La respuesta (Dirty Diana 3) 10
51%

10

Un lunes por la mañana de junio, entro en el aparcamiento del trabajo, el mismo trabajo que he desempeñado en la empresa de mi suegro —McKinnon, Wood and Bloom— durante más de quince años.

Reconozco cada coche y cada grieta del asfalto.

Las cuento cuando me dirijo al vestíbulo y después recorro el espacio climatizado hasta llegar a mi mesa.

Me desplazo por mi bandeja de entrada, decido qué es más urgente y pego un respingo cuando oigo una voz en el umbral. Allen.

—Diana. Me alegro de pillarte. ¿Me acompañas a mi despacho?

Una pregunta que no es una pregunta.

Me sitúo frente a su escritorio de caoba. El mismo ciervo cuyo contacto visual he evitado durante quince años me mira fijamente desde la pared detrás de la cabeza de Allen, que se acomoda en su asiento.

—No sé si estás al tanto de las últimas noticias, pero fotografiaron a John Markham saliendo de un club de estriptis el viernes. Y también el sábado.

—No lo sabía. —Sí que vi el titular, pero ni me molesté en hacer clic. El senador Markham era uno de los clientes de Allen que mejor me caían, siempre hacía un esfuerzo por preguntarme cómo me iba y nunca me pedía que le llevara un café. Un listón bajo, pero significativo.

—Como es natural, no podemos permitir que se asocie a nuestra empresa con esa clase de comportamiento.

—¿Ir a un club de estriptis? —Tres de las cinco últimas fiestas que celebramos en Navidad terminaron en otra fiesta en un club de estriptis.

—Todo ha salido a la luz. Con el reciente divorcio de John de Melissa. Las acusaciones de infidelidad. No saldrá reelegido, está perdiendo a sus votantes.

—Y su dinero.

—El dinero siempre fue de ella, Diana. Y uno ha de tomar partido, aunque sea doloroso. Creo que es el momento adecuado para desvincularnos de John y apoyar a Melissa. No te importa comunicárselo, ¿no? Vosotros dos os lleváis bien.

—¿Quieres que me deshaga de él como cliente?

—Y que lleves a comer a Melissa.

Me da lo mismo que Allen tome partido. O que vaya detrás del dinero.

O la grandísima hipocresía de dejar a un cliente por razones morales.

En el fondo todo ello me entretiene. Del mismo modo que los mejores días ir a la oficina me entretiene.

Llegamos y cumplimos con nuestra obligación eficazmente: seguimos el guion en lo que respecta a lo que debería importarnos y lo que no.

Y a quién está al mando y a quién se invita a asistir a una reunión.

A quién cede el paso y quién habla primero y quién toma notas.

Algunos días lo imagino como si fuésemos actores en una cena con espectáculo en una ciudad pequeña necesitada de entretenimiento.

Representamos la misma obra una y otra vez y fingimos que no hay público.

Y algunos días presentarme en la oficina y saber que no tenía que aprenderme un texto nuevo me proporcionaba una sensación de paz y calma.

Podría hacer esta función dormida. Hasta no hace mucho.

Mientras Allen habla, las candilejas se encienden y el público está ahí.

Lo veo desde el escenario, abalanzándose sobre el entrecot del bufé, mirándome con expresión expectante.

—Creo que no voy a poder.

—¿Llevarla a comer? ¿Tienes algún compromiso?

—No. —Me siento frente a él para no amilanarme y salir por patas—. Lo cierto es que quería verte hoy. Oliver ha estado ganando bastante dinero reformando casas...

—¿Bastante?

—Se le da muy bien.

—¿Y? ¿Qué tiene eso que ver contigo?

—Que dejo el trabajo, Allen.

Los veinte minutos siguientes me parecen etéreos y ligeros.

Vuelvo a mi mesa flotando y redacto una carta de renuncia oficial.

Después cojo mis fotografías, meto en una caja la planta del dinero que tengo en la repisa de la ventana y decido salir a comer temprano.

Durante la comida elaboraré un listado de todo lo que necesito cerrar y delegar para no dejarle nada pendiente a Allen.

Serpenteo por el laberinto de cubículos y pienso en los días que pasé aquí con Oliver: el flechazo instantáneo que sentí al verlo, nuestro primer beso en la escalera.

Pienso en la vuelta al trabajo después de que naciera Emmy; la cerradura estropeada de la puerta de mi despacho y tener que colocar una silla delante para poder utilizar el sacaleches para Emmy sin que entrara alguien.

Pienso en las noches del año pasado en las que entrevistaba a mujeres en mi despacho al término de la jornada, rezando para que nadie se enterase.

Al pensar en Dirty Diana, mis recuerdos dan paso a la preocupación: ¿y si el negocio no basta para mantenernos?

¿Y si la próxima casa de Oliver no se vende?

¿Y si nos quedamos los dos sin trabajo? Cuando llego al coche, tengo la sensación de que la caja de cartón que contiene mis cosas del despacho podría aplastarme.

Pongo el aire acondicionado y recobro el aliento.

A continuación marco el número de Natalie Hutton. Lo coge una asistente y, para mi sorpresa, me pasa con ella.

—Se me ha ocurrido una cosa.

Natalie escucha mientras le intento vender la idea de una exposición en una galería, con la que llevo meses soñando, solo que ahora la modifico para que Natalie y su retrato sean el centro de todo ello.

Cuando paro de hablar, se hace una pausa larga y durante un momento me preocupa que se haya quedado frita.

—Me encanta. ¿Estás en Los Ángeles?

—No, pero puedo ir. —Acabo de dejar el trabajo.

