9 #2
Un día había un cocinero nuevo ocupándose de la plancha y estaba más bueno que el pan.
Nada más verlo me sentí cómo debían de sentirse los padres cuando llegaban y me veían sirviéndoles el café.
Se llamaba Will, tenía veintitrés años e iba de trabajo en trabajo.
Tenía el pelo negro, los pómulos altos, una nariz larga y huesuda y unos ojos verdes con las pestañas negras.
Sus fibrosos brazos estaban llenos de tatuajes caseros.
Decía que era cheroqui, pero no sé yo: es lo que dice mucha de la escoria blanca de donde soy cuando se quiere dar importancia, cuando quiere dotar de belleza a la pobreza en la que está atrapada.
Will era callado, pero me tocaba las caderas, como sin querer, como si yo fuese un mueble, cuando se movía por la minúscula cocina.
La primera vez que lo hizo, juro por Dios que sentí que me iba a correr.
Si uno de los padres que iba a por su café hubiera intentado follarme en el servicio, probablemente lo hubiese hecho, así de arrollador era el calor que sentía entre las piernas cuando terminaba mi turno.
Al día siguiente me esforcé más que nunca por entablar conversación con Will, pero me rechazó educadamente, casi ni me miraba, de manera que cuando nuestras miradas coincidían de vez en cuando —repentina, fijamente—, yo intentaba no proferir un grito ahogado.
Me planteé pedirle que me hiciera uno de sus espantosos tatuajes solo para que me tocase.
La primera vez que habló conmigo, se había formado una cola y un capullo rico se la saltó y se puso el primero.
«Tengo prisa», le soltó a una madre que estaba sola con un niño pequeño que daba berridos.
Entonces me vio y ya no tenía tanta prisa.
Entonces tenía tiempo para charlar y estaba retrasando la cola.
«Hazme un latte , mueve esas tetitas.» Will oyó lo que dijo el tipo, salió de la cocina y preguntó: «¿Hay algún problema?
». Tenía una voz grave, de la que apenas me había dado cuenta, dado que hablaba tan poco.
El capullo y él se enzarzaron en un rifirrafe, daba la impresión de que se estaban preparando para pelearse.
Entonces efectuaron la última llamada del vuelo del capullo y se fue, tras haber cumplido con su propósito: hacer que Will hablase conmigo.
Hacer que Will, esperaba yo, por fin se fijara en mis tetas.
Me puso una mano en el hombro y me preguntó: «¿Estás bien?
». Dije que sí, que eso me pasaba un montón, estaba acostumbrada, confiando en que se diera por enterado y viniese detrás de mí.
Pero se limitó a encogerse de hombros y volvió a la cocina.
Desde entonces he estado con muchos hombres, pero con Will no estuve nunca.
Solo tengo el recuerdo de sus manos en mis caderas al pasar por detrás de mí en la cocina.
De que aquella vez me preguntara: «¿Estás bien?
». Así que mi fantasía es esta: el chico que forma parte del punto más bajo en mi vida está en lo más alto del cielo conmigo en mi avión privado.
Mejor aún, es un avión que el estudio ha puesto a mi disposición para mi uso personal con el objeto de intentar hacer que firme un proyecto estúpido.
Aunque estoy en un cómodo asiento de piel, vuelvo a llevar el uniforme del café.
No sé por qué está Will en el avión conmigo.
No es porque lo impresionara. No: Will es el comandante, el que pilota el avión.
«¡Lo conseguiste, Will!», exclamo cuando lo veo en la cabina.
«Sí.» «Y ¿esto es lo que siempre has querido?
No lo sabía. Era difícil saber lo que tenías en la cabeza.
» Él se vuelve, deja el control del aparato en manos de su copiloto, el cual, por lo visto, es un gran piloto, aunque es el propietario del café.
Will cierra la puerta de la cabina y viene hacia mí. Pasmada, me acomodo en mi asiento, o me tumbo en él, ya que alguien lo ha convertido en una cama de matrimonio.
—Lo que siempre he querido —contesta— eres tú.
—Podrías haberme tenido cuando hubieses querido.
—Pero no habría podido retenerte. Sabía que llegarías lejos. Sabía que eras una cuenta que no podía permitirme pagar.
Will me sube la falda por los muslos y poco después sus gruesos dedos tatuados están dentro de mí.
Los padres del café nos miran, los adolescentes nos miran.
Después Will se desabrocha el cinturón barato y deja que le vea la polla por primera vez, tan voluptuosa como cuando estábamos sin blanca.
Las recién casadas en luna de miel del aeropuerto se la están chupando a sus maridos mientras nos miran.
Will pone mis largas piernas alrededor de sus morenos hombros al tiempo que me penetra por primera vez después de décadas de espera.
«¿Estás bien?», me pregunta mientras me embiste.
Nunca tuvo cuerpazo, pero resulta que todo el peso con el que carga está en su polla.
Y después de que me haya hecho explotar y de que aterricemos en Londres para acudir a mi estreno, llevo esa sensación conmigo todo el día, mientras atiendo a la prensa y a continuación, en la alfombra roja.
Lo bien que me hizo sentir, entonces y ahora, esa sensación de que fue el único chico que no se desplomó necesitado delante de mí, esa sensación de volar muy muy lejos.
