La respuesta (Dirty Diana 3) 8 #2
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Por la mañana aparco al lado de L’Wren y llevamos juntas a las niñas al colegio.

Cuando Emmy y Halston se adelantan, L’Wren abre el enlace de la solicitud en su móvil.

Por el momento hay cuatro firmas: la de Lorraine, cómo no; la de Raleigh y la de la madre de Tristan, que era de esperar.

Es a Lorraine lo que Renfield es a Drácula.

Sin embargo, Hilary Ballard es la mayor sorpresa.

—Siempre te ha tenido envidia —asegura L’Wren—. ¿Recuerdas cuando te dejaste flequillo abierto y a los tres días ella se presentó para compartir coche con el mismo corte de pelo, pero horrorosa? Está obsesionada contigo.

—Pero ¿cómo se ha enterado Lorraine de lo de Dirty Diana?

—Ay, Dios, ahí está. —Las dos miramos de reojo hacia la entrada, donde está Lorraine, con un vestido de verano amarillo vivo y una americana de un blanco nuclear, protegiendo la entrada principal como una gárgola.

Raleigh la abraza deprisa antes de desaparecer dentro—.

Bueno... —L’Wren lanza un suspiro—. Ahí tienes la prueba.

La Dama del Sombrero debe de haber utilizado lo que sabía de Dirty Diana para ganar puntos con Lorraine.

Este colegio es peor que la corte de Ana Bolena.

¿Tanto rencor me guardaba Raleigh? ¿De dónde saca el tiempo la gente?

—Bueno —la voz me tiembla—, no pienso tener miedo de dejarme ver en el colegio.

Le digo adiós a Emmy con la mano y me vuelvo hacia Lorraine.

—Buenos días.

—Diana, ¿podemos hablar un momento?

L’Wren me mira como para preguntar: «¿Voy contigo?».

—Te llamo luego —le prometo.

Cuando Lorraine me lleva hacia el aparcabicis, no puedo evitar sonreír. Pero si ata cabos y cae en la cuenta de que estamos en la escena del primer crimen, no dice nada.

—Diana, cari. No soy de las que evitan el enfrentamiento. Digo lo que pienso y siempre soy sincera. Y a mis hijos les digo que hagan lo mismo. —Tiene los brazos cruzados delante del pecho, como si yo supusiera una amenaza física.

—¿Gracias?

—Así que quiero que sepas que he presentado una solicitud para que expulsen a tu hija de St. Mary’s. Pero de verdad que no es personal.

—Entonces, ¿por qué figura mi nombre en la solicitud?

—A lo que me refiero es a que esto no tiene nada que ver contigo per se .

Contra ti no tengo nada. Casi no te conozco.

Presentaría una solicitud contra cualquier padre que creara contenido pornográfico.

—Detrás de Lorraine, a un grupo de padres se le da fatal fingir que no está mirando—.

Somos una comunidad muy unida, Diana, ¿no?

¿No es eso lo que siempre te ha gustado de St. Mary’s?

—Continúa deprisa, sin darme tiempo a que responda—.

Y los actos de un padre provocan una reacción en cadena, ¿lo entiendes?

He visitado la página, Diana. Sé lo que es.

Los niños de St. Mary’s ven en nosotros un modelo al que imitar. ¿Qué le parece a Emmy lo que haces?

Hasta ahora, sorprendentemente, he mantenido la calma, pero cuando menciona a Emmy es como si sacara un cuchillo. La ira me sube por el cuello.

—No se lo he contado a Emmy. No creo que sea lo bastante mayor.

—Vaya, por fin estamos de acuerdo en algo. ¡Hurra! —Sonríe y deja a la vista unos dientes blancos y brillantes demasiado perfectos.

—Cuando sea lo bastante mayor para entenderlo, creo que me apoyará.

—Diana, por favor . No seas ingenua. Se sentirá humillada.

Me clavo las uñas en la palma de las manos. No recuerdo a nadie que me desagradara tanto.

—Podrías haber hecho esto de otra manera, Lorraine. Podríamos haberlo hablado.

—¿Como hablamos en la reunión? ¿Cuando pronunciaste tu monólogo de la vagina? Por favor.

Cada vez que dice «por favor» me irrita más. Continúa:

—Vemos la vida de manera muy distinta.

