8
Quedo con Petra para comer en el Arts District. La veo desde el otro lado de la calle, sentada junto a la ventana del restaurante. Cuando me uno a su mesa, me mira como si la hubiese pillado haciendo algo. Se sienta bien recta y esboza una sonrisa forzada.
—¿Va todo bien?
—Claro. Tómate algo —me dice.
—Uy. ¿Es una celebración o una derrota?
—Puedes estar segura.
Me río.
—Vale. Bien.
—Puede que no te hayas percatado, pero la mesa está puesta para tres.
—¿Liam?
—¿En serio? Liam odiaría este sitio.
Hombres trajeados, manteles blancos y demasiados cubiertos.
—Es verdad. ¿Alguien con quien estás saliendo? —Enarco las cejas y, tan rápido que casi no llego a verla, su sonrisa se desvanece y vuelve.
Se echa a reír.
—No estoy lista para salir con alguien. Solo para follar. —Un camarero nos trae sendos bloody marys —. ¿Cómo va el cuestionario de Vogue ?
—Ya casi lo he terminado —miento.
—Genial. Bueno... —Se inclina y me acaricia la mano—.
Como sabes, cada vez nos llueven más llamadas y solicitudes para compartir en la web.
Y una de esas llamadas... —Se detiene en mitad de la frase y dedica una sonrisa radiante a algo o alguien que hay detrás de mí.
En un abrir y cerrar de ojos, todos los demás comensales del restaurante miran hacia el mismo sitio—. Ya está aquí. En el momento perfecto.
Me vuelvo y la reconozco en el acto.
—¿Natalie Hutton? ¿Hemos quedado a comer con ella?
Petra no me oye. Ya se está levantando para saludar a la gacela que viene hacia nuestra mesa.
Natalie Hutton forma parte de la realeza de Hollywood.
Adorada por hombres y mujeres, ha ganado dos Óscar y por lo visto es capaz de hacer cualquier cosa, de dramas a musicales.
Ahora dirige su propia productora, famosa por hacerse con los derechos de cualquier buen libro nuevo para llevarlo al cine.
Hace años, Oliver y yo acudimos a nuestra primera fiesta en casa de L’Wren y, durante la cena, una mujer muy escandalosa llamada Maisie nos preguntó a todos, con la intensidad de una alumna de segundo de secundaria encantada de haberse conocido: «¿Con quién aceptaríais que vuestra pareja se enrollara?
Iremos dando la vuelta a la mesa». A nuestro alrededor a todo el mundo le brillaron los ojos, mientras que Oliver se hundió en su silla y me preguntó al oído: «¿A quién digo? ».
Busqué una respuesta obvia y aceptable: «¿Natalie Hutton?».
—Tú debes de ser Diana... —Natalie me pone las manos en los hombros y me los aprieta—. Eres un bellezón.
—Oh. Gracias. —Es más guapa incluso en persona que en la pantalla. Tiene la piel luminosa y los ojos le brillan. Su cabeza parece un pelín demasiado grande para su delicado cuerpo, pero ello solo hace que resulte más hipnótica—. Tú eres impresionante —balbuceo.
Petra sonríe.
—Sí, sí, las tres somos muy atractivas. De verdad. Siéntate, siéntate.
Natalie se acomoda y nos confía algo:
—Estaba tan nerviosa en el coche mientras venía hacia aquí. Y yo nunca me pongo nerviosa. Jamás.
—¿Por qué? —le pregunta Petra.
—Por conoceros, claro.
—¿A nosotras? —inquiero—. No me lo creo.
—¿Me estás llamando mentirosa? —La sonrisa se borra por completo de su cara.
—¡No!
—Es broma.
Petra se ríe y yo trato de hacerlo.
—Petra me ha hablado mucho de ti. De tu historia. Y estoy supermotivada.
—Es que Diana motiva mucho.
—¿Puedo confesar algo? —Natalie se inclina tanto que nuestra frente prácticamente se toca—.
¿Quién fue? Puede que mi peluquera, Trish.
Se entera de todo antes que los demás. Me puso una de tus entrevistas mientras estaba en su sillón.
Y había algo en ella... No sé. En esta industria todo es tan artificial.
Todos nos esforzamos tanto en ser auténticos y genuinos y la verdad es que no lo conseguimos. Me impresionó mucho.
—Gracias. Me alegra oírlo.
—Me encanta que no todas las fantasías sean excesivamente sexuales. Al menos para los hombres. Le puse una a Ryan durante el rodaje y me miró como diciendo: «¿Qué?». Y le dije: «No es para ti , es para mí ».
»Se supone que hemos de ser muchas cosas en todo momento.
Y sobre todo en la cama: recatadas, virginales, leonas.
Se supone que nos tiene que gustar el sexo, pero no hablar de sexo.
Estoy en la ciudad rodando una peli romántica.
Las están volviendo a hacer, por cierto.
Y el director, no es coña, baja la cámara en cuanto el protagonista y yo nos empezamos a besar.
Como si el sexo fuese intrascendente, como si no formase parte del argumento.
Pero ya se trate de un matrimonio, una cita o un follamigo, el sexo es una parte crucial y emocional del argumento.
Dice mucho acerca de quiénes somos. De cuál es nuestro nivel de confianza.
De en qué punto estamos en la relación. Y él lo trata únicamente por encima.
En serio. O sea, ¿bajar la cámara? También podría poner vaselina en el objetivo.
