La respuesta (Dirty Diana 3) 9
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El sábado por la noche me cambio de ropa tres veces antes de que Oliver pase a recogerme, como si elegir el modelo adecuado pudiera hacer que esta noche sea más fácil.

A los diez minutos de empezar nuestro viaje a Memphis para ver a un grupo de música que a Oliver le encanta, pero al que nunca ha visto en directo, lo llaman para informarle de que ha reventado una tubería en la casa que está reformando.

El contratista de la obra intenta tranquilizarlo diciendo que se ha ocupado del problema antes de irse y que lo verá en la casa el lunes.

—¿Te importa? Está de camino.

Al principio solo veo árboles: imponentes y aletargados abedules negros que festonean el acceso.

Nos vamos acercando y la escondida casa de estilo mid-century aparece ante nosotros.

Para cuando hemos aparcado en el garaje abierto ya estoy enamorada.

Incluso con sus magulladuras y un deterioro que salta a la vista, resulta tan majestuosa en medio del bosquecillo.

—Oliver, es preciosa.

Me coge de la mano y me lleva por un puentecillo de madera, desigual y al que le faltan algunas tablas, pero lo bastante robusto para permitirnos cruzar un arroyo de aguas rápidas.

Cuando saca las llaves, pienso en nuestra casa.

A la que nos mudamos justo antes de que naciera Emmy.

Esa casa sabía exactamente quiénes quería que fuésemos: recién casados con una cocina abierta y una habitación de invitados para la suegra.

Lo mismo que quería la casa de al lado. Y la de al lado de esa.

Y la de la acera de enfrente. La semana que nos instalamos me sorprendí entrando dos veces por el camino de acceso equivocado.

«Te acostumbrarás —me aseguró mi amable vecina—. ¿Y si pintas el buzón? ¿Te ayudaría?»

Seguí su consejo y lo pinté de púrpura oscuro, un color que seguro que nadie más escogería.

Me alegraba la vista cada vez que entraba con el coche.

Sin embargo, la asociación de vecinos no opinaba lo mismo.

Había una lista de colores aprobados para el buzón, y el púrpura no era uno de ellos.

Así que lo volví a pintar del color que estaba, gris, y dejé un único punto púrpura en la parte de arriba. Un pequeño acto de rebeldía.

En el interior de la propiedad de Oliver, pasamos de habitación en habitación, pero la sensación es más de ir flotando: el espacio es luminoso y amplio, con vigas de cedro y claraboyas.

Se encuentra en obras, y los cables expuestos y el pladur sin terminar no hacen sino añadir encanto al lugar: se ve el trabajo y el mimo que se está poniendo en todo.

Cuando llegamos al comedor, exclamo entusiasmada:

—Pintaría en esta habitación todas las tardes.

—Ven aquí. Te quiero enseñar mi parte favorita. —Oliver me lleva hasta un porche con mosquiteras al que se sale por la cocina. En el medio crece un árbol que ha atravesado el suelo de madera—. Estamos haciendo todo lo posible para salvarlo.

—Tenéis que salvarlo. —Paso una mano por el tronco.

—Quiero respetarlo todo, ¿sabes? El diseño original. No voy a cambiar nada, tan solo lo devolveré a la vida. Puede que acabe conmigo, pero creo que valdrá la pena.

Permanecemos en silencio admirando la habitación.

Después me vuelve a coger de la mano y me lleva al dormitorio principal.

Me describe detalladamente lo que quiere hacer, pero cuanto más se le ilumina la cara, más pánico empiezo a sentir yo.

Quiero disfrutarlo, pero no soy capaz. La mano me suda en la suya.

—Tengo que contarte una cosa.

—Vale. —De pronto parece tan nervioso como me siento yo.

—Es importante. Algo que te he estado ocultando.

Me suelto de su mano y me siento en el suelo en medio de la habitación vacía. Pego las rodillas al pecho.

Oliver se sienta a mi lado.

—Puedo escuchar lo que sea. Soy yo.

—He estado pintando. Más que nunca. Dibujando, pintando, al carboncillo y al óleo, todo.

—Es genial, Diana. —Entorna los ojos—. ¿Pensabas que me molestaría?

