9 #4
Oliver me besa hasta llegar al vientre, me abre las piernas y me besa la cara interior de los muslos. Reprimo el instinto de cerrarlos. Hay muchas ventanas. Ningún lugar donde esconderse.
—Quiero saber lo que te gusta —dice.
—Ya sabes lo que me gusta —bromeo.
—En realidad no.
Intento estar en el presente. No quiero acordarme de que nunca nos lo hemos preguntado.
Que hemos andado de puntillas en lo que respecta al sexo, como si fuese un tema poco apropiado.
Cuando teníamos problemas, era como si fuesen deberes, pero ahora, en el suelo de esta casa, con su pecho encima de mí, es como una aventura en la que nos estamos embarcando juntos.
—Dame tus dedos —musito—. Dos.
Se coloca entre mis piernas y le guío la mano hasta la entrada de mi vagina, que ya está mojada, anticipando lo que va a pasar.
—Despacio —indico.
Se mueve exactamente como le digo, me mete los dedos lentamente. Mi cuerpo los envuelve, abultándose a medida que él me saca y me mete los dedos.
—Diana —dice, como si dejar que haga esto fuese el mayor regalo que pudiera hacerle.
Su erección me presiona, pero Oliver solo está centrado en mí.
Introduce los dedos y los saca, deslizándolos por la sensible piel; cada vez que dejan mi cuerpo, mis caderas se adelantan para que me vuelva a tocar—.
Estás tan mojada —comenta mientras admira cada pliegue, cada suave recoveco de mí.
—Ahora acaríciame el clítoris —le pido, y los ojos se le iluminan.
—¿Quieres que te acaricie el clítoris? —me pregunta, demostrándome que él también es capaz de decirlo. Que la gente puede cambiar. Que aún te puede sorprender y encantar.
—Sí.
Utiliza el pulgar para presionarlo. Ahora soy un charco. Oliver observa cada uno de mis movimientos.
—Sigue tocándome —lo insto. Cada palabra que digo en voz alta me provoca una descarga eléctrica inesperada—. Ahora méteme tres dedos.
Está más dentro de mí.
—¿Aquí?
—Más abajo.
—Aquí —afirma. Mis caderas se elevan—. ¿Te gusta cuando te hago esto? —Sabe cuál es la respuesta, solo quiere que yo la diga en voz alta.
—Sí.
Ahora se está acariciando.
—¿Me quieres dentro de ti? —Nos acaricia a ambos.
—Sí.
Me pone bocabajo, con los pechos contra el suelo. Mi cuerpo está abierto, preparado para recibirlo.
—Dime que necesitas que te meta la polla —respira contra mi oído mientras entra y sale de mí. Esas palabras pronunciadas por Oliver me hacen enloquecer. Me levanto para ponerme a cuatro patas y Oliver se arrodilla detrás de mí.
—Tírame del pelo —le digo.
Me coge un poco con una mano y tira lo suficientemente fuerte para que eche la cabeza hacia atrás. Gemimos juntos, el placer nos recorre. Mis pechos, sudorosos, suben y bajan cuando me penetra, y todavía necesito más. Quiero más presión, más tensión, más de este Oliver.
—Me encanta tu polla —le digo. Siento que Oliver se ruboriza, su cuerpo irradia calor—. No me puede gustar más —aseguro.
Y entonces estalla dentro de mí.
—Sigue —le pido, y se mueve contra mí, embistiéndome hasta que lanzo un grito.
El lunes por la mañana Oliver y yo estamos sentados en la cabina de su camioneta, en el aparcamiento de la consulta de Miriam, ensayando lo que le vamos a contar.
—Nos lo pasamos genial en el concierto y nos fuimos a casa. Yo no dije «me encanta tu polla». Ni una sola vez —le indico. Me divierte hacer que se ruborice, cosa que hace.
—Ese ha sido mi mantra durante toda la mañana. No he parado de repetirlo mentalmente.
—Es verdad —afirmo con una sonrisa radiante. Resulta imposible no ver que nos hemos acostado. Somos como dos niños que niegan haber puesto un cojín de pedorretas en la silla del profesor.
Tras compartir la misma observación, Oliver plantea:
—Quizá debiéramos mencionar una canción en concreto, ¿no?
—Pero ¿y si no la tocaron?
—¿Crees que comprobará el repertorio?
Hablamos medio en broma medio en serio, y no queremos decepcionar a Miriam.
—Esto es de locos —opino—. Deberíamos sentarnos y preguntarle sin más: «Miriam, ¿cuándo podemos echar un polvo?».
—No. Sabrá que la hemos pifiado. Tenemos que entrar ahí y mentir como bellacos.
—Nos dirá que no estamos preparados.
—Pero lo estamos. Lo estuvimos. Lo hicimos. Tenemos que contárselo.
—Tú y yo sabemos que estamos preparados, pero ella quería que saliéramos mucho más tiempo.
—La pifiamos. Puede que debamos admitir que la pifiamos.
Oliver tira de mí y me besa tiernamente.
—A mí el sábado no me pareció una pifia. De hecho, he estado pensando en ello toda la mañana.
—Llegamos tres minutos tarde a terapia.
—¿Y si le decimos que tenemos pensado acostarnos el viernes, si todo va bien? Así en la próxima sesión no tendremos que mentir.
—Vale. Buen plan.
Salimos del coche y cruzamos el aparcamiento, poniendo buen cuidado en no caminar demasiado juntos o dejar que alguna parte de nuestro cuerpo se toque. Cuando los dos pulsamos el botón del ascensor al mismo tiempo, Oliver retira la mano deprisa, como si quemara.
—Perdona —farfullo.
Sonreímos amable, correctamente, cuando Miriam nos invita a acomodarnos en el sofá.
Nos sentamos a la vez.
Y cuando nos pregunta cómo nos va, respondemos a la vez:
—Nos hemos acostado.