La respuesta (Dirty Diana 3) 9 #3
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—«En una escala del uno al diez, ¿cómo estás de ilusionada con tu vida ahora mismo?»

—Diez.

—«Si pudieses hacer una escena de amor con quien quisieras, ¿con quién la harías?»

—Contigo.

—No tienes por qué decir esto.

—Es la verdad.

—Esta no es una pregunta de Vogue , pero ¿era Natalie Hutton a quien escuché?

—La conocí hace unos días.

—¿Le contaste que me diste permiso para enrollarme con ella?

—No salió el tema.

Me abraza más, me besa en la mejilla. No recuerdo haberme sentido nunca tan conectada con él, tan abierta y tan relajada. Miro a mi alrededor la casa que está construyendo: el hombre que trabajaba tan a regañadientes para su padre parece estar muy lejos.

Oliver vuelve a las preguntas.

—«¿Cuál sería una cosa que la gente no sabe de ti?» Vale, creo que sabemos cuál es la respuesta a esta pregunta.

—Pero la gente lo sabe.

—¿Qué te parece que estuvimos a punto de divorciarnos?

—Eso también lo sabrá.

—¿Cómo?

—Forma parte de la historia. De nuestra historia. ¿Te parece bien?

—¿Sabrán que... dejamos de acostarnos y todo lo demás?

—Sí.

—Vale.

—¿Te preocupa?

—Le preocuparía a mi padre.

—¿Y a ti?

Oliver exhala larga y lentamente.

—Es tan aburrido tener miedo de no ser follable... Así que no. Voy a decir que no. Te toca: «¿Cuál es tu ritual para levantarte?».

—¿Un despertador y un profundo suspiro existencial?

—«¿Cuál es tu ritual para irte a la cama?»

—Poner el despertador lanzando un profundo suspiro existencial.

—«¿Cuál es tu hora preferida del día?»

—El atardecer. Menos cuando Emmy era una recién nacida y cuando el sol se ponía me agobiaba muchísimo pasar otra noche en vela.

—Lo recuerdo.

—Lo sé.

Estoy absorta en el recuerdo de esos días con Emmy recién nacida y nosotros de padres primerizos cuando me interrumpe.

—«¿Zapatos de tacón o planos?»

—Mmm. Esta es difícil. Planos.

—«¿Cuál esperas que sea tu epitafio?»

—¿Qué? Este cuestionario me deja loca.

—Tienes que contestar.

—¿Quién lo dice?

—No cambies de tema.

—Vale, vale. —Contemplo la noche, que ahora es completamente negra. Noto que Oliver me observa, intenta averiguar lo que voy a contestar. Me vuelvo hacia él y digo—: «Abracemos el cambio».

Se para a pensar.

—¿No sería más bien: «Aquí descansa Diana, que abrazó el cambio»?

Pongo los ojos en blanco.

—De todas formas, prefiero la cremación. Siguiente pregunta.

—«¿Icono del estilo?»

—Por desgracia, mi madre. Tiene mucho estilo.

—Me gustaría volver a ver a Ava. Darle a Emmy la oportunidad de conocerla.

—Tal vez. —Mi madre conoció a Emmy cuando tenía un mes. Después de esa primera visita, la invitamos a pasar las primeras Navidades de la niña, pero no pudo asistir, adujo algo de una audición a la que no podía faltar. «Sí, durante las vacaciones», insistió cuando la presioné.

La invitamos al primer cumpleaños de Emmy, y al segundo.

Al principio nuestras invitaciones iban seguidas de excusas, pero después dejó de contestar y nosotros dejamos de invitarla.

Sus llamadas no eran para felicitar cumpleaños o festividades y no estaban salpicadas de «Te echo de menos», sino que decía: «Me acordé de ti por algo, solo llamaba para saludar».

A veces me despertaba en plena noche, preocupada por no saber nada de ella y convencida de que había pasado algo espantoso.

Seguro que estaba tirada en su apartamento, enferma; había sufrido un accidente de coche, algo terrible.

Por la mañana, cuando la llamaba, lo cogía y respondía con voz adormilada: «Hey».

Como si no hubieran pasado meses. Como si habláramos todos los días.

Cualquier sensación de alivio que me pudiera invadir se veía sustituida deprisa por una ira sorda.

—¿Estás bien? —le preguntaba.

—Qué va, no.

Durante un instante el corazón se me aceleraba, me preparaba para escuchar algo estremecedor.

Entonces ella exhalaba un suspiro. Largo.

Y se lanzaba a enumerar toda una serie de injusticias que el mundo había cometido con ella: una rueda pinchada, un director de casting mezquino que por algún motivo la tenía tomada con ella, una cita pésima que le había endosado la cuenta.

Mi madre hablaba y el calor se extendía por mi cuerpo.

No soportaba tener que escuchar todas las maneras en que el mundo la había tratado mal.

Y, aun así, ninguna de esas cosas parecía lo bastante grave como para que no pudiera sacar tiempo también para su nieta.

Cuando colgábamos, las manos me temblaban de ira. Me lo creía. La creía a ella. Otra vez.

—Forma parte de ti —dice en voz baja Oliver.

—Pero no la parte que me gusta.

—A mí me gustan todas las partes de ti. —Me besa un hombro y lee—: «¿Cuál es el ingrediente que le pones a todo?».

—La sal de ajo.

—¿En serio?

—Sí. Continúa.

—«¿A qué tres personas vivas o muertas te gustaría invitar a cenar?»

—A tu bisabuela. A Joan Mitchell, la pintora. Y... pregúntame más tarde, seguro que se me ocurre la tercera.

—«¿Cuál es tu mayor miedo en la vida?»

—Retroceder.

—«¿Ventanilla o pasillo?»

—Pasillo.

—«¿Cuál es tu talento oculto?» —Antes de que pueda responder, Oliver sugiere—: ¿El arte erótico?

—La pintura.

—«¿Qué es lo más arriesgado que has hecho en tu vida?»

—El arte erótico —respondemos a la vez.

—«¿Delfines o koalas?»

—Esa no es la pregunta, ¿no?

—Lo juro.

—Pandas rojos.

—«¿Secarte el pelo al aire libre o con secador?»

—Alguien empezaba a cansarse de escribir estas...

—Casi hemos terminado. «¿Lo mejor que te ha pasado hoy?»

—Tener sexo en esta maravilla de casa.

—«¿Lo peor que te ha pasado hoy?»

—Dejar esta maravilla de casa.

—«¿El mejor cumplido que te han hecho?»

—«Te quiero. Nunca he dejado de quererte. Ni siquiera cuando te dije que sí.»

—Oye, que eso lo he dicho yo. Vale, la última: «¿Cuál es tu fantasía?».

—¿Podemos dejarla para más tarde?

—Esta la escribieron específicamente para ti. El broche de oro.

—Sin presiones.

—Has entrevistado a muchas mujeres. ¿Nunca has compartido la tuya?

—¿Echar un polvo en la casa estilo mid-century que mi marido está reformando?

Oliver sacude la cabeza fingiendo consternación.

—Lo dices por cumplir. —Deja el cuestionario a un lado y se sube encima de mí, me inmoviliza los brazos por encima de la cabeza—.

Para aplacarme. —Me besa el cuello y va bajando hasta mis pechos.

Un escalofrío me recorre el cuerpo—. La aceptaré.

—Noto su erección, dura y urgente, presionándome el muslo—.

Por ahora. —Me aparta el pelo del cuello y me besa la desnuda piel—.

Pero después me cuentas la verdadera fantasía.