—Pinto a mujeres a las que entrevisto. Para que me cuenten sus fantasías eróticas.

—Le hablo a Oliver de la página web, sin dejar de mirarlo en ningún momento.

Su expresión es neutra, salvo por la arruga que se le forma en el entrecejo: es una expresión familiar, la que tiene siempre que escucha con atención—.

En realidad ahora es un negocio. Que está empezando a dar dinero.

—Oh. —Se echa hacia atrás y se apoya en las manos mientras me escudriña—. Una vez me pusiste una de esas entrevistas...

—Sí.

—Y mi reacción... —Los dos estamos recordando la misma noche, cuando le puse un fragmento de una grabación. La misma noche que me dijo que se estaba desenamorando de mí—. ¿Por eso te ponía nerviosa contármelo ahora? ¿Por lo que pasó aquella noche?

—Todo fue tan delicado entre nosotros durante tanto tiempo, y ahora sigue siendo delicado, pero de un modo prometedor. No quiero que volvamos a meter la pata por mi culpa.

—¿Quién más lo sabe?

—Lo sabrá un montón de gente. Muy pronto. Y sabrán que la página es mía.

—Ya, pero ¿cuáles de las personas que forman parte de tu vida lo saben ya?

—L’Wren, Liam, Petra. —A la cabeza me vienen Lorraine y su solicitud. Raleigh—. Algunas madres del colegio se han enterado.

—¿La puedo ver?

—Claro. —Como no aparta los ojos de mí, añado—: ¿Ahora?

Asiente y abro la página en el móvil. Oliver mira todos los retratos, las docenas de nombres de mujeres.

—¿Todos estos dibujos son tuyos? ¿Cuándo has grabado todas las entrevistas?

—Algunas las grabé antes de que nos separásemos. Otras son más recientes.

—Sigo sin entenderlo. ¿Por qué no me lo contaste?

—Quiero ser sincera, pero también me da miedo romper la magia que hay entre nosotros.

—¿Me das un minuto?

Su voz es inexpresiva, no me da ninguna pista. Cuanto más neutra es su expresión, más noto como palidezco.

—Claro.

Oliver me coge el teléfono y se encierra en el cuarto de baño.

Oigo que se apoya en la puerta cerrada y lo imagino deslizándose hasta el suelo.

Hago lo mismo en el otro lado, de manera que estamos sentados espalda contra espalda.

Le da al play . Escuchamos la primera entrevista juntos.

Durante los primeros minutos oigo que cambia el peso del cuerpo contra la puerta.

Luego se acomoda y el único sonido es la voz de Natalie, que fantasea con volver a ver a alguien a quien conoció cuando era joven y estaba sin blanca.

... trabajaba en el aeropuerto. Tenía diecinueve años y me levantaba todos los días a las cuatro de la mañana y cogía dos autobuses para llegar a tiempo de abrir el café.

Los pasajeros amargados que se disponen a ocupar los estrechos asientos de su avión después de haber sorteado las serpenteantes colas de facturación están como locos por tomarse el primer café del día, aunque sea uno de filtro aguado como el que yo servía.

Me calentaba los congelados dedos con el asa y les alegraba el día.

Con el café. Y con mi presencia. Se han levantado muy temprano y no se esperan ver a una chica tan guapa como lo era yo entonces, alguien cuyas formas no podía ocultar la mierda de uniforme que llevaba, alguien que acaba de salir de la ducha con unos rizos espectaculares que no se conseguirían ni pagando al más caro de los peluqueros.

Y con esa sensación de modorra que se tiene como cuando uno ha bebido de más y tiene falta de sueño, los pasajeros me miraban con cara de asombro.

Padres con sus hijos chillones. Recién casados en luna de miel, una mujer apartando a su marido de mí con desprecio.

Adolescentes con sus madres. Equipos de fútbol enteros.

Todos ellos balbucían y clavaban la vista en mí.

Tenía que pedirles que hablaran más alto cuando me decían qué querían.

¿A quién demonios le intimida una adolescente que trabaja en el aeropuerto por un sueldo inferior al salario mínimo?

En fin, eso es lo que consigue la belleza.

Lo veo ahora que soy mayor. La belleza cambia cosas. A mí también me pasó.