—Deja que haga unas llamadas y te llamo, ¿vale?

Paso parte de la tarde cruzando correos electrónicos con Alicia, creando entre las dos una presentación para una velada en una galería dedicada a Dirty Diana con Natalie como principal atracción.

Oliver viene para dejar a Emmy y lo invito a quedarse a cenar. Antes de que tenga ocasión de contarle que he dejado el trabajo, sonríe y me hace saber que su madre ya lo ha llamado. Abre una botella de champán y sirve dos copas.

Mientras estoy cocinando, miro de reojo el móvil y veo que tengo varios mensajes de Petra:

Llámame.

En serio. Llámame.

Diana, llámame.

Lo coge inmediatamente.

—No te lo vas a creer.

—¿Va todo bien?

—Me he pasado toda la tarde al teléfono con la agente de Natalie y luego con su manager, con un equipo de ejecutivos de la industria cinematográfica, incluida su socia, Allison Kidd, que quiere que vayas a Los Ángeles y te reúnas con ella.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque quieren producir Dirty Diana. Comprar los derechos y hacer una película sobre tu trayectoria vital.

—Eso no es lo que le vendí.

—¿Cómo que no es lo que le vendiste?

—Llamé a Natalie y le vendí la idea de la galería. Una idea muy distinta.

—¡Por fin! Gracias a Dios. No sabes cuánto llevo esperando este momento.

—¿Qué momento?

—¡El de verte mover el culo!

—Petra. —No puedo evitar reírme—. ¿Mi vida (incluso con la versión de mi infancia a lo Footloose ) es lo bastante interesante para llevarla al cine?

—Como amiga tuya, yo diría que ¿«quizá»? Pero como tu agente, diría que eres vendible. Tú ve a esa reunión.

En el jardín trasero Oliver mira a Emmy, que practica la voltereta lateral. Cuando le cuento la extraña conversación que acabo de mantener, él parece tan confundido como me siento yo.

—¿Una película?

—Dicen que al final rara vez se hace la película. Solo les gusta acaparar para después no hacer nada con el material.

—Pero ¿es sobre tu vida? ¿Aparecería yo?

—Puede que un personaje basado en ti. ¿Qué opinas?

—Creo que es emocionante. —Mira a Emmy, que sale corriendo para buscar su caja de tizas—. ¿Y Jasper?

Noto que las orejas se me ponen rojas.

—No lo sé. No sé qué parte sería realidad o ficción ni tan siquiera qué les parecería interesante. Es demasiado pronto para pensar en eso. Nadie ha ofrecido nada aún.

Durante un buen rato nos quedamos mirando a Emmy mientras dibuja un conejito sonriente con tiza rosa.

Y luego algo con colmillos que persigue al conejito.

Oliver y yo intercambiamos una mirada familiar que dice: «Es un amor y rara y mejor que cualquiera de nosotros dos y ¿lo hemos hecho bien, hemos hecho lo suficiente hasta ahora? ».

—No quiero que todo este drama del colegio afecte a Emmy —comento en voz baja.

—¿La mafia de padres? No le afectará. —Oliver me pasa un brazo por el hombro y me estrecha contra él.

Desprende calor, su cuerpo es firme y reconfortante—.

Todo se habrá olvidado antes de que termine el verano, y Lorraine emprenderá otra cruzada.

Para cuando llegue el otoño ya habrá despedido a un profesor y a tres conserjes y estará completamente satisfecha.

Oliver recoge la cocina mientras baño a Emmy, intentando mantener la tranquilizadora voz de Oliver en mi cabeza. Cuando Emmy se duerme, abro el calendario del teléfono y le pregunto:

—Las clases terminan la semana que viene, ¿por qué no aprovechamos justo después y nos vamos a California? Yo podría asistir a la reunión y de paso tomarnos unas vacaciones.

—¿Los tres?

—Podría ser divertido. A menos que no te puedas coger unos días.

Oliver echa un vistazo al calendario por detrás de mí.

—La verdad es que es perfecto. El permiso para la piscina se retrasará por lo menos un mes, así que por ahora todo está parado en la casa. ¿Qué hay del campamento de Emmy?

—Tendría la playa a cambio. ¿Disneyland? ¿Nada de humedad ni mosquitos? Y no olvides que tus padres estarán en Santa Bárbara la mayor parte de julio. Podrían incluso quedarse unos días con Emmy mientras nosotros tomamos el sol en alguna playa.

Olive me sube a su regazo.

—Sí. —Está pensando lo mismo que yo: eso significa que volveríamos a vivir juntos. No despedirnos después de una cita. Pasar juntos todo el día y toda la noche—. Necesitamos un reseteo. ¿Qué mejor sitio que Hollywood?

He vivido una vida plena. Eso es lo que se dice, ¿no?

Pero es verdad. Una vida estupenda que siguió su debido orden.

Cuando mi marido me pidió que me casara con él, estábamos deseando que llegara la boda.

Después nuestra primera casa. Luego el primer hijo, claro.

Una hija preciosa, con una sonrisa mellada.

Tuvimos más hijos de los que pensábamos solo para tener esa sensación de que algo grande interrumpía nuestra vida.

Y ahora todos los hijos están casados y desperdigados por todo el país.

Hacemos viajes, desde luego. Visitamos a los hijos.

Ellos nos regalan cruceros porque creen que es lo que queremos.

Pero seguimos esperando el siguiente algo grande.

En mi fantasía, empezamos a darnos al sexo en lugares públicos.

En el parque. En un banco en el museo. En el cine.

¿Por qué no? Incluso hacemos un pacto: no moriremos hasta que nos lo hayamos montado en el solario de un crucero.