—Desde luego.

—No creo que nunca podamos tener algo en común, ¿no te parece? Y, sinceramente, creo que la mayoría de los padres se pondrá de mi parte.

Vuelvo a mi coche caminando deprisa, con la cabeza gacha por si me echo a llorar. Cierro de un portazo y arranco. El pánico me asalta rápidamente.

Al principio solo es una sensación de ligereza.

Como si pudiera alejarme flotando si no llevara puesto el cinturón de seguridad.

En sí misma no es una sensación espantosa, pero cuando agarro con fuerza el volante para intentar tranquilizarme, la sensación se intensifica.

«Presta atención, estás conduciendo. Vuelve.

» Pero no soy capaz de volver a mí. Si no soy capaz de controlar mi cuerpo, ¿cómo voy a controlar el coche?

Me entra el pánico. La palma de las manos me suda.

Pienso en tragar saliva hasta que lo único en lo que puedo pensar es en tragar saliva.

¿Estoy tragando la suficiente? «Siente los pies en los zapatos, siente el pellizco del pantalón en la cintura.

» Las lágrimas hacen que me escuezan los ojos.

Me detengo en el arcén para poder cerrarlos.

«Vuelve.» Trago saliva e intento recuperar el aliento, sin conseguirlo.

Miriam lleva puesto un pantalón vaquero, hecho este que me desubica. Estoy sentada en su sofá sola, sin Oliver.

—Gracias por verme tan de improviso —digo con tranquilidad.

Al parecer Miriam me lo notó en la voz nada más cogerme el teléfono.

Cuando iba de camino a su consulta, no paré de darle vueltas y más vueltas.

¿Y si Oliver hubiese llevado a Emmy al colegio hoy?

¿Lo habría abordado Lorraine para pedirle su firma?

¿Cómo pude pensar que Dirty Diana seguiría siendo un secreto hasta que de repente me apeteciera contárselo?

Qué ingenua he sido, como una niña jugando al escondite detrás de una escoba. ¡Nunca descubrirán que soy yo!

—Diana, no suelo ver a nadie individualmente cuando trabajo con la pareja. Si necesitas que te recomiende a alguien...

—Solo será esta vez. Necesitaba hablar con alguien que nos conoce a los dos.

—No puedo ocultarle esto a Oliver.

—Lo sé. Y no quiero que lo hagas.

Le cuento todo a Miriam. Desde los comienzos de Dirty Diana en Santa Fe hasta las entrevistas a mujeres en mi despacho después del trabajo y hasta ahora, con el dinero de Petra y nuestras propias oficinas.

Me deja hablar, no toma ni una sola nota ni me interrumpe con una pregunta.

Cuando por fin guardo silencio, se yergue en su silla, cruza y vuelve a cruzar las piernas, sin decir nada durante lo que me parece mucho tiempo. Cuando habla, es más una exhalación.

—Vaya.

—Estoy lista para contárselo. Se lo quiero contar. Estamos en un buen momento.

—Has estado esperando para contárselo hasta ¿cuándo? ¿Cuando tuvieses la sensación de que podrías predecir cómo reaccionaría?

—¿Más o menos?

—Y ¿tenías la sensación de que sería una reacción que te acercaría más a él en lugar de alejarte?

—Hemos cambiado y nos hemos estado moviendo en las direcciones adecuadas, hacia la intimidad, pero existe una pequeña parte de mí... —estoy mintiendo; es una gran parte de mí— que tiene miedo de que esto se lo cargue todo.

—¿Por qué?

—Porque Oliver tendrá la sensación de que no se puede fiar de mí. Como si le hubiese ocultado algo durante mucho tiempo.

—¿Es que él no te ha ocultado cosas?

—Sí, pero eso lo hemos superado. El póquer nunca fue póquer. Parece que de eso hace ya siglos.

—Pero ¿crees que esta mentira es algo que no podréis superar?

—Esta mentira va unida a quién soy. A una parte de mí.

—Diana, tú no eres sucia.

Los ojos se me llenan de lágrimas.

—Y el hecho de que preocupen las mentiras, y a cuáles podréis sobrevivir... ¿No es esta versión de una relación que estás protegiendo con Oliver la mayor mentira de todas?