Oliver pone otra: Estoy en un tren. Anochece, y a través de la ventanilla veo...
Y después otra.
Oigo mi propia voz, una y otra vez, formulando preguntas.
Y cuando esa fantasía termina, pone otra.
... y cuando el concierto termina, su guardaespaldas me encuentra en el aparcamiento y me lleva al autobús de su gira. Quiere que pase la noche con él.
Luego se hace el silencio. Pasan minutos antes de que oiga que Oliver se levanta. Yo hago lo mismo.
La puerta por fin se abre. No quiero ser la primera en hablar.
—Diana...
No rehúyo su mirada. Rodea mis muñecas con los dedos.
—Eres tú. ¿Cómo no me va a gustar cualquier cosa que sea tuya? —Se inclina y me besa. Es un beso tierno, que rebosa el alivio que sentimos ambos, los dos sabemos que no querríamos estar en ningún otro sitio que no sea este.
Y entonces no nos podemos contener. Nos quitamos la ropa deprisa, como si estuviesen a segundos de prenderse fuego. El cuerpo de Oliver ha cambiado. Ahora es más fuerte, sus hombros son más anchos. Me tapo los pechos con las manos, de pronto me siento tímida.
Pero acto seguido nuestras manos están en el cuerpo del otro, explorando los lugares que hemos ansiado y echado de menos a lo largo del último año.
Con sus manos en mis riñones, Oliver me baja al suelo, coge su sudadera y me la coloca debajo de la cabeza.
—¿Así estás bien?
Lo único que consigo hacer es asentir, la voz se me queda en la garganta.
Ahora Oliver está encima de mí. Y noto que mi cuerpo se prepara para el sexo que conocemos. Pero en lugar de penetrarme inmediatamente, me provoca despacio con la punta de su miembro. Gimo de placer, haciéndole saber que me encanta cada segundo.
—Fóllame —le pido—. Por favor.
Sus ojos brillantes no dejan de mirarme en ningún momento cuando por fin me penetra, entra lentamente más dentro de mí. Levanto la cabeza para poder ver cómo se unen nuestros cuerpos, fundidos el uno en el otro.
Nuestro sexo siempre era muy vacilante. Debajo de la sábana o de lado, los dos como para cubrir el expediente. Sin embargo, ahora tenso los músculos alrededor de su miembro. ¿Son estos los mismos cuerpos? ¿Fundiéndose en nuevos niveles de éxtasis?
Mi orgasmo llega como de la nada. Rápidos e intensos espasmos de placer, cada uno de ellos tan breve como el encendido de una cerilla.
—Me corro —gimo, y Oliver va detrás. Y todo termina. Quiero aplaudir. Felicitarnos de alguna manera.
—Lo siento —se disculpa, sonriendo y viendo cómo sonrío yo—. Suelo durar más.
—No pasa nada. —Me río—. Yo también.
Nos tumbamos en la noble madera del suelo, bajo el techo de tablas machihembradas, con el corazón desbocado. Me pregunto si mis orgasmos siempre serán tan fáciles. Tan imposibles de detener como un tren descontrolado.
—Y ahora ¿qué?
—Pues... —Gira la cabeza y me sonríe—. Mentimos a Miriam, claro.
—Lo digo en serio. ¿Qué pasa ahora, con nosotros?
—Lo hacemos otra vez. —Se apoya en un codo y me mira a los ojos—.
Y otra. Y otra. Hasta que ninguno de los dos pueda andar.
—Me besa con ternura. Los dos estamos pegajosos del sudor y el sexo, pero me da lo mismo.
Lo estrecho contra mí. Me siento bien entre sus brazos—.
Creo que lo que estás haciendo es genial —afirma.
—¿Genial? —Los dos sonreímos.
—Estupendo. Valiente. Sorprendente.
Al otro lado de las enormes ventanas la última luz del día se desvanece. Vemos cómo se mecen los robles de Virginia más altos. Si viviésemos aquí, esto sería lo que veríamos desde la cama.
—¿Te puedo enseñar una cosa?
Me besa en el cuello.
—Enséñamelo todo.
Bajo un montón de nuestra arrugada ropa encuentro mi teléfono y le enseño a Oliver todo lo que pensamos hacer para la página. El material de prensa, el cuestionario de Vogue .
—Todavía no lo has rellenado.
—Creo que no podía hacerlo hasta que tú lo supieras todo. No quería que tuvieras que leerlo en Vogue .
—No leo Vogue .
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Vamos a rellenarlo. Será divertido.
—¿Juntos?
— Vogue quiere saber lo que piensas, y yo también. Vamos. —Parece entusiasmado de verdad.
—Y cuando se publique el artículo estará ahí fuera. En el mundo. Tus padres podrán buscarlo en Google. Tus amigos lo podrán buscar. —Lo miro atentamente.
—Lo sé.
—¿Y? —Apoyo la cabeza en su desnudo pecho. El corazón le late fuerte y rápido.
—No lo sé. Llevamos mucho tiempo escondiéndonos, no quiero hacerlo más. Casi es como si tú lo supieras. Como si supieras que teníamos que dinamitar la vida que llevábamos. Y puede que esto sea lo que nos una. —Se aclara la garganta y empieza a leer—. «¿En qué lugar prefieres despertarte?»
—¿Podría ser aquí?