que Oliver y yo pudiéramos pasar unos días más solos.

Ahora, mientras el avión da vueltas alrededor del aeropuerto de Los Ángeles, toda esta fluidez parece demasiado fácil. Siento que aún podría torcerse algo. «No. Es emocionante. Todo es emocionante. Conoces este sitio. Las vistas desde la ventanilla te resultan familiares.»

Pero también lo es el miedo. Me sube por la garganta.

Los recuerdos de haber crecido aquí, de vivir en la cima de algo que era deseable, como insistía en asegurar todo el mundo a mi alrededor.

Pero para mí Los Ángeles era feo de un modo confuso.

Centros comerciales y cosas caras que se podían mirar, pero no tocar.

Estábamos las dos solas, mi madre, Ava, y yo, y por muchas veces que cambiásemos de apartamento, siempre vivíamos al margen de las cosas bonitas: en la falda más fea de famosas colinas tachonadas de casas preciosas; vistiendo la ropa que otros donaban, aún impregnada de su perfume de rosas.

Fingía ansiar las mismas cosas bonitas que mi madre más quería: dinero, papeles en películas, alguien que la amara.

Pero yo tenía mi propia lista secreta: alguien que me cuidase y me fuera a buscar a su hora al colegio.

Alguien que me arropara en la cama y siguiera allí por la mañana.

Alguien que me preguntase «¿en qué demonios estabas pensando?

» cuando la cagaba. Quería contar con la seguridad de un progenitor que esperara cosas grandes de mí.

Miro de reojo el cuerpecillo de Emmy junto al mío.

Sus grandes ojos que miran por la ventanilla.

Después de todo, puede que el férreo control de la crianza que ejerce Lorraine Duncan no sea tan malo.

Puede que signifique que alguien te prepara el desayuno y te lleva al colegio y te ayuda a disipar la sensación de que nunca serás lo bastante especial para sobrevivir.

A menos que, según mi madre, seas famoso por algo, da igual el motivo.

Como si me leyera el pensamiento, Emmy pregunta:

—¿Vamos a ver a la abuela?

—La abuela está muy ocupada últimamente.

—¿Haciendo qué?

«Haciendo lo que le da la gana.»

El avión se inclina, describe un círculo alrededor del aeropuerto.

—No te lo iba a decir, pero las personas con las que me voy a reunir aquí nos han regalado tres entradas para Disneyland. ¿Quieres que vayamos?

—¿A Disneyland? —Los ojos de Emmy son tan grandes como su sonrisa—. ¡Sí!

—¿Ya estás utilizando Disney? —musita Oliver—. ¿No nos hará falta más adelante, como una especie de soborno?

—No tenía pensado utilizarlo tan pronto.

—A mí también me gustaría verla. A tu madre.

—Mmm. ¿Oliver? ¿Sabías que vamos a ir a Disneyland?

—Conmigo no te servirá, lo siento. —Me coge la mano y me besa los dedos—. Tienes que admitir que, si no fuera tu madre, digamos que es... ¿divertida? ¿Quizá una cena rápida?

—Quizá —digo mientras miro el extenso paisaje urbano al otro lado de la ventanilla.

Me centro en nuestro itinerario: un día en Disneyland; mi reunión con Allison Kidd, la productora socia de Natalie; la fiesta de Dirty Diana y una semana en la casa de Petra en Malibú.

El avión pega una sacudida y me asusto, cierro los ojos.

Cuando los abro, el universo me ofrece un chute de energía: una mujer que está sentada en la fila de delante al otro lado de nosotros está echando una ojeada a la página web de Dirty Diana.

Reprimo el impulso de sacar una fotografía y mandársela a Alicia.

Justo antes de que recojamos el equipaje nos da la bienvenida un chófer que sostiene en alto un letrero iluminado en el que pone «Diana Wood».

—¡Eres tú! —chilla Emmy.

Ernest tiene una melena de largo pelo blanco y nos saca cuarenta años, pero no permite que cojamos una sola bolsa.

Carga todo el equipaje en un carrito y nos lleva por los atajos ocultos del aeropuerto, salimos y cruzamos seis carriles de un tráfico demencial.

Lo seguimos como ranas que van saltando de un nenúfar al siguiente.

En el aparcamiento, Emmy sube su menudo cuerpo al SUV negro de Ernest y el asiento negro la engulle por completo.

Se sienta sobre sus piernas, embelesada con la gran pantalla que ofrece trivialidades y con la cantidad de botellitas de agua y caramelos.

—¿Son gratis? —pregunta en un susurro.

—Creo que acabamos de alegrarle el viaje —comenta Oliver, que se ríe mientras Emmy coge un generoso puñado de golosinas.

De camino al hotel, no soy capaz de quitarme a mi madre de la cabeza. A pesar de las reservas que tengo, le mando un mensaje:

Puede que vayamos a Los Ángeles.

Lo más seguro es que tarde semanas en contestar y que para entonces me libre por no habérselo dicho. Es el error de cálculo que nunca sale bien, y aun así lo hago.

Ernest oye decir a Emmy que tiene hambre y nos lleva a comer una hamburguesa a In-N-Out. Mientras hacemos cola para pedir desde el coche pregunta:

—¿A alguien le gustan los batidos?

Emmy levanta la mano.

—Tienes que pedir el around the world . Está en el menú de la pantalla. Tiene todos los sabores.

Oliver le da un mordisco a su primera hamburguesa doble.

—Tienes razón. La de aquí es mucho mejor.

—¿Cuándo he dicho yo eso?

—Hasta los batidos saben mejor que en Texas —coincide Emmy.

—¿Alguna vez han estado en Los Ángeles? —pregunta Ernest.

—Hace algún tiempo —respondo, feliz de ser solo una turista.

—¿Les gustan las buenas vistas?

—Mucho.

—Vayan al observatorio. Está en el parque Griffith, cerca de su hotel. Desde allí las vistas de la ciudad son impresionantes. ¿Les gustan las tartas?

Emmy levanta la mano otra vez.

—A mí sí.

Justo al lado del observatorio hay un café llamado Trails. Tiene muy buenas tartas. ¿Y los peces? ¿Te gustan los peces?

Emmy arruga la nariz y Ernest aclara:

—No me refiero a comer pescado, sino a ver peces.

—Ah. —Sus pequeños hombros se relajan—. Claro.

—Asegúrate de que tus padres te llevan al acuario de Long Beach. Es muy bonito. Te gustan las olas, ¿a que sí?

—Sé hacer surf. Un poco.

—Me alegro mucho. Mi playa preferida está entre Topanga y Santa Mónica. El muelle. ¿Te gusta la comida mexicana?

—¡Sí!

—Aquí hay muchos sitios buenos. A mí me gusta El Compadre, en Sunset, pero en el centro hay un montón de sitios buenos.

Oliver se me acerca.

—¿Te gusta el oxígeno?

—Me gusta Ernest —contesto risueña.

El estudio nos ha reservado habitación en el Chateau Marmont, en Hollywood.

Cuando era pequeña, pasé por delante en coche cientos de veces y fantaseé con cómo sería por dentro.

Por fuera es un castillo pequeño y con carácter que se alza en la colina.

Un sitio en el que los famosos se dejan ver y al mismo tiempo desaparecen.

Nada más llegar vemos a nuestra primera celebridad: un rubio musculoso con gafas de sol y bastantes tatuajes que está esperando a que el aparcacoches le traiga el coche.

Cuando entramos en el emblemático hotel con sus baldosas originales y sus toques góticos, Oliver pregunta:

—¿No es aquí donde murió Belushi?