Perdonad, estoy hablando demasiado. Me pasa cuando estoy nerviosa.
A mi agente le tienen que estar pitando los oídos en alguna parte.
Siempre se está comiendo las uñas al fondo.
—Aquí nos encanta hablar demasiado. —Petra sonríe.
—Quiero que me entrevistes —me dice Natalie.
—¿Para la web?
—Sí. Quiero compartir una fantasía. Creo que es muy importante que se hable de esto desde la positividad sexual. ¿Es este el motivo por el que empezaste Dirty Diana?
—Desde luego me sentía desconectada con mi propia vida —le cuento.
—¿Fue cuando vivías en la granja? Solo estoy intentando asomarme a tu cabeza. Me dedico a eso.
—¿En la granja?
Petra me aprieta la rodilla por debajo de la mesa.
—Ya sabes, cuando trabajabas en la granja de tus padres. Enfrente de la iglesia baptista de tu padre.
—¿La iglesia?
Petra se levanta.
—Tengo que ir al servicio. ¿Vienes?
Prácticamente tira de mí y me saca de la silla para que la siga. En el aseo, mientras se retoca los labios, la miro boquiabierta, sin saber si reírme o entrar en pánico.
—¿La granja?
—No me puedo creer que haya sacado el tema. Le dije que no te gusta hablar de esa etapa de tu vida.
—¿Qué etapa? ¿La baptista?
—Tenía que venderte. Todos los agentes se toman algunas libertades, ya sabes. Estamos vendiendo un mundo. Tu historia. —Petra hace gala de su habitual e imperturbable mirada mientras se pinta los labios en el espejo—. Es más guapa incluso en persona, ¿no?
—¿Qué le has contado exactamente?
—No fue a ella. Hablé por teléfono con sus agentes y creo que es posible que ellos también lo hayan adornado todo un poco.
—¿Qué parte?
—¿Que quizá estuvieses un poco más reprimida al vivir en una ciudad pequeña y un entorno religioso? Ya sabes, ir a misa, crecer teniendo a las vacas por amigos, esa clase de cosas.
—Petra, crecí en Los Ángeles, en el Valle de San Fernando.
—El Valle. —Petra hace como si se estremeciera—. Eso no está tan lejos, ¿no?
—Desde luego Loretta Lynn no soy.
—¡Una mina de carbón! Mierda, eso habría funcionado.
—Se retira el exceso de carmín con una toallita de papel y se vuelve hacia mí—.
Es broma, Diana. No pongas esa cara tan seria.
¿Acaso no es teatro todo lo que hacemos en la vida?
Es la lección que estoy aprendiendo a medida que me hago mayor.
—Se gira de nuevo hacia el espejo, hace una mueca, se tira de la piel hacia las orejas frente al espejo del cuarto de baño—.
Hasta lo «auténtico». En realidad todo es teatro.
Lo que importa es el meollo de tu historia: que después de tantos años volviste a empezar a pintar, a hacer arte, a conectar con otras mujeres.
¿A quién le importa dónde empezó todo? A Hollywood le gusta lo que le gusta.
Sobre todo el corazón roto de una texana a la que vale la pena apoyar.
—Incluso comiendo con una actriz profesional, Petra es la sensación.
Se vuelve y me arregla el pelo, me alisa las capas que enmarcan mi cara.
—Tú disfruta de la comida. Estas cosas rara vez van más allá, y menos aún acaban siendo una película. ¿No te gustaría tener toda la atención de una celebridad durante una hora? —Veo un destello en los ojos de Petra—. Oooh, puede que esa sea tu fantasía.
La verdad es que me divierto. De vuelta en la mesa, pasamos la siguiente hora riendo y contando anécdotas, y tres bloody marys después Natalie no deja de mirarme a los ojos.
Se inclina mientras le cuento cómo empezó Dirty Diana y mis primeros intentos de entrevistar a mujeres.
Y entonces el flash de una cámara nos asusta.
Al otro lado de la ventana, un hombre grande, con barba y un gorro de lana fotografía como un loco a Natalie.
—¿En serio? —Pone los ojos en blanco—. Mierda. Lo siento.
En los pocos segundos que tardo en darme cuenta de lo que está pasando, ella se disculpa otra vez.
—No pensé que los paparazzi me fueran a seguir desde el set.
—A continuación, una mujer bien vestida, que debe de haber estado todo este tiempo junto al lugar destinado al jefe de sala, se materializa y coge por el codo a Natalie.
Mientras se dirige hacia la salida, esta me dice—: Me entrevistas, entonces, ¿de acuerdo?
Buscamos un hueco esta semana. Estoy obsesionada, de verdad.
Y, dicho eso, desaparece. De pronto la mesa parece vacía. El vodka, su marcha precipitada, algo me hace sentir incómoda.
Petra pide la cuenta. Me aprieta la mano, entusiasmada.
—Con un poco de suerte, esas fotos estarán en todas partes. Todo el mundo se preguntará quién eres.
Por supuesto, eso me hace sentir incómoda.
—No te alteres. Por favor, no te alteres.
—L’Wren. —En mi coche, me pego el teléfono a la oreja—. No puedes decir eso y esperar que una no se altere. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Todo el mundo está bien. Pero, vale, te puedes alterar. No es para menos.
—¿Qué ha pasado?
—Lorraine sabe lo de Dirty Diana.